La vuelta al mundo de un arquitecto en 30 fotografías

Fuente: http://www.jotdown.es/2012/07/la-vuelta-al-mundo-de-un-arquitecto-en-30-fotografias/Publicado por

Todo listo en la góndola del globo Victoria II. 60 bombonas de propano. 5 metros cuadrados de panel solar. 120 litros de agua, 15 kilos de provisiones y gadgets… muchos gadgets para navegar, inmortalizar y atacar los kilos de soledad que inflarán el lastre del Victoria. A punto de emprender un viaje alrededor del mundo sin escalas en busca de respuestas. La aventura no está tras un récord ya imposible, la idea es fotografiar 30 de las más variadas ciudades para estudiar y comprender el tejido urbano que domina el planeta del siglo XXI. Este es el cuaderno de bitácora del sueño imposible de Le Corbusier y Verne.

Dia 1

Salida tranquila desde Barcelona. España. Aprovecho los rescoldos de la Tramuntana para encarar el Golfo de León y cambiar costa Brava por Azul. La primera imagen de mi proyecto es de la capital catalana. El sueño de Gaudí en manos de las trazas urbanas del Plan Cerdá. Esquinas achaflanadas, alturas limitadas y homogéneas, grandes e infinitas avenidas con bulevares rectilíneos atravesadas por cuchilladas diagonales. La ciudad, colmatada, parece que funciona o, al menos, no es un caos.

Barcelona desde el aire. Fuente.

Llegamos a Mónaco justo cuando nos abandona el rayo verde a nuestras espaldas. Mónaco es el paradigma del urbanismo saturado. 2 kilómetros cuadrados de yates con tejados de oro para el país con mayor densidad de población del planeta. No hay tejido urbano sino adaptación topográfica de villas de lujo. Una cascada de favelas a 25.000€ el metro cuadrado.

Principado de Mónaco. Fuente

Dia 2.

Tras una noche acariciando la cuerda de los Alpes, desayuno a 3.000 pies sobre la ciudad de los canales. Abro escotilla, huele a Quattrocento. Podría haber viajado en el tiempo, podría ser la reencarnación de Marco Polo. Venecia es un caramelo, un mosquito vivo atrapado en ámbar en la historia del urbanismo. Un teatro para turistas, un infierno para residentes, una inspiración para artistas, una lucha continua contra el agua. A Venecia la mataría antes la sequía que una ‘acqua alta’. Sin su presencia sus cimientos de madera pudrirían y colapsarían en pocas semanas. He gastado ya cuatro bombonas.

Venecia. Fuente. Más fotos desde el aire.

La calima se tiñe de anaranjado con el anuncio del ocaso. Después de atravesar los Alpes por el Finsteraarhorn llego al Cantón de Berna dispuesto a contemplar la maravillosa villa arropada por el meandro del Aar. El alma de esta ciudad se erigió como bastión del espacio prealpino en el medievo, pero ha sido decorada con lo mejor de los siglos venideros y restaurada con mucho respeto en el XVIII. Ningún ejemplo más orgánico del trazado de sus calles, acariciando las líneas naturales que propone el río. Organicismo urbano. Antes de volver a ascender abro la escotilla. Huele a oso dentro y fuera de la góndola.

La ciudad suiza de Berna. Fuente

Unas horas más empujado por la corriente alpina, me desplazo hasta la Ciudad de la Luz. Probablemente, junto con Berlín, el espejo donde más se han mirado los grandes urbanistas europeos. París es ‘soñado’ por Haussmann a la medida de Napoleón III. Las anchas calles y ‘boulevares’ diseñados para evitar las barricadas que otrora levantaban los rebeldes en las antiguas y angostas ‘rues’. Los grandes ejes que trazan radialmente la ciudad como línea de perspectiva de enormes hitos o monumentos; las hermosas plazas circulares y, sobre todo, la modernidad en las instalaciones que desde sus entrañas hacían posible el funcionamiento de este megalómano proyecto. El 60% de los edificios medievales fueron vestidos de la uniformidad de las reformas. Un cambio brutal nunca antes visto y que sigue haciendo historia.

París a la altura de  la torre Maine-Montparnasse. Fuente

Día 3

Amanece despejado. Aprovechando la estabilidad atmosférica hoy no bajaré de los 20.000 pies para pillar las corrientes del Norte. Gastaré, seguro, un par de cilindros de propano. Ayudaré con el motor de hélice solar para fijar rumbo cuando el viento no supere los 8 nudos. Cierro escotilla. Destino: Cualquier lugar de los Países Nórdicos.

Llego con la noche ya muy cerrada —todo lo cerrada que deja el estar a pocos kilómetros del círculo polar ártico en el solsticio de verano—. Suelto aire para descender pasado Estocolmo, a la altura del Golfo de Botnia y me encuentro con esto:

Sundsvall. Suecia. Fuente

Cambio el delirio de grandeza parisino por el ‘New empirism’ nórdico de Sundsvall. El urbanismo de los países del norte de europa es de raíz vernácula. Mezcla de lo rural y lo urbano con materiales absolutamente autóctonos… y se nota. Ciudades orgánicas sin salirse de la escala asumible y salpicadas por el genio de las obras de Asplund, Saarinen y el gran Alvar Aalto. La calidez de sus maderas se intuye siempre bajo el manto nevado incluso desde esta altura. Apetece posar el Victoria II para dejarse llevar por el ocio de aire vikingo pero quedan 24 largas etapas. Siguiente parada: la gélida Siberia.

“La auténtica esencia de la arquitectura consiste en una reminiscencia variada y en desarrollo, de la vida orgánica natural. Este es el único verdadero en arquitectura.” Alvar Aalto

Día 4 y 5

Vuelvo a subir a más de 20.000 pies buscando una corriente de chorro para hacer la etapa más larga hasta el momento. Sin variar la latitud descenderé cuando navegue unos 3.000 kilómetros. Espero que el ‘jet stream’ ártico me lleven al corazón de Siberia. Quiero buscar y estudiar el desarrollo urbano en condiciones extremas. De clima y de recursos.

Tras cuarenta horas de navegación y a 50 grados bajo cero, desciendo a 2.000 pies buscando cualquier rescoldo urbano. Me tropiezo con la ciudad de Norilsk. Un brutal ejercicio de socialismo industrializado carente de ornamentos, sin parques, con zonas comunes deconstruidas, sin apenas servicios. No tiene un árbol vivo por culpa de la lluvia ácida. La practicidad y el funcionalismo ponzoñoso al servicio de la minería o… del Gulag. Un núcleo urbano entre el suburbio minero y el campo de trabajos forzados. A pesar de ello hoy tiene más vida de la que aparenta. Huele muchísimo a azufre. Cierro, tiro los diez cilindros de propano vacíos y vuelvo a subir sin casi necesidad de gas.

Norilsk. El núcleo poblado más al norte de Siberia. Vía.

Día 6

Amanezco en Moscú con las paredes interiores de la góndola empapadas por el ‘efecto cubata’ o condensación de la humedad interna por la diferencia brutal de temperatura traida de Siberia. Bajo 5.000 pies para fotografiar el crisol de arquitecturas bolcheviques, de Zares y Reinas, de dictadores y príncipes. Impresionante amanecer reflejado en las placas de hielo del río Moscova. Una ciudad nacida y concebida tras la revolución de 1917 y de la mano constructivista de Konstantín Mélnikov.

El Kremlin. Moscú. Fuente

Sin olvidar las ciudades fantasma de Siberia y gracias a la hélice solar que me permite navegar sin casi viento a baja altura, pongo rumbo paseando al corazón de Ucrania. Pronto, a 6.000 pies, pillo un chorro que me lleva hacia el sur hasta la ciudad de Pripiat. Otro ejercicio imprescindible para mi tesina. Cómo se traga la naturaleza las grandes urbes abandonadas por el hombre de la noche a la mañana. Pripiat fue una de las víctimas del desastre de Chernóbil, situada tan solo a 19 kilómetros de la central nuclear, fue evacuada completamente a las 72 horas del terrible accidente. Obra del partido comunista, nació como ‘La ciudad del Futuro’ y murió como ‘Ciudad Fantasma’… dejando una fotografía perenne del urbanismo atómico socialista. Es muy peligroso merodear por aquí. Subo.

