EXPOSICIÓN: La jugada. Santo Santiago y los tastuanes

Textos por: Guillermo de la Peña, Rubén Páez Cano y Tomás de Híjar.
Marionetas representando a los tastuanes y al Santo Santiago.

Con La jugada, muestra organizada en el marco del 16º Festival Universitario, el Centro de Promoción Cultural del ITESO, se sumó a los festejos del Centenario del Museo Regional de Guadalajara, en el 2018.

 

Presentación

Esta exposición dio testimonio de una variante de las danzas de conquista que se llevan a cabo en las festividades religiosas de nuestro país: “la jugada” o “la danza de los tastuanes”, la cual tiene un lugar prominente en las conmemoraciones religiosas de la región occidental de México. Se trata de una representación que hace referencia a la llegada de los españoles en el siglo XVI, y bajo el mando de Nuño Beltrán de Guzmán, al territorio de lo que hoy son los estados de Jalisco y Zacatecas.

Luego de fundar la Guadalajara itinerante, ésta fue invadida por los indios caxcanes –o “tastuanes”— encabezados por Tenamaztle. En aquel momento, a punto de ser derrotados, los españoles invocaron a Santo Santiago quien los protegió en la Guerra del Mixtón.

Sin embargo, se considera a la vez que la danza de los tastuanes y Santo Santiago representa la resistencia de los indios frente al dominio español, por lo que tradicionalmente ha tenido lugar en las poblaciones de tradición indígena para conmemorar la festividad de Santiago apóstol (25 de julio) y para celebrar los frutos de la cosecha (a mediados de septiembre).

Aún se recuerda que, en Guadalajara los tastuanes danzaban al son de la chirimía en los barrios indígenas Mezquitán, Analco y Mexicaltzingo –hoy integrados a la ciudad–, y todavía se hacen “jugadas” en las poblaciones de Tonalá, Santa Cruz, Ixcatán, Tepetitlán, Ocotán, Nextipac y Jocotán.

La exposición se conformó con objetos y representaciones que daban cuenta de la danza desde el siglo XVIII, hasta los elementos contemporáneos que constituyen parte de esta tradición. Se presentaron piezas de cerámica bruñida y esculturas virreinales, diversos elementos de indumentaria y máscaras; la exposición incluyó música, videos y fotografías, así como algunos objetos representando las “jugadas” y los personajes de la danza.

 


I.- El culto a Santiago Apóstol

Cántaro de barro representando a Santiago Matamoros.

El culto jacobeo en lo que fue la Nueva Galicia tiene dos matrices culturales: la relevancia que tuvo el santo patrono de España en el proceso de la reconquista, que concluyó en 1492 con la caída de Granada, último bastión musulmán en la península ibérica; y el repoblamiento de los núcleos urbanos que arrasaron los indios rebeldes que tomaron parte en la llamada Guerra del Mixtón, en 1541.

La primera, hizo que la iconografía del Apóstol más divulgada en el Nuevo Mundo fuera la del jinete de la legendaria batalla de Clavijo, montado en un corcel blanco al tiempo de aplastar a sus enemigos en el año 844. Así nació el Santiago Matamoros, símbolo al que animaba siempre el espíritu de guerra santa. La segunda matriz estaría relacionada con el Santiago Mataindios, apodo reciente y que no se ajusta a los términos en los que los indios conquistadores abrazaron el culto jacobeo para legitimar su presencia en territorios tan distantes a los de su procedencia, como fue el caso de los tlaxcaltecas que acompañaron al Virrey De Mendoza y que se quedaron en la Nueva Galicia luego de sofocar la aludida Guerra del Mixtón.

Consta que la campaña militar que encabezó el lugarteniente de Carlos V no hubiera sido exitosa sin la participación de un copioso ejército compuesto por indios tlaxcaltecas, huejotzincas, cuauhquechultecas, mexicas, xilotepecas, acolhuas y purépechas, que según las cuentas ascenderían a cincuenta mil. También consta que quien encabezó la rebelión de los caxcanes, Francisco Tenamaztle, capituló para evitar mayores tropelías a su gente.

Vasija de barro tonalteca representando a Santiago Mataindios.

Que en lo que fue la Nueva Galicia siga viva la religiosidad popular en torno al santo de los conquistadores es sorprendente, pues salvo esa evidencia nada más resta por acá de los antiguos pueblos de indios. Pero también lo es el desconocimiento de este dato por parte de los estudiosos de un tema –la danza de los tastuanes— que rebasa ampliamente lo folclórico para elevarse al de raíz identitaria más alta, ya que trastoca la visión derrotista del indio “conquistado” para poner la atención en el indio “conquistador”, es decir, el que con el tinte de guerra santa hizo suya la expansión de los dominios de España en esta parte del mundo y la convalidó, dándole culto a Santiago con elementos tan propios de su cultura: la danza, las máscaras y el mitote, con el propósito de contrarrestar –lo acaba de exponer de forma novedosa y brillante el investigador Claudio Jiménez Vizcarra–, “el habla y el tlatol del diablo”, como se designa en la probanza en descargo del Virrey De Mendoza, al discurso que alentó la rebelión de los indios de la Nueva Galicia en 1541, fruto, dijeron los escribanos, de una suerte de aquelarre en el que “viejas hechiceras” invocaron al diablo, quien les dirigió su palabra a través de Tecoroli para pedirles que mataran a todos los cristianos de esa provincia; que renegasen de esa fe.

Quede planteada, pues, la hipótesis del culto jacobeo entre nosotros como la memoria que de su conquista hicieron en la Nueva España los indios que repoblaron los sitios arrasados por la también llamada rebelión chimalhuacana.

