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Pero… ¿alguien me puede decir qué rayos es una mujer? parte II

Por Mariana Espeleta Olivera
Académica del Cifovis ITESO

Lee la parte I de esta historia aquí.

En la última entrega sobre la cuestión de qué es ser una mujer, nos quedamos en que nació un bebé y los médicos declararon “¡Ha nacido una bella princesita!”. La envolvieron como tamal en una cobijita rosa y sus papás la reina y el rey, ya que estamos en un cuento la educaron como habían educado a todas sus hermanitas, en sentido contrario al de todos sus hermanitos. Para la continuidad del reino era muy importante que los niños y las niñas se fueran convirtiendo en hombres y mujeres opuestos y complementarios. De hecho, prácticamente había tablas descriptivas en todos los libros de filosofía y ciencias naturales que organizaban a los dos géneros[1] humanos de la siguiente manera:

Hombre

Mujer

Feo Bella
Fuerte Débil
Formal Inestable
Extrovertido Introvertida
Sabe mandar Obedece
Órgano sexual externo Órgano sexual interno
Proveedor Criadora
Cazador Recolectora
Activo Pasiva
Lucha con dragones La secuestran dragones

A esta tabla se le pueden añadir todos los atributos que a ustedes se les ocurran que por ocurrencias no paramos, en esto de la conformación del género. La importancia de este asunto de los opuestos complementarios estaba enclavada en la necesidad absoluta de producir sujetos que:

1.- Sintieran atracción por su opuesto o sea heterosexuales[2] o, si no sentían atracción, la relación al menos les resultara indispensable para sobrevivir. Esto se llamó la “división sexual del trabajo” a través de la cual el obrero llevaba el sustento a casa y la esposa del obrero transformaba ese sustento en sopa de verduras, en uniformes de obrero limpios, en cuidados, etc. Cada uno de ellos no podía vivir sin el otro. Así la administración del reino solo tenía que pagar un salario por dos trabajos, teniendo fabulosos ahorros del 50% en todas las labores. Esto mantenía en posibilidades de trabajar a todos los obreros del reino y además producía nuevos obreros que reemplazarían a los viejos ¡Negocio redondo!

2.- No fueran iguales, sino que uno de ellos fuera dependiente del otro, y además inferior. Así en todas las clases sociales habría un sujeto subalterno que estaría obligado a prestar trabajo gratuito. ¿Adivinan a quién le tocó ese papel? ¿no? ¿si? A ver una pista: El INEGI[3] nos informa que hoy en día en un momento en el que muchos afirman que estamos en las puertas de la igualdad las mujeres jefas de familia, que también proveen parte o todo el sustento de su hogar, dedican 68 horas a la semana en trabajo doméstico no remunerado, mientras que los hombres dedican 31.3 horas.

Al bautizo de la princesita no invitaron a las brujas feministas, pero ellas de todos modos se colaron para echarle una bendición: “Serás libre de los estereotipos de género”. Así, pesar de los esfuerzos de sus institutrices por convertirla en una linda anfitriona y una excelente costurera, la princesa se destacó en las ciencias y los deportes. Creció como sus hermanos, robusta y fuerte, se negaba a los vestidos y los peinados de tres pisos y aventó los tacones por la ventana del castillo.

Por supuesto, el colmo llegó cuando se rehusó por completo a casarse y quiso quedarse con su dote como propiedad personal. La encerraron en una torre, desde la que escapó disfrazada de hombre. Cuenta la leyenda que hizo fortuna como mujer de armas y comerciante.

La historia de la princesita no es tan rara, en realidad. A lo largo de la historia existe un sinnúmero de mujeres que se negaron a conformarse con esa camisa de fuerza que según su contexto cultural significaba ser mujer. Todas esas mujeres enfrentaron diferentes formas de rechazo y represión y muchas tuvieron que pagar con su vida la inconformidad de asumir un rol de género.

Algunas de ellas, a pesar de todo, destacaron no sin castigo—, como la propia sor Juana Inés de la Cruz. Otras no corrieron con tanta suerte. Se calcula[4] que en la cacería de brujas, solo en Europa, murieron quemadas y torturadas más de 100 mil mujeres, aunque el número real es difícil de calcular porque muchos juicios no fueron registrados y en otros casos las mujeres murieron por las torturas y no por una condena jurídicamente establecida.

Las mujeres acusadas de brujería fueron principalmente aquellas que se dedicaban a la salud herbolaria, las parteras, las que no estaban casadas o no tenían hijos y las que tenían propiedades codiciadas por sus vecinos… Es decir, mujeres con poder o mujeres que no encajaban en los estereotipos de género, que representaban una amenaza para las instituciones patriarcales. La Iglesia fue la principal promotora de la cacería de brujas.

