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Pero… ¿alguien me puede decir qué rayos es una mujer?

Por Mariana Espeleta Olivera
Académica del Cifovis ITESO

Otra vez, como todos los 8 de marzo, conmemoramos el Día Internacional de la Mujer… pero ¿qué es una mujer? Parece una pregunta tonta, pero si lo pensamos con cierta profundidad las cosas se complican. Podríamos responder que ser mujer inicia con haber nacido en un cuerpo de hembra humana. Este cuerpo, con su compleja biología regulada por genes y hormonas, produciría una subjetividad de mujer: una persona que se identificaría con aquellas características internas y externas que asociamos con la feminidad.

Esta solía ser la respuesta clásica, clara y simple como una línea recta, incuestionada ni por la ciencia ni por la filosofía. Si vas a la biblioteca y sacas el famosísimo Diccionario de Filosofía, de Nicola Abbagnano[1], (en su última actualización de 1998) y buscas la entrada “mujer”, lo único que vas a encontrar es una ausencia. ¿Y acaso no habla el silencio? Existe la entrada para “hombre”, por supuesto, y esta entrada pretende cubrir a la humanidad, incluyéndonos por default. Entonces, ¿somos iguales?, ¿somos al menos filosóficamente lo mismo? Para nada. Simplemente ha sido un asunto que filósofos y científicos han ignorado sistemáticamente, o que solamente han discutido para reafirmar sus posiciones de poder y, en la mayoría de los casos, para cimentar la inferioridad de las mujeres y la superioridad de los hombres[2].

Como en todas las historias clásicas, claras y simples como líneas rectas, un día apareció en el cuento una bruja que lo puso todo patas pa’rriba. Esta bruja era, obviamente, una bruja feminista[3].

Todo comenzó con el supuesto presentado arriba, de que el cuerpo determina la subjetividad. En realidad esto es una treta que oculta una enorme desigualdad (ojo, no dije diferencia[4]) que estableció privilegios y características geniales para los hombres y desventajas y defectos de carácter para las mujeres. Tales características y derechos, al provenir del cuerpo de la naturaleza, de la biología—, se presentaban como imposibles de modificar, eternos y “correctos” para el buen funcionamiento de la especie y, por ende, de la sociedad. Intentar escapar de esos designios “del cuerpo” significaba ir contra la naturaleza y buscar la ruina humana. ¿Ven cómo solamente una bruja podría proponer tal cosa?

En ese entonces a los hombres “por naturaleza” es decir, con un cuerpo con testículos, pene y testosterona les tocaba el rol de ser los que mandaban, de salir a la vida pública, de traer el sustento a casa y ver el futbol los domingos. A las mujeres “por naturaleza” por tener un cuerpo con pechos, útero y estrógeno—, qué casualidad, nos tocaba ser mamás tiernas, cuidar a los niños, obedecer, cocinar, parir, cuidar a todos suegros incluidos, atender al marido, lavar, planchar, doblar y guardar… Entonces, tener un cuerpo de hembra significó ser subalterna, y no poder hacer nada para cambiarlo.

Pero empezó la idea de buscar otra explicación, ya que esta parecía muy sospechosa… Si todo era tan natural ¿por qué necesitaban entrenarnos desde niñas con muñecas y cocinitas? ¿Por qué necesitaban reprimirnos todo el tiempo: con la manera en la que nos sentamos, las cosas que decimos, los lugares a los que vamos, las horas en las que llegamos, nuestros impulsos sexuales, nuestras ambiciones intelectuales? Las brujas se miraron unas a otras y exclamaron al unísono:  “Witch, please!”

Las brujas feministas se pusieron a discutir entonces qué era ser mujer. Lo llevan discutiendo desde mitades del siglo XX. Para empezar, parece que ha quedado claro algo que la pensadora Simone de Beauvoir afirmó en 1949[5]
:  “No se nace mujer, se llega a serlo”. Es decir, que hace falta entrenar para ser mujer. Sin saberlo, Simone estaba explicando el concepto de género. O sea que un cuerpo, del sexo que sea, necesita pasar por un proceso de asimilación para convertirse en aquello que lo define culturalmente como hombre o mujer.

Una mujer no es un cuerpo de mujer, sino un sujeto que se comprende a sí misma como tal y que proyecta esa percepción hacia los demás, de acuerdo con un código cultural compartido, que se asienta sobre su cuerpo biológicamente sexuado como hembra. Es quien se vive “mujer” (lo que sea que eso signifique en su cultura), quien actúa como mujer, quien tiene aspecto de mujer y de quien los demás piensan que es mujer.

