Premio Nacional al Mérito Académico de la Asociación de Instituciones de la Enseñanza de la Arquitectura de la República Mexicana, A.C. (ASINEA)

Lo primero que se debe enseñar sobre la arquitectura en las universidades es que es una disciplina primordialmente de servicio, y en segundo lugar de creación artística y de movimiento económico, expresó el arquitecto Fernando González Gortázar, al recibir el Premio Nacional al Mérito Académico de la Asociación de Instituciones de la Enseñanza de la Arquitectura de la República Mexicana, A.C. (ASINEA), en su 89 reunión nacional realizada en la Universidad Veracruzana (UV).

Durante la inauguración, realizada en el Gimnasio Universitario, González Gortázar recibió el reconocimiento por su gran aportación en las tareas de creación, desarrollo e innovación en las áreas de las artes y la arquitectura.

En su intervención, el rector de la UV, Raúl Arias Lovillo, destacó el legado que el homenajeado deja a las nuevas generaciones de arquitectos. Además, hizo un llamado a restaurar el acervo arquitectónico histórico y mostrarlo con mucho orgullo, así como tener una adecuada visión crítica social para crear espacios habitables para todos los mexicanos.

Durante el evento también se reconoció la labor de varios arquitectos que han aportado a la disciplina y a la Asociación, como Humberto Montemayor, Irma Laura Cantú Hinojosa, Juan Tinoco Molina, Hugo Cortés Melo y Jaime García Lucía.

En su discurso, luego de recibir el Premio Nacional, González Gortázar dijo que para él la arquitectura es algo tan vasto que le cuesta trabajo pensar cómo enseñarla. Aseguró que a los estudiantes se les debe enseñar estos aprendizajes: el primero es aprender a aprehender, mirar, pensar, crear y ser felices, de esta forma “la arquitectura se convierte en una promesa y una esperanza de felicidad, que es la mayor de sus aspiraciones”.

El también Premio Nacional de Ciencias y Artes, distinción que han recibido artistas como Diego Rivera, Manuel M. Ponce y Juan O’Gorman, dijo que los académicos deben transmitir a los jóvenes la idea que no sólo se aprende en las aulas, sino de la vida y de las personas que nos rodea. Los arquitectos deben ser críticos, solidarios con la sociedad y generosos.

Dijo que la luz es la realidad de la arquitectura. “A cada luz debe corresponder una arquitectura diferente y derivado de la luz y del clima se encuentra toda identidad, toda tradición. En el momento que hacemos arquitectura pensando en la luz, en clima y en los materiales, estamos incorporándonos a una tradición siempre cambiante, renovada y viva.

“La tradición no tiene nada que ver con la nostalgia, cuando es verdadera no repite nunca, siempre propone; y otra cosa se debe enseñar a los estudiantes es que proponer significa también correr riesgos”, expresó el arquitecto que acuñó el concepto de escuela tapatía de arquitectura.

En la inauguración también estuvieron presentes Denisse Uscanga Méndez, subsecretaria de Educación Media Superior y Superior; los secretarios académico, Porfirio Carrillo Castilla, de Administración y Finanzas, Víctor Aguilar Pizarro y de la Rectoría, Leticia Rodríguez Audirac.

Asimismo,  el director de la Facultad de Arquitectura, Gustavo Bureau Roquet, y el presidente de la ASINEA, Eduardo Arvizu Sánchez.

En la 89 reunión de la ASINEA participan más de 500 estudiantes y académicos. Se llevará a cabo hasta el 3 de mayo en la Facultad de Arquitectura campus Xalapa y en diversas sedes de la UV. Para consultar el programa completo ingrese a www.asinea89.com

Fernando González Gortázar gana Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012

Foto: Marco Peláez/ archivo La Jornada

La Secretaría de Educación Pública (SEP) dio a conocer hoy en el Diario Oficial de la Federación los nombres de los ganadores del Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012 en diversos campos.

