Alguien te quita el trabajo

No hay ningún documento de la cultura que no lo sea también de la barbarie” Walter Benjamin

Fuente: Arquine

por Eduardo Cadaval | @ecadavaln

Alguien te quita el trabajo. Alguien que seguramente no tiene más méritos que tú, ni que trabaja más duro que tú y que tampoco hace mejores proyectos que tú, pero que a diferencia tuya entiende que el de la arquitectura es un negocio complejo y por lo tanto utiliza su tiempo de forma más “productiva” que tú.

Alguien te quita el trabajo porque entiende como parte del negocio el ir a cenar con políticos de alto, bajo o medio pelo, políticos que por lo general son todo menos admirables u honestos pero a los que a ese alguien no le preocupa adular o reír de sus chistes machistas, mientras estos le coquetean a la pobre mesera que pese a las náuseas que le da la escena tiene que soportar sus insinuaciones para que su jefe —que también la hostiga— no la despida.

Alguien te quita el trabajo porque no le importa prestarse para dar visibilidad a las tristes aspiraciones de algún delegado o gobernador que iluso sueña convertirse en el próximo candidato a jefe de gobierno o a la presidencia de la república y cree que construir proyectos semi-faraónicos es el mejor camino para llegar a serlo. No importa que el proyecto sea un sinsentido o que no exista el mínimo tiempo requerido para construirlo bien y evitar problemas futuros; son las reglas del negocio y chamba es chamba.

Alguien hace un proyecto que podrías hacer tú porque no le importa regresar un porcentaje de lo cobrado al servidor público que le proporcionó el encargo, para que éste se compre un Mercedes Benz o se pague un viaje a Las Vegas. Qué más da que lo haga con dinero público que no le pertenece y que pudo haber sido utilizado de otra forma en un país con miles de muertos de hambre. Hay que prestarse al juego “porque si no en este país no haces nada”. Así son las cosas y nadie supervisará que el estilo de vida del mencionado servidor público resulta  impagable con su salario. Todo el mundo está a salvo.

Alguien te quita el trabajo porque es primo del narcotraficante local y por lo tanto el presidente municipal le asigna todos los proyectos debido a que esas son sus órdenes. La obra pública es un negocio muy rentable y el arquitecto una pieza del engranaje que vuelve la operación posible.

Alguien te quita el trabajo porque el empresario que pagó la campaña electoral del alcalde recién elegido, necesita que su arquitecto le haga un proyecto costoso que le permita recuperar diez veces lo invertido cuando unos meses después se le asigne la obra en una licitación hecha a medida.

Alguien te quita el trabajo porque forma parte de una red de corrupción muy lucrativa dedicada a “diseñar o construir” clínicas, centros de salud o un sin fin de pequeños edificios públicos en la capital o en los estados de la República.

Alguien te quita el trabajo porque dentro de muchas dependencias, y aún sin malicia, la persona que selecciona quién hace tal o cual proyecto no tiene los conocimientos técnicos necesarios para evaluar rigurosamente el trabajo de los posibles prestadores de servicios y por lo tanto es fácil engañarlo y disfrazarse de arquitecto sustentable o innovador. Qué importa que los “muros verdes” que éste último haya construido con anterioridad nunca igualen la huella ecológica que significó construirlos o que necesiten riego diario, pese a estar construidos en un lugar con escasez de agua. Cambiarán la imagen de la dependencia y la harán parecer sustentable, con eso es suficiente para volverlos convenientes.

Alguien te quita el trabajo porque ninguno de los Colegios de Arquitectos de la República ha sabido dar el ejemplo y contribuir efectivamente a crear una ley de proyectos públicos o conseguir que los gobiernos de sus estados hagan las cosas de una forma más democrática.

Alguien te quita el trabajo porque las universidades están distraídas con otros temas y no les gusta salir de su burbuja para ayudar a construir un ámbito laboral adecuado donde sus egresados puedan desarrollarse. Porque a sus profesores por diversos motivos les incomoda hablar de estos temas y prefieren utilizar sus horas lectivas en enseñar las exquisitas artes de la proyección, hablar de Tafuri aunque no lo entiendan o afianzarse en ser los representantes para la “región 4″ del discurso que aprendieron cuando hicieron su maestría en el extranjero.