 

II.- La Guerra del Mixtón

Página 46 del Códice Telleriense-Remensis, que habla del año 1541, en el que “se alsaron los yndios de jalisco”, según la anotación debajo de la ilustración.

Una interpretación diferente se lee en los textos de Antonio Tello, Pablo de Beaumont, Alonso de la Mota y Escobar y Matías de la Mota Padilla. Gracias a ella, se puede saber que la fiesta se inició para memorar la intervención del apóstol Santiago en la Guerra del Mixtón en donde los españoles vencieron a los indios caxcanes –tastuanes.

Los abusos de los colonizadores y la resistencia indígena dieron lugar a diversas batallas: “Dieciocho indios principales cayeron en manos de los capitanes españoles Domingo de Arteaga, Cristóbal de Oñate, Martín Benítez y Juan Pascal, quienes ahorcaron públicamente a nueve de ellos. En respuesta, los nativos dieron muerte al encomendero Juan de Arce, quien además fue comido, como se hacía en la guerra antigua entre estos pobladores” (L. Barjau).

El 28 de septiembre de 1541, sesenta mil indios al mando del tastuán Tenamaztle sitiaron la antigua Guadalajara (fundada en Nochistlán) y se retiraron luego de cuatro días. Fue entonces que los españoles decidieron buscar un sitio más adecuado para establecer de manera definitiva la ciudad de Guadalajara y se encaminaron al Valle de Atemajac.

Mientras tanto, concentrados en el Cerro del Mixtón los caxcanes se preparaban para la guerra, tal como se consigna en el Códice Telleriense-Remensis, en donde Tenamaztle se enfrenta al Virrey Antonio de Mendoza –cuyo apellido se puede ver escrito con un maguey y una tuza: metl-tuza.

Cuando los españoles salieron a combatir a los sublevados, antes de emprender el ataque, ofrecieron perdonar las muertes e incendios que los indios habían causado, con la condición de que debían ser obedientes y pacíficos con sus encomenderos.

Se dice que se escuchó la voz de Tenamaxtle: “Nosotros queremos que se vayan en paz, pues estamos en nuestras tierras… y a ustedes ¿quién los ha llamado?”.

 

III.- El nombre y la representación

Si bien, el nombre “tastuanes” parece provenir de los caxcanes –nombre de los indios que habitaban esta región del país—, también es posible que sea una deformación burlesca de la palabra tlatoani, señor.

La representación de los tastuanes implica su identificación como seres lúdicos –sus evoluciones se conocen con el nombre de “jugadas”—; pero también como salvajes, paganos y adversarios de la religión cristiana. Ocultan su rostro con máscaras de madera que ostentan rasgos animalescos y van tocados con una montera o peluca confeccionada de cola de res y crines de caballo, que les cuelga hasta la cintura. Acompañados de música de tambor (o temponaztle) y chirimía.

 

Hoy en día, como en antaño, la celebración de Santo Santiago y los tastuanes presenta los siguientes cuatro momentos:

  1. Los tastuanes se presentan y toman posesión del espacio habitado.
  2. Los tastuanes discuten y negocian con Santiago sobre la posesión del espacio circundante.
  3. Los tastuanes combaten contra Santiago, lo vencen y lo matan.
  4. Santiago resucita y los tastuanes le rinden pleitesía; pero al mismo tiempo, el significado de Santiago se transforma: de ser una fuerza destructora se convierte en una fuerza curativa, vital.

Esta fiesta se ha celebrado durante varios siglos en los viejos barrios y poblados indígenas que ahora forman parte del área metropolitana de Guadalajara, tales como Santa Cruz de las Huertas (en el municipio de Tonalá); Mezquitán, San Andrés y Huentitán (en el municipio de Guadalajara); Jocotán, San Juan de Ocotán, Ixcatán, Nextipac y Santa Ana Tepetitlán (en el municipio de Zapopan); Juchipila y Apozol, así como en localidades del extremo noroeste de los Altos de Jalisco, como en Mechoacanejo (municipio de Teocaltiche).

 

VI.- La danza de los tastuanes

Danzantes.

Cuando los tastuanes han provocado el caos en las calles, éste se conjura al aparecer de Santiago –quien monta un caballo blanco, blande un machete de acero, viste a la antigua usanza hispana: sombrero de cuero de anchas alas adornado con plumas blancas, botas y capa española—; lo acompañan sus servidores (dos o más), llamados “moros” o “perros rastreros” (en Jocotán) o “sargentos” (en Ixcatán). En la versión de Nextipac, los tastuanes se repliegan ante él, que declara ser “Rey de la Nueva España y de la Nueva Galicia”.

Luego, los tastuanes marchan todos en una procesión encabezada por Santiago, a la plaza o atrio de la iglesia, donde se ha erigido una plataforma, que recibe el nombre de castillo: allí tendrán lugar las negociaciones por la tierra, durante las cuales los tastuanes miden el suelo con cordeles, profieren largos e ininteligibles discursos –salpicados de vocablos en náhuatl— y con grandes gesticulaciones señalan hacia los cuatro vientos.

Reyes coronados.

En las negociaciones intervienen tres reyes coronados (y en ocasiones una reina), que representan los poderes terrenales, y lo más interesante es que los tastuanes se vuelven contra Santiago y lo matan. Entre el momento de la muerte de Santiago y el de su resurrección hay un intercambio de regalos entre los tastuanes y la población local.

