(D)escribir la ciudad [CCAU]

INVITACION E.FRANCESA 2015 8Este jueves 3 de diciembre 2015 a las 8:00 pm (D)escribir la ciudad un encuentro entre un arquitecto y un escritor.

Lugar: Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana [CCAU]

(D)escribir la ciudad es un proyecto de la Embajada de Francia que propone una colaboración atípica (arquitectura y literatura) para pensar e imaginar el espacio urbano. Durante una semana un escritor y un arquitecto harán un recorrido de la ciudad de Guadalajara con el fin de construir sus proprias interpretaciones gráficas y narrativas.

Para este sexto encuentro de (D)escribir la ciudad nos acompañaran :

En este caso Juan Palomar / Arquitecto Méxicano y Frederic Boyer / Escritor francés

Desde el frente: contra las bienales del ego (II)

Por Juan Palomar

Las bienales de arquitectura son una añeja tradición dentro del gremio. Vienen, posiblemente de los concursos y las muestras escolares de la École de Beaux-Arts, y luego de las etapas heroicas de las primeras modernidades, cuando fueron el vehículo de combate para una forma de entender la arquitectura que requería su exposición y difusión para sobrevivir y ganar más adeptos. Se comprende y se agradece. Pero los tiempos cambian, y las luchas que se necesita dar también.

Está por inaugurarse la Bienal de Arquitectura de Jalisco, organizada por el capítulo local de la Academia Nacional de Arquitectura. Meritorio esfuerzo. Pero, como ya quien esto escribe respetuosamente lo ha dicho, y ahora lo repite, ese esfuerzo bianual por mostrar muy parcial y pálidamente (ver anterior columna) y para su mutuo y casi exclusivo solaz las hechuras de algunos arquitectos debería más bien enderezarse para demostrar, en los hechos, el ejercicio útil, eficaz, creativo y fecundo del oficio. Sin ir más lejos, utilizar la misma energía (o más, esperanzadamente) que se emplea en organizar, producir imágenes y cartones al uso, museografiarlos, montarlos y admirarlos para en cambio ir, en grupo, en Academia, a algún pueblo (o un barrio) requerido urgentemente de arquitecturación y realizar allí un taller-repentina de dos o tres días, al término de los que se podría entregar al pueblo o al barrio del caso, a sus autoridades y/o a sus vecinos, una modesta pero significativa contribución a su mejoría integral arquitectónica. Y, entonces, comunicar a quien sea pertinente los resultados comunes de la Academia, sin protagonismos ni egos sobados. Así se podría hacer mejor honor a los objetivos de la institución, y sería mucho más divertido y pedagógico. No se puede ser complaciente ni convencional en tiempos como en los que vivimos, cuando la práctica profesional de la arquitectura está en una grave crisis y existe como nunca una aguda necesidad social del verdadero oficio del arquitecto.

Circula también estos días la convocatoria mexicana para la participación nacional en la bienal de arquitectura de Venecia del año próximo. Pasa casi lo mismo, aunque el enfoque de estas muestras haya evolucionado últimamente. En la bienal pasada, curada por Rem Koolhas, pudimos ver una inenarrable colección de “fundamentals”: puertas, ventanas, barandales, herrajes, etcétera y algunas cosas más interesantes, sobre todo de los países llamados emergentes. Pero no pasa mayor cosa. Este año Alejandro Aravena, el curador, propone el tema “Reportando desde el frente”, que suena mejor. Al efecto, por primera vez se hace un esfuerzo de tomar —aparentemente— en serio a lo que la provincia mexicana produce y no aplicar el tan conocido “chilangazo”. Y el arquitecto Salvador Macías ha convocado a un grupo más o menos heterogéneo de arquitectos tapatíos a ver qué se propone. Bravo.

Muy bien: Pero, ¿cómo enfocar un esfuerzo destinado al Arsenal de Venecia —o a alguna otra sede menos favorecida de la Serenísima— que valga la pena, desde Jalisco, desde Guadalajara? No, ciertamente dando paso al consabido desfile de creaciones arquitectónicas más o menos dispersas e irrelevantes. No porque puedan quizá carecer de interés algunas obras valiosas. Sino porque se continuaría así la inercia del convencionalismo, del individualismo casi siempre estéril y de la búsqueda del brillo personal y efímero en lugar de proponer planteamientos socialmente útiles realizados coordinadamente a partir de una plataforma territorial y espacial compartida y coherente.