Tiempo después nació una linda princesita. No es cierto, más bien un día nació un bebé y cuando le hicieron la primera inspección genital, los médicos exclamaron que era una niña ¿Cómo lo supieron? En realidad, lo adivinaron por el aspecto que tenía “eso” que identificaron como una vulva ¿Cómo que “adivinaron”? Efectivamente, los médicos adivinaron porque, hoy en día, en pleno siglo XXI, no existe un procedimiento científico que sirva para determinar con total certeza el sexo de una persona[6]
. Ni siquiera los cromosomas obedecen en realidad a un patrón binario, en muchos casos. A simple vista, ni se diga: ¿cuándo un clítoris es demasiado grande o un pene demasiado pequeño como para más bien parecerse a su “opuesto”?. Ese refrán “a ojo de buen cubero” ha resultado bastante problemático en el caso de identificar un sexo.

La historia de la princesa continuará. Sígueme leyendo en la segunda entrega de este texto si quieres conocer más detalles sobre la intrigante cuestión: ¿Qué es una mujer?

 

[1] Abbagnano, N. (2012). Diccionario de Filosofía. Fondo de Cultura Económica: México.
[2] Si no me creen, hagan un recorrido por el pensamiento de cualquier filósofo (hombre, claro), del S.XX para atrás, y verán lo que les digo. La lista de ejemplos misóginos es tan larga que es mucho más fácil nombrar las excepciones: Poullain de la Barre, John Stuart Mill… y, y, y, ya.
[3] La relación entre la brujería y el feminismo es compleja e histórica. Las primeras acusaciones de brujería en la Edad Media fueron en realidad un movimiento de represión a las mujeres. Para saber más de esta parte olvidada de la historia oficial, te recomiendo leer “Calibán y la Bruja”, de Silvia Federici. Es un libro indispensable y muy interesante.
[4] Diferentes somos todos. Las mujeres y los hombres somos diferentes, pero también los altos y los chaparros, los gordos y los flacos… cada ser humano es único y diferente, es problema viene cuando, a partir de tales diferencias, organizamos una sociedad con acceso desigual a los derechos y al bienestar, una sociedad racista, sexista, clasista, etcétera.
[5] Esta afirmación es parte de una obra clave del pensamiento feminista francés (y mundial), “El segundo sexo”. Un clásico de hoy, mañana y siempre.
[6] Entiendo que esta afirmación alarmará a varias personas de mi grupo de lectorxs. No se preocupen. Para leer más sobre el tema, pueden consultar estos enlaces de prestigiosas publicaciones científicas (en inglés):
https://www.nature.com/news/the-spectrum-of-sex-development-eric-vilain-and-the-intersex-controversy-1.19873
http://newsroom.ucla.edu/stories/male-or-female
https://scopeblog.stanford.edu/2015/02/24/sex-biology-redefined-genes-dont-indicate-binary-sexes/

¿Tienes algún comentario o duda? Contacta a la autora: marianae@iteso.mx
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Un breve recorrido a través de la violencia que sufren las mujeres en México

Por Mariana Espeleta Olivera
Especialista en temas de género y académica del Cifovis ITESO

Cuando preguntamos a las mujeres ¿has sufrido violencia por ser mujer? Casi todas podemos reconocer algún momento en nuestra vida en el que hayamos sufrido: agarrones en la calle, acoso de algún conocido, sensación de peligro o miedo ante una situación (en la que un hombre se sentiría cómodo), vigilancia o celos patológicos por parte de una pareja, tener que esforzarse más en el trabajo por el mismo (o menor) sueldo, tener una carga doméstica mucho más grande que los varones de la familia, ser menospreciada o más controlada que los hermanos, e incluso maltrato físico, golpes y amenazas. Las situaciones de violencia son muy variadas… a veces tan constantes que se han normalizado y nos cuesta trabajo verlas: “¿a poco eso es violencia?”.

Por supuesto, no todas las mujeres nos enfrentamos a los mismos peligros y a las mismas violencias: las realidades de la vida cotidiana, la edad, las herramientas de cada una y el contexto en el que nos desempeñemos hacen que nuestras experiencias sean muy diversas, pero cuando miramos la realidad de las mexicanas en conjunto, las cifras son desoladoras. No podemos seguir cerrando los ojos.

La violencia en contra de las mujeres se manifiesta de formas que pueden ser evidentes o sutiles. Como indican los ejemplos anteriores, hay violencia física, sexual, psicológica, económica, laboral, escolar… lo que unifica a todas estas formas de violencia es la razón que mueve a quienes la ejercen: considerar que tienen derecho a usarla como forma de dominación o posesión, que las mujeres son inferiores, que merecen un castigo relacionado al ejercicio (o no) de su rol social y que los cuerpos de las mujeres están a su disposición.