Enseguida, actividad lúdica de los tastuanes se reanuda: vuelven a corretearse y a gritar, mientras Santiago reposa en el atrio envuelto en una cobija. Cuando Santiago resucita se produce una gran conmoción. Sus verdugos caen fulminados, pero el santo “los cuerea” –así, su espada se convierte en un instrumento de vida— y se une a la actividad alborotadora.

La culminación de la fiesta tiene lugar cuando Santiago “cuerea” a todos los fieles, quienes forman una larga fila para recibir el impacto curativo.

Santiago resucitado.

 

V.- Indios que hacen muecas a la ciudad

Guadalajara es una ciudad que presume de criolla, y hasta de española, donde los indios quedan confinados a los museos.

Recorrido con la comunidad, posterior a la jugada.

La celebración de los tastuanes permite a los indios salirse de los museos y hacer muecas a la ciudad, al tiempo que subvierten los símbolos de la cultura de Conquista.

 

De hecho, su afirmación pública de la indianidad lo es también del derecho a la tierra; y precisamente una característica de los pueblos caxcanes a lo largo de la Colonia fue la reivindicación de las tierras de la comunidad.

 


Sobre el diseño de la exposición

Los núcleos temáticos

Montaje de algunas salas.
  1. Santiago, santo de dos mundos.
  2. Las “jugadas” de la danza: ayer y hoy
  3. La danza y su historia de continuidad. Del siglo XVIII a la actualidad.
  4. Los tastuanes
  5. Las máscaras y la música para la danza.
  6. La “jugada” en Santa Cruz de las Huertas, municipio de Tonalá, Jalisco.
  7. Las variantes de la danza en: Tonalá, Jocotán y San Juan de Ocotán, Jalisco, y en Nochistlán, Zacatecas.

Finalmente, se muestra en el siguiente video a Rubén Páez Kano habla del trabajo museográfico realizado para una exposición sobre la tradición de los tastuanes en Jalisco, el reto que implica cada pieza en el montaje y el trabajo de colocación para crear el impacto deseado en el espectador.

 


 

TRADICIONES: Altar de Dolores

Texto por: José Hernández y Gutierre Aceves.

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Viernes de Dolores

La celebración del Viernes de Dolores es un preámbulo al periodo de recogimiento que significa la Semana Santa en la cultura cristiana. Fue consagrado a la Virgen, como un recuerdo de sus dolores, por resolución del Sínodo provincial celebrado en Colonia, Alemania, en 1413. Muy popular en los siglos XVIII y XIX en México, esta tradición aún es conservada en las familias del centro y occidente del país, y desde hace años el Centro de Promoción Cultural del ITESO, a través de su programa de Patrimonio, la retoma y promueve.

 

I. Incendio del Viernes de Dolores

La importancia de toda tradición radica en reflejar el sentir de un pueblo. La tradición del Altar de Dolores se remonta a la época de la Colonia. En el Reino de la Nueva Galicia, hoy Estado de Jalisco, los jesuitas introdujeron la devoción a la Virgen de los Dolores en el siglo XVII; los habitantes de este reino como devoción a la imagen de la Dolorosa, comenzaron a levantar altares cada año dentro de sus casas.

“Palomitas de algodón y grenetina, comalitos de cebada recién nacida, flores, confeti, esferas de cristal y sobre todo velas de cera en gran cantidad, cuyas luces producían una atractiva y deslumbrante iluminación, abundaban en el adorno de dichos altares, que desde tiempos inmemorables fue costumbre entre los habitantes de Guadalajara celebrar familiarmente la fiesta de la Virgen de los Dolores”, señala el historiador Ignacio Dávila Garibi en sus relatos.

Los altares se visitaban por la tarde o en la noche para gozar el esplendor de la iluminación; como parte de la visita era obligado que el anfitrión obsequiara agua fresca de limón con chía y de Jamaica, entre otras, que según la tradición se relacionaban con el llanto de la Virgen.

Se llamaron “incendios”, precisamente por la gran cantidad de velas encendidas en estos altares, y como las calles de Guadalajara y de otros pueblos donde se ponían estas ofrendas carecían de alumbrado, el reflejo que salía de las ventanas daba la impresión que las casas se incendiaban. También muchas veces con el aire propio de la temporada, la llama de las velas alcanzaban alguna cortina provocando un incendio de verdad.

Hoy en día esta tradición perdura tanto en Guadalajara como en otras poblaciones del Estado, en la Ciudad de México y en otras entidades de la República, contribuyendo así a preservar nuestras raíces y conformar parte de nuestro ser nacional.


 

II. El altar

“Dos ó tres semanas antes del sexto Viernes de Cuaresma, que fue consagrado á la Virgen, […] hacíanse los preparativos para los famosos altares que en tal día se levantaban. Esos preparativos consistían en embadurnar de agua recargada de chía, jarros, comales, cantaritos, ladrillos, pinos y otros objetos de barro muy poroso, de diversos tamaños y de varias formas, cuidando de echarlos agua diariamente; en sembrar en platos y en macetillas, trigo, lenteja, cebada, alegría y otras semillas, preservando unos sembrados del contacto del aire, á fin de obtener las plantas amarillas, y dejando libres otros para que éstas se desarrollasen y adquiriesen su verdor; y por último, en echar el ojo á cuantos muebles, trastos y lienzos y otros objetos existiesen en la casa y fuesen útiles y necesarios improvisación y adorno de los referidos altares.” (García Cubas, 1904)

En Jalisco, el altar es presidido por una imagen de la Virgen Dolorosa, de bulto o pintada al óleo. La decoración responde a un orden preestablecido y varía según las posibilidades económicas y la creatividad de cada familia. Antaño el altar se construía en un espacio escalonado para lo cual se utilizaban mesas y pequeños muebles que se cubrían con manteles blancos y papel picado. La decoración se enriquecía con una profusión de veladoras y velas decoradas con cera escamada, así como con esferas, tazones y tibores de mayólica poblana, y pequeñas macetas con germinados de trigo o chía.

