Ciclo de Conferencias “Centros Históricos de Latinoamérica”

cchDentro del Ciclo de Conferencias “Centros Históricos de Latinoamérica”, se llavarán a cabo distintas charlas con la participación como Ponente Magistral del PhD. Camilo Trumper quien ha dedicado sus estudios a investigar sobre la conexión entre la historia urbana, la política y la cultura visual y material.
El Ciclo de conferencias serán los días:

Lunes 16, 19:00-21:00 hrs.
“El diseño de la ciudadanía socialista en Chile.”
Lugar: auditorio de la librería del Fondo de Cultura Económica “José Luis Martínez”.

Martes 17, 17:00- 19:00 hrs.
“Historias efímeras: el arte callejero y la ciudad como catalizador del debate político en Chile.”
Lugar:
Centro Universitario de Arte, Arquitectura y Diseño.

Viernes 20, 12:00-14:00 hrs.
“A ganar la calle: fotografía, rayado, panfleto y la política urbana en el Chile del siglo XX.”
Lugar: CUCSH (Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades)

ENTRADA LIBRE

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Arquitectura mexicana y española: un viaje de ida y vuelta en la crisis

Escuela de Bellas Artes en Oaxaca de Mauricio Rocha. / Sandra Pereznieto

Por     Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/28/actualidad/1367168309_689445.html

Nuestro hormigón es para ellos concreto; nuestros ladrillos, tabique; los estudios de arquitectura son despachos, los promotores, desarrolladores y lo sostenible allí es sustentable. Salvada esa anecdótica barrera lingüística, quedan las diferencias del clima, la cultura, la geografía y la economía que llevan a convivir con patios, pérgolas y celosías, huyen del aire acondicionado y tratan de reinventar los materiales más sencillos (como el petate o bloque de tierra compacta). Sin embargo, por lo que hablaron históricos de la arquitectura mexicana como Pancho Serrano y emergentes como Mauricio Rocha con españoles con experiencia en México, como Carlos Lamela, en un debate organizado por Roca Gallery en Madrid, la arquitectura mexicana podría indicar el camino a la futura arquitectura española. Y al revés, la mexicana que parece estar ahora donde la española estuvo hace dos décadas: iniciando su globalización haría bien en aprovechar la experiencia española. Así, ese diálogo de ida y vuelta podría servir a los edificios de ambos lados del Atlántico.

Aunque la arquitectura mexicana tiene una historia que opone fuerza plástica a la tentación del espectáculo, la experiencia española podría servir a la hora de evitar que con la bonanza económica que atraviesa México la nueva riqueza les haga perder fuerza expresiva. Sería útil también para evitar el mareo ante los grandes nombres que lleva a contratar arquitecturas-franquicia. Ahora que sabemos que muchos proyectistas de renombre lo son por sus mejores proyectos (y no por todos ellos) merecería la pena venir a comprobar todos los Foster, Chipperfield, Nouvel, Rogers o Herzog y de Meuron que se han levantado en España y juzgar, por uno mismo, si se puede estar siempre a la altura. Ese viaje aclararía la diferencia entre monumento y burbuja. Lo explicó con otras palabras Javier Sordo a unos estudiantes mexicanos: “no hay que temer la globalización, sin ella no estarían ustedes aquí”, se debe ser más competente. Mauricio Rocha también lo puso en claro: “Qué bueno que Hugo Sánchez jugó en el Madrid y que Chicharito sea una estrella en el Manchester United”. Es absurdo negarse a la globalización. La clave está en que esta sea una suma que aprenda de todos lados y no imponga una única manera de pensar y ver.

Los arquitectos españoles, por su parte, harían bien en atender a la experiencia mexicana a la hora de trabajar con poco. “Muchas de las cosas que hacemos tienen mucha relación con no tener dinero”, apunta Pancho Serrano, autor de la Universidad Iberoamericana en D.F. Javier Sordo lo secunda: “cuando no hay dinero hay que hacerlo todo con ingenio”, dice. Y sabe de qué habla. Hijo de Juan Sordo Madaleno -el arquitecto del Hotel Villa Magna o del Meliá Castilla de Madrid- Sordo hijo (hay otro arquitecto Sordo nieto), lo hace todo: desde el diseño de proyectos hasta la construcción de edificios, desde el control de obra hasta el interiorismo, desde la promoción de las obras hasta la búsqueda de inversores.