De acuerdo con lo publicado en el Diario Oficial de la Federación, el Premio Nacional de Ciencias y Artes, instituido hace 67 años, constituye el más alto honor y reconocimiento de nuestra Nación a los mexicanos que, con su obra y trayectoria, han hecho aportaciones trascendentales a la ciencia, la cultura, el arte y la tecnología.

Para conocer a detalle el acuerdo por el que se otorga el Premio Nacional de Ciencias y Artes 2012, dé click aquí.

¿Quien es Fernando González Gortazar?

Fernando González Gortázar (México, DF, 19 de octubre de 1942) es un arquitecto, diseñador y escritor mexicano.

Estudió arquitectura en la Universidad de Guadalajara y obtuvo la licenciatura en arquitectura en 1966, presentando como trabajo de tesis el proyecto de un Monumento Nacional de Independencia. Durante su época de estudiante, tomó varios talleres de escultura con el profesor Olivier Seguin en la Escuela de Artes Plásticas en Guadalajara.

Arquitecto, urbanista, paisajista y escultor, cuya meta en la vida y en sus obras es el de preservar el patrimonio histórico-cultural, así como la conservación del patrimonio natural y ecológico. Recibió el Premio Henry Moore en 1989.

Es maestro de Teoría del Diseño en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara , y de Educación Visual en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO).

Guadalajara de Díaz Morales

Hoy hace 20 años dejó de existir el arquitecto tapatío, quien como pocos, le dio forma a la ciudad en una época en la que se valía todo

Hay personalidades que dejan huellas no tangibles en la vida de una ciudad. Las del arquitecto Ignacio Díaz Morales en Guadalajara, por el contrario, están presentes en el trazo mismo de sus calles y plazas. Miles de tapatíos se benefician a diario de los proyectos que un día Don Ignacio imaginó, diseñó y realizó durante sus 87 prolíficos años de vida.

Las cuatro explanadas de la Cruz de Plazas (Plaza de la Liberación, Plaza de Armas, Plaza de los Laureles y la Rotonda de los Hombres Ilustres) cambiaron para siempre el Centro Histórico. Lo mismo que la Plaza Tapatía, un proyecto original de Díaz Morales aunque después fuera modificado. La plaza del Templo Expiatorio, las colonias Alcalde Barranquitas y Las Fuentes, numerosos templos –entre ellos el de Nuestra Señora de la Paz— y más de 40 edificios y casas, también son parte de su extensa obra. Hoy  3 de septiembre se cumplen dos décadas de la muerte del arquitecto, urbanista de oficio, fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, profesor y teórico de su especialidad. Para recordarlo, la Secretaría de Cultura Jalisco invita a una serie de actividades en su honor que se llevarán a cabo en el Templo Expiatorio.

Guadalajara, a la que llamaba “su novia”, fue uno de los más grandes amores de su vida. De ahí que gran parte de sus proyectos estuvieran destinados a embellecer “la casa grande” con una arquitectura limpia y ceñida, que rescató lo mejor de las tradiciones regionales y se enriqueció con las ideas de las corrientes extranjeras.

Ignacio Díaz Morales fue un hombre cuyas enseñanzas contribuyeron a formar varias generaciones de arquitectos en Guadalajara, primero en la escuela que él mismo fundó, y más tarde  –debido a desacuerdos fundamentales con la institución universitaria— en el ITESO.

Cruz de plazas

Entre los varios edificios de valor patrimonial que Díaz Morales tuvo alguna vez a su cargo –el Teatro Degollado, el Templo Expiatorio, el Palacio de Gobierno y la Cúpula del Hospicio Cabañas—estuvo también la catedral tapatía, de la cual Díaz Morales modificó los anexos. Fue durante esa intervención que el arquitecto concibió uno de los más grandes proyectos de su vida.

