¿Quién destruyó la casa Aguilar Figueroa, la casa insignia de Chapalita?

Foto By: Ed Fladung
Foto By: Ed Fladung

Por Juan Palomar

La codicia. Un promotor miope y voraz. El Tribunal de lo Administrativo. Las autoridades estatales y municipales impotentes para hacer cumplir leyes y ordenamientos y de encontrar alternativas sin ser anulados grotescamente por ese tribunal. Los legisladores que siguen permitiendo que esto pase. La incapacidad del gremio de los arquitectos para encontrar y proponer soluciones que concilien patrimonio y nuevos usos. Los arquitectos que accedieron, por un puño de pesos, a proyectar algo sobre la destrucción del patrimonio de todos. Los colonos y los interesados en general, por no ser más aguerridos (existen los amparos…). Es, para abreviar, una culpa social, o por lo menos sistémica.

¿Pero por qué una casa particular propiedad de un promotor es patrimonio de todos? Por muchas razones. ¿Qué era la casa de don José Aguilar Figueroa? Era, ni más ni menos, que la construcción insignia de un fraccionamiento como Chapalita. Era la morada misma del creador de uno de los desarrollos urbanos más significativos del siglo XX tapatío. Era una gran casa, de mediados de siglo pasado, edificada por uno de los hijos de ese señor, con toda la carga simbólica que esto conlleva: la continuación de una optimista modernidad emanada de la escuela de la Universidad de Guadalajara fundada por Díaz Morales, el incipiente inicio de una tradición tantas veces rota, como ahora. Era una de las pocas obras que dejó el arquitecto Ignacio Aguilar Valencia, muerto prematuramente. Brillante, limpia, magistral en su uso del lenguaje contemporáneo conciliado con la somática y la climatología locales. Era muy bonita y a propios y extraños producía placer considerarla en su estratégica ubicación, en una manzana completa, llena de árboles, adyacente a la glorieta de Chapalita. Por estas y otras razones la comunidad se había justamente apropiado de su patrimonio: porque al asumirlo y entenderlo, ese patrimonio, que legalmente pertenece al promotor, adquiere una hipoteca social que es indispensable respetar. Y esto se hace en todos los lugares civilizados. Y, contrariamente al pensamiento primitivo y oligofrénico, el pago de esa hipoteca puede ser altamente ventajosa, en diferentes aspectos, para el promotor.

¿Y cómo se respeta esa hipoteca social, ese patrimonio común? Conciliando intereses. Encontrando soluciones de compromiso entre el patrimonio y el negocio. Cientos, miles de ejemplos en todo el mundo muestran que sí se puede lograr algo así. Pero la codicia debe tener límites; y la autoridad debe tener energía y eficacia para establecerlos, y debe propiciar estímulos. Ambas cosas, por supuesto, no pasaron en este caso. Era indispensable realizar un ejercicio de proyecto integral, un taller impulsado por autoridades y promotores, dentro del que la preservación de la arquitectura y la ganancia encontraran una solución razonable para las dos partes. Nunca se trata del todo o nada. También los fundamentalistas de la conservación, que quisieran arquitecturas disecadas, han provocado con su postura y sus vociferantes pataleos graves daños al patrimonio. La ingenua –y perversa- idea de que todo se puede hacer “centro cultural” (y que lo pague y mantenga otro), va de la mano con esa postura. Estas nociones solamente exacerban la idea de los promotores de demoler el “problema” antes que se complique más. Recordemos: el patrimonio debe ganarse la vida.

Supongamos que la casa de don José Aguilar datara de 1960. Dentro de solamente cinco años deberíamos haber tenido una perspectiva sobre su arquitectura y su valía similar a la que en 1960 se guardaba –o se debería haber guardado– con respecto a las grandes casas porfirianas de los 1890s (esas “protegidas” por el Inah y esas que por cientos se perdieron). Del mismo tamaño es la pérdida: la historia avanza. Era una casa que tenía la influencia de las grandes edificaciones domésticas de su época: Gropius, Neutra, Artigas, Coufal, Sordo Madaleno, Barragán… Era una irrepetible manera de entender y procesar arquitectónicamente una realidad que ahora ha desaparecido para siempre.