Pripiat. La ciudad Fantasma de Chernóbil. Al fondo la central. Fuente.

Día 7 y 8

Trazo una perpendicular al paralelo buscando un aumento radical de temperatura. Me costará más combustible para navegar pero ahorraré un poco en climatización interior. 1.700 kilómetros hacia el sur. Velocidad de crucero increíble de 150 nudos a 25.000 pies. 6 horas de viaje. Creo que ya domino la máquina.

Por la velocidad de descenso también noto el cambio del tipo atmosférico. Abro a 5.000 pies para intercambiar aire ucraniano por sirio. Lo primero que noto al descender a 1.000 es el cambio de color de esta parte del mundo. Estoy en Alepo, al norte de Siria; a mitad de camino en la ruta que une la costa mediterránea y el Éufrates. Impresionado por las parabólicas. Me siento vigilado. Como y subo.

Alepo. Siria. Fuente

Mi siguiente parada conserva el tono ocre y arcilloso que no abandonaré en los próximos 10.000 kilómetros. A menos de 900 kilómetros y, tocando con la mirada la isla Chipriota, llego a El Cairo para fotografíar las azoteas de uno de los barrios de esta milenaria ciudad, con unas infraestructuras desactualizadas en su franja más pobre. Si no puedes almacenar la basura y los escombros súbelos lo más alto que puedas para que no huelan ni molesten. Interesante concepto.

Azoteas de El Cairo. Egipto. Fuente

Dia 9

Pero en esta parte ocre del mundo sí que hay extrema riqueza. Ciudades construidas con los cimientos del petróleo cambian cultura milenaria por bambalina y progreso artificioso. Sinceramente. No sé qué prefiero. Tras 2.500 kilómetros nocturnos sobrevolando los pozos de Arabia Saudí amanezco con esto. Rascacielos haciendo honor a su nombre en el paraíso del oro negro reinvertido. Dubai.

Amanecer en Dubai. Fuente

Como fakir sobre su cama de púas me dejo llevar, acojonado, por una leve brisa a 3.000 pies sobre este oasis artificial construido con un ejército de esclavos modernos para lustrar la Kandora y el Hatta de sus jeques. Aquí no hay urbanismo, solo hay dinero.

Dubai bajo mis pies. Fuente

Dia 10 y 11

Empiezo a ahogarme en mi aislamiento justo al desayunarme el décimo día, cuando me dispongo a fotografiar ‘villa miseria’. 2.000 kilómetros más al Este. El urbanismo engendrado en condiciones de infravivienda. Aquel que no se planea, que es natural, orgánico y espontáneo en la pobreza, clave para entender alguno de los principios básicos del desarrollo urbano moderno. ¡Qué contraste con Dubai, madre mía!

Protegido por el cinturón del Himalaya, bajo al Sur para observar asentamientos del segundo país más poblado del mundo. La India. Quiero que veais esta ortofoto colmatada de parcelas en un suburbio de Nueva Delhi. Piel de elefante, densidad homogénea sin flujos ni servicios ni zonas comunes. Lo imprescindible para sobrevivir colmatando y aprovechando al máximo el espacio.

Asentamiento de infravivienda en Nueva Delhi. Fuente

Impresiona la proporción y el organicismo de su tejido, directamente diseñado por el instinto de supervivencia. Ocupación máxima para mínima edificabilidad, la pesadilla de cualquier promotor especulador moderno.

Sigo bajando por la región del Indostán. El panorama es desolador. Bajo a 100 pies a la altura de Dharavi, el mayor tugurio del mundo. Suburbio de Bombay, ciudad de parias, cataclismo urbano. Un millón de almas en apenas 3 kilómetros cuadrados. Casas multifamiliares de 10 metros cuadrados. Inundables, impracticables… Subo a 10.000 pies, pero me hundo en su miseria. Recuerdo Mónaco al comparar densidades y lloro.

Bienvenidos a Dharavi, el mayor tugurio del mundo. Fuente

Dia 12 y 13

Una de las ventajas de disponer un globo presurizado y de alcance casi estratosférico es que el margen para pillar un ‘jet stream’ con la dirección que queramos es mayor, al poder subir más allá de los 50.000 pies para buscarlo. Las principales corrientes en chorro están localizadas cerca de la tropopausa, en el límite con la estratosfera y a 20 kilómetros de altura. El problema derivado y uno de los mayores peligros es, precisamente, la cantidad de propano gastado para ello y que hace imposible hacer un cálculo estimado total para un vuelo de 30 días y sin escalas. Yo llevo 15 botellas de más, un 25% de margen y empiezo a dudar de que sean suficientes. Me enfrento ahora a una de las etapas más complicadas. 4.000 kilómetros rumbo norte por encima del Himalaya hasta la gran estepa de Mongolia. Corrientes muy fuertes e impredecibles.

Después de 3 botellas completas de propano a chorro llego, por fin, a las afueras de Ulán Bator, capital de Mongolia. Lo que véis no son las ruinas de algún poblado antiguo conservadas como atracción turística. Es un asentamiento actual de un barrio marginal de la capital. Un despliegue de yurtas o tiendas de campaña usadas por los nómadas de la estepa asiática. El mongol depende de los pastos del terreno sobre el que vive, y estos dependen del clima extremo. Van huyendo del frío. Aquí no es importante la casa, sino la parcela. El perímetro sólido, pétreo… acota la verdadera propiedad. La casa blanda, efímera… cambia de forma y dueño cada temporada.

Suburbio de Ulán Bator. Mongolia. Fuente

Dia 14

Quiero que veáis esta foto antes de informaron por donde floto ahora. Vamos a intentar deducir qué cultura estamos sobrevolando hoy. Fijaos en la trama, en la calidad de las viviendas y en el entorno industrial del fondo. A primera vista parecen un poblado residencial en algún perímetro industrial de una ciudad colmatada de oriente, pero nada más lejos de la realidad. Hay algo que no cuadra. Las viviendas son muy grandes. Con tres alturas sobrepasarán mínimo los 300 metros construidos cada una, amén del jardín y parcela ¿Qué trabajadores del sector primario tienen casas de 300 metros? Tiene que ser una actuación dirigida especial. Ahora fijaos en la calidad de los materiales. Parecen muy pobres. No hay grandes revestimientos (aunque parece que todavía se están construyendo y quedarán así). No cuadran con proyectos de villas señoriales ostentosas, además, ¡Son todas iguales! ¿Qué forma de buscar la distinción de los nuevos ricos es esa? Solo un estilo e ideología puede construir un lujo tan atrofiado y basado en la igualdad también para con los acaudalados. ¡Exacto!… el comunismo (moderno) mal entendido. Estamos en China, cerca de Shanghai, sobrevolando a 200 pies la ciudad de Huaxi, una especie de isla del delirio capitalista en la inmensidad de este nuevo falso comunismo. La ciudad más artificialmente rica del todo el país. Pensada y construida para vender sus encantos como publicidad de la nueva prosperidad materialista. Sus 1.500 habitantes son accionistas del grupo Jiangsu Huaxi, el mayor entramado empresarial de China, dueño y promotor de esta ‘aldea Potemkin’.

En algún lugar de… Fuente

Dia 15

A menos de 800 kilómetros al Este del falso paraíso de Huaxi está Hong Kong. La antigua colonia británica sí responde a un desarrollo capitalista más natural, siendo hoy uno de los grandes centros financieros de Asia. A pesar de lo que pueda parecer a simple vista el 75% del territorio de la ciudad es un parque natural, los siete millones y medio de habitantes viven en el 25% restante. Pongo el ojo de pez y os regalo esta inmensa fotografía del erizo de la ‘city’ antes de volver a tocar mar después de mis últimos 15.000 kilómetros. Ya huelo el salitre.

Hong Kong. Fuente

Dia 16

Bordenando la costa del Mar de China la corriente me pone rumbo al Norte, buscando la sempiterna referencia del Monte Fuji, para descender en la ciudad que mejor ha sabido llevar el mestizaje de tradición y modernidad de toda Asia. Tokio.

Tokio es templo y modernidad, rascacielos y Templos Shinto, hoteles del amor y los kapuseru, kimonos y medias de lycra, tecnología punta y tradición; pachinko y Sonic Sega. Pero Tokio también es la luz de Tadao Ando y Kenzo Tange, la tradición vestida de vidrio y acero de Arata Isozaki y la ciudad simulada de Toyo Ito.