Podemos decir que la violencia en contra de las mujeres está enraizada en prácticas culturales que la naturalizan y la justifican, haciendo difícil erradicarlas, pues a menudo se avalan del respaldo popular y tienden a culpar a la víctima más que a los perpetradores, o bien, no se reconoce como violencia sino como costumbre u orden natural de las cosas. Además, la violencia en contra de las mujeres no solamente se ejerce de manera individual, también participan de ella colectivos e instituciones.

En el marco del Día Internacional en Contra de la Violencia hacia las Mujeres, revisé algunos datos para plantear un panorama sobre la violencia de género que estamos experimentando desde nuestros diferentes lugares[1] .

En el último censo (2015), había en México 61’474,620 mujeres, el 51.4% de la población. 33.3% de ellas son niñas y jóvenes de hasta 19 años, que están en su fase de desarrollo, que son el futuro del país y que pronto entrarán (o ya se abren camino) en el mercado laboral y la fase productiva.

El Estado mexicano debe garantizar a las mujeres una vida plena, con al menos las mismas oportunidades que sus contrapartes masculinas. Todos los recursos para desarrollar sus capacidades humanas, salud, educación, seguridad y libertad, a través de las leyes, las políticas públicas y el presupuesto suficiente para cumplir estos objetivos. No hacerlo implica una violación a los derechos humanos de las mujeres y niñas, aumenta la brecha entre hombres y mujeres, resta oportunidades y perpetúa el círculo de violencia, pues resulta mucho más difícil transformar las prácticas culturales en estas circunstancias.

De acuerdo con el INEGI, en el 2016, 66.1% de todas las mexicanas mayores de 15 años declararon haber sufrido alguna violencia relacionada con el hecho de ser mujeres, al menos una vez en su vida.

Al preguntar qué tipo de violencia, el INEGI hace la siguiente clasificación: violencia emocional: 49 de cada 100 mujeres, violencia sexual: 41.3 de cada 100 mujeres, violencia física: 34 de cada 100 mujeres y violencia económica: 29 de cada 100 mujeres. Sin embargo, muchas mujeres manifiestan vivir más de una forma de violencia y, por supuesto, existen otras formas de violencia que no están registradas en estas mediciones, como la violencia política.

Una fuente de amenaza para las mujeres en términos de violencia proviene de sus propias parejas, pues 58% de las que alguna vez ha vivido en pareja, dice haber sufrido violencia por parte de la persona que la decía querer. En 2016, 43% de las mujeres reportaron violencia por parte de su pareja actual, o de su última relación. La violencia emocional es la más frecuente, pero a menudo esta forma de violencia no va sola: 17.9% reporta maltrato físico y 6.5%, abuso sexual.

El noviazgo (una relación sentimental en la que no hay convivencia bajo el mismo techo) tampoco pinta muy bien: las mujeres entre 15 y 29 años que estaban de novias (2010) reportaron lo siguiente: 30.8% de violencia en la relación, de la cual 44.8 de cada 100 casos era emocional, 25.9 física y 21.7 sexual. Estas cifras tan altas demuestran que las relaciones de pareja son un vínculo que ha sido configurado culturalmente como un espacio de dominación masculina que resulta particularmente violento para las mujeres, el cual es urgente transformar.

En años recientes, también han crecido las violencias ejercidas por hombres distintos a la pareja. En 2016, 23.4% mujeres declararon alguna vez haber sufrido violencia física por parte de una persona distinta a su pareja, cuando en 2011 la cifra era de tan sólo 5%. En cuanto a la violencia sexual, en el 43.9% de los casos (2016), el perpetrador fue un conocido distinto a la pareja. En 2016, las cifras respecto a la violencia sexual fueron alarmantes: 47,682 mujeres denunciaron una violación y 366,609 denunciaron hostigamiento, manoseo, exhibicionismo o intento de violación. Esto quiere decir que las cifras son mucho mayores, pues el índice de denuncia es bajo.

Respecto al feminicidio, las cifras son mucho menos transparentes, pues resulta difícil que las procuradurías tipifiquen el delito. Muchas veces cuando hay una mujer asesinada, aunque sea por causas de género, se consigna como homicidio. En 2016 el INEGI señaló que hubo 2,735 mujeres asesinadas, a un ritmo aproximado de 7 al día. Otro crimen escalofriante es la desaparición, que en 2016 ascendió en las cifras oficiales a 1,799 mujeres, aunque en estos casos la cifra negra es muy alta.

Además de toda la violencia directa, muchos datos que tenemos no hacen referencia explícita a una forma de violencia, pero dejan ver claramente las condiciones de injusticia que producen violencia y que dejan a las mujeres sin posibilidades de mejora o defensa.  

