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Pero… ¿alguien me puede decir qué rayos es una mujer?

Por Mariana Espeleta Olivera
Académica del Cifovis ITESO

Otra vez, como todos los 8 de marzo, conmemoramos el Día Internacional de la Mujer… pero ¿qué es una mujer? Parece una pregunta tonta, pero si lo pensamos con cierta profundidad las cosas se complican. Podríamos responder que ser mujer inicia con haber nacido en un cuerpo de hembra humana. Este cuerpo, con su compleja biología regulada por genes y hormonas, produciría una subjetividad de mujer: una persona que se identificaría con aquellas características internas y externas que asociamos con la feminidad.

Esta solía ser la respuesta clásica, clara y simple como una línea recta, incuestionada ni por la ciencia ni por la filosofía. Si vas a la biblioteca y sacas el famosísimo Diccionario de Filosofía, de Nicola Abbagnano[1], (en su última actualización de 1998) y buscas la entrada “mujer”, lo único que vas a encontrar es una ausencia. ¿Y acaso no habla el silencio? Existe la entrada para “hombre”, por supuesto, y esta entrada pretende cubrir a la humanidad, incluyéndonos por default. Entonces, ¿somos iguales?, ¿somos al menos filosóficamente lo mismo? Para nada. Simplemente ha sido un asunto que filósofos y científicos han ignorado sistemáticamente, o que solamente han discutido para reafirmar sus posiciones de poder y, en la mayoría de los casos, para cimentar la inferioridad de las mujeres y la superioridad de los hombres[2].

Como en todas las historias clásicas, claras y simples como líneas rectas, un día apareció en el cuento una bruja que lo puso todo patas pa’rriba. Esta bruja era, obviamente, una bruja feminista[3].

Todo comenzó con el supuesto presentado arriba, de que el cuerpo determina la subjetividad. En realidad esto es una treta que oculta una enorme desigualdad (ojo, no dije diferencia[4]) que estableció privilegios y características geniales para los hombres y desventajas y defectos de carácter para las mujeres. Tales características y derechos, al provenir del cuerpo de la naturaleza, de la biología—, se presentaban como imposibles de modificar, eternos y “correctos” para el buen funcionamiento de la especie y, por ende, de la sociedad. Intentar escapar de esos designios “del cuerpo” significaba ir contra la naturaleza y buscar la ruina humana. ¿Ven cómo solamente una bruja podría proponer tal cosa?

En ese entonces a los hombres “por naturaleza” es decir, con un cuerpo con testículos, pene y testosterona les tocaba el rol de ser los que mandaban, de salir a la vida pública, de traer el sustento a casa y ver el futbol los domingos. A las mujeres “por naturaleza” por tener un cuerpo con pechos, útero y estrógeno—, qué casualidad, nos tocaba ser mamás tiernas, cuidar a los niños, obedecer, cocinar, parir, cuidar a todos suegros incluidos, atender al marido, lavar, planchar, doblar y guardar… Entonces, tener un cuerpo de hembra significó ser subalterna, y no poder hacer nada para cambiarlo.

Pero empezó la idea de buscar otra explicación, ya que esta parecía muy sospechosa… Si todo era tan natural ¿por qué necesitaban entrenarnos desde niñas con muñecas y cocinitas? ¿Por qué necesitaban reprimirnos todo el tiempo: con la manera en la que nos sentamos, las cosas que decimos, los lugares a los que vamos, las horas en las que llegamos, nuestros impulsos sexuales, nuestras ambiciones intelectuales? Las brujas se miraron unas a otras y exclamaron al unísono:  “Witch, please!”

Las brujas feministas se pusieron a discutir entonces qué era ser mujer. Lo llevan discutiendo desde mitades del siglo XX. Para empezar, parece que ha quedado claro algo que la pensadora Simone de Beauvoir afirmó en 1949[5]:  “No se nace mujer, se llega a serlo”. Es decir, que hace falta entrenar para ser mujer. Sin saberlo, Simone estaba explicando el concepto de género. O sea que un cuerpo, del sexo que sea, necesita pasar por un proceso de asimilación para convertirse en aquello que lo define culturalmente como hombre o mujer.

Una mujer no es un cuerpo de mujer, sino un sujeto que se comprende a sí misma como tal y que proyecta esa percepción hacia los demás, de acuerdo con un código cultural compartido, que se asienta sobre su cuerpo biológicamente sexuado como hembra. Es quien se vive “mujer” (lo que sea que eso signifique en su cultura), quien actúa como mujer, quien tiene aspecto de mujer y de quien los demás piensan que es mujer.

Tiempo después nació una linda princesita. No es cierto, más bien un día nació un bebé y cuando le hicieron la primera inspección genital, los médicos exclamaron que era una niña ¿Cómo lo supieron? En realidad, lo adivinaron por el aspecto que tenía “eso” que identificaron como una vulva ¿Cómo que “adivinaron”? Efectivamente, los médicos adivinaron porque, hoy en día, en pleno siglo XXI, no existe un procedimiento científico que sirva para determinar con total certeza el sexo de una persona[6]
. Ni siquiera los cromosomas obedecen en realidad a un patrón binario, en muchos casos. A simple vista, ni se diga: ¿cuándo un clítoris es demasiado grande o un pene demasiado pequeño como para más bien parecerse a su “opuesto”?. Ese refrán “a ojo de buen cubero” ha resultado bastante problemático en el caso de identificar un sexo.