“Multiplicadas eran las faénas a que se entregaban las familias para armar un altar de Dolores, á causa de ser los menesteres tan numerosos como variados. Echábase mano de una mesa, así como de algunos cajones de madera de diversos volúmenes y aun de cofres. Arrimaban aquélla á la pared principal de la sala y ponían éstos sobre la mesa simétricamente colocados de mayor á menor, formando gradas; clavaban en la pared una cortina blanca ó de color, de lino ó seda, dándole la forma de pabellón, bajo del cual se colgaba el cuadro de la Virgen á la altura de la última grada, sobre aquel cuadro se suspendía un Santo Cristo; forrábase el altar con lienzos blancos adornados con moños y listones de colores, y se cubría la mesa con frontal y palio. Improvisado ya el altar procedíase desde luego á su adorno. Unos se ocupaban en dorar naranjas y en formar banderitas con popotes y hojillas de plata y oro volador, y otros en hacer las aguas de colores con las que habían de llenarse de copas, botellones y cuantos vasos de cristal había disponibles en la casa. Sacábanse de sus encierros los sembrados amarillos y traíanse de los corredores y azotehuelas los verdes, así como las macetas de mejor follaje y de plantas en flor, mientras que las criadas, bajo la dirección del ama de la casa, empleaban su tiempo en la cocina ó en otra pieza retirada, moliendo en metates grandes cantidades de pepitas de melón, echando en remojo la chía, el tamarindo […]. Los procedimientos para las aguas de colores variaban según la calidad y recursos de las familias […]”

“Hecho el acopio de todo lo necesario, procedían desde luego á colocar sobre el altar los objetos tan numerosos como variados. Grandes velas de cera, doce cuando menos, adornadas con banderitas de plata y oro volador y colocadas en candeleros con los cabos envueltos en papeles de color picados, se distribuían simétricamente en las diversas gradas del altar. Las ollitas, los ladrillos, los pinitos y demás figuras de barro, sembrados de chía y alegría alternaban con los platos y macetas que ostentaban las amarillentas plantas del trigo y de la lenteja de la misma manera que las hileras de naranjas con sus banderitas de oro, quedaban interrumpidas por los ramilletes y por frascos y botellones tras de los cuales se colocaban lamparitas de aceite que, una vez encendidas, hacían brillar vivamente las aguas de colores que aquéllos contenían. A los lados del altar colocábanse las macetas de mejores plantas, y á su pie se formaba un tapete con salvado extendido, sobre el que, por medio de patrones de papel, se hacían alrededor complicadas labores con pétalos de flores polvo de café y obleas desmenuzadas, y en el centro el anagrama de la Virgen.” (García Cubas, 1904)

 

Está la Reyna del çielo

Anónimo español. Siglo XV. Fragmento.

Está la Reyna del çielo
a la cruz amorteçida
los sentidos muy turbados,
la color desfalleçida;

El rostro muy afilado,
la color toda perdida,
el pecho muy quebrantado
i la vos enrronquecida;

El corazón traspasado,
el alma muy afligida;
Con su llanto doloroso
a tristesa nos convida.

Pues no vieron nuestros ojos
ser madre tan dolorida,
de todos desanparada,
de nadie fue acorrida.

El hijo que mucho amaba
ya se parte desta vida;
A San Juan le encomienda
al tiempo de su partida.

 

Himno a la Dolorosa

Atribuido a Jacopone da Todi.

Oración sobre los dolores de la Virgen María bajo la Cruz. Es un himno del siglo XIII que se asocia en particular con el Vía Crucis, cuando éste sucede públicamente, en procesión o en la iglesia, se cantan estrofas del mismo.

 

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía,
cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

Oh, cuán triste y afligida
se vió la Madre bendita
de tantos tormentos llena
cuando triste contemplaba,
y dolorosa miraba,
del Hijo amado la pena.

¿Y cuál hombre no llorara
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera,
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo
vió a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre,
y muriendo al Hijo amado
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

Oh Madre, fuente de amor
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que por mi Cristo amado
mi corazón abrasado
más viva en Él que conmigo.

Y porque a amarte me anime
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí;
y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar,
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo:
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu Corazón compasivo.

Virgen de vírgenes santas,
llore yo con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su Pasión y Muerte
tenga mi alma de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore,
Y que en ella viva y more,
De mi fe y amor indicio;
porque me inflame y me encienda
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
para que cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria.

Amén.


III. Glosario

Para ampliar la explicación sobre los componentes del altar y su simbolismo te presentamos el siguiente glosario que profundiza en el significado de cada elemento en la composición de la ofrenda.

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Sitios relacionados:

TRADICIONES: Tutorial para realizar ofrendas para las ánimas

Texto por: Rubén Páez Kano.

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El origen

Cada grupo humano ha desarrollado formas particulares de rendir culto a los antepasados. En las diversas culturas, todos los rituales –incluso aquellos relacionados con la muerte— tienen como fin la preservación del grupo que los lleva a cabo, y también la renovación de los elementos necesarios para la vida.

Desde las primeras agrupaciones sociales, luego de cosechar los frutos de la tierra y antes de la estación invernal han tenido lugar las ceremonias relacionadas con la fertilidad de la tierra y el renacimiento de la naturaleza. Se cree que de esa manera se logra el re-establecimiento anual de las fronteras entre la vida y la muerte —entre este mundo y el otro—, y que su contacto limitado por el ciclo ritual a ciertos momentos del año ha permitido que la vida prosiga sin sobresaltos.