Alguien que te quita el trabajo invierte tanto tiempo en conseguir proyectos que ya no tiene tiempo de hacerlos y por lo tanto se contenta con que alguien de su despacho se dedique a seguir la última tendencia, no porque crea en los valores que ésta propone sino simplemente porque le atrae su estética y sabe que será resultona. Al final, lo que tenemos son ridículas versiones bananeras de algún episodio de la obra de Hadid, Diller & Scofidio o, si tenemos suerte, de Norman Foster, que por sí solas podrían llegar a ser hasta divertidas, pero que si les sumamos la mala factoría, lo inadecuado de los materiales y las dificultades constructivas que implican, terminarán por ser una concentración de complicaciones futuras a resolver, una vez más, con dinero público. Es fácil ser innovador e irreverente si uno no paga las consecuencias de sus audacias.

Alguien te quita el trabajo porque nadie se ha preocupado en construir un sistema transparente y democrático para decidir quién y cómo se hacen los proyectos arquitectónicos de la obra pública; y el sistema no se va a construir solo.

Pero tú no te preocupes porque en realidad nada puedes hacer, ni tienes responsabilidad en hacer algo por cambiar las cosas. Así que quédate con la conciencia tranquila, no es tu culpa, no hagas nada. Todo está bien…

Un parque elevado en el Segundo Piso

Fuente: http://ciudadpedestre.wordpress.com/2014/04/07/un-parque-elevado-en-el-segundo-piso/#prettyPhoto

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Las ciudades se construyen sobre los restos de vidas pasadas en las que trazados, usos y construcciones, al igual que las canciones de Bob Dylan, son más bien múltiples versiones de un borrador sin versión definitiva. En el ámbito urbano lo eterno no es más que ilusión. Los galpones que ayer albergaban el ruido de las fábricas hoy valen una fortuna transformados en lofts. Un matadero se convierte en un teatro, una estación eléctrica en centro cultural, un cine en un restaurant (me acuerdo de Los Chinos Ricos en la plaza Brasil), el hotel de mala muerte en grises oficinas de gobierno. Los parroquianos del barrio rojo de antaño son desplazados por los hipsters de nuevo cuño, mientras los viejos palacios de la aristocracia hoy son invadidos por el pueblo que –ticket en mano- se ha ganado el derecho de gozarlos como parque de diversión.

La infraestructura urbana también experimenta profundas metamorfosis: los canales de Tenochtitlán se convirtieron en damero fundacional, los peces del río La Piedad dieron paso al cardumen de automóviles de Viaducto, y la delgada huella de 500 años de la calzada de Tlalpan se ensanchó para albergar una línea de Metro y el monumento a la congestión vehicular que la surcan en la actualidad. La obsolescencia programada de la infraestructura vehicular puede acelerar estos procesos.

El Segundo Piso de Periférico todavía no cumple diez años y ya es una estructura sobrepasada por su propio anacronismo. Si en sus primeros meses de vida sí fue la autopista de alta velocidad que sus impulsores prometieron, al poco tiempo se transformó en el estacionamiento elevado más grande del mundo, producto del fenómeno de tráfico inducido que una autoridad sorda e indolente se ha negado sistemáticamente a reconocer. Después de la borrachera del despilfarro viene la resaca de la cruda realidad: se arruinó el paisaje de toda una ciudad para permitir el desplazamiento de unos cuarenta mil automóviles diarios.[1] Calculando un promedio de ocupación de 1.3 personas por coche, tendríamos que toda la obra beneficia a poco más de 50 mil personas al día, algo así como el 12 por ciento de los pasajeros diarios de la Línea 1 de Metrobús. Mucho ruido para nueces tan escasas como malas.

¿El Segundo Piso es un cadáver o un enfermo? Si es un cadáver, no queda otra opción que darle digna sepultura con dinamita y retroexcavadora, algo que hicieron con bastante éxito en Chonggyecheon, Seúl, donde una vía elevada dejó su lugar al renacimiento de un río urbano y un parque para gozar sus aguas. Si la respuesta es que es un enfermo, grave, pero todavía vivo, el tratamiento puede ser bastante distinto. Soy de los que cree esto último: cuando me preguntan qué hacer con el Segundo Piso de Periférico, siempre respondo que aprovecharlo. Después de todo, es una inversión demasiado grande como para no tener algún potencial urbano, muy oculto pero no menor. ¿Y si planteáramos un parque elevado con vías de transporte público y ciclovías, algo así como una mezcla entre el High Line de Nueva York y el Expresso Tiradentes de Sao Paulo? El primero recicla una línea de metro elevada en desuso para convertirla en un parque que serpentea por el Lower West Side de Manhattan, brindando una perspectiva única de una ciudad a la que le faltaba un balcón donde mirarse a sí misma. A su vez, el Expresso Tiradentes alberga un sistema BRT en altura que no conoce de las miserias y atascos del tráfico infernal desarrollado metros más abajo.