En México, la inmensa mayoría de mujeres mayores de 15 años (96.1%) realiza algún tipo de actividad riesgosa, pero la participación en el mercado laboral formal es menor al que debería corresponder: sólo un 43.4% de mujeres lo realizan. A pesar de la contribución directa que hacen las mujeres al Producto Interno bruto (PIB), sólo el 20.4% tiene acceso a guardería y sólo hay un nivel de ingreso donde hay más mujeres que hombres: el salario mínimo. Cuando el nivel es de 3 a 5 salarios mínimos, la diferencia es más del doble: 1,913,271 mujeres con respecto a 4,641,794 hombres.  

Además de lo anterior, las mujeres hacen un importante aporte indirecto, pues dedican en promedio 46.9 horas a la semana a tareas domésticas y trabajos de cuidados no remunerados, comparado con 15.7 horas que dedican los hombres… pero si miramos más allá del promedio, encontramos que las mujeres en el pico de edad reproductiva (entre 30 y 34 años) dedican ¡67.6 horas a la semana! Cuando las contrapartes masculinas aumentan solo a 19.7 horas dedicadas. Esta sobrecarga también es una forma de violencia estructural, porque el trabajo no remunerado que aportan las mujeres equivaldría a un 18% del PIB, más lo que se ahorra el Estado en servicios que deberían ser aportados como parte del paquete de seguridad social… Es decir, no solamente es un trabajo gratuito que genera riqueza, sino que también genera ahorro al gasto público, todo a costa de las mujeres.

La reproducción en México representa para las mujeres otra manera de observar la desigualdad. Las mujeres mexicanas tienen en promedio 2.2 hijos. En el año 2015 nacieron 412,775 bebés cuyas mamás eran adolescentes de entre 15 y 19 años[1]. En 2014, un 29.1% de las mexicanas menores de 20 años había dado a luz una vez. Si ponemos estos datos en contexto, en relación con la pobreza, la falta de oportunidades o incluso la falta de acceso a los medios anticonceptivos, podremos claramente percibir que hay violencia estructural. En conjunción con la siguiente información, el escenario se puede tornar más preocupante: en 2015 se casaron 49,008 mujeres menores de 19 años en el país (sin incluir a las que se unieron, de las cuales no hay estadísticas). De este total, 20,948 eran menores de edad… ¿Qué tan menores? 1,535 tenían 15 años, 521 tenían 14 y 71 tenían 13. ¿Cómo es posible que en este país un juez case a una niña de 13 años? En varios estados de la república, la ley permite el matrimonio de menores de edad, si es mujer desde los 14 años y si es hombre desde los 16.

Todo este baile de cifras es apenas una forma de plasmar de forma sintética el inmenso problema que tenemos en el país respecto a la violencia en contra de las mujeres y niñas, de las que existe mucho menos información. Las mujeres no solamente somos la mitad (y un poquito más) de la población en México, también somos a quienes culturalmente se nos han asignados las tareas básicas de cuidado y crianza. Mientras cambiamos esto y caminamos hacia un futuro donde hombres y mujeres seamos igualmente responsables, de nuestro bienestar depende el bienestar las futuras generaciones. Toca emprender un camino en los dos sentidos, visibilizar el conjunto de desigualdades que mantiene a millones de mujeres sumidas en el círculo de la violencia y comenzar a tomar cartas en el asunto antes de que sea demasiado tarde.

 

[1] Toda la información estadística proviene del Sistema Integrado de Estadísticas sobre violencia contra las mujeres (SIESVIM) que recientemente presentó el INEGI. Algunos de los datos fueron tomados directamente, y otros calculados con base en los datos que el Sistema presenta. Los años de referencia varían, según la periodicidad con la que se mide el indicador, y en todos los casos se utiliza la más reciente disponible. El enlace directo al SIESVIM es el siguiente: https://sc.inegi.org.mx/SIESVIM1/

[2] No hay información respecto a embarazos de niñas menores de 15 años.

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Reflexiones sobre los movimientos feministas

Por: Mariana Espeleta

En los últimos años, hemos visto como el movimiento feminista cobra fuerza en muchas partes del mundo ¿Qué es lo que está pasando? ¿Acaso no hemos llegado ya a una posición de igualdad?

A menudo en los pasillos de la universidad y en otros espacios públicos escucho con atención este tipo de preguntas y los debates que se generan alrededor del tema. Muchos y muchas jóvenes tienen claro que la igualdad es una batalla que está muy lejos de haberse ganado: aunque no sea la situación concreta que viven todas las mujeres, en México las estadísticas que nos hablan de la desigualdad son terribles, incluso las estudiantes universitarias, están expuestas a injusticias y peligros por el solo hecho de ser mujeres: violencia de pareja, acoso laboral, acoso callejero, menor salario por igual trabajo y violencia sexual, son algunos de los temas que afectan la vida cotidiana de millones de mujeres de todas las clases sociales.

