Arquitecto por un día [Arquine]

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Hay días para todo. Nacionales —el 4 o el 14 de julio, el 16 de septiembre— y otros que celebran ciertas religiones. También hay días como el primero de mayo, que es casi mundial, o el de la mujer, aunque el de la madre no es el mismo día en todos lados. Desde 1996 el primer lunes de octubre es el Día Mundial de la Arquitectura, por soberana decisión de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA). Ese mismo es el Día Mundial del Hábitat —instituido por la ONU— y alguien —probablemente un arquitecto de tendencias entre heideggerianas y ecológicas— supuso que van pegados: que si el hábitat es el lugar donde habitamos algo debe de tener de arquitectura —al menos en el grado cero de una arquitectura primordial y originaria. En México, además de ser el día del hábitat y el día de la arquitectura, también es el día del arquitecto. Supongo que alguien más —probablemente otro arquitecto, convencido de que el orden de los factores no altera el producto— supuso que si los arquitectos hacen arquitectura, entonces la arquitectura es asunto de arquitectos, y que habría que celebrar al mismo tiempo que al hábitat y a la arquitectura a los indispensables arquitectos.

Supongamos que lo primero es relativamente cierto, que arquitecto es quien hace arquitectura, aunque de ningún modo, pienso, hacer arquitectura implique necesariamente ni construir ni hacerla bien: hay arquitectos que construyen mala arquitectura —muchos— y otros que hacen buena arquitectura aunque nunca o rara vez construyan algo —o, más bien, la arquitectura se construye de varias maneras, pero eso es otro asunto. En cambio, asumir que la afirmación inversa, es decir, que la arquitectura la hacen los arquitectos, es cierta tiene consecuencias que incluso cambian el sentido de la primera —que arquitecto es quien hace arquitectura. Porque si suponemos —como de algún modo lo hizo la UIA al hacer del día del hábitat también el de la arquitectura— que ocupar un lugar habitándolo es una acción arquitectónica, entonces podemos también decir que se hace arquitectura estando en el mundohabitar es la estancia entre las cosas, dijo Heidegger. O, dicho de otro modo, que habitar y hacer arquitectura son, en el fondo, lo mismo —y si ser es habitar, de nuevo según Heidegger, no podemos ser sin hacer arquitectura o, más bien, por el mero hecho de ser haremos arquitectura —eso dijo en cierto sentido Eugenio Trías, para quien la arquitectura es, en su forma más básica, lo que hace que el espacio tenga un sentido humano; o también Peter Sloterdijk, quien dice que todos somos arquitectos de interiores al acondicionar el mundo para habitarlo.

Entonces, si arquitecto es quien hace arquitectura, arquitectos somos todos. Al contrario podríamos suponer que la arquitectura, sí, se hace al habitar pero que eso no implica que quienes la hagan de ese modo sean necesariamente arquitectos: puede haber una arquitectura sin arquitectos y el arquitecto sería un especialista en eso que todos hacemos: habitar. Algo así como el poeta es un especialista en eso que todos hacemos: hablar. Aunque la comparación es peligrosa: abre la puerta a un romanticismo superficial de quienes no piensan la poesía más que como rimas y olvidan que también el novelista y el filósofo son, en un sentido amplio, poetas —y así, también, se habita: pleno de méritos pero como poeta el hombre habita en la tierra, dijo Hölderlin y lo citó, una vez más, Heidegger.

Pero eso —que el hábitat es arquitectura y por tanto todos somos arquitectos y habitamos poéticamente— no creo que sea realmente el tema central de la celebración del próximo lunes. En un país con 120 o más escuelas de arquitectura, la mayoría malas, con asociaciones gremiales que no son ni de lejos representativas de todos quienes ostentan el título o ejercen la profesión, mucho menos de los cientos de miles de jóvenes recién egresados o aun estudiando, donde la obra pública —derivada de ocurrencias poco planeadas— es asignada de manera directa y casi siempre según criterios nada claros, donde, en fin, el trabajo de los arquitectos parece inalcanzable para buena parte de la población —y no sólo en sus casas o trabajos sino en los edificios y espacios públicos que usan—, parece más necesaria la reflexión y la reinvención que la autocelebración acrítica. Aunque es cierto, para eso último, un día no basta.

¿Qué papel tiene la arquitectura en un conflicto? / 20 de Junio: Día Mundial de los Refugiados [Archdaily MEX]

¿Qué papel tiene la arquitectura en un conflicto?

La arquitectura para emergencias es apasionante. Es la simplificación de las necesidades básicas de los seres humanos hecha arquitectura. La escasez de recursos, la necesidad masiva de supervivencia.