No soy el único que ha soñado algo así. Hace un par de años, y gracias a una beca a jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA), el arquitecto Eduardo Cadaval (@ecadavaln), socio del despacho Cadaval & Solà-Morales, imaginó una serie de futuros posibles para el Segundo Piso que fueran más allá de la congestión vehicular en las alturas. Su propuesta, presentada como un “anillo de recuperación del espacio urbano”, explora alternativas radicales –el Periférico como un espacio que puede albergar una playa, un bosque, o convertirse en un gran generador de energía solar- no pretendidas como promesa factible, sino como imágenes dispuestas a poner en evidencia el nivel de saturación, deterioro, y finalmente de inutilidad, de la actual estructura. Serán radicales, pero algunas opciones no sólo son perfectamente realizables, sino además constituyen en sí mismas un gigantesco aporte a la ciudad. La transformación de 21.8 kilómetros de autopista en un parque elevado puede transformar significativamente el paisaje de una ciudad donde la distribución de las áreas verdes y el equipamiento es extremadamente desigual. Si a esto sumamos la introducción de un sistema de transporte masivo (promesa incumplida del Segundo Piso) y una ciclovía, habremos dado un giro extremadamente positivo a una mole que hasta el momento sólo ha beneficiado a quien la construyó. En este sentido, Cadaval entiende su propuesta como un activador urbano periférico cuya superficie, equivalente a 10 veces la del High Line de Nueva York, tiene capacidad de sobra para detonar el potencial de una zona eternamente tratada como el patio trasero de la ciudad. En palabras del arquitecto, “no se pretende debatir sobre la existencia y construcción de esta vía, menos aún ahondar en la polémica que el Segundo Piso ha suscitado. Tan sólo pretende utilizar esta infraestructura –ahora distinguible por la ciudadanía- como escenario hipotético para realizar propuestas sobre su posible reciclaje que nos permitan reflexionar sobre el potencial de repensar el espacio urbano.”

Por supuesto que hay dificultades en toda esta historia. La principal se relaciona con el desafío de subir y bajar grandes cantidades de gente en intervalos más o menos regulares, que poco atractivo  es un parque que tiene accesos separados por kilómetros. La colocación de grandes elevadores soluciona el problema, pero estos ocupan buena cantidad de espacio y son bastante onerosos de instalar y mantener (hablé de lo mismo a propósito del proyecto de ciclovías aéreas de Norman Foster para Londres). La implementación de un sistema de transporte masivo en una vía que no estuvo pensada para ello tampoco es tema exento de dolores de cabeza, toda vez que se requieren zonas de maniobra que ocupan cuantiosa superficie. A su vez, las ciclovías en altura deben considerar su conexión a una red a nivel de suelo, algo fundamental en una zona de difícil accesibilidad en bicicleta. Sin duda se trata de un proyecto oneroso para la ciudad (tan sólo la implementación de una línea de Metrobús sale como 2,300 millones de pesos), pero la inversión requerida probablemente sea menor a los 6,500 millones que el Gobierno del DF tiene contemplados para ampliar infraestructura para el automóvil en el Circuito Interior, infraestructura condenada a quedar obsoleta más temprano que tarde. ¿En qué proyecto hay mayor ganancia social, económica y ambiental?

Por supuesto que preferiría tener este parque, este equipamiento, esta ciclovía, y este corredor de BRT a nivel de suelo, pero ya que las cosas siguieron un camino distinto en la ciudad, el plantear un discurso alternativo para la ocupación de infraestructura pesada no deja de tener una gran validez. En este sentido, el principal obstáculo para materializar la idea de Cadaval no es técnico ni económico, sino político, ya que en los hechos pone de manifiesto –de manera quizás grotesca- el fracaso de las mal llamadas políticas de movilidad que han azotado a esta ciudad en las pasadas décadas. El parque elevado en el Segundo Piso es perfectamente posible, como también es posible rescatar el río La Piedad de las tuberías que lo tienen atrapado en Viaducto (propuesta de Taller 13). Para ello se necesita el liderazgo y la visión que la ciudad de México jamás ha tenido. Hoy no existen, pero jamás hay que perder la esperanza en su aparición.