“La arquitectura sólo se considera completa con la intervención del ser humano que la experimenta.” Tadao Ando

Lo primero que me impacta tras descender con el Victoria II es lo saturado que está toda la bahía de Tokio, ciudades y prefecturas se confunden y separan solo por líneas imaginarias que impiden distinguir el tono milenario de esta tierra, bañada ahora en cemento. 32 millones de personas comparten Tokio/Yokohama en una trama urbana colmatada hasta donde alcanza la vista. La explosión demográfica de postguerra condujo a Tokio a una metropolización excesiva convirtiendo una ciudad industrial al estilo del Liverpool británico o del Chicago norteamericano en una de servicios, y absorbiendo prefecturas colindantes en un mismo sistema urbano muy limitado en su crecimiento por el mar.

El mar de cemento de Tokio. Fuente

Dia 17, 18 y 19

48 horas desconectado de cualquier atisbo urbano. 6.500 kilómetros hacia la plataforma continental australiana. Es muy difícil la navegación cuando quieres buscar el rumbo y no quedarte a merced de los caprichos de Eolo. No encuentro el chorro adecuado hasta los 55.000 pies y solo 2 botellas —de propano— después. Me quedan 18. Velocidad media de 90 nudos.

Las Islas Salomon me anticipan el continente, mi destino es entrar en él por el estado de Queensland para inmediatamente abandonarlo bordeando la costa e intentar poner rumbo a Nueva Zelanda. La ‘cortina turística’ de la ‘Golden Mile’ que me recibe es impresionante. Una ciudad lineal transcurre paralela a la línea de costa como metáfora de la gran barrera de coral que esconde cerca el mar del mismo nombre. La playa infinita es de fama mundial y principal línea directora del brutal tejido urbano de esta zona.

La Milla de oro en el estado de Queensland. Australia. Fuente

Consigo empalmar una corriente hacia el este que me llevará, tras 2.000 kilómetros, hasta Auckland; en la isla norte de Nueva Zelanda. Es el mayor núcleo poblacional del sur del Pacífico, con más de un millón de habitantes. Una ciudad entre volcanes cuya explosión demográfica surgió tras la invasión colonial europea a mediados del XIX, desplazando a los maoríes que se habían ganado la tierra llegando hasta aquí en canoa desde Tahití en el siglo XII.

Recibiendo a la noche en Auckland. Nueva Zelanda. Fuente

Dia 20, 21 y 22

Entramos en el último tercio de la expedición. Si no hubiera hecho estos 20 descensos y aproximaciones ya habría dado la vuelta al mundo y me sobrarían 17 botellas. Pero me queda lo peor. A pesar de aprovechar las corrientes de chorro naturales al máximo y contar con una hélice que me permite navegar algo sin viento, mi globo sigue siendo un globo y no un dirigible. Lo que cautivo a Verne, a Fosset o a Bertrand Piccard; lo que sedujo a Edmund Hillary o a Amundsen fue lanzar un reto constante a la naturaleza en igualdad de condiciones o, por lo menos, en un acuerdo pactado y equilibrado donde el hombre nunca tiene la última palabra. Ahí está el desafío.

Los próximos 3 días navegaré en solitario por el sur del Pacífico para, aprovechando la corriente estival del Oeste, abordar el continente americano por Chile hasta Bolivia, no sin antes hacer la imprescindible escala visual en territorio Rapa Nui (Isla de Pascua)

Dia 23

Se me ha roto el váter químico. No es el mayor de mis problemas pero sí el más oloroso. El cálculo de gas en condiciones favorables me da un resultado negativo. Llegaré a la última y peligrosa etapa atlántica —allí donde fracasó Fosset— con menos de 4 botellas. Terriblemente insuficiente. Debo pensar otra ruta. De momento asciendo a 3.600 metros sobre el nivel del mar para intentar alcanzar La Paz… interior y exterior. Me sale más barato al deshacerme de 5 cascos de botellas vacías. La subida es impresionante. Sobrevuelo Chile, Perú y bordeo el lago Titicaca hasta llegar a la falda de los Andes. Y me encuentro con una ciudad hermosa. Crisol del desarrollo y de miseria. Una cascada de infravivienda por la colina de uno de sus suburbios. Pero La Paz es mucho más. Mezcla de arquitectura colonial y moderna. Un caos organizado y con increíble encanto.

La Paz. Bolivia. Fuente

Dia 24

Aprovechando la corriente andina bordeo la cordillera de los Andes hasta atravesarla por La Rioja, ya en territorio argentino y 1.500 kilómetros más al sur. Si el paraíso natural existe, debió inspirarse en estas tierras. Mi próxima parada urbana es Buenos Aires para poder pillar las corrrientes oceánicas que me lleven de nuevo al Norte. Cada vez más cerca —en distancia y en cultura— del punto de partida de la expedición. Y digo esto porque Buenos Aires comparte con Barcelona parte de su estructura reticular urbana que vimos el primer día. Trazado que imponían aquí las Leyes de Indias: una cuadrícula de 16 x 9 manzanas adaptada al río de La Plata, que hoy conserva el casco antiguo y que se ha extendido hacia la periferia.

Buenos Aires by Night. Fuente

Buenos Aires. La ciudad de las manzanas. Fuente

Dia 25 y 26

Probablemente este viaje no tendría sentido sin la siguiente aproximación. Muchas de las anteriores han sido condicionadas únicamente por los caprichos del viento, pero esta responde a la voluntad absoluta por conocer y fotografiar el mejor o más importante ejemplo de planeamiento urbano del siglo XX y la capital más organizada del mundo moderno. Brasilia

Cuando en los años cincuenta Lúcio Costa y el eterno Oscar Niemeyer (que ya era viejo antes de que existiese la Brasilia actual) pensaron la ciudad, diseñaron un planeamiento utópico donde todo era nuevo y se partía desde cero. Había que, incluso, elegir el lugar donde llevarse la nueva capital administrativa. Por eso el ejemplo es tan relevante. Había mucho interés por saber cómo respondía un desarrollo urbano totalmente nuevo y artificial. El planeamiento piloto incluía una ciudad para medio millón de habitantes y millón y medio para los barrios periféricos. En solo 4 años estaría lista.

Fijaos en la siguiente imagen..¿Qué os sugiere la forma de la ciudad? ¿un boomerang? ¿Un pájaro? ¿un avión?… Probablemente la forma de aeronave es la más representativa. Un eje central motor con todos los edificios públicos y administrativos —con el Palacio Presidencial y el Tribunal Supremo al fondo, en la supuesta cabina de mando— y una alas inmensas o residenciales como ‘sustento’ real de la ciudad. ¿Casualidad?

El corazón de Brasilia desde el aire. Fuente. Más fotos

Dia 27 y 28

Se acabó la navegación controlada. Me entrego a los vientos del sur para trepar las Américas y dirigirme lo más al norte posible antes de dar el gran salto. Las etapas ahora serán más largas, rápidas y con menos gasto de combustible; buscando medias por encima de los 120 nudos a 40.000 pies. Después de más de 48 horas hago mi primer descenso a la altura de México DF para compartir este asombroso paisaje urbano fruto del crecimiento arrollador y desordenado del gigante de casi nueve millones de habitantes.

Barrio residencial de México DF. Fuente

Dia 29

Sigo a merced del viento continental que me lleva hacia el Noroeste, a punto de intentar cambiar el ventarrón por el jet stream que debería impulsarme hacia el Atlántico. Estoy terriblemente cansado. Aprovecho para descender y cambiar el aire de cabina en Las Vegas. Nevada. EEUU. Uno de los pastiches y fraudes urbanos más grandes de la historia. Levantada antaño en medio del desierto sobre una parada en la que repostar agua para los trenes que viajaban entre California y Nuevo México. Engordada ahora sobre la nada como monumento al juego, el ocio y el turismo del plagio y cartón piedra; que sobrevive gracias a la inyección constante de dinero invertido en exprimir la ludopatía e insultando al urbanismo racionalmente sostenible.