Además de todas estas causas que no han dejado de estar presentes, en muchas partes del mundo es posible observar que hay tendencias al retroceso. Los derechos que ya se habían conseguido, están siendo desmantelados por grupos políticos ultraconservadores, o populistas, conscientes que los cuerpos y vidas de las mujeres siempre son un botín político con el que se puede negociar ¿Qué quiero decir con esto? Tomemos como ejemplo el caso de los Yihadistas, o del Presidente Donald Trump; ambos han utilizado el discurso del sometimiento e inferioridad de las mujeres como una base para la creación de consensos, particularmente entre una población masculina que necesita reafirmar su posición de poder en la sociedad.

¿Qué pasa?

Como todos sabemos, a partir de mediados del siglo XX, los papeles sociales de hombres y mujeres han cambiado enormemente. Las mujeres arribamos al campo laboral y a la educación profesional de forma masiva. Nos convertimos en  jefas de familia, asumimos un montón de responsabilidades, y con ello hemos exigido también muchos derechos que antes nos eran negados. Por ejemplo, la ley de paridad en México, es fruto de la exigencia por una base de igualdad para contender en los espacios de representación política. En todo este movimiento, el papel tradicional de los hombres como jefes, líderes, proveedores, tomadores de decisiones, etc. se ha ido desmoronando sin pasar por una reflexión colectiva, que lleve a redefinir los límites, roles y nuevas posibilidades de la masculinidad. Esta indefinición, ha sido vivida por varias generaciones de hombres como una verdadera amenaza a su lugar en el mundo. Quizá esto explica en parte, la virulenta reacción que tienen algunos ante el avance de los derechos de las mujeres, o incluso ante la manifestación pública de posturas en pro de la igualdad y en contra de la violencia sexista. Como ejemplo, pueden observarse los debates en las redes sociales o los comentarios que se expresan por el público cuando una mujer denuncia algún tipo de abuso o violencia: a menudo encontraremos insultos, amenazas y críticas sin fundamento.

En un contexto local y global como este, no es de extrañarse que haya una reacción colectiva de mujeres, sobre todo porque gracias a internet y las redes sociales es posible conocer de inmediato aquellos sucesos que ocurren en diferentes partes del mundo, y también es más fácil organizar campañas, acciones colectivas y difundir mensajes de indignación y resistencia: las redes están llenas de estos contenidos, expresados de formas creativas, humorísticas, o combativas.

Sin embargo, es muy importante recalcar dos cuestiones fundamentales: la primera es que todo este movimiento mediático, es solamente el reflejo de lo que sucede en la calle y las acciones concretas de los movimientos que exigen igualdad, justicia y respeto para las mujeres. En México podemos observar la cada vez más creciente participación de una sociedad civil organizada que exige alto a la violencia, alto al acoso, derechos sexuales y reproductivos, entre muchos otros.

En segundo lugar que estos movimientos no son solamente de mujeres para mujeres: muchos hombres también han comprendido la necesidad de repensar su posición de privilegio masculino como una forma de control social que también les ha negado derechos y posibilidades de crecimiento personal, imponiendo como atributos obligatorios la agresividad, la competitividad, el control de las emociones, la propensión al riesgo, entre otras características que han producido daños personales y sociales.

Una de las cosas que disfruto más de mi trabajo la universidad, es el contacto con generaciones de jóvenes que están más dispuestas y dispuestos a cuestionar los roles de género y reconocer la necesidad de un cambio profundo en las estructuras de dominación y poder que asignan posiciones sociales a partir del hecho biológico de nacer con un cuerpo sexuado.

Creo que estamos en un momento clave para informarnos y formar parte de un movimiento de liberación humana que es decisivo para transformar la realidad del mundo. Este movimiento se llama feminismo, y quiero terminar aclarando –porque siempre me lo preguntan- que “feminismo” es anterior al término “machismo”. No es “lo mismo pero al revés”. El feminismo surge en el S. XIX con los movimientos de mujeres por el derecho al voto, y a partir de allí el concepto ha evolucionado en muchas tendencias, pero es un término reconocido como parte de la teoría social. El término “machismo” surge (como lo entendemos hoy) de forma imprecisa por allí de los años 70 del S. XX, pero es un término más bien coloquial, que tiene sentido solo en las lenguas romanas. El término correcto sería “sexismo”, y no… no es lo opuesto al feminismo.

 

 

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Protocolo de género en el ITESO

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción Sobre Seguridad Pública que levantó el INEGI en 2015, se estima que para el 2014 en Jalisco se denunció sólo el 9.3% de los delitos, de los cuales el 56.2% llevaron a inicio de averiguación previa en el MP. Esto es, del total de delitos se inició averiguación previa en sólo el 5.2% de los casos. (Castañeda, R. 2015)

Ya que en el ITESO se reproducen casos similares, la universidad decidió tomar acciones y el 22 de abril de 2016, publicó en Facebook lo que muchas mujeres y hombres de la comunidad universitaria pedían. Anunció un protocolo de protección contra la discriminación y la violencia de género, tomando como punto de partida la situación actual de contexto de la violencia contra las mujeres en el país y en Jalisco.