La cacería de brujas es solo un ejemplo de los sistemas de opresión. Nos ayuda a entender mejor la manera en la que se fue configurando la identidad de las mujeres a lo largo de los siglos posteriores, entre la aceptación a veces por supervivencia y la resistencia. Mujeres obedientes: buenas. Mujeres desobedientes: malas.

Aun en nuestros días podemos identificar con claridad las formas en las que estas etiquetas configuran el panorama de lo femenino y ordenan a las mujeres en determinadas posiciones sociales, recompensando a unas y estigmatizando a otras. Los productos culturales, es decir, películas, canciones, programas, espectáculos de todo tipo, a menudo son medios muy eficientes para reproducir estereotipos y producir el género.

¿Pero… qué es una mujer? Ya dijimos que una mujer no es un cuerpo hembra en el caso de que el cuerpo sea comprobablemente hembra y que una mujer “no nace, se hace”. También dijimos que ese ser llamado mujer no es un tipo de sujeto permanente, ahistórico, esencial lo que significaría que en cualquier época o lugar es la misma cosa, porque proviene de una “esencia” femenina, sino una forma de subjetividad personal y social que se produce según un contexto cultural determinado.

Ser mujer es, entonces, encajar en mayor o menor medida en lo que tu contexto específico permite para tal categoría, y vivirlo también interiormente. Es un fenómeno cultural y psicológico, en el que una persona se siente mujer, y es identificada como mujer por los demás. Esta cuestión, que constituye lo que es ser una mujer, no deja de estar llena de problemas teóricos, éticos y sociales. Por ejemplo ¿qué pasa con las personas que internamente se identifican como mujeres pero sus cuerpos o sus características no encajan en lo patrones de lo que su cultura entiende por mujer?

Este debate es muy interesante, porque extiende la categoría de mujer a un fenómeno que propone ir de lo subjetivo de la experiencia personal a lo objetivo lo percibido por todos, como un camino nuevo para cuestionarnos las categorías de género. Si una persona “se hace” de cierta manera para encajar en una identidad preestablecida el género… ¿podemos pensar que cada “hacerse” crea a su vez a tal categoría?, ¿que cada repetición no es un acto perfecto, sino una interpretación única que va insertando modificaciones?…[5] Y este es el momento, queridas amigas o amigos, amigues… ya da igual en el que la teoría saltó de Simone de Beauvoir a Judith Butler… y todo cambió para siempre. Pero ese es otro cuento, y ya hablaremos de eso en otra ocasión.

 

[1] En ese momento solo había dos géneros: el que correspondía al cuerpo de macho y el que correspondía al cuerpo de hembra, o al menos en el discurso, porque en la realidad… pues ya se sabe cómo es de canija la realidad.
[2]A este fenómeno las autoras feministas, como Adrienne Rich, lo han nombrado “heterosexualidad obligatoria”.
[3]Estadísticas a propósito del día de la familia mexicana (5 de marzo). Datos nacionales. Consultar en: http://www.inegi.org.mx/saladeprensa/aproposito/2017/familia2017_Nal.pdf
[4]Anne L. Barstow (1994). Witchcraze: A New History of the European Witch Hunts. Una explicación completísima del fenómeno de la caza de brujas y su interacción con los procesos de consolidación capitalista y las relaciones de poder entre la Iglesia y el Estado, lo puedes encontrar en el super librazo de Silvia Federici: Calibán y la bruja. Aquí lo encuentras completito para leer, por deseo expreso de la autora de que su obra sea de acceso libre (¡una crack!): https://www.traficantes.net/sites/default/files/pdfs/Caliban%20y%20la%20bruja-TdS.pdf
[5]Teoría de la performatividad de Judith Butler. Para saber más puedes leer “Deshacer el género”, de editorial Planeta, o leer este comic que lo explica con gatos 😉 https://www.themarysue.com/judith-butler-explained-with-cats/. ¡O venir a mi clase! YEIIIII.

 

¿Tienes algún comentario o duda? Contacta a la autora: marianae@iteso.mx

La manera en la que lees ¿funciona?

Por Gabriela Muñoz Padilla
Académica del Cifovis ITESO

¿Qué recuerdas del último texto que leíste? ¿Comprendiste todo? ¿Cómo sueles seleccionar los documentos para garantizar su credibilidad? ¿Qué competencias de lectoescritura requiere esta era digital?

El 8 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Alfabetización. Se considera analfabeta a la persona de 15 o más años que no sabe leer o escribir un recado.

Las cifras indican que ha disminuido la tasa de analfabetismo en México. Según el INEGI, en la encuesta intercensal 2015, en 45 años el porcentaje de personas analfabetas de 15 y más años bajó de 25.8 en 1970 a 5.5% en 2015, lo que equivale a casi 5 millones de personas que no saben leer ni escribir.