Urbanización en Las Vegas. Nevada. EEUU. Fuente

Dia 30 y 31

Pillo de madrugada un chorro del Este a 48.000 pies. Me quedan solo 2 bombonas —dos ascensos en el mejor de los casos— para lograr sobrepasar en dos grados el meridiano de Greenwich que dejé atrás en Barcelona, unos 9.000 kilómetros para completar la vuelta al globo soñada. No hay la menor posibilidad. Fue bonito mientras hubo contingencia pero he sucumbido a la lucha desigual entre mis deseo racional de marcar la ruta y las variables climáticas más impredecibles. De novato.

Antes del último ascenso dedico mi penúltimo atardecer a la ciudad más soñada. Corazón de Occidente y pesadilla del Oriente próximo. Nueva York. Nada que comentar que mejore las vistas desde su geométrico pulmón. Quizás solo desmerece a la misma imagen pero simulada de hace cuatrocientos años.

Central Park. Nueva York. Fuente

Dia 32

El plan es subir a 75.000 pies con los últimos dos cilindros e intentar buscar el nivel alto del chorro Atlántico-Norte. Una corriente que ha destrozado infinidad de expediciones pero el único camino posible que me puede llevar directo al viejo continente.

Inyectores de gas a cero. El altímetro de record: 73.545 pies, 22.416 metros. 190 nudos. Un tobogán hacia el Este. Lo que baje, ya no lo subo artificialmente. Reviso las balizas. Lo más probable es que americe en mitad del océano. Afortunadamente la barquilla es de kevlar y cerrada flotará sin problemas pero se convertirá en una lavadora en fase de centrifugado sin control. Voy preparando y fijando el material para que no me triture en el interior. La que me espera.

Dia 33

Una buena noticia y otra mala. La buena es que no he perdido demasiada altura -35.000 pies-, la mala es que sí he perdido totalmente el rumbo planeado. En algún lugar del meridiano 40W el Victoria II ha abandonado el nivel alto del chorro atlántico para coger un contralisio más débil que me está empujando con dirección sureste hacia el Ecuador y el continente africano. Aventura.

Dia 34

12.000 pies y rozando la costa de Mauritania. Velocidad 40 nudos. No habrá lavadora, pero tampoco cava catalán para celebrar. Calculo que el Victoria II se acercará lo máximo a su sombra en algún lugar de Malí. Aprovecho para poner un poco de orden y conectar la última baliza posicional que movilice mi rescate.

Las térmicas del atardecer en el desierto mantienen con agonía mi altitud y me conducen unos 1.000 kilómetros mar adentro. Con el tele puedo divisar una pequeña aldea Dogón. Uno de los grupos étnicos autóctonos de Malí. La arquitectura dogón es muy característica y curiosa. Basada en la arcilla. Esos pequeños pináculos oscuros son los tejadillos de los graneros masculinos, donde se guarda el mijo. A mayor tamaño, mayor indicación de la riqueza familiar. También hay graneros femeninos, para objetos personales de la mujer, ropa y joyería. Y casas de menstruación. Lugar de resguardo de las mujeres con el periodo; sucias e impúdicas según su rancia tradición.

Dogon Village. Mali. Fuente

He tenido una idea. Roza la locura pero no pierdo nada por intentarlo. Los equipos electrónicos, las baterías y paneles solares del Victoria II son unos 80 kilos. El depósito de agua —al 10%— debe andar por los 25 kilos. El váter químico, rezumante y bien colmado, debe llegar también a los 20 kilos de mierda. Lo único verdaderamente imprescindible es la tarjeta de memoria de la cámara, una baliza y un poco de agua. El Victoria II tiene un balón de helio de apoyo con un empuje superior a los 1000 kilogramos. Cuanto más aligere la aeronave más me aprovecharé de él.

Cámaras, cartas de navegación, portátil, gps, baterías, altímetro, barómetro, calentador, váter… todo va por la escotilla. Dispuesto a ganar algo de altura que me permita cerrar un sueño. En cuanto desengancho los paneles solares exteriores noto el ascenso. Pero no es gran cosa. Lo único que no puedo desmontar es el quemador de propano y la hélice de fibra de vidrio; el resto va fuera. Ya no sé dónde estoy, ni el rumbo que llevo. Solo puedo calcular la distancia por la orientación solar y el tiempo que permaneceré por debajo de los 500 pies.

La última foto que hago antes de deshacerme de la cámara compacta es de alguna ciudad africana. No sé cuál es pero me permite hacer el enésimo análisis de nuestro proyecto. Lo que yo llamo urbanismo religioso. Una ciudad levantada en torno a su templo y construida radialmente para que desde cualquier callejón de la misma puedas contemplar y tener siempre presente a tu Dios. Como el panóptico de Jeremy Bentham, en el que con un solo carcelero podías vigilar todas las galerías. Solo que aquí el carcelero (también) es Dios…

En algún lugar de… Fuente

Alguien decidió que los depósitos de agua y desechos orgánicos deberían montarse dentro de la barquilla y no caben por la escotilla de ninguna forma. Decido romper con el extintor el óculo del suelo que me permitía hacer las ortofotos y vacío el contenido de ambos depósitos dentro de la cabina. El juego consiste ahora en conducir con pies y manos los truños y todos los líquidos hacia el agujero inferior. Tiro también toda mi ropa. Arranco hasta el aislante del kevlar y las conducciones eléctricas que quedan. 100, 75, 50 pies…

Dia 34. 20.45 horas

Aquí estoy. En algún lugar de África, desnudo, con el cuerpo embadurnado de mi propia mierda, una tarjeta de memoria, un globo muerto y la esperanza de saber si he cumplido un sueño.

Hasta siempre.

***Puedes revivir todas las etapas del viaje y ver dónde aterrizó el Victoria II descargándote el archivo de ruta y visualizándolo con Google Earth

Los caminos de Le Corbusier [arkinetia.com]

La Unidad Habitacional de Marsella

La unidad habitacional de Marsella es uno de los proyectos icónicos de Le Corbusier y una de esas referencias básicas para cualquier arquitecto. Comienza a ser planeada inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial (1945-46), entrando en construcción en 1951. El edificio proyectado para 1,600 habitantes es una enorme construcción de 140 metros de largo, 24 metros de ancho y 56 metros de altura, y preveía un funcionamiento interno de más de 26 servicios independientes. Cada piso contiene 58 apartamentos en dúplex accesibles desde un gran corredor interno cada tres plantas; algunos apartamentos ocupan la planta del corredor y la inferior, otros la del corredor y la superior.

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de Marsella

El proyecto fue la primera oportunidad para Corbusier de poner en práctica las teorías de proporción a escala que irían a dar origen al Modulor. Al mismo tiempo constituía una visión innovadora de integración de un sistema de distribución de bienes y servicios autónomos que servirían de soporte a la unidad habitacional, dando respuesta a las necesidades de sus residentes y garantizando una autonomía de funcionamiento en relación al exterior. Esta naturaleza autosuficiente pretendida por Corbusier era la expresión de una preocupación que comenzaba a surgir en los años veintes, en sus análisis de los fenómenos urbanos de distribución y circulación que empezaban a repercutir en la sociedad moderna.

Su concepción formal asimilaba los principios que hoy son bien conocidos como suyos. Asentado sobre pilotes en hormigón armado, el edificio fue concebido de manera de permitir una gran permeabilidad a nivel del suelo, con el nivel de la tierra funcionando como espacio de comunicación entre el exterior y el interior, con acceso a las comunicaciones verticales. Estos conceptos se volverían parte de la iconografía de Corbusier, que así dramatizaba la necesidad de relación de la construcción con el entorno urbano.

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

Otro aspecto muy interesante de la unidad habitacional consiste en la utilización de la azotea como centro de funciones, siendo uno de los espacios de mayor vitalidad. Incluía:
– una pista del atletismo de 300 metros
– un gimnasio cubierto
– un club
– enfermería
– guardería
– espacio social.
Estos servicios fueron dispuestos de modo que asimilaran las condiciones de visibilidad proporcionadas por la altura del edificio, enriqueciendo así la experiencia de vida de los residentes.