El ITESO cuenta con dispositivos para prevenir la violencia entre los estudiantes como el Reglamento de Alumnos o el Procurador de los Derechos Universitarios, sin embargo compañeras expresan que estos instrumentos no son los suficientes y no alcanzan a entender y tratar el tema con la cautela y efectividad suficiente.

En tanto, para la creación del protocolo de género se tuvo una primera reunión dirigida por el programa de Derechos Humanos y Paz del Centro de Investigación e Formación Social, CIFS del ITESO. Con alumnas, académicas y académicos de la institución que han estado involucradas con el tema de la prevención a la violencia de género se mantuvieron conversaciones el 07 de julio y el 14 de agosto.

En una segunda etapa se le exhorta a la comunidad universitaria a compartir sus experiencias y a involucrarse en el proceso a través de un sondeo que puede ser consultado a través de este enlace: http://blogs.iteso.mx/voces/protocolo/

Florencia Goguega

Referencias:

Castañeda, R. (2015) DIAGNÓSTICO SITUACIONAL DEL FEMINICIDIO EN EL ESTADO DE JALISCO. Consultado el 02 de septiembre de 2016 en: http://ijm.gob.mx/contenido/uploads/2016/02/Diagn%C3%B3stico-Feminicidio-PFTPG2015.pdf

Nuñez, J. (2016) “Los derechos de la mujer no son prioridad del gobierno” consultado el 02 sde septiembre del 2016 en: http://www.magis.iteso.mx/content/%E2%80%9Clos-derechos-de-la-mujer-no-son-prioridad-del-gobierno%E2%80%9D

 

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Décadas, generaciones y años: Desigualdad de las mujeres en México

Por: Rosa Gutiérrez, integrante del CEPAD

Artículo publicado en el Blog de la OSC CEPAD

Generaciones y generaciones, años y años y las mujeres seguimos padeciendo desde menores salarios, limitaciones para aspirar a cargos jerárquicos, políticos y distintos los que tradicionalmente hemos desempeñado, sobre carga de trabajo, y hasta la invasión de nuestra vida privada con el cumplimiento de exámenes de no embarazo.

De acuerdo con el INEGI en su estudio “Mujeres y Hombres en México 2014” las mujeres representamos el 51.2 por ciento de la población, es decir que habemos 105 mujeres por cada 100 hombres.

En casa nuestras actividades se duplican, nos hemos incorporado al mercado laboral y de todas formas recae en nosotras las actividades domésticas no remuneradas. Por cada 10 horas de trabajo de una mujer, el hombre labora 8.6. El informe menciona que si tradujéramos en pesos las labores domésticas, éstas serían equivalentes a una quinta parte del producto interno bruto (PIB).

Para 2014 una cuarta parte de los hogares en México tenía como jefa a una mujer; sin embargo en los hogares con jefatura masculina, los hombres tienen la titularidad de la propiedad en 91.3 por ciento de los casos.

Nuestra participación política está descafeinada, el estudio indica que en el Senado, del total de las 64 Comisiones Ordinarias sólo 19 son prescididas por una mujer. En la Cámara de Diputados y Diputadas de 56 Comisiones, sólo 13 son presididas por mujeres.

Al cuadro desalentador le podemos agregar que siete de cada 10 mujeres nos sentimos inseguras al salir a la calle; seis cuando hay que usar el transporte público y cuatro de cada 10 cuando asistimos a los parques o centros recreativos.

Hombres y mujeres somos parte del patriarcado, lo vivimos, no necesariamente lo hacemos consciente, lo padecemos y lo reproducimos. Conviene recordar que en materia de derechos humanos, el Estado mexicano y sus gobiernos tienen la obligación a nivel internacional de generar condiciones de igualdad para las mujeres.

El artículo 5 de la Convención sobre la Eliminación todas las Formas de Discriminación contra las Mujeres (CEDAW), menciona: Los Estados Partes tomarán todas las medidas apropiadas para: a) Modificar los patrones socioculturales de conducta de hombres y mujeres, con miras a alcanzar la eliminación de los prejuicios […] basados en la idea de la inferioridad o superioridad de cualquiera de los sexos […]. Y en materia laboral el artículo 11 establece: 1. Los Estados Partes adoptarán todas las medidas apropiadas para eliminar la discriminación contra la mujer en la esfera del empleo a fin de asegurar, en condiciones de igualdad entre hombres y mujeres, los mismos derechos.