“Desde la azotea (de Catedral) contemplé las dos manzanas que estaban detrás, las cuales estaban rodeadas por una serie de edificios de gran valor arquitectónico, y se me ocurrió pensar en una gran plaza: desde la misma azotea miré al norte y al poniente, y vi un jardín y un espacio sin objetivo. Fue entonces cuando concebí la idea de proyectar una Cruz de Plazas”, escribiría después el arquitecto tapatío (citado en la monografía Ignacio Díaz Morales, de Anuar Kasis Ariceaga, 2004).

Desde 1936, 13 años antes de que se iniciara la transformación del Centro Histórico, Díaz Morales comenzó a trabajar en la Cruz de Plazas: en silencio y por iniciativa propia. Únicamente conocían el proyecto su gran amigo, Luis Barragán, y uno de sus más queridos maestros, Aurelio Aceves. En 1947, fueron ellos quienes se lo recomendaron al entrante gobernador, Jesús González Gallo.

La obra inició en 1949 con la Plaza de la Liberación, esa gran explanada entre el Teatro Degollado y Catedral (148 x 68 metros), cuyo trazo cuenta con correcciones ópticas para ajustar la asimetría de 1.85 metros. Le siguieron los trabajos en la Plaza de los Laureles –al poniente— de 1953 a 1956.

Al sur, la Plaza de Armas ya existía. Al norte, el proyecto de Díaz Morales pretendía conservar el Templo de la Soledad, pero el gobernador insistió en liberar todo el espacio y éste fue demolido. En su lugar se construyó la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, un diseño del arquitecto Vicente Mendiola.

Una sala para la ciudad

Cuenta el arquitecto Julio de la Peña (citado también en el libro de Kasis Ariceaga), que un día de 1939, durante una conversación instructiva acerca de las plazas públicas, Díaz Morales le dijo: “mira, por ejemplo, a espaldas de la Catedral hasta el Teatro Degollado, allí hay una plaza, nomás hay que quitar todo el estorbijo que está en medio”.

Un proyecto como el de la Cruz de Plazas –el cual implicó la demolición de fincas con valor arquitectónico— sería casi imposible de realizar en el presente, coincidieron el arquitecto Juan Palomar y el restaurador Ignacio Gómez Arriola, ya que ahora se tiene mayor noción del valor de las obras del pasado.

“Díaz Morales tenía una visión como heroica de la arquitectura, donde él tranquilamente se asumía capaz de modificar la ciudad si a su juicio lograba darle más beneficios con lo que hacía, que perjuicios con lo que quitaba”, expresó Palomar, quien además de haber sido su alumno en el ITESO, tuvo una relación de amistad con Don Ignacio. “Siempre decía que había sido una lástima, pero que lo que le había dado a la ciudad era más importante: ‘plazas públicas a donde ir a sentarse de balde’”.

“Decía que era como brindarle a la ciudad una sala”, recordó a su vez Ignacio Gómez Arreola, quien fuera alumno de Díaz Morales en la maestría en Restauración.  “Ahora lo veríamos como muy criticable, pero en aquel momento no había una noción muy clara de lo que era el patrimonio y fue uno de los signos de modernización de la ciudad”.

El mismo Ignacio Díaz Morales explicaría después: “A mí lo que me importaba era darle estancia pública a la gente de Guadalajara; lo que Guadalajara tenía antes, que estaba llena de patios, y esos patios se empezaron a acabar (…) estancias públicas para la comunicación (…) plazas para que la gente vuelva a hacer de la ciudad su casa grande” (citado en Kasis Ariceaga, 2004).

La primera escuela de arquitectura

Ignacio Díaz Morales, Luis Barragán, Pedro Castellanos y Rafael Urzúa formaron parte de una generación notable de arquitectos jaliscienses, grupo catalogado como la Escuela Tapatía de Arquitectura. Todos ellos hicieron sus estudios en la Escuela Libre de Ingenieros, pues en aquel momento –en la década de los veinte— era la única opción para formar arquitectos en la ciudad.

La de Díaz Morales y Urzúa, la “Generación del 24”, fue una de las últimas que egresaron de la escuela fundada en 1902 por el ingeniero Ambrosio Ulloa.