Independientemente de las quejas de diario, seguramente hay muchas lecciones que extraer de la destrucción de la Casa Aguilar: habría que aprenderlas, y aplicarlas. En primer lugar: ¿cómo fue posible, concretamente, este atentado al patrimonio de todos? ¿Cómo evitar el siguiente? Y luego continuar con lo demás.

Atentado con la obra de Luis Barragán: la casa de Arriola de Chapalita

aEn 1980, mismo año en que la Universidad de Guadalajara demolió la célebre Escuela de Música en Tolsa y Juárez, se consumó otro muy grave atentado contra la obra de Luis Barragán, el arquitecto más importante que ha dado México. Como para celebrar la entrega en ese año al maestro tapatío del premio Pritzker —equiparado a los premios Nobel— la ciudad permitió que fuera demolida una de sus tempranas obras maestras: la casa Aguilar, ubicada en López Cotilla, entre Lafayette-Chapultepec y Marsella, banqueta sur, en donde ahora está un mediocre edificio gris que aloja una dependencia estatal. Esa obra constituía una de las obras maestras tempranas de Barragán y hacía un interesante par con la casa González Luna-Iteso Clavijero.Por: Juan Palomar
Es difícil de creer que a estas alturas sea preciso continuar dando estas batallas: debería existir desde hace mucho una adecuada protección oficial para la irreemplazable obra de Luis Barragán en Jalisco. Y debería existir entre los propietarios de dichas obras un aprecio singular por sus posesiones, firmadas por un artista excepcional y ser así motivo de orgullo y cuidados especiales. Hay tres casos, por lo menos, en los que no es así. La casa que está en Rayón entre Juárez y López Cotilla, el par de casas que están en la esquina surponiente de La Paz y Colonias, y la casa Arriola de Chapalita, que nos ocupa hoy.Resulta que esta obra fue encomendada a Luis Barragán por el licenciado José Arriola Adame, célebre personaje tapatío de sus tiempos y amigo íntimo desde la primera juventud del arquitecto. Don José tuvo una numerosa familia, para la que mandó edificar, en el primer tercio de los años cincuenta del pasado siglo, una amplia casa en el solar de avenida de Las Rosas 543. Corresponde ahora dicho predio a la jurisdicción del municipio de Zapopan. La construcción estuvo a cargo del ingeniero Guillermo González Luna. Hay personas que recuerdan aún la espléndida casa y la no menos espléndida biblioteca del licenciado, reputada como la mejor del país en términos de literatura francesa.Una vez vendida por la familia Arriola la casa, ésta ha pasado por una serie de desventuras, entre ellas una subdivisión. Hasta donde se recuerda, la parte sustantiva de la finca primero fue la sede de Televisión Azteca, luego un restaurante y después de otros avatares, está siendo ahora nuevamente desfigurada con fines no precisados. Afortunadamente las obras han sido ya clausuradas.

Se ha insistido hasta la saciedad en la necesidad de adecuar con cuidado y criterio las edificaciones patrimoniales para sus nuevos usos, siempre que éstos sean compatibles con los valores de las fincas. Es algo no solamente deseable, sino perfectamente posible. Las autoridades respectivas (el Ayuntamiento de Zapopan, la Secretaría de Cultura y el INBA) están obligadas a preservar este patrimonio y a velar por que se haga lo necesario para lograr la preservación de la casa Arriola. Es factible conciliar los intereses de propietarios, inquilinos y ciudad, a través de un proyecto adecuado, para lograr preservar esta insustituible herencia de todos. Y este legítimo orgullo para la colonia Chapalita. Lo que se ha hecho es equiparable a tener un cuadro de José Clemente Orozco y emborronarlo con brochazos de algún aficionado. Es más que tiempo de borrar los brochazos y de que la obra de Barragán, y la de sus compañeros de generación, sean verdadera y adecuadamente protegidas.