Una propuesta en concreto: los arquitectos Pedro Alcocer y Sandra Valdés han estado realizando los últimos años un trabajo apasionante que se llama Anillo Primavera. Tiene que ver con el bosque del mismo nombre, con sus bordes cada vez más amenazados, con los múltiples contextos que en varios municipios requieren de arquitecturación. Esto es, de ordenamiento espacial, de alternativas urbanas y arquitectónicas, de actuaciones de todas las escalas y desde diversas disciplinas. Este es un enorme “frente” desde el que habría que reportar los trabajos arquitectónicos pertinentes, urgentes.

Podrían formarse, bajo la coordinación de Pedro Alcocer y Sandra Valdés, uno o varios equipos que atacaran ordenadamente distintos frentes de trabajo mediante una serie de visitas a los lugares o áreas concernidas y una serie de sesiones repentinas en las que, de la manera más sencilla, inmediata y contundente posible se planteen alternativas urbano-arquitectónicas. Con un buen collage de los resultados podríamos aspirar -como grupo- a presentar algo significativo al jurado que elegirá la representación mexicana y —¿quién sabe?-— al público de Venecia. Pero sobre todo adelantaríamos y contribuiríamos en el muy amplio e indispensable trabajo en favor de la Primavera y de nuestro estado. Y, claro, brindaríamos por la musa.

Quién sólo conoce Guadalajara no conoce Guadalajara

image002Por Juan Palomar

Así es. El título de estas líneas parafrasea lo dicho por el gran historiador inglés Hugh Thomas hablando sobre España. Solamente con una mínima perspectiva espacial y temporal es posible comprender fenómenos tan ricos y complejos como lo son las ciudades. Temporal, porque es el sucesivo decurso de las estaciones lo que hace que quien vive una ciudad adquiera una noción consistente del entorno edificado general inserto en sus condiciones naturales; también porque solamente inscribiendo en la cuenta larga de la historia a determinada urbe, haciéndose consciente de sus circunstancias, es posible comprender su evolución, su significado.

La perspectiva espacial es doble: la que se puede ver dentro o alrededor de la misma ciudad por un lado; y, de manera indispensable, la que se adquiere al experimentar otras realidades urbanas, de parecidas o distintas latitudes y poder así completar desde lejos un retrato mental, y una interpretación estructurada de la ciudad en la que se vive. Y sus posibilidades.

Los ejemplos pueden ir de lo más obvio a lo más aparentemente dispar. El viejo dictum “Los viajes ilustran” posee muchos sentidos y, ciertamente, comprobada profundidad. Podemos hablar de ciudades como Ámsterdam en donde más del 70% de los viajes se realizan en bicicleta. Si esto lo hubieran visto –o creído- algunos acomplejados tapatíos de hace décadas (o algunos todavía hoy), no se hubiera tratado de inhibir localmente el uso del biciclo pensando y diciendo “vamos a parecer un pueblo bicicletero”.

Pero para conocer otras ciudades y lugares, para poder realmente conocer a Guadalajara no se necesita forzosamente ir muy lejos. Basta tomar la carretera y ver, por ejemplo, las ciudades y los pueblos de los Altos de Jalisco. O ir a Zacatecas, San Luis, Querétaro, Pátzcuaro, Morelia… Con estas visitas habrá mucho que pensar, que poner en perspectiva.

Gracias a sus viajes, nacionales e internacionales, y a sus estancias en el extranjero, por los que pudo conocer mejor a Guadalajara y sus posibilidades lejos de su ciudad natal, un ingeniero tapatío propuso diversas medidas urbanas desde la década de los treinta del siglo pasado. Medidas aprendidas en otros lados y que le permitieron enfocar a Guadalajara desde otras latitudes. Así, propuso desde entonces, con toda seriedad, construir galerías subterráneas bajo todas las calles de la ciudad para llevar por allí el drenaje, el agua potable, la electricidad, el gas, el teléfono…tal y como lo había visto en París o en Viena. Es una obviedad el decir las grandes ventajas que tal medida, llevada adelante en la entonces compacta ciudad y en todas sus posteriores urbanizaciones, hubiera acarreado (además, decía, el subsuelo tapatío es muy noble para construir galerías).

También propuso desde esa época deprimir todo el trazo del ferrocarril que cruza a la ciudad: como sucede en toda Europa. Muchísimo es lo que tal acción hubiera aportado a Guadalajara, fracturada sin remedio desde entonces por las vías. Planteó que todas las calles secundarias conservaran sus empedrados, de gran calidad, con el fin de preservar el clima local y aminorar el tráfico. Impulsó la alternativa de la bicicleta como muy apropiado medio de transporte para extensas capas de la población y para las condiciones topográficas y meteorológicas del Valle de Atemajac. Él mismo puso en cotidiana práctica su sugerencia  (y algunos nuevos ricos y algún pachuco –contumaces equivocados- consideraban una risible extravagancia verlo llegar en bicicleta al viejo Country Club).