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I. La tradición mexicana

Altar en Casa ITESO Clavigero, elaborado por José Hernández

En México, a partir del siglo XVI, la amalgama de tradiciones europeas y mesoamericanas dio lugar a diversas celebraciones, algunas de las cuales aún están vigentes. Entre ellas, destacan las del 1 y 2 de noviembre, y en la cercanía de estas fechas los llamados “Días de Muertos”.

En efecto, los dos primeros días del mes de noviembre son las fechas establecidas en el calendario ritual cristiano para conmemorar a Todos los Santos y a los Fieles Difuntos. Por esta razón, el primero de noviembre se dedica a los “angelitos”, que son niños que murieron después de ser bautizados y antes de tener uso de razón; y el día dos, a quienes fallecieron después de la edad de la inocencia.

A estas celebraciones, la costumbre popular ha adicionado otros días dedicados a quienes murieron ahogados o en algún accidente (28 de octubre), a los “matados” (29 de octubre) y a los niños que murieron sin haber recibido el primer sacramento (30 de octubre), pues se cree que estos últimos permanecen en el “limbo”.

Day of the dead at mexican cemetery 4
© Tomas Castelazo, www.tomascastelazo.com / Wikimedia Commons, via Wikimedia Commons

De acuerdo con esta tradición, en esos días el ánima de los difuntos regresa a sus antiguos hogares para visitar a su familia que los recibe con una ofrenda, y esta costumbre contrasta con muchas otras culturas en donde únicamente son los vivos quienes se trasladan a los cementerios para conmemorar a los ancestros.

Las celebraciones terminan cuando, agradecidos por ser recordados, los visitantes se despiden y regresan a su morada sobrenatural. Gracias a esta festividad se reinstauran el orden terreno y las ancestrales raíces de la comunidad, así como las condiciones adecuadas para el renacimiento de la naturaleza.

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II. Elaboración de los altares de muertos

Altar de muertos 5
Christian Frausto Bernal, via Flickr

Una mesa colocada junto a un muro es el sitio adecuado para elaborar el altar. La superficie se cubre con un mantel blanco y en un sito más elevado –correspondiente al ámbito celestial o de lo sagrado—, o directamente en la pared, se coloca una imagen devocional y algún retrato de los difuntos a quienes se dedica la ofrenda.

Los altares presentan diversos elementos rituales, algunos provenientes de la tradición cristiana, como un crucifijo, pan, agua, sal y velas o veladoras, a los cuales se suman un sahumerio que emana humo de copal o incienso, papel picado y cal o tequesquite objetos cuyas raíces pueden seguirse en la tradición mesoamericana. También son indispensables las flores: cempasúchil, cuyo color amarillo predomina en esta celebración; cresta de gallo o flor de obispo, así como nardos y nubes.

En los altares instalados en los espacios domésticos, además del retrato del difunto y de objetos que fueron de su aprecio, es costumbre colocar sobre la mesa ofrendas en forma de bebidas y alimentos tradicionales cuyo aroma y esencia, se dice, serán degustados por las ánimas: por ejemplo, mezcal o tequila, mole, calabaza en tacha y alfeñiques (dulces de azúcar, cuya forma más popular es la de calavera), así como alguna cosa para el gusto particular del espíritu visitante.

En este nivel –que corresponde al ámbito terrenal o de la vida, se incluye también el llamado “pan de muerto”, que presenta diversas características según la región en donde se elabora, aunque generalmente presenta aspectos antropomorfos y en muchos pueblos se acostumbra decorarlo con azúcar pintada con anilina rosa.

Imágenes: Pan: By MaríaJoséFelgueresPlanells (Own work), via Wikimedia Commons / Calavera: By El Comandante (Own work), via Wikimedia Commons / Flores: By MayraFalcon (Own work), via Wikimedia Commons

Con el fin de que las almas visitantes puedan tomar con provecho las ofrendas, en un sitio cercano a este altar se coloca una bandeja o un aguamanil con agua limpia, un jabón y una toalla que les permita asearse antes de tomar los alimentos.

En el suelo, frente al altar es costumbre formar una cruz de ceniza, de cal, de tequesquite o de flores de cempasúchil. En muchas ocasiones esta cruz, colocada en el nivel correspondiente al ámbito de la muerte o del inframundo, es el remate de un largo camino de pétalos amarillos que los familiares crean con el fin de guiar al ánima hasta su antiguo hogar.

Altar de muertos 1
Christian Frausto Bernal, via Flickr

La base de los altares y ofrendas es la estructura descrita; sin embargo, al momento de ser elaborados el tiempo y los recursos de cada grupo cultural determinarán que sean muy sencillos o incluyan múltiples niveles y elementos decorativos que les darán mayor complejidad.

En muchos pueblos de México, el día primero de noviembre se escucha el repicar que anuncia la llegada de los “angelitos”. Al día siguiente, las campanas doblan anunciando duelo, pues ese día se recibe la visita de los fieles difuntos.

Al final de las celebraciones, todas las ofrendas tienen un destino similar: una vez que las almas degustaron la esencia de los bienes que se les dedicaron, éstos “perdieron el aroma y el sabor”, por lo que son repartidos entre los familiares y amigos para ser consumidos.

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Glosario

 

Para ampliar la explicación sobre los componentes del altar y su simbolismo te presentamos el siguiente glosario que profundiza en el significado de cada elemento en la composición de la ofrenda.