De ese mismo ingenio habla Mauricio Rocha en otros términos. “Capacidad de soportar el lugar”, dice para describir el caos que su arquitectura supo acoger en del Mercado de San Pablo de Ozotopec. O “arquitectura que se entiende en lugar de imponerse”, explica para describir el cuidado con la orientación, con la exploración de los materiales más modestos o con el descubrimiento de todos los sentidos más allá de la vista que halló trabajando en su primer proyecto: una escuela para invidentes en D.F.

Autores de los edificios corporativos para Danone o Coca-Cola en la capital mexicana, Arturo yJorge Arditti hablaron de “maestros de obra que llegan a corregir los planos de los arquitectos”. Esa mano de obra es la clave. ¿Cómo conservarla para no industrializar completamente la construcción? ¿Cómo serán las ruinas industriales? Las de piedra y ladrillo se visitan. Y en ellas se siente la mano de quien las trabajó. Las de los materiales industriales, ¿serán ruinas o serán basura?

Juan O’Gorman contra sí mismo [El País]

Era tan puro como un niño. No pudo madurar”, dijo sobre Juan O’Gorman en 1998 un estudioso de su carrera, el arquitecto mexicano Víctor Jiménez.

Juan O’Gorman fue un genio precoz. Con 24 años hizo la primera casa funcionalista de América Latina. Luego abjuró de esta corriente moderna y racional de la arquitectura y a mediados del siglo XX se montó una casa surrealista dentro de una cueva que adornó por fuera con figuras de dioses aztecas. El 18 de enero de 1982 se suicidó. Apareció colgado de la rama de un árbol y se había dado un balazo. Además había ingerido algún pigmento venenoso que usaba para preparar los colores con los que pintaba.

Este viernes México vuelve sobre la leyenda de este autor con un acto que reaviva y contrapone los dos polos de su trayectoria. La Casa O’Gorman, la joya iniciadora de la arquitectura moderna latinoamericana que construyó entre 1929 y 1931, ha sido rehabilitada después de décadas de abandono y se inaugura como museo; y la exposición de apertura trata sobre esa otra vivienda-exabrupto, ya desaparecida, que hizo en 1949 aprovechando una gruta natural de origen volcánico: la Casa-estudio de San Jerónimo, némesis artística de su obra maestra de juventud, o Juan O’Gorman contra sí mismo.

El arquitecto, pintor y muralista nació en la Ciudad de México en 1905. Los primeros años de su infancia vivió en el Estado de Guanajuato, a donde fue destinado su padre para dirigir una mina. Durante la Revolución mexicana, en 1913, la familia volvió a la capital y se asentó en el barrio de San Ángel, en el sur de la ciudad. En la guerra vivieron con apuros. O’Gorman contó que una noche su padre y una sirvienta llegaron a casa arrastrando una mula que habían dejado muerta en la calle los zapatistas. La desollaron, la ahumaron y tuvieron carne para varios meses. La gente se moría de hambre. A veces en los postes y en los árboles se veían cadáveres colgando. En ese mismo lugar de atraso y de barbarie, quince años más tarde, aparece una vivienda llegada del futuro.

La Casa O’Gorman es una caja de dos plantas. La estructura es de hormigón y está a la vista. En la planta de arriba hay un estudio cubierto por tres ventanales que crean unas sensación de continuidad entre el interior de la casa y el exterior. En un costado hay una escalera helicoidal que sube al estudio haciendo un giro de caracol. En vez de un muro que cierre el terreno hay una cerca de cactus. La casa está enfrente de una hacienda de estilo colonial. Muchos vecinos se indignaron porque se hubiese puesto aquel cuerpo extraño delante de un edificio noble. O’Gorman dijo en sus memorias que había quien “volteaba la cara” cuando pasaba junto a su casa para no verla. “Le deberían quitar el título para que no siga haciendo casas horribles como esa”, se oía entre los vecinos de San Ángel.

Dos años después de hacerse su propia casa con el poco dinero que tenía, O’Gorman recibió el encargo de Diego Rivera de construirle otras dos similares para él y para su esposa, Frida Kahlo, en un espacio libre que quedaba en ese mismo terreno. O’Gorman era amigo íntimo del matrimonio, en especial de Frida, a quien conocía desde que eran adolescentes. Cuando le enseñó su casa a Rivera este le dijo que había construido una obra de arte funcional con potencial para la transformación social. Rivera, patriarca de la intelectualidad socialista mexicana y principal influencia en la definición ideológica y estética de Juan O’Gorman, entendió que la propuesta de su amigo arquitecto, desarrollada a partir de las recientes teorías de Le Corbusier, tenía dos cualidades revolucionarias: rompía con el gusto tradicional y ofrecía un modelo de vivienda económico para las clases populares.