La ciudad contra su patrimonio

Juan Palomar Verea

Parecía que para todos estaba claro que el patrimonio arquitectónico de Guadalajara constituía uno de los elementos que nos daban cohesión, fuerza y sentido como sociedad, y que era obligación fundamental e indeclinable de las autoridades preservar y defender ese patrimonio. Sin embargo, varios hechos alarmantes e indignantes ponen ahora en cuestión estos principios. Veamos.

En el curso de pocos meses tres obras del arquitecto Fernando González Gortázar, cuya valía intrínseca está ahora más allá de opiniones individuales, han sido destruidas o alteradas por el propio Ayuntamiento sin el conocimiento y menos el concurso de su autor. La primera es la plazoleta, fechada en 1983, que se ubicaba frente a la Casa de José Clemente Orozco, a un costado de los Arcos conmemorativos del 400° aniversario de la ciudad. Dicha intervención, que incluía una fuente, fue arrasada por el municipio para abrir una calle de la que hasta ahora se ignora la justificación o utilidad, si es que puede haber alguna. Posteriormente, la fuente de la Hermana Agua, en Chapalita, fue desfigurada con una capa de recubrimiento (pintura) que altera de raíz la expresión original del concreto aparente con la que fue concebida por su autor. Y para rematar la tercia, la fuente del Federalismo, de 1975, edificada sobre la avenida del mismo nombre, recibió recientemente algunas alteraciones que traicionan las intenciones plásticas y expresivas de su autor.

Es oportuno mencionar que las tres obras están debidamente registradas y protegidas por la Ley Federal de Derechos de Autor, por lo que los hechos mencionados violan flagrantemente este ordenamiento. Pero, además, resulta a todas luces inaceptable que los actuales encargados de cuidar el patrimonio de todos se tomen –por más buena fe que se conceda a sus intenciones- la facultad de manipular o incluso eliminar elementos destacados de ese acervo común. Mucho se extraña la intervención de los organismos encargados de preservar el patrimonio, como la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado o la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Otros hechos se suman a esta muy grave falta de cuidado y aún de agresión al patrimonio edificado de la ciudad. La incorporación de cubiertas “ligeras” y equipamientos deportivos en el corredor arbóreo del Paseo de las Arboledas en Jardines del Bosque, proyectado hacia 1956 por el arquitecto Luis Barragán, revela similar desinterés por los valores originales del patrimonio. Por muy “útiles” que estos agregados se consideren, es indispensable respetar, en primer término, el sentido que su autor quiso dar a estas arboledas –testimonio del antiguo bosque de Santa Edwiges- como espacios de serenidad, paseo y contemplación. El arreglo de la fuente de Niños Héroes y Arcos, también de Luis Barragán, dejó convertido al juego de agua ejecutado por su autor –elemento central de la composición- en una tímida caricatura anémica que traiciona las intenciones de la obra original y su relación con el Pájaro Amarillo. Las tuberías, inclusive, se dejaron aparentes sobre la superficie acuática, con lo que su presencia estropea el mismo espejo de agua.

Finalmente, en octubre del año pasado fue demolida totalmente una notable casa, fechada en 1934, de la autoría del arquitecto Ignacio Díaz Morales: la casa Elosúa de la avenida Unión, entre López Cotilla y La Paz, banqueta poniente. El hecho se consignó, por esos mismos días, en este espacio. El Ayuntamiento debió estar al tanto, si es que hubo alguna solicitud de licencia de demolición; y más al tanto, a través de Inspección, si nunca la hubo. Del mismo modo se extrañó la acción de la Secretaría de Cultura y de la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Este conjunto de hechos deja ver una tendencia más que preocupante: la del menosprecio del patrimonio arquitectónico común por la autoridad. Nunca está de más señalar la función vital que este patrimonio tiene para toda la comunidad. Es hora de revisar qué se está haciendo, y de corregir lo corregible.

jpalomar@informador.com.mx