Las unidades habitacionales de Corbusier en Marsella, y más adelante en Nantes, consolidaron los conceptos que venía desenvolviendo en torno a la idea moderna de habitar. Los principios que le daban cuerpo devenían de una idea de arquitectura en tanto producto de la racionalidad, instrumento para delinear un sistema social en tanto sistema de razón. En él se incorporaban principios de funcionalidad y economía, reconociendo en la arquitectura un medio para ordenar el ambiente urbano y ofrecer mejores posibilidades para los grupos humanos. La creación de una nueva mecánica de circulación, organización de funciones, concepción de un sistema de relaciones integradas, todas esas posibilidades eran usadas de un modo disciplinado y reflejaban la enorme voluntad de intervenir en el proceso de la arquitectura y de la sociedad modernas.

Estos proyectos son ejemplos icónicos de arquitectura de habitación colectiva del Movimiento Moderno. Han pasado varias décadas desde su construcción y aún reconocemos la actualidad de los principios que le dieron forma. El entorno en el que nacieron y la perennidad que se les reconoce son una herencia indiscutible. La doctrina de Corbusier se convirtió en una herramienta esencial para cubrir las exigencias de nuestras casas, apoyada en la estandarización de los parámetros de calidad y en la industrialización de la construcción.

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

El fenómeno de la arquitectura de habitación colectiva que cubrió toda la segunda mitad del siglo XX no puede ser estudiado desde un historicismo meramente idealista, de crítica formal, u otro que no considere como base el proceso histórico-social -la aparición del automóvil como factor de diseño urbano, la pérdida de territorio del hombre de mediana edad, el crecimiento poblacional vertiginoso de los centros urbanos-, porque muchos de esos factores están en la base de sus causas. Corbusier promovió un abordaje visionario de estos procesos y procuró darles respuestas concreta en función de las posibilidades técnicas que tenía a disposición. Paradójicamente, tal vez pueda decirse que los medios con que Corbusier contaba para implementar una solución a los problemas de la sociedad moderna –la industrialización- eran fruto del mismo fenómeno que iniciara el mecanismo de transformación en que habían caído las ciudades anteriormente.

La búsqueda de las causas simples de las cosas persiste en nuestra mentalidad, una racionalidad que todavía hoy domina el pensamiento de universidades y academias. Pero sería un error considerar el problema de la vivienda de masas y los fenómenos de deshumanización a los que en muchos casos condujo el crecimiento de las ciudades como problemas estrictamente arquitectónicos o urbanísticos. Acusar a la herencia moderna por algunas de sus falencias recurrentes es no comprender el vasto fenómeno civilizatorio expresado en nuestra historia más reciente. En cierto modo, la transición de la era moderna a esta en que vivimos demuestra la incapacidad humana para enfrentar los problemas de su presencia en el mundo. La comprensión final de ese mundo es una nebulosa de complejidades, y nuestra acción se determina entre las variables y los grados de incertidumbre entre el lugar de la razón y el territorio de la realidad.

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

 

Los caminos de Le Corbusier. La Unidad Habitacional de MarsellaFoto: Alex Sievers

Parkour Architectural | Villa Savoye

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Discover the Villa Savoye as you’ve never seen it before, through the discipline of Parkour and the movements of traceurs !

Realisation
Pierre-Antoine BLONDEL, young architect since June 2012.

In partnership with URBAN MOVE, Parkour collective native of Roubaix, North of France.

Traceurs
Houssyne YOUSFI, Larbi LIFERKI, Tiao SITHAMMARATH and Victorien DELOBELLE

Thank you to the Centre of National Monuments, to the Université Catholique de Louvain and to the Faculté d’architecture, d’ingénierie architecturale et d’urbanisme LOCI de Tournai.

Juan O’Gorman contra sí mismo [El País]

Era tan puro como un niño. No pudo madurar”, dijo sobre Juan O’Gorman en 1998 un estudioso de su carrera, el arquitecto mexicano Víctor Jiménez.

Juan O’Gorman fue un genio precoz. Con 24 años hizo la primera casa funcionalista de América Latina. Luego abjuró de esta corriente moderna y racional de la arquitectura y a mediados del siglo XX se montó una casa surrealista dentro de una cueva que adornó por fuera con figuras de dioses aztecas. El 18 de enero de 1982 se suicidó. Apareció colgado de la rama de un árbol y se había dado un balazo. Además había ingerido algún pigmento venenoso que usaba para preparar los colores con los que pintaba.

Este viernes México vuelve sobre la leyenda de este autor con un acto que reaviva y contrapone los dos polos de su trayectoria. La Casa O’Gorman, la joya iniciadora de la arquitectura moderna latinoamericana que construyó entre 1929 y 1931, ha sido rehabilitada después de décadas de abandono y se inaugura como museo; y la exposición de apertura trata sobre esa otra vivienda-exabrupto, ya desaparecida, que hizo en 1949 aprovechando una gruta natural de origen volcánico: la Casa-estudio de San Jerónimo, némesis artística de su obra maestra de juventud, o Juan O’Gorman contra sí mismo.

El arquitecto, pintor y muralista nació en la Ciudad de México en 1905. Los primeros años de su infancia vivió en el Estado de Guanajuato, a donde fue destinado su padre para dirigir una mina. Durante la Revolución mexicana, en 1913, la familia volvió a la capital y se asentó en el barrio de San Ángel, en el sur de la ciudad. En la guerra vivieron con apuros. O’Gorman contó que una noche su padre y una sirvienta llegaron a casa arrastrando una mula que habían dejado muerta en la calle los zapatistas. La desollaron, la ahumaron y tuvieron carne para varios meses. La gente se moría de hambre. A veces en los postes y en los árboles se veían cadáveres colgando. En ese mismo lugar de atraso y de barbarie, quince años más tarde, aparece una vivienda llegada del futuro.

La Casa O’Gorman es una caja de dos plantas. La estructura es de hormigón y está a la vista. En la planta de arriba hay un estudio cubierto por tres ventanales que crean unas sensación de continuidad entre el interior de la casa y el exterior. En un costado hay una escalera helicoidal que sube al estudio haciendo un giro de caracol. En vez de un muro que cierre el terreno hay una cerca de cactus. La casa está enfrente de una hacienda de estilo colonial. Muchos vecinos se indignaron porque se hubiese puesto aquel cuerpo extraño delante de un edificio noble. O’Gorman dijo en sus memorias que había quien “volteaba la cara” cuando pasaba junto a su casa para no verla. “Le deberían quitar el título para que no siga haciendo casas horribles como esa”, se oía entre los vecinos de San Ángel.

Dos años después de hacerse su propia casa con el poco dinero que tenía, O’Gorman recibió el encargo de Diego Rivera de construirle otras dos similares para él y para su esposa, Frida Kahlo, en un espacio libre que quedaba en ese mismo terreno. O’Gorman era amigo íntimo del matrimonio, en especial de Frida, a quien conocía desde que eran adolescentes. Cuando le enseñó su casa a Rivera este le dijo que había construido una obra de arte funcional con potencial para la transformación social. Rivera, patriarca de la intelectualidad socialista mexicana y principal influencia en la definición ideológica y estética de Juan O’Gorman, entendió que la propuesta de su amigo arquitecto, desarrollada a partir de las recientes teorías de Le Corbusier, tenía dos cualidades revolucionarias: rompía con el gusto tradicional y ofrecía un modelo de vivienda económico para las clases populares.

Primero la Casa O’Gorman estuvo habitada por un hermano del arquitecto. En 1968 la compró un artista ruso y en adelante sufrió una serie de modificaciones que fueron deformando su aspecto original. La casa quedó irreconocible y nunca pudo tener el lugar que le correspondía en la historia de la arquitectura contemporánea. Hasta hoy la referencia de la obra arquitectónica de O’Gorman habían sido las casas de Rivera y Kahlo, rehabilitadas en 1996 por Víctor Jiménez, actual director de la Fundación Juan Rulfo, y encumbradas en 1998 por el japonés Toyo Ito, que desde el pasado domingo es el nuevo premio Pritzker, el Nobel de los arquitectos.

