La ciudad contra su patrimonio

Juan Palomar Verea

Parecía que para todos estaba claro que el patrimonio arquitectónico de Guadalajara constituía uno de los elementos que nos daban cohesión, fuerza y sentido como sociedad, y que era obligación fundamental e indeclinable de las autoridades preservar y defender ese patrimonio. Sin embargo, varios hechos alarmantes e indignantes ponen ahora en cuestión estos principios. Veamos.

En el curso de pocos meses tres obras del arquitecto Fernando González Gortázar, cuya valía intrínseca está ahora más allá de opiniones individuales, han sido destruidas o alteradas por el propio Ayuntamiento sin el conocimiento y menos el concurso de su autor. La primera es la plazoleta, fechada en 1983, que se ubicaba frente a la Casa de José Clemente Orozco, a un costado de los Arcos conmemorativos del 400° aniversario de la ciudad. Dicha intervención, que incluía una fuente, fue arrasada por el municipio para abrir una calle de la que hasta ahora se ignora la justificación o utilidad, si es que puede haber alguna. Posteriormente, la fuente de la Hermana Agua, en Chapalita, fue desfigurada con una capa de recubrimiento (pintura) que altera de raíz la expresión original del concreto aparente con la que fue concebida por su autor. Y para rematar la tercia, la fuente del Federalismo, de 1975, edificada sobre la avenida del mismo nombre, recibió recientemente algunas alteraciones que traicionan las intenciones plásticas y expresivas de su autor.

Es oportuno mencionar que las tres obras están debidamente registradas y protegidas por la Ley Federal de Derechos de Autor, por lo que los hechos mencionados violan flagrantemente este ordenamiento. Pero, además, resulta a todas luces inaceptable que los actuales encargados de cuidar el patrimonio de todos se tomen –por más buena fe que se conceda a sus intenciones- la facultad de manipular o incluso eliminar elementos destacados de ese acervo común. Mucho se extraña la intervención de los organismos encargados de preservar el patrimonio, como la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado o la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Otros hechos se suman a esta muy grave falta de cuidado y aún de agresión al patrimonio edificado de la ciudad. La incorporación de cubiertas “ligeras” y equipamientos deportivos en el corredor arbóreo del Paseo de las Arboledas en Jardines del Bosque, proyectado hacia 1956 por el arquitecto Luis Barragán, revela similar desinterés por los valores originales del patrimonio. Por muy “útiles” que estos agregados se consideren, es indispensable respetar, en primer término, el sentido que su autor quiso dar a estas arboledas –testimonio del antiguo bosque de Santa Edwiges- como espacios de serenidad, paseo y contemplación. El arreglo de la fuente de Niños Héroes y Arcos, también de Luis Barragán, dejó convertido al juego de agua ejecutado por su autor –elemento central de la composición- en una tímida caricatura anémica que traiciona las intenciones de la obra original y su relación con el Pájaro Amarillo. Las tuberías, inclusive, se dejaron aparentes sobre la superficie acuática, con lo que su presencia estropea el mismo espejo de agua.

Finalmente, en octubre del año pasado fue demolida totalmente una notable casa, fechada en 1934, de la autoría del arquitecto Ignacio Díaz Morales: la casa Elosúa de la avenida Unión, entre López Cotilla y La Paz, banqueta poniente. El hecho se consignó, por esos mismos días, en este espacio. El Ayuntamiento debió estar al tanto, si es que hubo alguna solicitud de licencia de demolición; y más al tanto, a través de Inspección, si nunca la hubo. Del mismo modo se extrañó la acción de la Secretaría de Cultura y de la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Este conjunto de hechos deja ver una tendencia más que preocupante: la del menosprecio del patrimonio arquitectónico común por la autoridad. Nunca está de más señalar la función vital que este patrimonio tiene para toda la comunidad. Es hora de revisar qué se está haciendo, y de corregir lo corregible.

jpalomar@informador.com.mx

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