Sin embargo, y pese a que es muy desafortunado que aún haya personas analfabetas, estas cifras no representan un avance sustantivo si hablamos de analfabetismo funcional. El analfabetismo funcional es el de una persona que, a pesar de saber leer y escribir, presenta dificultades para la comprensión de textos y el uso de la tecnología.

¿Qué porcentaje de mexicanos al leer un contrato laboral lo comprende e identifica las implicaciones de firmarlo? ¿Sabe llenar un formato de manera adecuada para la obtención de una visa? ¿Cuántos leyeron de manera reflexiva las propuestas de los políticos como un insumo para la decisión de su voto? Como ves no es suficiente con leer y entender el significado de las palabras del texto, sino que es necesario saber comprender, interpretar y analizar la globalidad de un escrito.

Según el informe del 2011 del INEGI, México tenía 33 millones de habitantes analfabetas funcionales. Esta cifra refleja la urgente necesidad de potenciar las habilidades cognitivas y socio culturales para incrementar la comprensión e interés por la lectura. No saber leer representa un aislamiento y vulnerabilidad frente del desarrollo social, cultural y económico.

Se requiere impulsar el sistema escolar mexicano en materia de lectoescritura, pero también responsabilizarnos como ciudadanos para mejorar nuestra capacidad de comprensión lectora como una herramienta para enfrentar y tomar mejores decisiones ante la vida. En palabras de Paulo Freire, no basta con leer sino que hay que comprender y así poder tener una lectura más crítica para entender el mundo que hoy vivimos.

Un mundo con un acelerado desarrollo tecnológico, pero que no tiene resueltos problemas de pobreza e inequidad y presenta un severo rezago educativo, provoca también una brecha digital, es decir, una separación entre personas con acceso rutinario a las Tecnologías de la Información y Comunicación (TIC) y quienes no lo tienen o no saben utilizarlas.

Este 8 de septiembre, Día Internacional de la Alfabetización, es una buena oportunidad para encontrar los desafíos que tenemos en el contexto mexicano, en donde converge población analfabeta y analfabeta funcional, y en el que es difícil acotar la brecha digital, principalmente en las zonas rurales.

También es un buen motivo para identificar qué tanto te funciona la manera en la que lees y cómo puedes incidir en tu contexto para, a través de la lectura, incrementar la comprensión del mundo en el que vivimos.

Algunos recursos para mejorar tu lectoescritura:

Si eres alumna o alumno del ITESO, acércate al Departamento de Lenguas y recibe tutorías personalizadas.

 

¿Tienes algún comentario o duda? Contacta al autor: gamupa@iteso.mx

Iqbal Masih contra la esclavitud infantil

Por Héctor Morales Gil de la Torre
Académico del Cifovis ITESO

Iqbal Masih empezó a trabajar a los cuatro años de edad, cuando su padre lo entregó al propietario de una fábrica de alfombras a cambio de un préstamo para pagar la boda de su hermano mayor. Desde ese momento, Iqbal destinaba doce horas diarias al trabajo para saldar la deuda familiar, pero, con el tiempo, la deuda no solo no disminuía, sino que aumentaba con los intereses y los nuevos préstamos que pedía su padre. Cuando tenía diez años, Iqbal asistió a un mitin sobre derechos humanos y consiguió su libertad a través de una campaña del Frente de Liberación del Trabajo Forzado. Se convirtió en un ferviente luchador en contra de la explotación a menores, hasta que en 1995 le fue arrebatada la vida como consecuencia de su lucha en contra de los intereses de las empresas que utilizaban mano de obra infantil[1]. Hoy, 16 de abril,  se celebra el Día Mundial contra la Esclavitud Infantil, inspirado en la historia de vida de Iqbal.

¿Qué sentido tiene pronunciarnos contra la esclavitud infantil en estos tiempos? Es decir, ¿es una problemática vigente que aqueja a la población infantil de nuestro país o del mundo?

Los últimos reportes sobre la problemática son del año 2017 y los elabora la Organización Internacional del Trabajo, organismo tripartita[2] del Sistema de Naciones Unidas. Conforme a esas fuentes, la esclavitud moderna se expresa de diversas formas: el trabajo forzoso, la servidumbre por deudas, la esclavitud y las prácticas análogas a ella, el matrimonio forzado y el tráfico de personas. Ese conjunto de expresiones, para efectos de monitoreo, seguimiento y diseño de medidas que contribuyan a su erradicación, se resume en dos problemáticas generales: el trabajo forzoso y el matrimonio forzoso.

El trabajo forzoso se entiende como cualquier forma de trabajo o servicio que implica involuntariedad y coacción. En de esta categoría entra el trabajo realizado por un niño bajo coerción de un tercero (que no sean sus padres) y el realizado como consecuencia directa del involucramiento de sus padres en trabajos forzados[3]. Esta categoría incluye la explotación sexual comercial de niñas y niños.