La historia de la princesa continuará. Sígueme leyendo en la segunda entrega de este texto si quieres conocer más detalles sobre la intrigante cuestión: ¿Qué es una mujer?

 

[1] Abbagnano, N. (2012). Diccionario de Filosofía. Fondo de Cultura Económica: México.
[2] Si no me creen, hagan un recorrido por el pensamiento de cualquier filósofo (hombre, claro), del S.XX para atrás, y verán lo que les digo. La lista de ejemplos misóginos es tan larga que es mucho más fácil nombrar las excepciones: Poullain de la Barre, John Stuart Mill… y, y, y, ya.
[3] La relación entre la brujería y el feminismo es compleja e histórica. Las primeras acusaciones de brujería en la Edad Media fueron en realidad un movimiento de represión a las mujeres. Para saber más de esta parte olvidada de la historia oficial, te recomiendo leer “Calibán y la Bruja”, de Silvia Federici. Es un libro indispensable y muy interesante.
[4] Diferentes somos todos. Las mujeres y los hombres somos diferentes, pero también los altos y los chaparros, los gordos y los flacos… cada ser humano es único y diferente, es problema viene cuando, a partir de tales diferencias, organizamos una sociedad con acceso desigual a los derechos y al bienestar, una sociedad racista, sexista, clasista, etcétera.
[5] Esta afirmación es parte de una obra clave del pensamiento feminista francés (y mundial), “El segundo sexo”. Un clásico de hoy, mañana y siempre.
[6] Entiendo que esta afirmación alarmará a varias personas de mi grupo de lectorxs. No se preocupen. Para leer más sobre el tema, pueden consultar estos enlaces de prestigiosas publicaciones científicas (en inglés):
https://www.nature.com/news/the-spectrum-of-sex-development-eric-vilain-and-the-intersex-controversy-1.19873
http://newsroom.ucla.edu/stories/male-or-female
https://scopeblog.stanford.edu/2015/02/24/sex-biology-redefined-genes-dont-indicate-binary-sexes/

¿Tienes algún comentario o duda? Contacta a la autora: marianae@iteso.mx
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Las mujeres de La Huizachera: un destello en la oscuridad

Por: Carmen García Jiménez, miembro del Instituto Mexicano para el Desarrollo Comunitario (IMDEC, A.C) en el área de Acción y Participación Ciudadana, acompañando los procesos organizativos, educativos, de participación ciudadana y ambientales de los afectados de la Cuenca-Lerma-Chapala ubicados en los municipios de Temacapulín, El Salto y Juanacatlán. 

La colonia La Huizachera, ubicada en el municipio de El Salto, Jalisco, representa la viva imagen del éxodo de la migración rural a la ciudad. Las condiciones de asentamiento de estas familias en las grandes urbes simboliza el calvario de un destino sin futuro y sin esperanza.

En la búsqueda de mejores condiciones de vida, estas familias un día  abandonaron su parcela y un entorno limpio para llegar a los barrios marginales del asfalto y de la industria donde todo se compra con dinero. 

  • “Tengo 32 años viviendo aquí, soy de Zacatecas. Por falta de trabajo tuve que emigrar. Tengo dos hijas y un hijo, me dedico a vender hamburguesas en un  puesto que está al borde de la avenida principal, desde hace tres años mantengo a mis hijos/as porque mi esposo no vive con nosotros/as. No me gusta vivir aquí, pero no tenemos otra opción. Yo participo en el grupo de mujeres en la construcción de ecotecnias, tengo mi baño seco, y si me apoyan, voy a construir mi cocina ecológica” (Ana, 2011).

Ahora, su destino es pagar con el sudor de su frente por las necesidades más elementales para la vida: vivienda, comida, ropa, educación, salud, y tantas otras necesidades que aumentarán con el paso del tiempo.
La vida para estas mujeres y sus familias ya no será la misma. En esta nueva vida y dinámica en la ciudad, las mujeres tendrán que involucrarse en el rol de proveedoras y en algunos casos como la proveedora principal de su familia. Y ante esta nueva realidad, las mujeres encontrarán siempre una luz en medio de la oscuridad.

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Encima de migrante e indígena, mujer.

Por Mileva Rolón Palomera, estudiante de Ciencias Políticas y Gestión Pública. Becaria en el Programa de migración del CIFS.

– ¿Te gusta estar aquí?
– No…
-¿Por qué?
– Porque solamente cuido a mis hermanos, todo está muy aburrido siempre.

Janet, de catorce años y oriunda de Michoacán, trataba de explicarme cómo era su vida en el albergue. Ella, junto con su familia (papá, mamá y dos hermanos menores), llegaron hace seis años desde un pueblo cercano a Pátzcuaro, y aunque no sabe cuándo regresará a la escuela, tiene la esperanza de hacerlo pronto.
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