Las sugerencias del ingeniero –que era muy terco- y muchas otras medidas propuestas por él, algunas incluso adoptadas por las autoridades, fueron el resultado de una visión urbana, lúcida e informada, que ese viajero logró tener de su propia ciudad, considerada desde otras partes concienzudamente estudiadas. Una ciudad a la que quiso con fiel ferocidad y para la que trabajó más de medio siglo. (Incidentalmente, el ingeniero era Juan Palomar y Arias, quien vivió del 17 de julio de 1894 –día de San Alejo-, hasta el 3 de septiembre de1987.

El equívoco del Proyecto Chapultepec (y otras posibilidades)

ScreenPor Juan Palomar

Lo que pase en México, la ciudad, nuestra capital, es de la incumbencia de todos los mexicanos. Pisar su suelo, gozarla y sufrirla, es patrimonio absoluto de quienes vivimos en este país, de quienes la frecuentan o la visitan, de quienes solamente oyen de ella pero saben que ahí reside una parte central de lo que nos reúne como nación, de lo que cada quien es. Y de lo que la ciudad representa en un mundo globalizado.

Por otro lado, está el obvio centralismo centenario y sus consecuencias. Y una de ellas: por vías claras o insospechadas lo que sucede en México en materia de urbanismo y arquitectura repercute, con mayor o menor fortuna (generalmente con menor) en muchas de las ciudades y los pueblos de la provincia.

Por ambas razones –porque México es de todos y porque sus medidas urbanas y sus tendencia arquitectónicas suelen tener amplio eco- es importante conocer y tomar partido sobre la propuesta de intervención en un tramo de la avenida Chapultepec capitalina. ¿Qué se intenta allí? Construir, sobre el arroyo de la vía pública, un segundo y un tercer piso que estarían destinados a albergar un centro comercial combinado y coronado por jardines más o menos improbables. Curiosamente, con la inclusión puntual de algunos locales destinados al ejercicio de las artes se pretende envolver al proyecto bajo la denominación de “corredor cultural”.

El proyecto de intervención nace de un primer y gran equívoco que atenta contra un principio urbano elemental: el espacio público –en este caso formado por banquetas y arroyos vehiculares- es un patrimonio irrenunciable de la ciudad y no debería ser sujeto de explotación comercial permanente –o por 49 años- por particulares, por más paliativos que se presenten como deseables. En cualquier manual de uso del espacio urbano se distingue entre el suelo urbano que es propiedad privada –sujeto siempre al bien común- y el espacio público formado por calles (que incluyen, claro, las banquetas), plazas, jardines, parques, etcétera, al que todos los ciudadanos tienen libre acceso.

Un segundo equívoco: los vecinos y propietarios preexistentes que se alinean –con mayor o menor fortuna- a lo largo de la avenida, tienen un derecho palmario al libre aprovechamiento de su espacio público frontero, a su amplitud, a su aire y a su luz. Y es en estas propiedades en donde las fuerzas económicas y las voluntades urbanas deben actuar para obtener un mejor corredor citadino. Insertar construcciones y usos comerciales sobre el espacio público supone ejercer una violencia contra esos derechos históricos. Y no sólo los de propietarios, vecinos o locatarios, sino los de cualquier peatón o usuario.

Es un hecho de que el actual segmento de la avenida Chapultepec que se pretende intervenir tiene tanto grandes deficiencias como grandes posibilidades. Es adecuado que se piense en intervenirlo para tener un mejor espacio urbano. Pero para este propósito existen opciones. La opción que se debate consiste fundamentalmente en acumular una fuerte inversión entre la glorieta de Insurgentes y el remate de la avenida, concentrando las acciones en la edificación de un segundo y un tercer piso sobre la vía pública, con ciertas intervenciones y mejoras en el actual nivel de la calle. Lo anterior con los equívocos enunciados antes.

Pero hay otra opción: canalizar a la fuerza económica convocada para repartir (y potenciar) sus efectos positivos sobre un corredor mucho más incluyente, que se extienda desde la entrada del bosque de Chapultepec por toda la avenida del mismo nombre y que irá después prácticamente hasta el aeropuerto. Es una intervención mixta: la inversión privada mejora, diversifica y densifica las propiedades particulares adecuadas a lo largo del corredor, con lo que se genera una plusvalía muy atractiva para inversionistas y propietarios (y para la ciudad). Por supuesto, como se hace en otros países, parte de esa plusvalía se enfoca al arraigo y mejoría de habitantes y locatarios actuales, al mismo tiempo que genera una densificación de vivienda apropiada y dirigida a diversos estratos sociales.