Cuarenta millones de personas fueron víctimas de esclavitud moderna en el 2016, lo que representa 5.4 víctimas por cada 1,000 habitantes en el mundo. De ellas, 25 millones realizaron trabajos forzosos y 15 millones sufrieron de matrimonio forzado. Del total, 71% fueron mujeres y niñas y 25% fueron niños y niñas[4].

Si bien en 2016 América fue la región que registró la menor prevalencia de esta problemática (1.9 víctimas por cada 1,000 habitantes, comparada con las 7.6 víctimas por cada 1,000 habitantes de África), la problemática afectó a millones de niñas y niños. Tan solo en 2007, 3.64 millones de menores de 17 años, de los cuales 1.1 millones tenían entre 5 y 13 años, realizaban labores productivas, en México[5]. En 2013 se registraron 2.5 millones de niñas y niños incorporados al mercado laboral en México.

Entre las principales causas del trabajo infantil en nuestro país se encuentran las relacionadas con la pobreza de los hogares de origen, la interrupción temprana del proceso educativo, condiciones culturales como la naturalización del trabajo de menores en negocios familiares, entre otros factores. Como consecuencia del trabajo infantil se identifican afecciones físicas, psicológicas, educativas y económicas.

Para el caso de México, los reportes más recientes (2014) presumen la persistencia de estas problemáticas, pero no incluyen información precisa con relación a la participación de niñas y niños en trabajos peligrosos, como pueden ser las actividades que se llevan a cabo en horarios nocturnos y prolongados, los que exponen a los niños y niñas al abuso de orden físico, psicológico o sexual, los trabajos que se realizan bajo tierra o agua, los que les exigen el uso de maquinaria o herramienta peligrosa, los que les exponen a agentes o procesos perjudiciales entre otros. Tampoco se presenta información detallada sobre la participación de niñas y niños en actividades ilícitas, como las relacionadas con la producción y tráfico de estupefacientes o las vinculadas con la mendicidad organizada. Ni se señala la cantidad de niños que realizan trabajo infantil agrícola, considerado como una de las peores formas de trabajo infantil[6].

Existe un consenso a nivel mundial en que el trabajo infantil limita el ejercicio pleno de los derechos de los niños y de las niñas a la educación, a la cultura, a la recreación, al ocio, entre muchos otros. En sociedades desiguales y empobrecidas, la problemática encuentra condiciones para arraigarse y reproducirse, lo que contribuye a consolidar la transmisión generacional de la pobreza y a profundizar la fragmentación de la cohesión y la solidaridad social.

Ante ello no hay peor posición que la negación, por lo que el reconocimiento de la problemática en los hogares, en las unidades productivas, en las actividades cotidianas, es un primer paso, y muy relevante. Además, mientras que el combate frontal a la problemática es una medida propia de la autoridad pública, la sociedad puede impulsar acciones preventivas, entre las que se destaca la de alentar la permanencia de los niños y las niñas en el trayecto educativo, inhibiendo las causas de la deserción escolar e incentivando la terminación adecuada del nivel básico y medio superior, al menos.

Además, ya existen experiencias locales y globales que buscan reducir la participación de niñas y niños en actividades laborales y en trabajos peligrosos, como la Campaña Ropa Limpia, que tiene por objeto identificar ropa libre de trabajo esclavo y de trabajo infantil.

Nuestra Universidad ITESO ha de ser un espacio para debatir las mejores alternativas que aseguren el pleno ejercicio de los derechos de todas y todos. El Día Mundial contra la Esclavitud Infantil es la ocasión para comenzar a discutir opciones para el resguardo de los derechos de la infancia y del crecimiento de las y los niños en ambientes libres de cualquier explotación, laboral o de otro tipo, que limite el desarrollo adecuado de su personalidad y potencialidad.

 

[1] Puedes ver reseñas de la vida de Iqbal Masih en: ciprevica.org/16-de-abril-dia-mundial-contra-la-esclavitud-infantil/ y en www.diainternacionalde.com/ficha/dia-internacional-contra-esclavitud-infa
[2] Es el único organismo del Sistema de Naciones Unidas que no solo se integra por representantes gubernamentales de los Estados miembro, sino que además incorpora en su estructura al sector gubernamental y al sector de los trabajadores. Para ver más: www.ilo.org/global/about-the-ilo/lang–es/index.htm
[3] Ver, OIT. (2017). Methodology of the global estimates of modern slavery: Forced labour and forced marriage. Génova: OIT.
[4] Ver, OIT. (2017). Global estimates of modern slavery. Génova: OIT.
[5] La legislación laboral anterior permitía el trabajo adolescente con el consentimiento de los padres a partir de los 14 años de edad. Conforme a la última reforma de la legislación laboral (2012), la prohibición de trabajar se extiende hasta los 16 años de edad.
[6] Ver, Secretaría del Trabajo y Previsión Social. (2014). El trabajo infantil en México: avances y desafíos. México: STPS.