Vivímos en un país donde ser mujer joven, tener buena apariencia, y no tener familia aminora los riesgos de padecer discriminación laboral; y en realidad yo me estoy preguntando: Si somos mayoría, si tenemos un papel tan importante en la sociedad, si generamos nuestros propios ingresos económicos ¿por qué seguimos padeciendo, viviendo, soportando, aguantando que nos discriminen por ser mujeres, que nos paguen menos por ser mujeres, que nos dejen exclusivamente el cuidado del hogar y de los hijos e hijas por ser mujeres?

¿Por qué seguimos tolerando que la sociedad en su conjunto nos trate y pague como si fuéramos seres inferiores?

 

 

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Las mujeres migrantes como símbolo del feminismo mexicano

Texto y fotografía: Bernadette Eguía – PAP Migración en la frontera México-Estados Unidos. Estudiante de Psicología del ITESO

“Nadie dijo que la vida es fácil. Hoy comparto mis experiencias, tengo 25 años y pienso que querer es poder…” (Andrea, Michoacán).

Andrea es una de las tantas mujeres que caminan por la frontera día con día con la esperanza de estar de nuevo con sus hijos y familiares.  Para ellas, la vida no es más que una prueba de amor hacia los suyos. La fe es su principal recurso y el cariño es su principal motivación.

En el transcurso de mi estadía por estas tierras fronterizas me he encontrado con varias mujeres que traen consigo una historia que muchas otras mexicanas quisieran (y debieran) escuchar.  Su discurso refleja fortaleza, decisión, riesgo, tristeza, frustración, carácter y determinación.

Desafortunadamente, un rasgo particular de este grupo de  jóvenes y señoras migrantes es que viven la violencia como una constante en sus vidas, no solo durante su trayecto por la frontera, sino desde su lugar de origen. Sin embargo, la mayoría de las que ha vivido violencia, no reflejan una actitud de victimización, sino que los atropellos se volvieron parte de una historia  de agencia que las forjó  a ser las personas que son actualmente.

La mayoría de ellas habla desde una postura digna, similar a la que propone el feminismo: se trata de personas que buscan estar activas en la sociedad,  que se encuentran en una lucha constante por reclamar sus derechos humanos; que a lo largo de su vida, han logrado identificar mecanismos sociales y culturales que influyen en la subordinación femenina y  como consecuencia, ha sucedido que ellas resignifiquen su proyecto personal de vida.

Las mujeres migrantes son, en sí mismas, personas que están en el proceso de encontrar(se).

Un espacio en donde se comparte el pasado y el presente es el Albergue Nazaret, un hogar para mujeres migrantes en Nogales, Sonora, que ofrece ayuda humanitaria a cualquiera de ellas que lo requiera. En dicho lugar, he tenido el honor de reconocerme a través de los ojos e historias de ellas y he sido partícipe de la introspección que logran hacer durante los espacios de acompañamiento psicológico que se ofrecen en el albergue. Dicho proceso se basa en el autoconocimiento y la toma de decisiones inteligentes que por la situación de vulnerabilidad que viven, es importante fortalecer.

Como estudiante de la carrera de Psicología, debo de admitir que durante este PAP he estado viendo una realidad muy cruda y a la vez esperanzadora. He logrado identificar que para poder conocer a la persona que está frente a mí, es necesario contextualizar su historia: conocer su pasado, su entorno, sus raíces. De esta manera, la persona que se encuentra frente a mí no sólo es un “migrante”, sino que se vuelve una “Andrea”, una “Cecilia”; a partir del contacto humano, ellas logren dignificar su proceso migratorio, su identidad y sus lucha.

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Defensa derechos de las mujeres en el ITESO

Día Internacional de las Mujeres

Por: Graciela Larios

El 8 de marzo Día Internacional de las mujeres, no es para festejar su belleza, sino para recordar a las mujeres trabajadoras y a su lucha incansable por la igualdad.

Los orígenes del Día Internacional de las Mujeres se remontan a 1857, cuando las mujeres que trabajaban en la industria textil de Nueva York, en los Estados Unidos, organizaron una protesta. Pedían salarios más altos y mejores condiciones laborales, pero la policía se encargó de dispersar a los manifestantes. Dos años más tarde, también en marzo, estas mujeres crearon su primer sindicato con el fin de protegerse y conseguir ciertos derechos laborales básicos.

El 8 de marzo de 1908, 40 mil mujeres costureras industriales se declararon en huelga, nuevamente pedían salarios más óptimos y la disminución de las jornadas laborales. También exigían el derecho a unirse a sindicatos y el rechazo al trabajo infantil. Durante la huelga los dueños de la fábrica Cotton Textile Factory, en Washington Square, Nueva York, encerraron a sus trabajadoras e incendiaron el lugar. Murieron alrededor de 129 mujeres.