Toyo Ito visitó en aquel tiempo las casas del matrimonio de artistas y se quedó mudo de asombro. Poco después, en colaboración con Jiménez, organizó en Tokio una exposición sobre estas viviendas y escribió un texto en el que colocó a O’Gorman en el altar del Movimiento Moderno. “Desde el fregadero de la cocina hasta las llaves de la regadera todo es sencillo y bello. Se puede decir que en esto igualan estas casas a las primeras de Le Corbusier, pero a mi juicio la sencillez de las que ahora veía aventajaba a las del arquitecto francés”. Ahora le toca el turno de la revisión histórica en retrospectiva a la Casa O’Gorman, comprada por el Instituto Nacional de Bellas Artes mexicano y rehabilitada también por Jiménez, que la define como una “versión extrema de la primera modernidad mexicana y mundial”.

El Juan O’Gorman funcionalista duró hasta mediados de los años treinta, momento en el que se revolvió contra la arquitectura moderna. Al parecer se dio cuenta de que las construcciones funcionalistas, basadas en el principio del máximo de eficiencia por el mínimo de esfuerzo, eran una excelente oportunidad de ahorro para los promotores inmobiliarios, para los capitalistas. Su desengaño de la modernidad se fue ahondando en los años treinta y cuarenta. Empezó a concentrarse en la pintura de caballete y su gusto arquitectónico giró hacia una mezcla de regionalismo, ecologismo y un fondo moderno del que en la práctica nunca se desprendió. Daniel Garza, comisario de la muestra sobre el otro O’Gorman que se inaugura este viernes, titulada Una protesta en contra de la ‘civilización’, define ese híbrido como “arquitectura moderna regional”.

Es probable que hoy Juan O’Gorman hubiese preferido que solo se hablase de esa cara B de su carrera, la de los cuadros surreales, la de los innovadores mosaicos de piedras de colores –como el mural gigante que recubre la biblioteca de la Universidad Nacional Autónoma de México–, la de su arquitectura fantástica, ejemplificada en la entrañable Casa de San Jerónimo, inspirada en la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright y en la libertad figurativa de Gaudí. Vivió en esa casa con su segunda esposa, Helen Fowler, pintora abstracta y experta en orquídeas, desde principios de los años cincuenta hasta 1969, cuando, necesitado de dinero, la vendió a una escultora a la que le dio por reducirla a escombros.

Por entonces el talento arquitectónico más peculiar del siglo XX en México ya había entrado en un barranco psicológico de depresiones que, según sus memorias, empezó en 1954 con la muerte de su adorada Frida Kahlo y que pasó por fases estrambóticas como una purga psicosomática para la que hizo un ayuno de 39 días en el que se limitó a beber agua destilada y a leer libros de Tolstoi.

Los últimos años de su vida los pasó en otra casa funcionalista que se había hecho en los años treinta y de la que hablaba con una cómica condescendencia: “Considero que es algo fea, pero cómoda y extremadamente funcional. Podría compararse a las pantuflas viejas, cómodas, feas, pero útiles”. En esa vivienda funcional el complejo artista mexicano Juan O’Gorman se quitó la vida con su triste suicidio en tres actos.

La exposición Una protesta contra la ‘civilización’ se podrá visitar del 22 de marzo al 9 de junio en el Museo Estudio Diego Rivera y en la Casa O’Gorman.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/22/actualidad/1363980562_541976.html

Beatriz Colomina: “Los que peor escriben son los que más complican las cosas”

La arquitecta y catedrática de Princeton Baatriz Colomina / Ana Nance

Por:  . El País http://elpais.com/elpais/2013/01/23/eps/1358963588_565614.html

Los libros de Beatriz Colomina (Madrid, 1952) investigan las preconcepciones, analizan la relación entre la arquitectura y la publicidad, la sexualidad, la enfermedad o los rayos X. Títulos como La domesticidad en guerra o Privacidad y publicidad: la arquitectura moderna como medio de comunicación de masas se han traducido a más de 20 idiomas antes de poder, finalmente, leerse en castellano. Con 60 años tiene un físico y una alegría juveniles. También la mente abierta como un adolescente despierto. O como un extranjero recién llegado; lleva ya más tiempo viviendo en Nueva York que en España. Colomina es una persona alerta: no ha desconectado el radar que detecta lo extraño, lo que más le interesa.

Es pionera en buscar trabajo fuera. ¿Qué ha ganado y perdido haciéndolo? Siempre se gana saliendo. Ha habido dos momentos cruciales en mi vida: cuando decidí estudiar en Barcelona en lugar de en Valencia, donde vivía, y cuando me fui a Nueva York. Esos cambios me hicieron ver la vida de otra manera. No me puedo entender a mí misma sin pensar en esas dos transformaciones.

¿Se fue buscando trabajo? No. Yo sentía claustrofobia.

¿Se le mezcló el aprendizaje profesional con el personal? En Barcelona se me abrieron los horizontes.Entendí la vida. También lo que pasaba políticamente en el país. Eran los últimos años de Franco. Yo había tenido una vida filtrada por un ambiente conservador.

Su padre era arquitecto. Sí. Fue director de la Escuela de Arquitectura de Valencia. Todo el mundo allí sabía quién era. Y también quién era yo. El anonimato de Barcelona fue liberador.

¿Allí pudo encontrar una identidad propia? Allí empecé a buscar.

n Nueva York aterrizó en el Institute for the Humanities, que dirigía Richard Sennett. Era un lugar extraordinario con gente como el historiador Carl Schorske o Susan Sontag. Escucharlos me abrió los ojos. La enfermedad como metáfora, de Sontag, me enseñó cómo se podía hacer investigación y de qué manera la escritura misma es parte del análisis. Eso no existía en las escuelas de arquitectura, donde la escritura suena bonita, pero no se acaba de entender lo que dice. Los anglosajones son lo contrario: hablan claro.

Hace 32 años que vive en Nueva York. En España se sale poco de la zona de confort para crecer, pero en Estados Unidos es lo habitual. Cuando yo llegué, lo hicieron también otros arquitectos como Enric Miralles, Carme Pinós e Ignasi de Solà-Morales. Los tres regresaron al año. Casi todos lo hacen.

¿Por qué decidió quedarse? Lo entendí enseguida: Nueva York era yo [risas]. En serio. En 32 años todo ha sido estímulo, con lo cual, y aun sabiendo que mucha gente es reacia a salir, pienso que es muy bueno hacerlo. Lo que siempre han hecho los estadounidenses: moverse de Estado en Estado, y los nórdicos y los latinoamericanos; ahora los españoles también lo deben hacer. Se beneficiarán ellos y también España.

Relacionó la publicidad con la arquitectura hace dos décadas. ¿La arquitectura actual es fruto de esa relación? Cuando empecé a escribir era anatema decir que un arquitecto como Le Corbusier tenía algo que ver con la publicidad. Hoy es un hecho aceptado. Siempre me he sentido atraída hacia la posibilidad de quitar velos, de desvelar secretos. Me interesa derrumbar las preconcepciones.

¿Algún arquitecto es más ruido que nueces? Muchísimos. Siempre los ha habido. Pero tiene poco interés hablar de quienes tienen pocas ideas. Con el tiempo, lo que vale es lo que queda. El mítico historiador Sigfried Gideon llegó a París buscando a Rob Mallet-Stevens porque quería escribir su historia de la arquitectura moderna. Solo por casualidad le hablaron de Le Corbusier porque Mallet-Stevens salía más en la prensa, pero ¿quién se acuerda hoy de Stevens? Le Corbusier tomó ese espacio en los medios de comunicación convirtiéndolo en un lugar de producción de la nueva arquitectura. Los dos arquitectos más famosos del siglo XX, Le Corbusier y Mies van der Rohe, tardaron mucho en conseguir hacer algo que estuviera al nivel de lo que habían publicado como proyectos. Le Corbusier fue el primer arquitecto que realmente entendió los medios de comunicación y, al hacerlo, llevó la arquitectura al siglo XX.

¿Cuáles son los secretos de la arquitectura moderna? Entre los más interesantes está el papel que han desempeñado las mujeres: Charlotte Perriand para Le Corbusier, Lilly Reich para Mies van der Rohe o Margaret McDonald con Charles R. Mackintosh, que durante toda su vidano se cansó de decir que él era normal y la que era un genio era ella. Pero por mucho que ellos lo dijeran, no había manera. El mundo no estaba dispuesto a creerlo. Hay quien cree que Ray Eames fue el hermano de Charles Eames, en lugar de su socia y mujer. Denise Scott-Brown todavía sufre ese tipo de discriminación, a pesar de su obvia brillantez.La primera mujer a la que se reconoció al mismo nivel que a su marido fue Alison Smithson. Y no es casualidad que el nombre de ella fuera delante en la firma. Hoy muchas parejas lo hacen.