Ante la falta de opciones formativas, Díaz Morales comenzó a promover una escuela de arquitectura con empresarios y familias de Guadalajara. El proyecto finalmente se concretó con el apoyo de González Gallo, y fue así como en 1949, Díaz Morales fundó la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara. La primera en la ciudad y a la que invitó al alemán Mathias Goeritz, el autor, a la postre, del Pájaro Amarillo (en la colonia Jardines del Bosque), como profesor de Historia del Arte por su amplio conocimiento de la Bauhaus.

Para Fernando González Gortázar –hijo del gobernador González Gallo, y quien considera a Don Ignacio un segundo padre “en el sentido en que sin él yo no existiría tal como soy”, dijo— la verdadera vocación de Díaz Morales era la magisterial.

“Cuando yo entré a la Escuela de Arquitectura, para mí fue una revelación total”, contó. “Encontré una efervescencia intelectual maravillosa en la que maestros y compañeros hacían muchísimas cosas. Había mil intereses, una verdadera voluntad de aprender, de ser mejores. Y quien encabezaba ese mundo cerrado que era la Escuela de Arquitectura era Don Ignacio Díaz Morales”.

Como una aportación de estudiantes y profesores a una sociedad demandante de vivienda, Díaz Morales dirigió el diseño y construcción de la colonia Jesús González Gallo, por ejemplo, cuyos ejes principales son la calle 5 de febrero y Salvador López Chávez.

“Siempre el valor supremo de su escala axiológica era el valor social, que encabezó todas sus reflexiones y sus intereses y trató de inculcárnoslos” agregó González Gortázar. “Yo creo que Díaz Morales de verdad creía en la arquitectura como un elemento de justicia social; él creía que la arquitectura era una de tantos instrumentos de los que se tendría que echar mano para tener una mejor sociedad”.

PARA RECORDAR
Cita en el Expiatorio

Este 3 de septiembre se cumplen 20 años del fallecimiento del arquitecto Ignacio Díaz Morales. Por ello la Secretaría de Cultura invita a quienes lo conocieron y quienes estén interesados en su vida y obra, a la misa que se oficiará en su honor en el Templo Expiatorio (18:00 horas). A la mesa redonda sobre el arquitecto en el salón de los adoradores del Templo (19:00 horas), donde participan María Amparo Díaz Morales, Carlos Petersen Biester y Javier Díaz Reynoso. Y para finalizar, se contará con la participación del Coro del Estado (20:30 horas).

ASÍ LO VEN
Quienes lo conocieron lo definen como

Una de las personalidades intelectuales más sobresalientes que ha dado Jalisco

Juan Palomar,arquitecto

Un iluminado, un sabio, una especie de cruzado que quería rescatar la verdadera arquitectura de los infieles

Fernando González Gortázar, arquitecto

Un clásico caballero del siglo pasado

Ignacio Gómez Arriola, arquitecto

Fuente el Informador

La ciudad contra su patrimonio

Juan Palomar Verea

Parecía que para todos estaba claro que el patrimonio arquitectónico de Guadalajara constituía uno de los elementos que nos daban cohesión, fuerza y sentido como sociedad, y que era obligación fundamental e indeclinable de las autoridades preservar y defender ese patrimonio. Sin embargo, varios hechos alarmantes e indignantes ponen ahora en cuestión estos principios. Veamos.