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Un breve recorrido a través de la violencia que sufren las mujeres en México

Por Mariana Espeleta Olivera
Especialista en temas de género y académica del Cifovis ITESO

Cuando preguntamos a las mujeres ¿has sufrido violencia por ser mujer? Casi todas podemos reconocer algún momento en nuestra vida en el que hayamos sufrido: agarrones en la calle, acoso de algún conocido, sensación de peligro o miedo ante una situación (en la que un hombre se sentiría cómodo), vigilancia o celos patológicos por parte de una pareja, tener que esforzarse más en el trabajo por el mismo (o menor) sueldo, tener una carga doméstica mucho más grande que los varones de la familia, ser menospreciada o más controlada que los hermanos, e incluso maltrato físico, golpes y amenazas. Las situaciones de violencia son muy variadas… a veces tan constantes que se han normalizado y nos cuesta trabajo verlas: “¿a poco eso es violencia?”.

Por supuesto, no todas las mujeres nos enfrentamos a los mismos peligros y a las mismas violencias: las realidades de la vida cotidiana, la edad, las herramientas de cada una y el contexto en el que nos desempeñemos hacen que nuestras experiencias sean muy diversas, pero cuando miramos la realidad de las mexicanas en conjunto, las cifras son desoladoras. No podemos seguir cerrando los ojos.

La violencia en contra de las mujeres se manifiesta de formas que pueden ser evidentes o sutiles. Como indican los ejemplos anteriores, hay violencia física, sexual, psicológica, económica, laboral, escolar… lo que unifica a todas estas formas de violencia es la razón que mueve a quienes la ejercen: considerar que tienen derecho a usarla como forma de dominación o posesión, que las mujeres son inferiores, que merecen un castigo relacionado al ejercicio (o no) de su rol social y que los cuerpos de las mujeres están a su disposición.

Podemos decir que la violencia en contra de las mujeres está enraizada en prácticas culturales que la naturalizan y la justifican, haciendo difícil erradicarlas, pues a menudo se avalan del respaldo popular y tienden a culpar a la víctima más que a los perpetradores, o bien, no se reconoce como violencia sino como costumbre u orden natural de las cosas. Además, la violencia en contra de las mujeres no solamente se ejerce de manera individual, también participan de ella colectivos e instituciones.

En el marco del Día Internacional en Contra de la Violencia hacia las Mujeres, revisé algunos datos para plantear un panorama sobre la violencia de género que estamos experimentando desde nuestros diferentes lugares[1] .

En el último censo (2015), había en México 61’474,620 mujeres, el 51.4% de la población. 33.3% de ellas son niñas y jóvenes de hasta 19 años, que están en su fase de desarrollo, que son el futuro del país y que pronto entrarán (o ya se abren camino) en el mercado laboral y la fase productiva.

El Estado mexicano debe garantizar a las mujeres una vida plena, con al menos las mismas oportunidades que sus contrapartes masculinas. Todos los recursos para desarrollar sus capacidades humanas, salud, educación, seguridad y libertad, a través de las leyes, las políticas públicas y el presupuesto suficiente para cumplir estos objetivos. No hacerlo implica una violación a los derechos humanos de las mujeres y niñas, aumenta la brecha entre hombres y mujeres, resta oportunidades y perpetúa el círculo de violencia, pues resulta mucho más difícil transformar las prácticas culturales en estas circunstancias.

De acuerdo con el INEGI, en el 2016, 66.1% de todas las mexicanas mayores de 15 años declararon haber sufrido alguna violencia relacionada con el hecho de ser mujeres, al menos una vez en su vida.

Al preguntar qué tipo de violencia, el INEGI hace la siguiente clasificación: violencia emocional: 49 de cada 100 mujeres, violencia sexual: 41.3 de cada 100 mujeres, violencia física: 34 de cada 100 mujeres y violencia económica: 29 de cada 100 mujeres. Sin embargo, muchas mujeres manifiestan vivir más de una forma de violencia y, por supuesto, existen otras formas de violencia que no están registradas en estas mediciones, como la violencia política.

Una fuente de amenaza para las mujeres en términos de violencia proviene de sus propias parejas, pues 58% de las que alguna vez ha vivido en pareja, dice haber sufrido violencia por parte de la persona que la decía querer. En 2016, 43% de las mujeres reportaron violencia por parte de su pareja actual, o de su última relación. La violencia emocional es la más frecuente, pero a menudo esta forma de violencia no va sola: 17.9% reporta maltrato físico y 6.5%, abuso sexual.