Para  1909 el Partido Socialista de los Estados Unidos de América con una declaración de conformidad, se celebró en los Estados Unidos el primer Día Nacional de las Mujeres, se siguió con esta celebración cada último domingo de febrero hasta 1913.

Varios países se fueron sumando a la celebración del Día de las mujeres cada 8 de marzo. En México fue hasta 1935 que las mujeres del Partido Nacional Revolucionario (PNR, hoy el PRI) lo festejaron.

El 17 de octubre de 1953 se dio a conocer a través del Diario Oficial de la Federación el anuncio del Voto Femenino en México.  Hasta el 6 de julio de 1958 las mujeres mexicanas ejercieron su derecho al voto. Y fue hasta el primero de enero de 1975, que entró en vigor el nuevo artículo 4º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos: El varón y la mujer son iguales ante la ley.

En el camino y los retos del empoderamiento de las mujeres, el Centro de Investigación y Formación Social (CIFS) del ITESO, ha realizado y apoyado distintos proyectos para empoderar a las mujeres.

 

Mujeres de Cajititlán por un lago limpio

Laura Velázquez, Investigadora del CIFS del Programa de Ecología Política, comentó que desde hace seis años han estado trabajando en la Red de mujeres por un lago limpio en la región de Tlajomulco, ya que la Laguna de Cajititlán está pasando por serios problemas ambientales

Mujeres y la migración

Magdalena de la Peña del Programa de Migración en el CIFS, con alumnos y alumnas del PAP Migración en Jalisco y de la maestría en Desarrollo Humano han creado grupos de autoayuda para mujeres de Zapotlanejo que tienen familiares migrantes en Estados Unidos. “Ya que muchos de los hombres que parten hacia el norte dejan al cuidado de los hogares a sus mujeres quienes desempeñan dos roles a la vez: de padre y madre” Comenta Magdalena.

Actualmente se trabaja en la formación de promotoras, es decir, las mujeres interesadas y líderes a quienes se les capacita sobre derechos laborales de las personas migrantes, separación familiar, educación popular, etc.          

Mujeres rurales del sur de Jalisco

Por su parte, Manuel Sánchez Ramírez del Programa de Desarrollos Regionales Alternativos, comentó tres de las necesidades principales para las mujeres en el sur de Jalisco: empleo digno y bien remunerado, derecho a la vivienda y el derecho a la salud.

En el caso de Atoyac se ha trabajado en búsqueda del derecho a la vivienda, con la integración de una asociación civil integrada por 300 personas de las cuales el 95% están integradas por mujeres

Sánchez también comentó otro proyecto que se llama Guararte que cuenta con cinco mujeres del poblado de La Mesa en Zapotlán el Grande, que se dedican a fabricar huaraches artesanales.

El Colectivo la Barranca esta en Tapalpa, integrado con 11 mujeres que producen la extracción de miel, elaboran cerámicas decoradas y medicina de herbolaria.

Finalmente, en el Sur del Estado está la Tostadería en Usmajac integrado por 7 mujeres que laboran tres horas diarias, lo que les permite atender sus hogares y tener una remuneración similar a la de los hombres de la zona.

Defensa derechos de la mujer en el ITESO

Existen otros grupos con los que el ITESO y sus estudiantes coolaboran para la defensa de los derechos de las mujeres.

Uno de ellos es la Red de Género, integrada por personal de la Universidad, estudiantes, académicos y académicas. Para más información: http://goo.gl/Bu07Xe

Con dichos proyectos, desde el CIFS buscamos la participación activa de las mujeres para poder hacer cambios en la sociedad.

 

 

 

 

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Día de la mujer: retos hacia la equidad

Por Elsa Ivette Jiménez, profesora del Centro Universitario Ignaciano. Actualmente colabora en Generacción, proyecto dirigido a adolescentes y jóvenes para prevenir la violencia de género.

En el marco del Día Internacional de la Mujer resulta pertinente reflexionar sobre algunos retos que plantea la construcción de una sociedad más justa y equitativa entre los sexos. En específico, me interesa abordar la cuestión del trabajo y sensibilización con jóvenes y adolescentes en este tema, pues son ellos quienes tienen en sus manos la elaboración de legislaciones, agendas y prácticas que habrán de dar forma a las sociedades venideras.

http://www.ehui.com/

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Paradójicamente, desde el plano gubernamental, este sector es uno de los más relegados dentro de los programas de impulso a la equidad de género y de prevención de la violencia, pues las acciones se limitan a la recepción de charlas o talleres sobre prevención de embarazos y ETS, elaboración de proyectos de vida y poco más. En general, las estrategias educativas orientadas a adolescentes y jóvenes continúan encasillándolos en base a los estereotipos tradicionales de género, reforzando así su reproducción.

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