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III. Otros altares tradicionales

Poco a poco, los altares fueron logrando espacios alejados del ámbito doméstico, aunque conservando algunas de sus características. Así, hay altares que se instalan en el sitio exacto en que una persona falleció debido a un accidente, mientras que otros se colocan en donde el difunto desempeñó sus labores.

El lugar preciso en donde ocurrió algún deceso por accidente generalmente se señala con una cruz o con algún otro símbolo religioso. La tradición indica que el ánima pasa por allí en camino a su hogar, en este lugar toma un “descanso” antes de visitar a sus seres queridos. Por ello, los familiares se ocupan de cuidar y adornar dicho sitio, asimismo colocan una ofrenda de alimentos para que el difunto tenga el refrigerio que le permita continuar su camino.

También es costumbre que se coloque una ofrenda en el lugar donde el fallecido desempeñaba sus labores. Allí, sus amigos y compañeros de trabajo le otorgan un lugar central a los gustos compartidos con el compañero que se fue. En algunas ocasiones este tipo de altares no incluye elementos de la simbología religiosa.

DIA DE MUERTOS
Día de muertos, 2011. Por Irionik Rotten, via Flickr

Otros altares surgen al institucionalizarse la tradición popular. Se trata de ofrendas mortuorias que tienen una finalidad edificante y, por lo general, están dedicadas a los más variados personajes que lograron cierto reconocimiento por parte de algún grupo social, ya sea por su labor científica, social, política o cultural.

Por lo general, la instalación de estos altares se incentiva de manera oficial como celebración cívica. Se levantan altares de este tipo tanto en las instalaciones escolares como en los centros de trabajo o en recintos culturales. En muchas ocasiones se procura que en estos altares no haya ofrendas de alimentos perecederos y tampoco incluyan objetos rituales. Por el contrario, se privilegian los elementos ornamentales y aquellos que enaltecen las virtudes del fallecido.

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IV. La tradición reinterpretada

Finalmente debe señalarse que, en nuestros días, junto a los altares tradicionales, es muy común encontrar instalaciones que surgen de la misma veta, por lo que son denominadas también “altares de muertos”.

Dia de los Muertos, Day of the Dead, All Souls Procession, Tucson Arizona, 2007 --- Gal lighting candle on Art Car
“All Souls Procession”, 2007. Por Yourcottoncandyhammer, via Flickr

Se trata, por lo general, de recreaciones libres que toman elementos de los altares de la celebración mexicana de los Días de muertos y —al dotarlos de nuevos significados plásticos y expresivos—, los convierten en una muy particular manifestación de la cultura popular urbana.

La importancia de estos modernos “altares de muertos” reside en que, en su origen, sus autores son motivados por la necesidad de “recuperar” las costumbres y tradiciones, en tanto elementos proporcionadores de identidad. Sin embargo, al carecer de la base ritual que les otorga la certeza de la visita de las ánimas, derivan en reinterpretaciones que sólo cumplen una función estética u ornamental.

Ofrenda de la Calle de Regina
Ofrenda de la Calle de Regina, 2014. Por Irionik Rotten, via Flickr

 

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Sitios de interés

Si deseas ampliar la información sobre las ofrendas a las ánimas o la celebración del Día de Muertos, puedes visitar los siguientes sitios:

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EXPOSICIÓN: El santo olor de la panadería

Texto por: Bernardo González.

Presentación

El Centro de Promoción Cultural del ITESO, a través del programa de Patrimonio abre el horizonte e innova bajo parámetros de historia, ciudad y tradición con una exposición sobre pan, un arte-artesanía tan próxima, cotidiana e incluyente. La presente exposición pretende darle visibilidad al aspecto artístico de la noble y prestigiosa tarea del panadero –como la vida misma-.

De la vista nace el amor

La vista nos ofrece una impronta, una primera reacción ante cualquier hecho de la vida cotidiana. Y siempre será más significativa cuando en esta mirada se involucran armonías o discrepancias estéticas. No es lo mismo ver algo feo que algo bonito. Normalmente algo “bonito”, según el criterio de cada quien, será satisfactorio, placentero, estimulante, inspirador, generador de felicidad, ¿amor?, o simplemente resorte de una sencilla sonrisa.

Pero cuando esa mirada pasa a algo más profundo como un sentimiento arraigado, muy personal, con historia, con experiencia, allí puede decirse que existe, habita o hay amor. Eso sucede con la exposición el “El santo olor de la panadería”. Existe amor porque las piezas que observamos y recorremos, no solo tienen belleza exterior que habla de los años de maestría artesana que los panaderos imprimen en cada pieza y que repiten por millares cada día. ¿También por qué?

Entrada de la exposición que fue presencial
Entrada de la exposición presencial

Honor al artista que se dedica a su lienzo o a la masa de cerámica y que después de algunos días logra en el punto de la sublimación una obra plástica única, irrepetible, arte. ¿Pero entonces, qué honor merece el artista que en un par de horas reproduce un centenar de hermosas conchas de chocolate?

No solo es esa belleza plástica lo que nos hace amar cada una de las piezas de esta exposición. Lo que contribuye a este sentimiento es una infinidad de puertas que generan la imagen de estos dulces trozos de harina horneados, y que se podrían nombrar en conceptos como: pertenencia, familia, tradición, recuerdo, territorio, personas, identidad, memoria, abuela, infancia, felicidad, paz, unidad, hábitos, y muchos, muchos más que nos hacen amar con mayor ahínco las obras expuestas. Y allí sí, del ver, renace el amor.