En el curso de pocos meses tres obras del arquitecto Fernando González Gortázar, cuya valía intrínseca está ahora más allá de opiniones individuales, han sido destruidas o alteradas por el propio Ayuntamiento sin el conocimiento y menos el concurso de su autor. La primera es la plazoleta, fechada en 1983, que se ubicaba frente a la Casa de José Clemente Orozco, a un costado de los Arcos conmemorativos del 400° aniversario de la ciudad. Dicha intervención, que incluía una fuente, fue arrasada por el municipio para abrir una calle de la que hasta ahora se ignora la justificación o utilidad, si es que puede haber alguna. Posteriormente, la fuente de la Hermana Agua, en Chapalita, fue desfigurada con una capa de recubrimiento (pintura) que altera de raíz la expresión original del concreto aparente con la que fue concebida por su autor. Y para rematar la tercia, la fuente del Federalismo, de 1975, edificada sobre la avenida del mismo nombre, recibió recientemente algunas alteraciones que traicionan las intenciones plásticas y expresivas de su autor.

Es oportuno mencionar que las tres obras están debidamente registradas y protegidas por la Ley Federal de Derechos de Autor, por lo que los hechos mencionados violan flagrantemente este ordenamiento. Pero, además, resulta a todas luces inaceptable que los actuales encargados de cuidar el patrimonio de todos se tomen –por más buena fe que se conceda a sus intenciones- la facultad de manipular o incluso eliminar elementos destacados de ese acervo común. Mucho se extraña la intervención de los organismos encargados de preservar el patrimonio, como la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado o la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Otros hechos se suman a esta muy grave falta de cuidado y aún de agresión al patrimonio edificado de la ciudad. La incorporación de cubiertas “ligeras” y equipamientos deportivos en el corredor arbóreo del Paseo de las Arboledas en Jardines del Bosque, proyectado hacia 1956 por el arquitecto Luis Barragán, revela similar desinterés por los valores originales del patrimonio. Por muy “útiles” que estos agregados se consideren, es indispensable respetar, en primer término, el sentido que su autor quiso dar a estas arboledas –testimonio del antiguo bosque de Santa Edwiges- como espacios de serenidad, paseo y contemplación. El arreglo de la fuente de Niños Héroes y Arcos, también de Luis Barragán, dejó convertido al juego de agua ejecutado por su autor –elemento central de la composición- en una tímida caricatura anémica que traiciona las intenciones de la obra original y su relación con el Pájaro Amarillo. Las tuberías, inclusive, se dejaron aparentes sobre la superficie acuática, con lo que su presencia estropea el mismo espejo de agua.

Finalmente, en octubre del año pasado fue demolida totalmente una notable casa, fechada en 1934, de la autoría del arquitecto Ignacio Díaz Morales: la casa Elosúa de la avenida Unión, entre López Cotilla y La Paz, banqueta poniente. El hecho se consignó, por esos mismos días, en este espacio. El Ayuntamiento debió estar al tanto, si es que hubo alguna solicitud de licencia de demolición; y más al tanto, a través de Inspección, si nunca la hubo. Del mismo modo se extrañó la acción de la Secretaría de Cultura y de la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Este conjunto de hechos deja ver una tendencia más que preocupante: la del menosprecio del patrimonio arquitectónico común por la autoridad. Nunca está de más señalar la función vital que este patrimonio tiene para toda la comunidad. Es hora de revisar qué se está haciendo, y de corregir lo corregible.

jpalomar@informador.com.mx

¿De quién es el patrimonio?