El noviazgo (una relación sentimental en la que no hay convivencia bajo el mismo techo) tampoco pinta muy bien: las mujeres entre 15 y 29 años que estaban de novias (2010) reportaron lo siguiente: 30.8% de violencia en la relación, de la cual 44.8 de cada 100 casos era emocional, 25.9 física y 21.7 sexual. Estas cifras tan altas demuestran que las relaciones de pareja son un vínculo que ha sido configurado culturalmente como un espacio de dominación masculina que resulta particularmente violento para las mujeres, el cual es urgente transformar.

En años recientes, también han crecido las violencias ejercidas por hombres distintos a la pareja. En 2016, 23.4% mujeres declararon alguna vez haber sufrido violencia física por parte de una persona distinta a su pareja, cuando en 2011 la cifra era de tan sólo 5%. En cuanto a la violencia sexual, en el 43.9% de los casos (2016), el perpetrador fue un conocido distinto a la pareja. En 2016, las cifras respecto a la violencia sexual fueron alarmantes: 47,682 mujeres denunciaron una violación y 366,609 denunciaron hostigamiento, manoseo, exhibicionismo o intento de violación. Esto quiere decir que las cifras son mucho mayores, pues el índice de denuncia es bajo.

Respecto al feminicidio, las cifras son mucho menos transparentes, pues resulta difícil que las procuradurías tipifiquen el delito. Muchas veces cuando hay una mujer asesinada, aunque sea por causas de género, se consigna como homicidio. En 2016 el INEGI señaló que hubo 2,735 mujeres asesinadas, a un ritmo aproximado de 7 al día. Otro crimen escalofriante es la desaparición, que en 2016 ascendió en las cifras oficiales a 1,799 mujeres, aunque en estos casos la cifra negra es muy alta.

Además de toda la violencia directa, muchos datos que tenemos no hacen referencia explícita a una forma de violencia, pero dejan ver claramente las condiciones de injusticia que producen violencia y que dejan a las mujeres sin posibilidades de mejora o defensa.  

En México, la inmensa mayoría de mujeres mayores de 15 años (96.1%) realiza algún tipo de actividad riesgosa, pero la participación en el mercado laboral formal es menor al que debería corresponder: sólo un 43.4% de mujeres lo realizan. A pesar de la contribución directa que hacen las mujeres al Producto Interno bruto (PIB), sólo el 20.4% tiene acceso a guardería y sólo hay un nivel de ingreso donde hay más mujeres que hombres: el salario mínimo. Cuando el nivel es de 3 a 5 salarios mínimos, la diferencia es más del doble: 1,913,271 mujeres con respecto a 4,641,794 hombres.  

Además de lo anterior, las mujeres hacen un importante aporte indirecto, pues dedican en promedio 46.9 horas a la semana a tareas domésticas y trabajos de cuidados no remunerados, comparado con 15.7 horas que dedican los hombres… pero si miramos más allá del promedio, encontramos que las mujeres en el pico de edad reproductiva (entre 30 y 34 años) dedican ¡67.6 horas a la semana! Cuando las contrapartes masculinas aumentan solo a 19.7 horas dedicadas. Esta sobrecarga también es una forma de violencia estructural, porque el trabajo no remunerado que aportan las mujeres equivaldría a un 18% del PIB, más lo que se ahorra el Estado en servicios que deberían ser aportados como parte del paquete de seguridad social… Es decir, no solamente es un trabajo gratuito que genera riqueza, sino que también genera ahorro al gasto público, todo a costa de las mujeres.

La reproducción en México representa para las mujeres otra manera de observar la desigualdad. Las mujeres mexicanas tienen en promedio 2.2 hijos. En el año 2015 nacieron 412,775 bebés cuyas mamás eran adolescentes de entre 15 y 19 años[1]. En 2014, un 29.1% de las mexicanas menores de 20 años había dado a luz una vez. Si ponemos estos datos en contexto, en relación con la pobreza, la falta de oportunidades o incluso la falta de acceso a los medios anticonceptivos, podremos claramente percibir que hay violencia estructural. En conjunción con la siguiente información, el escenario se puede tornar más preocupante: en 2015 se casaron 49,008 mujeres menores de 19 años en el país (sin incluir a las que se unieron, de las cuales no hay estadísticas). De este total, 20,948 eran menores de edad… ¿Qué tan menores? 1,535 tenían 15 años, 521 tenían 14 y 71 tenían 13. ¿Cómo es posible que en este país un juez case a una niña de 13 años? En varios estados de la república, la ley permite el matrimonio de menores de edad, si es mujer desde los 14 años y si es hombre desde los 16.