Paralelamente, el detonador indispensable de la intervención será el arreglo integral de la avenida, conforme a los principios que ya se han mostrado públicamente (ver ilustración): banquetas de quince metros densamente arboladas, laterales, camellones también fuertemente arbolados y carriles para bicicletas independientes de los necesarios para el flujo del tránsito automotor. El corredor debería tener, además, extensiones que conecten eficazmente al tráfico peatonal y ciclista entre los tejidos citadinos aledaños. Podrá ser un eje urbano que haga eco, en términos contemporáneos y adecuados, al del cercano Paseo de la Reforma.

Obviamente, estas acciones de la autoridad sobre el espacio público tendrán un costo. Pero es un asunto de ingeniería financiera y de voluntad política: dichos costos serían recuperados en un plazo muy razonable con la plusvalía y las inversiones que paralelamente se emprenderían.

Bien se saben todos los esfuerzos de los promotores hechos hasta ahora. Se conoce el esquema legal y el objetivo financiero. También es notoria la oposición muy generalizada al proyecto, y el desgaste ciudadano y político que se ha dado. Pero los equívocos se pueden corregir, las alternativas pueden variar. Y los mismos actores, u otros, pueden empezar correctamente una intervención urbana bien aceptada por la ciudadanía, y altamente benéfica para la ciudad. Pero es indispensable reflexionar, recapacitar, y actuar en consecuencia.

La singular importancia de la casa Baeza Alzaga

Por Juan Palomar

Es una casa que ha pasado por múltiples avatares. Está en la esquina surponiente de las calles Baeza Alzaga e Independencia. Parece ser que su construcción original, de dos pisos, puede datar del siglo XVIII o principios del XIX. Posteriormente se le agregó un tercer piso con aceptable fortuna. Es impensable que ahora se hable de “demolerla”. Y el INAH –por alguna vez- debería defenderla con todos sus recursos: ¿o qué hace?

Cuando el Ayuntamiento compró esa propiedad para integrarla al conjunto del proyecto original de la Villa Panamericana del Parque Morelos fue planteada claramente su integración correcta en el esquema mediante un uso adecuado. Después, como es sabido, mezquinos intereses políticos sabotearon en el cabildo la probada viabilidad y el claro beneficio de todo el proyecto. El resultado está a la vista: una “Villa Panamericana” absurda ubicada en el Bajío del Arenal con la que ahora, con gran perjuicio público, no se sabe ni qué hacer. ¿Quiénes son los responsables de origen?

De las propiedades que el Ayuntamiento adquirió para hacer la Villa, tres tenían algún valor arquitectónico: las tres eran preservadas, y allí están. Las que se demolieron, según todos los dictámenes y autorizaciones de las autoridades pertinentes, carecían de cualquier valor. Claro que la idea era construir allí de inmediato las instalaciones correspondientes. Pero sobrevino la traición. De quienes sabotearon el proyecto (lo que consta puntualmente en las actas de cabildo, para quien quiera consultarlo) es ahora la responsabilidad de mantener un área devastada y en decadencia en el contexto del Parque Morelos.

El más importante de los tres edificios patrimoniales que el original Proyecto de la Villa Panamericana es el edificio Baeza Alzaga. Cuando el municipio lo adquirió, su estado, si bien presentaba ciertos daños, era más que aceptable. El ulterior abandono de la finca ha propiciado su acelerado deterioro y la sospechosa pérdida de algunos de sus fragmentos. Ahora, de manera increíble, hay quien pretende demolerla. No solamente esto es contrario a leyes y normatividades: revela también una crasa falta de visión sobre la evidente utilidad y el alto beneficio de conservar una irreemplazable edificación que es patrimonio, literalmente, de todos.

Gracias a la adquisición por parte del Ayuntamiento de la reserva urbana del Parque Morelos fue factible ganar y concretar por parte de la ciudad la posibilidad de levantar allí la Ciudad Creativa Digital. Ahora, se plantea construir en el terreno adquirido a un costado del edificio Baeza Alzaga el primer componente construido de este conjunto. Probablemente se pueda erróneamente pensar que demoliendo el edificio multicitado se puede “aprovechar mejor” el predio. Pero cualquier arquitecto con mediano talento y sensibilidad puede integrar muy ventajosamente al edificio en esta nueva edificación. Pensar que “es demasiado costoso” reconstruir y consolidar la finca ahora irresponsablemente abandonada y dañada revela también ineptitud técnica y, en el peor de los casos, mala fe.