¿De quién es el patrimonio artístico de la ciudad? Todos estaremos de acuerdo que es de los habitantes, pero algo tan sencillo resulta no serlo tanto cuando se trata de tomar decisiones. A juzgar por lo que dijo Mauricio Gudiño, secretario de Servicios Municipales de Guadalajara, el patrimonio es del municipio, no de la ciudad, y por lo tanto, quien administra el municipio tiene derecho a hacer lo que quiera con los monumentos de la ciudad.
Nos pueden gustar o no los monumentos. Ése es otro tema. La Minerva es horrorosa, pero es nuestra Minerva. Con el pretexto de mejorarla cada vez que le meten mano la dejan peor, porque una glorieta que fue pensada con elementos de su tiempo la han tratado de poner al día con resultados terribles. En lo personal, las lucecitas moradas como de discoteca que le pusieron alrededor no me gustan, eso es un tema de funcionamiento, pero el paisaje agavero es una moda que nada tiene que ver con La Minerva, que no fue diseñada para vender tequila. Sin embargo, la pobre glorieta tiene hoy que sufrir los caprichos de cada cambio de administración.
En días pasados el arquitecto Fernando González Gortázar reclamó, con justa razón, la alteración de tres de sus obras sin que haya sido consultado. En respuesta, el funcionario tapatío Mauricio Gudiño dijo que el municipio es dueño de las obras porque son mobiliario urbano, y no tiene por qué pedir permiso a nadie, pues el patrimonio es del Ayuntamiento, y él su digno representante. El mismo Ayuntamiento prohíbe, con toda razón, a un propietario de una finca de valor patrimonial que ésta sea alterada sin que exista una autorización expresa del municipio, porque, sin negar la propiedad, hay un interés primordial de la ciudad. Con más razón deberían de cuidar el patrimonio urbano que tiene un valor artístico o en ocasiones sólo referencial: la obra en sí misma, tal como fue pensada, diseñada y construida, habla de nosotros.
Si a los funcionarios del Ayuntamiento les parece que La Hermana Agua se ve mejor de beige que de concreto, es su gusto, pero esa fuente fue diseñada y pensada en concreto y representa valores estéticos de una época. Si el monumento al Federalismo no podía ser reparado en su versión original, nada les costaba pedirle al autor, que está vivo, que participara en la búsqueda de una solución y no intervenir la obra como si diera exactamente igual.
Esta visión del poder que reduce todo a “nosotros ganamos la elección y hacemos lo que queremos mientras estemos en la silla”, le ha costado carísimo a esta ciudad. Una de las grandes cosas que ha hecho este Ayuntamiento es poner a funcionar las fuentes de la ciudad que durante décadas se abandonaron, pero un buen trabajo se tira por la borda si los funcionarios no entienden que el patrimonio es de la ciudad, no del municipio.

Fuente: El Informador

Quien realmente pierde es Guadalajara

“¿Por qué venir a Trude? Me preguntaba. Y ya quería irme.
-Puedes remontar el vuelo cuando quieras –me dijeron-, pero llegarás a otra Trude, igual punto por punto; el mundo está cubierto de una única Trude que no empieza y no termina, cambia sólo el nombre del aeropuerto.”

Italo Calvino

Por:  Ricardo Agraz (@ragraz)
El sábado pasado, al abrir el periódico, me encontré con la triste noticia de que tres de las obras del arquitecto y escultor Fernando González Gortázar han sido modificadas por instrucciones de las autoridades tapatías. Habría que partir diciendo que la noticia me provoca un sentimiento encontrado porque, por un lado, da gusto que exista la voluntad de la autoridad por darle mantenimiento y poner a funcionar las fuentes que existen en Guadalajara. Pero por el otro, es inquietante el tono que señala que desde su óptica, pareciera que el Ayuntamiento es dueño y señor de éstas, y que puede hacer con ellas lo que le venga en gana, cuando en realidad nos pertenecen a todos y cada uno de los ciudadanos tapatíos.

Así las cosas ¿cómo hacerlo? Se reconoce la buena intención de la actual administración, pero en principio, a uno de los argumentos por los que las están arreglando –cuando toda obra pública debería estarse remozando de manera permanente-, habría que subrayarle una gran falla a las administraciones anteriores que motivó que hoy llegáramos al punto donde hay tantas fuentes descompuestas en Guadalajara. ¿Por qué no les dieron mantenimiento antes si no lo iban a pagar con su dinero sino con el nuestro?