Todo este baile de cifras es apenas una forma de plasmar de forma sintética el inmenso problema que tenemos en el país respecto a la violencia en contra de las mujeres y niñas, de las que existe mucho menos información. Las mujeres no solamente somos la mitad (y un poquito más) de la población en México, también somos a quienes culturalmente se nos han asignados las tareas básicas de cuidado y crianza. Mientras cambiamos esto y caminamos hacia un futuro donde hombres y mujeres seamos igualmente responsables, de nuestro bienestar depende el bienestar las futuras generaciones. Toca emprender un camino en los dos sentidos, visibilizar el conjunto de desigualdades que mantiene a millones de mujeres sumidas en el círculo de la violencia y comenzar a tomar cartas en el asunto antes de que sea demasiado tarde.

 

[1] Toda la información estadística proviene del Sistema Integrado de Estadísticas sobre violencia contra las mujeres (SIESVIM) que recientemente presentó el INEGI. Algunos de los datos fueron tomados directamente, y otros calculados con base en los datos que el Sistema presenta. Los años de referencia varían, según la periodicidad con la que se mide el indicador, y en todos los casos se utiliza la más reciente disponible. El enlace directo al SIESVIM es el siguiente: https://sc.inegi.org.mx/SIESVIM1/

[2] No hay información respecto a embarazos de niñas menores de 15 años.

La deuda del gobierno mexicano con los dreamers

Por Iliana Martínez
Académica del Programa de Asuntos Migratorios, Cifovis ITESO

Poco después del anuncio del gobierno de Trump sobre la disolución del programa DACA, funcionarios mexicanos de todos los colores, desde el municipio hasta la federación, salieron a manifestar su compromiso con la población dreamer. Mientas me topaba con estas declaraciones pensaba: “O esta gente de verdad está muy mal informada o no tiene vergüenza. ¿No alcanzarán a imaginar que, dentro de los millones que han sido deportados las últimas décadas, muchos eran dreamers?”. Estas reacciones de “compromiso” son contradictorias, pues la lucha de los y las jóvenes migrantes en Estados Unidos no es nueva. Que la mayoría de políticos y ciudadanos apenas se esté enterando de su existencia debería avergonzarnos un poco.

Los dreamers son las personas que, con menos de 16 años, entraron de manera ilegal a Estados Unidos. El término proviene de la propuesta de Ley denominada Development, Relief and Education for Alien Minors (Ley de fomento para el Desarrollo, Ayuda y Educación de Menores Extranjeros), o DREAM Act,  que se propuso por primera vez en 2001. Desde entonces, diversas versiones de la propuesta de Ley DREAM han sido discutidas en el Congreso y el Senado de E.U., pero nunca aprobadas. Ante este impasse de décadas por la falta de una Reforma Migratoria Integral el presidente Obama decretó en el 2012, por medio de una acción ejecutiva, el programa Acción Diferida para los Llegados en la Infancia, o DACA, por sus siglas en inglés. El programa tiene por objetivo aunque de manera temporal, por que se renovaba cada dos años brindar una calidad migratoria a miles de jóvenes migrantes indocumentados. Actualmente se discute una nueva propuesta.

Si la discusión de la ley para regularizar a los dreamers se inició en 2001, esto significa que miles de personas que podrían haber sido beneficiadas por DACA fueron deportados antes de que existiera el programa. Una estimación de la académica Jill Anderson calculó que, entre 2005 y 2014, 500 mil jóvenes de entre 18 y 35 años regresaron a México después de haber vivido en E.U. cinco años o más (Anderson y Solís, 2014: 18).

A lo largo de cinco años, el programa ha beneficiado y transformado la vida de casi 800 mil personas y sus familias, de los cuales se estima que 600 mil podrían ser de origen mexicano (Jordan, 2017). Ha sido un alivio para muchos, pero no resuelve el problema de fondo: 11 millones de personas indocumentadas en Estados Unidos, de los que entre 5 y 6 millones son de origen mexicano (Délano, 2017: 41).

Aunque se busca que la juventud con un “record limpio” pueda quedarse, la carga de “romper la ley” va sobre sus padres, quienes son vistos como criminales y tienen pocas oportunidad de regularizar su situación migratoria. Esta reflexión sobre quién tiene derecho a quedarse y quién no, quiénes son los migrantes “bienvenidos” y quiénes los “indeseables”, ha generado profundas reflexiones entre la población migrante, sobre todo entre las organizaciones pro-migrantes.

Anderson recuperó 26 testimonios de jóvenes que regresaron a México en el libro “Los Otros Dreamers” (2014), todos antes de DACA y del gobierno de Trump. Son una pequeña pero significativa muestra de las enormes necesidades que tuvieron a su regreso al país, y de los retos que algunos aún siguen enfrentando. Algunos de estos dreamers son jóvenes adultos que regresaron con sus parejas o hijos nacidos en Estados Unidos. Familias binacionales que tienen que descifrar el sistema mexicano de salud, educación, vivienda, prácticamente sin ningún apoyo. Tristemente muchos se han encontrado con que su país de origen los rechaza y discrimina porque no son “realmente mexicanos”, son pochos, se visten raro, usan tatuajes, traen otras costumbres, hablan diferente o ni siquiera conocen el español.