Cuando pensamos en arquitectura de emergencias a menudo nuestra mente se va a pueblos arrasados por una inundación, un huracán, un tornado. Familias incomunicadas que lo han perdido todo, y, por consiguiente, pueblos que reconstruir. Pueblos y vidas que reconstruir.

Tras una catástrofe se empieza una nueva casa para una nueva vida. Un nuevo futuro que reconstruya un pasado convertido en escombros. Pero muchas otras emergencias tienen una índole aún más dramática: Los conflictos políticos y armados desplazan cada año a millones de personas.

En el último censo realizado, según datos de ACNUR (finales del 2012 sobre los movimientos durante el 2011) se estimó que “43,3 millones de personas en todo el mundo fueron desplazadas por la fuerza debido a los conflictos y la persecución. Entre los refugiados y las personas en situaciones como refugiados, los niños constituyen el 46 por ciento de la población.876.100 solicitudes de asilo o de la condición de refugiado se presentaron en 171 países o territorios.15,5 millones de desplazados internos, beneficiados de la protección y de las actividades de asistencia del ACNUR. Se identificaron unos 3,5 millones de personas apátridas en 64 países. Sin embargo, el número real de personas apátridas en el mundo se estima en hasta 12 millones”.

Sumémosle a eso todas aquellas vidas que llevan años, décadas, viviendo en campos.

Personas que no empezarán de cero con una nueva casa, sino que huyen por salvar la propia vida, contando sólo con el peso que la espalda puede soportar. Peso y pesadumbre en la mochila, para amueblar casas que no son hogares, con habitantes que “no son ciudadanos”.

Un campo de refugiados también es una ciudad.

Una ciudad “efímera y temporal”, en teoría. No nos engañemos. Sólo en el Sáhara viven centenares de miles de personas refugiadas desde 1975. Es una ciudad nueva, sin lazos sociales, porque sus habitantes han sido colocados en ella como piezas en un puzzle. Ciudad de habitantes expatriados, de pasado destruido o robado, presente espeso, sin nacionalidad ni nombre,  y futuro incierto. Ciudades perdidas en el espacio y diluidas en el tiempo. Un denso standby al cual la arquitectura no suele dar la mano amistosamente.

Un campo de refugiados también es una ciudad.

Pero no una ciudad efímera. Es una ciudad planificada pero sin un origen natural y una evolución. Es una generación espontánea, constante y permanente en su mayoría, pero no asentada. Urbes no reconocidas de ciudadanos invisibles, olvidados. Ciudad en una constante mesa de operaciones, vidas anestesiadas, en constante espera.

Y la pregunta que me surge es: ¿Qué papel tiene la arquitectura en un conflicto?

Un campo de refugiados no sólo necesita una habitabilidad básica. No sólo es necesaria el agua potable o la evacuación de residuos. A menudo hablamos de la responsabilidad e influencia que tiene la arquitectura en la vida de las personas. De cómo puede hacer feliz o desgraciado a quien la habita.

Un campo de refugiados no sólo necesita médicos, psicólogos, profesores. Necesita arquitectos. Necesita una identidad nacida de la creación de espacios. La arquitectura es la expresión de cada pueblo, de cada sociedad, y estas ciudades lo imploran.

No hay recursos. Pero a diario vemos construcciones hechas sin recursos; y no sólo en los barrios informales de las ciudades. Lo vemos en congresos, workshops y masters que se visten de vanguardia hablando de arquitectura efímera y autoconstrucción.

La arquitectura lo puede. La arquitectura, se lo debe. Para que un día dejen de llamarse “campos de refugiados” y puedan llamarse “Ciudad vida”. “Ciudad viva”. Ciudad pasado, presente, futuro.

Algunos datos de la ONU y ACNUR: Aclaraciones sobre los términos utilizados:

Hay varios tipos de personas desplazadas por la fuerza. Pero todos tienen algo en común: Cada minuto, ocho personas lo dejan todo para huir de la guerra, la persecución o el terror.

  • Refugiados. Los refugiados son nuestra principal prioridad y nos preocupamos por ellos en todos los rincones del mundo.
  • Solicitantes de Asilo. Los solicitantes de asilo necesitan ayuda y asesoramiento mientras se aplica el estatuto de refugiado.
  • Desplazados Internos. Personas que huyen de sus hogares por causas parecidas a las que motivan la huida de los refugiados, pero que no cruzan una frontera internacional.
  • Apátridas.  La vida sin una nacionalidad. Millones de personas alrededor del mundo se encuentran atrapadas en un limbo jurídico y no son consideradas como nacionales por ningún país afectando el disfrute de sus derechos básicos.
  • Retornados.  Los repatriados son los que consiguen volver a casa – la mejor solución duradera.