*Todas las imágenes son gentileza de Eduardo Cadaval

Expandir los límites de la profesión, por Eduardo Cadaval

Fuente: http://www.archdaily.mx/213588/expandir-los-limites-de-la-profesion-por-eduardo-cadaval-2/

La siguiente columna es del Arquitecto Méxicano Eduardo Cadaval (Cadaval & Solà-Morales), quien de una manera muy lúcida reflexiona acerca de como expandir los límites de nuestra profesión. Un tema que nos preocupa más que nunca hoy, cuando la educación sigue la tradicionales estructuras de formación en un mundo donde el conocimiento, las economías y las tecnologías cambian más rápido que nunca. Los invitamos a leerla.

Por Eduardo Cadaval. (Fuente el PortaVOZ)

Hace no mucho tiempo una conversación informal con un compositor musical me ayudó a entender con mayor claridad algunas de las debilidades que considero afectan a la arquitectura. En aquella ocasión mi amigo compositor se quejaba amargamente del estado de su profesión, de la pérdida de su relevancia y del riesgo de su desaparición; pero sobretodo de las pocas salidas profesionales que en la actualidad incluso él apenas tenía.  Acorralado en la academia, sin una verdadera vocación por ella, enseñaba una profesión que no podía ejercer y buscaba algunas oportunidades en “gente que pudiera entender lo que él realmente hacia“.  Al ver la dificultad con la  que intentaba explicar la importancia de lo que él llamaba “música culta“, era fácil intuir que parte del problema estaba en la propia disciplina. Al escucharlo era imposible no encontrar paralelismos con la arquitectura y con cómo ésta se ha encerrado cada vez más en su ámbito disciplinar hasta convertirse en casi inaccesible.

Los arquitectos en muchas ocasiones nos quejamos de nuestro aislamiento, pero un ejercicio de autocrítica nos permitirá entender que en gran medida hemos sido nosotros los que nos hemos alejado de los temas más trascendentes. En parte debido a que la arquitectura ha estado más obsesionada consigo misma que con lo que podía hacer por el resto de la sociedad, pero también debido a que en décadas recientes una cierta miopía ha invadido las ofertas formativas y académicas, reduciendo drásticamente no solo las posibilidades de  nuestro quehacer sino también nuestros campos de acción e influencia.

Si analizamos el estado actual de la profesión podremos entender que en el fondo lo que se está demandando es otro tipo de arquitecto, y por lo tanto parece pertinente preguntarse: ¿por qué las escuelas de arquitectura no han sabido responder?, ¿por qué no han flexibilizado su sistema de enseñanza?, ¿por qué seguir produciendo sólo un tipo de arquitecto si no hay suficiente trabajo para éste?.

Los arquitectos somos más útiles cuando ocupamos un rango más amplio de nuestro espectro de influencia profesional. Ser  arquitecto proyectista, es decir, de los que diseñan edificios,  es sólo una forma de las múltiples que existen para ejercer la profesión: se necesitan más arquitectos-urbanistas, más arquitectos-políticos, más arquitectos-servidores públicos, más  arquitectos-editores, curadores, académicos, críticos, teóricos, gestores urbanos, etc., etc.

Lo que sorprende más es que el panorama académico actual en realidad esté lleno de planes de estudios miopes que privilegian sólo un tipo de profesionista. Las escuelas de arquitectura -en muchos casos guiadas por una estrategia comercial y de modelo de negocio- están cada día más obsesionadas con la figura del arquitecto proyectista. Es justamente en estas escuelas donde desde los primeros años de formación tanto profesores como alumnos comienzan a acuñar  la nefasta clasificación  de que tal o cual estudiante  puede ser “un buen arquitecto“. Esta clasificación, que luego acompaña a la profesión en su desarrollo, sólo se refiere a aquel estudiante con una cierta habilidad compositiva y  sus implicaciones y consecuencias son más profundas de las aparentes y reflejan unas aspiraciones profesionales simplistas y peligrosas. ¿Tan poco somos?, ¿tan limitadas son nuestras exceptivas sobre lo que podemos hacer y aportar?

Afortunadamente hay muchos arquitectos que han modificado su hoja de ruta generando grandes aportaciones y ampliado nuestro rango de influencia.  Estas otras formas de hacer arquitectura se han probado tan transcendentes  que valdría le pena preguntarse ¿porqué no fomentarlas desde los primeros ciclos de formación?. No pretendo menospreciar todos los aspectos de la enseñanza de la arquitectura; esta formación aún es capaz de dotar al estudiante y futuro arquitecto de una estructura mental y un conjunto de conocimientos muy particulares, que ninguna otra profesión ofrece.  El arquitecto es un tipo de guerrillero que es capaz de pelear en muchas batallas en las que siempre aporta algo que nadie más puede aportar. Por lo tanto quizá lo que valdría la pena reflexionar es ¿qué pasaría si se fomentara una formación más abierta en las escuelas?; ¿cuántas nuevas oportunidades generaría?