Son jóvenes que vieron frustrado su “sueño mexicano” para estudiar, porque no les revalidaron sus diplomas de escuelas estadounidenses. Otros que llegaron sin siquiera poder recibir una transferencia de dinero de sus familiares por ser “indocumentados” en propio país, ya que sus matrículas consulares no sirven en México. Y otros más, de los que nadie habla, que no cumplen con el perfil del “buen migrante” porque han estado en pandillas o tenido adicciones.

En diversos foros y mesas de trabajo con el gobierno mexicano, muchos de estos jóvenes han expuesto sus necesidades y propuestas. Y algunos de los mínimos cambios que se han logrado, por ejemplo en educación, han sido impulsados por ellos y por organizaciones de la sociedad civil. Algunos jóvenes en retorno se han organizado en colectivos, como han podido. Así surgieron proyectos como Otros Dreamers en Acción (ODA) o Dream in México.

Sí, el gobierno mexicano ha implementado algunos cambios, con muchos años de retraso, para atender a la población en retorno: programas limitados y sin presupuesto. Después de, por lo menos, seis años de deportaciones masivas, en 2014 se estableció la estrategia Somos Mexicanos (Délano, 2014: 36) sin un presupuesto definido y a cargo del Instituto Nacional de Migración (como si pusieran a la Patrulla Fronteriza a hacer trabajo social). Aunque hay algunas funcionarias comprometidas que sacan adelante acciones en favor de las personas que regresan, en general la respuesta es lamentable. Lo que nos lleva a pensar que, si años de deportaciones masivas no han movilizado más allá del discurso al gobierno mexicano, parece que las amenazas de Trump tampoco lo harán.

Haga lo que haga el gobierno de Trump, pase lo que pase con quienes tienen DACA, ya existe una deuda pendiente enorme del gobierno mexicano con su población que ha vuelto… ¿qué esperan?

Para leerlos a ellos y ellas:

Ricardo Aca, “La incertidumbre que amenaza a los ‘dreamers’ como yo”. New York Times.

Lisette Díaz, “As a Dreamer, I Will Not Be a Bargaining Chip for Trump’s Attack on Immigrants”. ACLU.

Eileen Traux. “Una nueva oportunidad para los ‘dreamers’”. New York Times.

Arturo Contreras. “Dreamers: la batalla final empieza”. Pie de Página.

Dulce Ramos, “La traición de México”. Animal Político.

Algunas Organizaciones:

ODA México

United We Dream

Dream in México

Define American

Fuentes citadas:

Anderson, J. y Solís, N. (2014). “Los otros dreamers”. México.

Délano, A. (2017). “Trump y la política migratoria de México”. Foreign Affairs Latinoamérica. Vol. 17: Núm. 1, pp. 35-44. Disponible en: www.fal.itam.mx.

Jordan, M. (2017, agosto 29) “El plan ‘dreamer’ que ayudó a 800,000 migrantes en Estados Unidos está en riesgo”. New York Times. Disponible en:  https://www.nytimes.com/es/2017/08/29/dreamer-daca-en-riesgo-fiscales-generales-trump/?rref=collection%2Fsectioncollection%2Fnyt-es

 

2012: Año de elecciones en México y EE.UU. ¿Qué esperar en materia de migración?

Por Adriana González Arias, académica del Departamento Estudios Sociopolíticos y Jurídicos del ITESO y colaboradora del Programa de Migración del Centro de Invetsigación y Formación Social [CIFS-ITESO]

El 2012 es año de elecciones presidenciales. En México ya salimos a votar el pasado 1 de julio, y en Estados Unidos la votación será el próximo 6 de noviembre. Ante estos dos sucesos es imposible no preguntarnos: ¿y qué pasará en materia de migración en el ámbito legislativo con los gobiernos electos?

Primero que nada debe quedar claro que estos dos países se sitúan ante necesidades migratorias diferentes. Estados Unidos tiene más del 12,4% de población inmigrante (39,9 millones en 2010) y a estas cifras habría que sumar un porcentaje importante de migración indocumentada, la cual no es posible cuantificarla con asertividad (más de 10 millones en 2010). México, en cambio, tiene un 0,5% de inmigrantes (493 mil en el año 2000), pero en su territorio camina también un flujo de migración irregular en tránsito que tampoco ha podido ser cuantificada con precisión, sin embargo se puede hablar de un estimado de por lo menos 140 mil migrantes de tránsito en 2010, los cuales tienen como objetivo principal llegar y cruzar la frontera norte.

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