Si estás interesado en seguir proyectos implicados con las poblaciones desplazadas, puedes visitar la actividad de ACNUR, de Arquitectos sin Fronteras, o Architecture for Humanity.

América Latina, más urbanizada y más desigual [BBC World]

La ONU advierte que la expansión urbana en un patrón insostenible está aumentando la desigualdad.

América Latina es la región más urbanizada del mundo y aunque eso ha mejorado las oportunidades económicas, al mismo tiempo es la zona más desigual del planeta, de acuerdo con un estudio del Programa de Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Habitat)

El informe, titulado “Estado de las Ciudades de América Latina y el Caribe”, publicado este martes, dice que la transición urbana en la región ha sido rápida y ha dado trabajo y mejores condiciones de vida a mucha gente, pero a un costo social, económico y ambiental demasiado alto.

Casi el 80% de la población de la región, es decir unas 468 millones de personas, viven en áreas urbanas, tras un largo proceso de éxodo de las zonas rurales que ahora parece estar disminuyendo, de acuerdo con la investigación.

Las ciudades latinoamericanas han evolucionado caóticamente, generando la proliferación de barrios pobres y cinturones de miseria que conviven en una suerte de segregación y profunda desigualdad.

Y el mayor problema, según la ONU, es que no se está trabajando para minimizar el problema, que seguirá aumentando en la medida que las ciudades se expandan, sobre todo en sus zonas marginales.

Urbanización y desigualdad.

Aunque más de dos tercios de la riqueza que se genera en América Latina procede de las ciudades, una de cada cuatro personas en áreas urbanas es pobre, indica el informe.

Se estima que unos 111 millones de personas viven en barrios marginales, lo que contribuye con los altos índices de desigualdad, violencia e inseguridad que padecen las urbes regionales.

Pero Alain Grimard, director regional de ONU-Habitat para América Latina y el Caribe, explicó a la BBC que la urbanización no tiene necesariamente una relación directamente proporcional con la desigualdad.

“Podemos constatar que hay desigualdad, pero no es un fenómeno típicamente urbano”.

En los últimos 60 años, las ciudades crecieron aceleradamente en toda la región. Para Grimard, “lo más negativo es que el espacio físico crece más rápidamente que la población, con lo cual disminuye la densidad de las ciudades”.

Eso hace que los costos de la infraestructura y la prestación de servicios se encarezca, incluso los gastos en los que debe incurrir la administración pública para el gobierno de la ciudad.

Una de las soluciones que propone el estudio es un mayor desarrollo de la vivienda vertical o “densificar las ciudades”.

“Densificar ciudades significa tomar menos espacios en áreas de producción agrícola y gastos más bajos de los poderes públicos”, afirma Grimardi.

Producción y medio ambiente.

Una de las consecuencias más graves de la expansión urbana es que va en detrimento de las zonas rurales, que es donde se producen los alimentos.

Sin embargo, para ONU-Habitat, el fenómeno urbano es positivo.

“Pensamos que la densificación es algo ecológicamente más efectivo y económico. (Es positivo) que la gente viva en pueblos pequeños y no se ocupen tantos terrenos”, añade Grimard.

Otra de las recomendaciones del estudio es acelerar las reformas urbanas, “principalmente a nivel del marco institucional y legal y a través de políticas públicas que privilegien la lucha contra la pobreza”.

Las soluciones se deben coordinar desde los gobiernos nacionales, aunque las administraciones locales también son capaces de generar empleos y acometer obras de alto impacto social.

“Las municipalidades tienen un poder muy importante sobre la economía verde”, dice Grimard.

“Por ejemplo, a través de procesos de licitación para obras públicas, en los que pueden obligar a las empresas a respetar normas de construcción que pueden influir sobre el medio ambiente”.

El problema del transporte

Uno de los problemas generados por las grandes urbes latinoamericanas es el desorden vial y sus consecuencias ecológicas.

De hecho, uno de los capítulos del estudio de la ONU aborda el tema de la movilidad, uno de los grandes desafíos de la región.

“Para 2008, el 20% de la población adulta tenía vehículo. Hay que cambiar eso, aumentando la oferta de transporte público, porque no es sostenible a nivel económico tampoco, construir nuevas calles “.

“En la región hay un mayor índice de peatones, ciclistas y usuarios del transporte colectivo que en otros continentes, pero esta proporción no se refleja en el diseño de las calles y espacios públicos”, expresa Grimard.

El mandato de ONU-Habitat es trabajar con cada gobierno de la región para aplicar las recomendaciones del estudio, “pero desafortunadamente somos una pequeña agencia con recursos humanos, no financieros”, señala.

Pese a esas limitaciones, Grimard explica que la idea de su oficina es crear un reporte de este tipo sobre el estado de la urbanización latinoamericana al menos cada tres años.

Fuente BBC World