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Las razones

Son muchas las razones para ofrecer una exposición de estas características, la primera es hablar de una estética del pan. Los colores, las texturas y sobre todo, las formas posibles. Un objeto que no nació con el fin de ser arte, que no solo es objeto; es alimento, pero también está cargado de simbolismo; es tradición, es conocido, es nuestro.

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Acercamiento a la textura del pan

La apuesta es ver con ojos limpios, descargados de supuestos y pre juicios. Observar sin prisas las riquezas de forma, textura, volumen y color de estos objetos. Como sucede en el Museo de Arte Prehispánico Rufino Tamayo en la ciudad de Oaxaca, el objetivo principal del maestro Tamayo de coleccionar, sumar, y presentar las piezas prehispánicas era simplemente disfrutar las formas, la delicadeza de porciones y volúmenes.  La mano cargada de sofisticación de los antiguos, no detenerse en el dato antropológico de la cédula, no solo ubicarlos espacial y temporalmente en la prehistoria, si no disfrutarlos como piezas de arte. Esa es la principal razón.

Otra muy importante es la de proponer en la línea de la ciudad y el patrimonio un objeto, el pan, que represente y robustezca este criterio expositivo de la Casa ITESO Clavigero.

La historia de la ciudad se puede contar con la historia, desarrollo, producción y consumo del pan en Guadalajara. Y en particular en esta exposición, como sucedió con las anteriores, sobre los retratos, los árboles, la cerámica y muchos “objetos” más, también se prepondera el valor estético.

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Panes para festividades

Por otra parte el hablar de pan, además de hablar de uno de los primeros procesos tecnológicos humanos, nos remite a hablar de tipos de pan –identidad- y panes tradicionales –arraigo y región-, elementos indisolubles de dos conceptos macro: historia y patrimonio. Aquí  se muestran algunos estilos específicos (artísticos, de producción, de significado, de sabor) propios de temporada, como la rosca para el festejo de Día de Reyes, las empanadas de Semana Santa, y unas interesantes y tradicionales figuras antropomorfas de celebración de Día de Muertos.

Igualmente, así como en la exposición presencial en donde el maestro Gutierre Aceves, coordinador de la Casa ITESO Clavigero, diseñó el guión museográfico con otros recursos y elementos a manera de “hipertextos”, podemos reconocer líneas alternas para apreciar el objeto a explorar, como algunas piezas de cinematografía nacional con referencias al pan o situaciones sociales a su alrededor, cédulas informativas que dan cuenta de pedazos de historia, y dos videos para conocer diferentes procesos de elaboración del pan.

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El proceso hecho arte

Es el proceso de la vida o “la vida misma” como lo menciona Javier García, un panadero que trabaja haciendo birote, al compartirnos la definición que tiene de su trabajo. ¿Qué diferencia puede haber con un artista plástico, bailarín, arquitecto, poeta, artesano?

Los artesanos panaderos desde el siglo XVIII, reconocidos y confiados de la calidad y alto valor de su trabajo, “sellaban” su pan, y podemos observar los sellos con los nombres de sus propietarios. A este pan se le llamaba “timbrado”. Esta práctica era significativa porque hablaba también de la importancia de “firmar” la obra. Tan convencido y comprometido con la artesanía elaborada –como la vida misma-, que el panadero identificaba y bautizaba su producción con santo y seña.

En el desarrollo de la vida, con los cambios sociales y económicos, con el crecimiento de la ciudad, la producción artesanal cambió, se redujo y al paso de los siglos cambió por la producción masiva. El prestigio y honor de ser o pertenecer a un horno panadero desapareció, pero no desapareció la tradición y necesidad de continuar con esta tradición ancestral. Ahora, en la cotidianidad del mundo contemporáneo, se da por sentado como un trabajo más el ser panadero.

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Los rockstar

Como en toda exposición de arte, existen los imprescindibles, los famosos, los esperados, esas piezas que esperamos ver, los rockstar. Definitivamente el principal es una pieza de arte conceptual, casi cilíndrico en tonos de beige a café pero que nos impresiona por su amplia variedad de tamaños: el Birote. Primo del baguette europeo y según el tapatiólogo Juan José Doñan creado por un militar francés de apellido Viruette en la Guadalajara intervenida para abonar más en las simpatías del ejército, que en su desprecio.

   

El birote es la más clara representación del arte panificador de la región. En buena parte porque, como la cocina, es un juego de alquimias químicas y físicas que recalan en los microclimas, humedades y alturas del territorio. Es imposible recrear un birote con las características -crujiente de piel, salado, suave de miga, firme en líquido- por las que es famoso en esta comarca. El birote pues, se alza solo o en un ramillete dentro de una canasta como el elemento identitario, exclusivo, de la artesanal tradición tapatía y receptáculo de amores, memorias, frijoles entre muchas otras cosas y delicias más.

httpv://www.youtube.com/watch?v=i6cpOWCUe8g

Otra pieza interesante dentro de la exposición es la nacionalmente conocida Concha. Esta pieza es la mejor representante de la gama de colores, texturas y patrones con los que nos podemos encontrar. Ya sea de chocolate, vainilla o crema, los “sombreros” que a base de manteca y azúcar coronan estas suaves y esponjosas piezas, son coloridos, simétricos o asimétricos según caprichos de la levadura y el fuego del horno.

Las texturas, colores y formas de estos sombreros que vemos de forma consecutiva y en diferentes representantes de este concepto, no solo estimulan gástricamente, estimulan la imaginación: revestidas de cuadrados simétricos, caprichosas que se “quiebran” si ningún criterio, asimétricos rectángulos de chocolate, largas y elegantes cubiertas, tan blancas que asemejan ríos dibujados en montañas y azucaradas beige que parecen foto en negativo de la regional lava del Ceboruco.