El otro gran punto es la no valoración de la importancia que tienen ciertas piezas urbanas. Aquí cabe mencionar que a una ciudad no la puedes describir o imaginar si no tienes una serie de puntos clave grabados en la mente. Si piensas en París, no piensas en todas sus calles sino en una serie de iconos que le marcan su personalidad como lo son la Torre Eiffel, Montmartre, el Trocadero o el Pont Neuf, es decir, las ciudades son reconocibles unas entre otras por los elementos urbano-arquitectónicos que las distinguen y que les dan su propio sello. A Guadalajara la puedes describir con ciertas imágenes: la Catedral, el Teatro Degollado, el Cabañas, la Minerva, las avenidas Chapultepec y Américas, la Plaza de la República en avenida México, la Hermana Agua en Las Rosas o Los Cubos en Vallarta y Lázaro Cárdenas. Y de ahí la importancia de entender quién es Fernando González Gortázar para esta ciudad.

Es un arquitecto y escultor tapatío, con un bagaje cultural e intelectual de extraordinaria valía, que ha sido reconocido en México y en el extranjero como uno de los artífices más lúcidos y que más han aportado al espacio urbano tanto en Guadalajara como en el resto del país. Entonces, si piezas como la Gran Puerta y el Laberinto en el fraccionamiento Jardines Alcalde (1969), la Fuente de la Hermana Agua (1970), la Torre de los Cubos (1972), la Plaza de entrada al Parque González Gallo (1974) y la Plaza del Federalismo (1975) son monumentos que hay quienes no entienden o valoran, queda claro por qué han sido alterados, así como atropellada su autoría ¿Qué esperamos entonces? ¿Hacia dónde vamos como ciudad y qué autenticidad podrá tener entonces nuestro patrimonio urbano?

Al tener en proyecto 300 intervenciones de remozamiento para fuentes y monumentos públicos, e insisto, la intención es loable y positiva por parte del Municipio, pero esto no debe ser ni se puede dar bajo la premisa de “me pertenecen y puedo hacer con ellas lo que quiera; con tal de que funcionen, lo que menos importa es que sean lastimadas”. No, porque si anteponemos estas premisas a las analogías del mantenimiento que se le debe de dar a cualquier otra cosa –desde a el propio organismo humano o un vehículo automotriz-, pues en esa lógica sería como ponerse un diente de plástico el día que uno se rompa.

¿Qué importa? O el día que se descomponga tu coche, utilizar refacciones de otra marca, si lo importante es que “funcione”. Es como ponerle un motor VW a un automóvil Ford ¿qué tiene de malo? ¿Por qué le tengo que pedir permiso al señor Henry Ford (o alguien de esa compañía) si es mío? Pero, claro, nadie lo haría porque sería quitarle el valor intrínseco al vehículo en cuestión.

Sus rostros, por fortuna, muestran con garbo y dignidad su tiempo: diría que cada piel ha sabido absorber todas y cada una de las realidades de sus propios contextos y, por igual, querido reflejar la maduración constante que implica la poderosa interioridad de cada obra. Se resisten, levantan los brazos y apartan la cara, como deseando protegerse de algo invisible que las ataca; pero también, en gestos instintivos, reciben amorosamente cada día tanto al primer sol de la mañana como a los incansables e incombustibles paseantes.

Vayan a verlas, tómense un respiro y siéntense a sus lados, acompáñenlas por un rato. Ellas son, en justa medida, cuanto hay de su autor y de todos nosotros, sus espectadores”.

Como tristemente se ha venido haciendo costumbre, probablemente no pase nada y no se tomen medidas al respecto. Así las cosas, tampoco pasaría nada si a Guadalajara se le cambia el nombre y esta se convierte en una Trude más, despersonalizada y carente de una identidad que la haga única e irrepetible, auténtica y nuestra. Fernando González Gortázar está vivo y al alcance de quien lo busque, lo sé porque conozco su generosidad hacia el espacio público y su apertura para dialogar. Me consta que además de ser un gran arquitecto, es un extraordinario ser humano. Sus piezas no solamente debieran ser respetadas y restauradas sino multiplicadas en esta ciudad nuestra. Haciendo lo contrario, quien realmente pierde es Guadalajara.

Fuente: http://www.proyectodiez.com.mx/2012/01/16/quien-realmente-pierde-es-guadalajara/5550