La ciudadanía, los arquitectos, los conservacionistas más o menos supuestos, la Academia de Arquitectura, las autoridades responsables, debieran unir voces y propuestas para salvar el inapreciable patrimonio que significa el edificio Baeza Alzaga. No hacerlo sería una muestra más de impotencia, de barbarie y de irresponsabilidad. Larga vida para esta importante herencia de todos los tapatíos.

Más sobre la querella de los planes parciales

Por Juan Palomar

La ciudad, como todo organismo vivo, debe de evolucionar. O si no, languidecer, perder vitalidad, convertirse en un lugar cada vez más ingrato para sus habitantes, menos propicio para la vida en común. 155 mil habitantes menos en el municipio central de Guadalajara durante los últimos veinte años es una cifra elocuente. ¿Qué ha pasado para propiciar semejante éxodo de más de uno de cada diez pobladores?

La respuesta ni es fácil ni se reduce a un solo factor. Pero, tratemos de encontrar una noción generalizadora: la vida se ha vuelto más ingrata en el centro de la metrópoli tapatía. Por muchos conceptos: más cara, más contaminada, más insegura, más congestionada, menos valorada… el resultado es desastroso.

Un desastre que atañe a todos los municipios conurbados en una sola ciudad que se llama Guadalajara. El abandono del centro genera un grave deterioro de la parte más significativa de la urbe y conlleva enormes pérdidas económicas y en calidad de vida; también produce un alto desaprovechamiento de servicios e infraestructuras que, traducido en oportunidades y dinero, es muy cuantioso. Para los territorios de los municipios circundantes, el “desarrollo” masivo de sus áreas periféricas acarrea extensos daños ecológicos, inalcanzables servicios municipales y, sobre todo, la letal dispersión urbana que ataca directamente la calidad de vida de todos los habitantes de la ciudad. Contra todo lo aconsejable, estas han sido las pautas con las que se ha “desarrollado” por años la urbe tapatía.

El principal remedio ante esta situación –antes que la planeación urbana y sus regulaciones- es la conciencia de la ciudadanía sobre cómo es mejor, más ventajoso, económico y sustentable vivir en Guadalajara. Demasiado tiempo ha pasado durante el que los habitantes han carecido de un modelo claro de vida urbana que les permita construir una visión propia del entorno en el que su vida tendría más calidad. En lugar de esto, gracias a los intereses inmobiliarios y al olvido de nuestras propias raíces urbanas, el “modelo” de los llamados “cotos” cada vez más lejanos e invariablemente dependientes del coche ha proliferado, con todas sus taras de concepción, de habitabilidad real, de efecto sobre la mancha urbana en general. Los resultados están a la vista.

¿Cuál sería el modelo opuesto? El barrio. La comunidad integrada y reconocible dentro de la que es posible desarrollar todas las funciones urbanas en un contexto caracterizado por su cercanía, sus espacios comunes y verdes, su razonable densidad, su amenidad e interés, su seguridad, sus lazos de reconocimiento y solidaridad que permiten tanto la participación como la independencia. La muestra vigente está –a pesar de diversas dificultades- en decenas de barrios tradicionales tapatíos cuya vida se desenvuelve satisfactoriamente –y lo podría hacer todavía mejor con sencillas medidas administrativas (incentivos para su identificación y rehabitación, seguridad, aumento de áreas verdes, regulación del tráfico y la contaminación, servicios adecuados o renovados).

Pero, para propiciar e impulsar de nuevo este modelo, es necesario también tener los instrumentos de planeación y regulación indispensables para guiar el futuro desarrollo de los entornos citadinos. El instrumento inmediato –además del indispensable Plan de Ordenamiento Matropolitano y de los Programas Municipales de Desarrollo Urbano, que trazan las líneas generales- se llama Plan Parcial. Deseablemente, este instrumento siempre revisable y perfectible, circunscrito a zonas racionalmente determinadas de la ciudad, no solamente debe ser una herramienta normativa: debe ser sobre todo una proyección comprensible y compartible de cómo cada rumbo, cada barrio deberá evolucionar y consolidarse.

El muy considerable esfuerzo realizado por el ayuntamiento de Guadalajara por adecuar a nuestras circunstancias los planes parciales de urbanización se ha topado con un lamentable obstáculo: una resolución judicial determinada por el TAE, una instancia que carece de la mínima autoridad intelectual o técnica para decidir sobre estos asuntos (que simplemente “judicializa” lo urbano). El resultado: el continuado perjuicio de millones de habitantes contra el beneficio de unos pocos. ¿Hasta cuándo?