Otra de las piezas que merecen justa mención son los Picones. Fuera de su contenido proteínico aviar, también es interesante su utilización como pan viejo para hacer otras preparaciones tradicionales regionales como la capirotada. Este pan cónico con marcado sabor a huevo, tiene un sinfín de formas, volúmenes, tamaños y cubiertas en sus diferentes presentaciones. Lo curioso aquí es que se nota la mano del artista-panadero. Podemos observar y comparar estas diferencias con unos suculentos representantes de algunos hornos de la ciudad.

Con copetes partidos en cruz y dorados, en forma de remolino o con cubiertas amarillas –los más- los picones son el “objeto” del que más versiones se encuentran en los aparadores. Cada panadería, panificadora u horno tradicional diseña o se identifica con su creación personal del picón.

Ya sean el tradicional padrón de crosta dura y copete amarillo de manteca y azúcar, o los de piel más clara con cubierta blanca y azucarada para contrarrestar el sabor a yema, hasta los sencillos y pequeños dorados y sin cubierta que funcionan tanto para el sopeo con leche-chocolate, como de sándwich. Todos tienen formas y volúmenes dignos de admirar.

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Los aliados

Mesa servida

Hablar de la tradición panadera también implica otras áreas de conocimiento, tecnología, arte y estéticas. Como fenómeno social que implica hábitos y tradiciones, también involucra ritos, formas y soportes. También se pueden encontrar bodegones de principios del siglo pasado que dan cuenta de las escenas caseras del inspirador momento de la merienda o almuerzo y toda la “logística” involucrada; jarra con leche de cristal cortado, jarros de barro con chocolate espumoso, batidores de madera, platería, cestería, porcelana….todo sobre unos sobrios textiles confeccionados para ser presumidos al momento del pan.

Detalle de cerámica y textil

También es placentera la vista de la mesa arreglada; de madera con una bello mantel blanco de gancho, la vajilla de barro rojo con vistosos motivos, la jarra de vidrio prensado para refrescar la boca y ahogar el azúcar y las delicadas cesterías de palma cubiertas con más mantillas en donde se presenta la estrella de la mesa: el pan. Por la mañana, media mañana, tarde o cena, para la tertulia, para el juego, la casa mexicana siempre tuvo en el momento del pan el mejor ritual para acercar amistades, familiares, conocidos, jugadores y enemigos.

Este ritual, la tradición del pan, es posible con estos aliados; barro, cristal prensado, soplado, cestería, textiles, plata, porcelana. Incluso en el transcurso de la historia ellos se renuevan, cambian de formas, se cotizan, se modernizan, se quiebran, mientras que el pan traspasa los años como dulce mudo sobre las preferencias de generaciones y generaciones.

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El gran ausente

Efectivamente, existe un gran ausente en esta interesante experiencia. No sucede al contemplar el Guernica de Picasso, El pensador de Rodin, o El beso en París de Doisneau. Solo sucede con las obras de arte maestras, complejas y efímeras las que hemos venido describiendo. Ya desde el título de la exposición, se habla de él casi como una súplica, un pedido, un deseo y lo lleva tan alto como para describirlo como “santo”: el olor.

Que sirva ese poderoso ausente como promesa o invitación a conocer en los talleres de los artistas panaderos la creación aquí relatada. Para que penetre no solo por la vista, si no por el umbral del olfato y como efecto dominó seduzca al tacto y finalmente al gusto. Y que una vez más, como en el principio de la vida, se repita el enamoramiento una y otra vez. De la vista nace el amor. Provecho.

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De la museografía

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La presentación museográfica destacó la variedad de las formas del pan, la riqueza de su decoración y sobre todo el valor escultórico de las piezas. En composiciones sobrias y equilibradas –acompañadas de objetos de porcelana, cristalería y textiles deshilados, a la manera en que se hace en un bodegón— se exhibían las espléndidas piezas de pan con que convivimos cotidianamente.

Las piezas se seleccionaron en diversas panaderías en donde se conservan las técnicas tradicionales de elaboración de pan, cuya factura todavía permite disfrutar de las virtudes otorgadas por la elaboración artesanal.

Si bien el sentido más importante de la exposición era motivar a los espectadores a apreciar los aspectos artísticos del pan. La muestra se acompañó de otros contenidos: videos que mostraban la manufactura tanto del birote como del pan dulce, y una compilación – a cargo Rosario Vidal Bonifaz— destacando la presencia del oficio de panadero en el cine mexicano.

Seis cédulas distribuidas a lo largo de la exposición, daban cuenta del trayecto del pan en Guadalajara. La investigación de Jaime Lubín y Adriana Camarena, trataba desde el Virreinato, los avatares del pan durante el siglo XIX –el siglo del hambre y de las guerras— hasta la “Pax porfiriana” y el declive de la manufactura tradicional del pan con la llegada de la industria panificadora a mitad del siglo XX.

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Agradecemos a las siguientes panaderías y personas, que con su generosidad hicieron posible esta muestra:

 Panadería Gálvez, Panadería Montes, Panadería Márquez, Panadería Araceli , Panadería La luz, Panadería La providencia y Panadería Don Pedro (Chamizal).

Alfonso y Alicia Hernández, Teresita del Niño Jesús Fernández Gálvez, Fernando Vázquez, Carlos Reyes, Miguel Márquez, Javier García, Alejandro Contreras, Clemente, Luis y Francisco Montes, Juanita López, Alberto Hernández Díaz y Juan Estrada Aceves.