Primero la Casa O’Gorman estuvo habitada por un hermano del arquitecto. En 1968 la compró un artista ruso y en adelante sufrió una serie de modificaciones que fueron deformando su aspecto original. La casa quedó irreconocible y nunca pudo tener el lugar que le correspondía en la historia de la arquitectura contemporánea. Hasta hoy la referencia de la obra arquitectónica de O’Gorman habían sido las casas de Rivera y Kahlo, rehabilitadas en 1996 por Víctor Jiménez, actual director de la Fundación Juan Rulfo, y encumbradas en 1998 por el japonés Toyo Ito, que desde el pasado domingo es el nuevo premio Pritzker, el Nobel de los arquitectos.

Toyo Ito visitó en aquel tiempo las casas del matrimonio de artistas y se quedó mudo de asombro. Poco después, en colaboración con Jiménez, organizó en Tokio una exposición sobre estas viviendas y escribió un texto en el que colocó a O’Gorman en el altar del Movimiento Moderno. “Desde el fregadero de la cocina hasta las llaves de la regadera todo es sencillo y bello. Se puede decir que en esto igualan estas casas a las primeras de Le Corbusier, pero a mi juicio la sencillez de las que ahora veía aventajaba a las del arquitecto francés”. Ahora le toca el turno de la revisión histórica en retrospectiva a la Casa O’Gorman, comprada por el Instituto Nacional de Bellas Artes mexicano y rehabilitada también por Jiménez, que la define como una “versión extrema de la primera modernidad mexicana y mundial”.

El Juan O’Gorman funcionalista duró hasta mediados de los años treinta, momento en el que se revolvió contra la arquitectura moderna. Al parecer se dio cuenta de que las construcciones funcionalistas, basadas en el principio del máximo de eficiencia por el mínimo de esfuerzo, eran una excelente oportunidad de ahorro para los promotores inmobiliarios, para los capitalistas. Su desengaño de la modernidad se fue ahondando en los años treinta y cuarenta. Empezó a concentrarse en la pintura de caballete y su gusto arquitectónico giró hacia una mezcla de regionalismo, ecologismo y un fondo moderno del que en la práctica nunca se desprendió. Daniel Garza, comisario de la muestra sobre el otro O’Gorman que se inaugura este viernes, titulada Una protesta en contra de la ‘civilización’, define ese híbrido como “arquitectura moderna regional”.

Es probable que hoy Juan O’Gorman hubiese preferido que solo se hablase de esa cara B de su carrera, la de los cuadros surreales, la de los innovadores mosaicos de piedras de colores –como el mural gigante que recubre la biblioteca de la Universidad Nacional Autónoma de México–, la de su arquitectura fantástica, ejemplificada en la entrañable Casa de San Jerónimo, inspirada en la arquitectura orgánica de Frank Lloyd Wright y en la libertad figurativa de Gaudí. Vivió en esa casa con su segunda esposa, Helen Fowler, pintora abstracta y experta en orquídeas, desde principios de los años cincuenta hasta 1969, cuando, necesitado de dinero, la vendió a una escultora a la que le dio por reducirla a escombros.

Por entonces el talento arquitectónico más peculiar del siglo XX en México ya había entrado en un barranco psicológico de depresiones que, según sus memorias, empezó en 1954 con la muerte de su adorada Frida Kahlo y que pasó por fases estrambóticas como una purga psicosomática para la que hizo un ayuno de 39 días en el que se limitó a beber agua destilada y a leer libros de Tolstoi.

Los últimos años de su vida los pasó en otra casa funcionalista que se había hecho en los años treinta y de la que hablaba con una cómica condescendencia: “Considero que es algo fea, pero cómoda y extremadamente funcional. Podría compararse a las pantuflas viejas, cómodas, feas, pero útiles”. En esa vivienda funcional el complejo artista mexicano Juan O’Gorman se quitó la vida con su triste suicidio en tres actos.

La exposición Una protesta contra la ‘civilización’ se podrá visitar del 22 de marzo al 9 de junio en el Museo Estudio Diego Rivera y en la Casa O’Gorman.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/03/22/actualidad/1363980562_541976.html