¿Por qué el último Premio Pritzker le correspondió solo a Wang Shu y no lo compartió su socia cofundadora del estudio Lu Wenyu? Él dice que ella es importante, pero que él es el creador y que ella se encarga de llevar la oficina.

Pero ella da clase en la Escuela de Arquitectura y fundaron juntos el estudio. Kazuyo Sejima fue más generosa. Insistió en compartir el galardón con su socio Ryue Nishizawa, pero eso también sucedió con Jacques Herzog: tuvo que pedir que se lo dieran también a su socio Pierre de Meuron. La arquitectura es una práctica colaborativa. No tiene sentido fomentar el reconocimiento a individuos. Por eso yo, más allá de reivindicar el papel de las mujeres, trato de reivindicar la autoría colectiva.

¿El mundo duro de la construcción aparta a las mujeres? La gran ingeniera brasileña Carmen Portinho seguía bebiendo cachaza con 90 años. Me contó que aprendió a hacerlo con poco más de 20 años en las visitas de obra para que los obreros le hicieran caso. Y lo hicieron. Pero el verdadero problema está más arriba.

¿Para una mujer puede resultar más fácil investigar la arquitectura que hacerla? Es igual de difícil. Tampoco hay muchas en el mundo de la teoría y la historia de la arquitectura. Puede que sea más difícil hacerse camino en la universidad que en la profesión.

¿Y usted por qué lo eligió? Yo no lo elegí. Me eligió a mí [risas]. Me encontré con eso. Casi toda mi vida ha sido así. Me he ido encontrando con las cosas y me he ido encontrando también a mí misma. He ido llegando a los sitios y disfrutando de cada ocupación. El placer es fundamental en la vida. Tienes que asegurarte de que amas lo que haces porque eso te crece y te hace crecer. Lo contrario es un tormento, imagino. Siempre he estado feliz con todo lo que hacía: feliz enseñando, feliz investigando y, sobre todo, feliz escribiendo.

¿Cuándo descubrió que quería dedicarse a escribir? Eso es lo que Nueva York me aportó: el placer de escribir. En Barcelona yo era muy competente: enseñaba, escribía, hice incluso un pequeño libro. Pero actuaba sin el placer de perderte en las palabras. Eso lo aprendí en Nueva York.

¿Cómo se quitó de encima la culpa de disfrutar trabajando? [Risas]. Creo que los católicos disfrutan mucho. Mi madre es una gran vividora. Con casi 90 años no está nunca en casa. Mi padre era más ascético. También más excéntrico, un excéntrico mental introvertido. Eso también tiene mucho que ver con lo que yo soy.Mi familia era conservadora. Pero mi padre tenía la idea de que las mujeres debían ir a la universidad. Pensaba que en el futuro habría muchas arquitectas. Si supiera lo difícil que lo tenemos todavía…

¿Su madre trabajaba? No. Somos cuatro chicas y un chico, el cuarto; tal vez por eso mi padre insistía en el estudio. Pero estaba solo. Todo lo demás nos lo contradecía. En Navidad íbamos a casa de mis tías y nos decían: “Qué cosas más raras se le ocurren a vuestro padre; no hagáis caso o no os casaréis nunca”.

¿Alguna vez su padre le reprochó que se hubiera dedicado a la teoría en lugar de a construir? Siempre pensó que era una cosa pasajera. Yo también.

¿Sus hermanos también se han encontrado a sí mismos en otros lugares? La pequeña es médico y estudió y trabajó en Londres, pero tras unos años regresó. El resto no se movió. La mayor es filóloga y dirige una biblioteca en Valencia. La tercera también es filóloga. Tuvo siete hijos, luego se separó y ahora, finalmente, tiene un negocio. Mi hija dice que antes, cuando llegábamos a Valencia, éramos los más raros –porque ella es hija de un arquitecto italiano–, pero está convencida de que ahora los raros son ellos. Yo no me he querido casar nunca, pero llevo 25 años con la misma persona. Ahora toda la familia se ha complicado de forma más interesante. La fantasía de la familia del catolicismo extremo ha explotado.

¿Su hija vive con usted? No, tiene ya 27 años. Hace tiempo que es independiente. En EE UU, en cuanto se van a la universidad se independizan. Es urbanista y está haciendo el doctorado. Estoy muy orgullosa de ella.

Las dos bienales de arquitectura más significativas, la de Venecia y la iberoamericana, premian arquitecturas casi opuestas: experimentos artísticos y trabajos con pocos medios. ¿Ese mensaje contradictorio despista? Me interesa muchísimo Latinoamérica. Es increíble cómo la hemos dejado de lado. La de Venecia tiene que volver a pensar qué pretende hacer.

¿La historia de la arquitectura es justa? ¿Podría haber algún genio oculto? Seguro que los hay. Pero lo que más me interesa de la historia de la arquitectura son otras maneras de escribir esa misma historia. Será más justa cuando sea más inclusiva, y será más inclusiva cuando reconozca que la arquitectura es una labor colaborativa en la que participan muchas personas. La historia no es solo injusta con personas y con proyectos específicos, lo es con continentes enteros. Se trata de repensar cómo se organiza la historia. En la de la arquitectura debería quedar claro quién merece estar. Hasta hace poco, ni se hablaba de los ingenieros, y muchos han sido protagonistas de la última arquitectura. Una historia de la arquitectura más inclusiva traería muchos más tipos de protagonistas.

¿Por qué se complicó tanto el mensaje escrito de la arquitectura? Por inseguridad. Los que peor escriben son los que más complican las cosas. Pero la escritura también se complica cuando se complica la reflexión. No hay que temer la complejidad. La arquitectura es compleja. Pero la escritura no debe ser más difícil que lo que trata de describir.

¿Ha afectado su capacidad analítica a su manera de relacionarse con los demás? Me parece que no. Dijo Susan Sontag que su trabajo era mejor que ella misma. Había muchas razones: ella trabajaba mucho sobre sus borradores, y como persona era el primer borrador. Yo soy también el primer borrador.

¿Qué le lleva a investigar un tema? Si miras a las cosas mucho tiempo, ves lo extraño en lo que crees conocer. Hay que dejar tiempo para que surja la extrañeza. Escribir es hacer una especie de psicoanálisis. Vas dejando algo tuyo en la mirada con la que trabajas y en lo que vas hallando. La mirada interdisciplinar es la que me interesa porque es más amplia. Empecé a hacer una historia de la arquitectura moderna desde el punto de vista de la enfermedad, inspirada en el trabajo de Sontag.

¿Qué tiene que ver la enfermedad con la arquitectura? La arquitectura moderna no se puede entender sin la tuberculosis. La hemos estudiado desde todos los puntos de vista: el industrial, el estético… Y nos hemos olvidado de lo más obvio: la vida real. Lo que los arquitectos modernos ofrecían era casi como una receta de salud igual a la que proponían los manuales médicos para tratar la tuberculosis: el aire libre, las terrazas, el sol, la blancura, la higiene… La tuberculosis dominó la primera mitad del siglo XX. Es normal que no solo estuviera en la literatura, sino también en la arquitectura. No hablo de la arquitectura sanitaria. Es la arquitectura moderna la que internaliza este trauma inmenso que era la tuberculosis y trata de ayudar. Se vuelve curativa.

¿Por qué cree que a los políticos les importa tan poco la arquitectura? Depende de los políticos. Piense en el caso de Medellín.

 A Esperanza Aguirre se le escapó que a los arquitectos habría que matarlos… Antes la figura del arquitecto se respetaba aquí más que en otros países. Pero hoy, para medir la importancia de los políticos en la arquitectura, y su valoración, hay que mirar a Latinoamérica.

¿Detecta cambios allí? En Latinoamérica hay fuerza e intensidad. Yo me siento con la obligación de estudiarlo atentamente, de analizar la historia de la arquitectura moderna allí. En los años cuarenta, el MOMA organizó exposiciones como Brasil builds y Latinoamerican architecture. Pero lo hizo como parte de la política del país. Toda esa atención obedecía a la intención del Gobierno norteamericano de asegurarse de que Latinoamérica era una aliada. Fue una política de buenos vecinos que luego, cuando los intereses políticos se fueron para otro lado, se terminó y empezaron a preocuparse más de lo que sucedía en la Unión Soviética. Fue así como Latinoamérica dejó de existir culturalmente para el MOMA. Desapareció. Y no solo del MOMA, también de las revistas de arquitectura. Todas, de Domus a Casabella, tenían números especiales sobre Brasil, Venezuela, México… Y de repente ese interés se cortó. Y a mí hay una cosa que dice el arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti que me interesa mucho: que a los pobres hay que darles lo mejor. Está bien que en Medellín el edificio más celebrado quede en el barrio más miserable.

Aun así, sería mejor si fuera un buen edificio. Es cierto que la Biblioteca España está mejor resuelta por fuera que por dentro, pero es muy llamativa. A mí me gusta. Me gusta la reacción de orgullo que ha generado en el barrio. Hay niñas que llegan a las nueve de la mañana, cuando abren, y se quedan hasta que llega la noche, cuando cierran. Poder estar en una biblioteca con ordenadores y libros en lugar de tener que estar en la calle cambia la vida de una generación.

¿El reto de la arquitectura actual es económico? De eso podemos aprender de Latinoamérica, de trabajar con la escasez. Y aprenderemos. Se deben buscar nuevas formas de funcionamiento. Parte del legado moderno es eso: viviendas adecuadas para todos. Esto no debería ser un eslogan vacío. Es una obligación moral.

Pero ese legado se quedó en viviendas burguesas para unos pocos. La intención era más amplia. Hay que volver a esa idea e investigar más sobre ello. Las escuelas deberían dedicar atención a estudiar una arquitectura que se pudiera hacer con medios escasos. Los arquitectos podrían ayudar mucho a la sociedad.

¿Vota en EE UU? No. Me resisto a abandonar el pasaporte español. Pero si votara, ya puede imaginar mi elección.

¿Por qué genera confianza Obama? Tiene aura.

¿Solo eso? No ha hecho mucha política, que, se supone, es lo que debe dar credibilidad a un político… Ha sido decepcionante que gobernara más al centro de lo que se esperaba, pero Obama ganó porque no hay opción. Ha sido una persona sumamente cuidadosa. Es demasiado educado. Ha tratado de negociar con los republicanos, pero con esa gente no se puede negociar. Si aquí quieren matar a los arquitectos, allí quieren matarlos a todos: a inmigrantes, pobres, mujeres… Eso es lo que da miedo de verdad.

El tiempo da la razón a Le Corbusier

La pintura ‘The poem of the Right Angle plates’ (1955), de Le Corbusier.

Por:   El País

Los suecos todavía no se han olvidado de Le Corbusier. En 1933, el arquitecto tuvo la ocurrencia de tirar abajo el centro de Estocolmo para crear una urbe moderna, con torres y rascacielos que permitieran responder al boom demográfico gracias a la verticalidad, así como grandes avenidas cerradas a la circulación para favorecer la calidad de vida. Pero ganó la piedra decimonónica y el proyecto no fue seleccionado. “Sabía que nunca le darían el encargo. Fue una provocación teórica, pero también una estrategia para venderse a sí mismo”, explica Jean-Louis Cohen, profesor de la New York University, uno de los mayores expertos en el arquitecto y comisario de Moment. El laboratorio secreto de Le Corbusier,la nueva exposición inaugurada en el Moderna Museet de Estocolmo, con el objetivo de inspeccionar el proceso creativo del arquitecto francosuizo.

Es la primera de las numerosas muestras que, a lo largo de este año, reexaminarán el legado de Le Corbusier, avanzándose a la próxima efeméride de envergadura, la conmemoración dentro de dos años del 50º aniversario de su muerte. El MoMA de Nueva York se anticipará al calendario con su primera muestra sobre el arquitecto, prevista para mayo y destinada a convertirse en su blockbuster estival, que se apoyará en numerosos documentos de su archivo personal, de las acuarelas pintadas durante sus viajes de juventud a los esbozos del paisaje indio que inspiraron la construcción de su ciudad utópica en Chandigarh, la capital del Punjab.

A finales de abril, se inaugurará en Bruselas una muestra sobre Le Corbusier y la fotografía, que abordará cómo se sirvió de la disciplina para documentar sus proyectos, pero también para publicitar su trabajo e incluso su persona, reclutando a artistas tan reputados como René Burri y Lucien Hervé. En Marsella, ciudad impregnada de su legado urbanístico, una exposición sobre Le Corbusier y la herencia del brutalismo abrirá sus puertas en octubre. Todo ello, mientras sigue abierta la muestra sobre sus proyectos italianos en el MAXXI de Roma, y al tiempo que ocupa un papel protagonista en otra exposición sobre la evolución del oficio de arquitecto que todavía puede visitarse en la Pinacoteca Moderna de Múnich.

Todas ellas insisten en sus múltiples facetas de arquitecto, urbanista, paisajista, diseñador de interiores, escritor y artista, dignas de un hombre renacentista. A través de sus 400 proyectos urbanísticos —una aplastante mayoría de los cuales nunca serían realizados— y de los 75 edificios que logró erigir en una docena de países, Le Corbusier ideó una nueva poética de la arquitectura, a medio camino entre la armonía clásica y la funcionalidad que requerían los tiempos modernos. Sus hallazgos formales procedieron, a menudo, de su experimentación en la pintura y la escultura. Cuentan que Le Corbusier, artista plástico de formación, visitaba su atelier cada mañana para trabajar en sus lienzos, antes de dirigirse a su estudio cada tarde para estudiar cómo aplicar las mismas composiciones en el plano arquitectónico.

Ese vivero de experimentación —al que llamaba su “laboratorio secreto”, como dejó dicho en 1948— protagoniza la muestra de Estocolmo, que hasta el 18 de abril se introduce en la mente de Le Corbusier a través de 200 pinturas, esculturas, esbozos arquitectónicos, naturalezas muertas, fotografías de época y hasta su colección personal de crustáceos marinos, cuyas cavidades misteriosas inspiraron las formas de sus edificios tardíos. Por ejemplo, con un poco de imaginación se logra entender cómo el caparazón de un cangrejo pudo inspirar la capilla de Ronchamp, construida en los cincuenta.

El plano que hizo Le Corbusier en 1933 para alterar el centro de la capital sueca.

La semejanza entre sus obras pictóricas y sus creaciones arquitectónicas del mismo periodo resulta todavía más flagrante. Las formas geométricas de sus residencias de la cercanía parisiense, con la Villa Savoye al frente, se parecen sospechosamente a las que figuran en uno de sus primeros cuadros, La chimenea (1918), cuando todavía utilizaba su auténtico apellido, Jeanneret, para firmar sus obras con caligrafía perfecta. Más tarde, salpicaría el blanco nuclear con algunas manchas de colores primarios, como resultado de su descubrimiento de la corriente holandesa De Stijl. A finales de los años veinte, las formas irregulares y las gamas cromáticas de sus bodegones poscubistas empezaron a aparecer en sus edificios. Las correspondencias entre arte y arquitectura se alargarán hasta el final de sus días. “Sus edificios de los años cuarenta, como la Cité Radieuse de Marsella, integran diferentes disciplinas y reproducen su interés por la síntesis de las artes”, explica Le Cohen junto a las numerosas maquetas de la exposición, preparadas para la ocasión por la Universitat Politècnica de Catalunya.

“Nos seguimos interesando por Le Corbusier al margen de los aniversarios porque es una figura seductora en la historia de la arquitectura, por su capacidad de invención y su reivindicación de libertad”, afirma el comisario. “Pero también porque el corbusianismo ha sido un lenguaje mal imitado, con el que seguimos conviviendo”. Así es en todo el mundo. También en Estocolmo. Su proyecto fue rechazado por escandaloso, pero acabaría dando lugar a otro mucho peor en los cincuenta. De entre todas sus ideas, solo se privilegió la del desarrollo vertical, lo que exigió demoler gran parte del centro histórico de Klara, recordado hoy con nostalgia por los autóctonos. En cambio, la circulación congestionada sigue ahí.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/21/actualidad/1358799410_783706.html