Arquitectos-urbanistas y Arquitectos-políticos ayudaron a transformar ciudades como Medellín, Bogotá o Barcelona por mencionar solo algunas. Un arquitecto de formación y elegido posteriormente alcalde en Brasil fue el principal impulsor de la “Rede Integrada de Transporte” de Curitiba, que a la postre se implementaría como el Transmilenio en Bogotá o el Metrobus en la ciudad de México; un político que pensando como arquitecto creó este novedoso sistema que se ha convertido en una de las grandes alternativas para la actualización del  transporte público de muchas metrópolis.

Han habido muchos otros arquitectos que han provocado grandes cambios disciplinares a través del estudio de la historia y la investigación teórica de la arquitectura. Sus textos han sido tan influyentes como los edificios más transcendentes de nuestra historia reciente. Sin su trabajo no hubiésemos sido capaces de ver y entender muchas  de las cosas que ahora facilitan nuestro quehacer y por las cuales lo hemos podido llevarlo hacia fronteras.

La academia por otro lado siempre ha formado parte integral del ámbito disciplinar. Son  muchos los arquitectos que compaginan su practicar profesional con la labor docente. Éste binomio ha sido una constante a lo largo de la historia, desde las escuelas clásicas hasta la Bauhaus y las universidades actuales, en donde cientos de jóvenes y consolidados  profesionales retroalimentan su práctica profesional a través de una activa labor docente. Son muchos otros los arquitectos que han optado por ser profesores o investigadores de tiempo completo. Esta es otra forma de ejercer la arquitectura tan válida como las demás; para ser buen profesor de arquitectura no siempre hay que tener una práctica profesional activa o ser buen arquitecto-proyectista. Esta creencia en realidad no sólo es falsa sino que distorsiona los aspectos más íntimos de la formación académica. De mi experiencia como estudiante puedo constatar que varios de mis mejores maestros eran profesores de tiempo completo que se dedicaban en exclusiva a la investigación y la enseñanza. Su pasión, su experiencia  pedagógica  y los métodos que utilizaban eran mucho más efectivos que los de varios arquitectos de renombre que también me dieron clases y que en algunos casos apenas tenían tiempo para atender a sus alumnos.

Hay muchos otros ámbitos en los que la profesión tiene influencia pero en los que también podría fortalecer su presencia; desde la restauración y la protección del patrimonio hasta la investigación antropológica  y urbana.  Son tambien diversos los ejemplos de arquitectos involucrados en el mundo editorial, en la curaduría o la difusión de la cultura arquitectónica. Desde grandes editores y gestores culturales, hasta arquitectos recién graduados que han creado algunos de los blogs más influyentes de la red. Todos sabemos que el conocimiento sólo es tal si puede transmitirse y por lo tanto el trabajo de muchos arquitectos dentro del mundo editorial y de difusión cultural no sólo es indispensable sino que debe hacernos reflexionar sobre el hecho de que si no sabemos explicar nuestro trabajo al resto de la sociedad, no debemos extrañarnos de que ésta no nos comprenda.

Parece pertinente preguntarse otra vez ¿para qué sirve la arquitectura hoy? Y, ¿a qué llamamos “arquitecto” en la actualidad? A menos que las escuelas de arquitectura quieran seguir formando futuros desempleados, tendrían no sólo que prever estas nuevas formulas sino que fomentarlas.  A fin de cuentas, la figura del arquitecto es atractiva cuando incluye un rango amplio de su ámbito de influencia, ya sea como proyectista o como político, como planeador urbano o paisajista, crítico o gestor cultural. Todos somos igual de imprescindibles y es en conjunto que le damos sentido a lo que hacemos. A fin de cuentas es importante que empecemos a comprender  que si queremos tener una arquitectura de calidad, necesitamos un sistema que la genere. No tendremos una disciplina fuerte sino creamos en un marco sólido en el cual ésta pueda sustentarse.

* Eduardo Cadaval, es socio de Clara Solá-Morales y juntos conforman el estudio Cadaval & Sola-Morales   Un joven despacho basado en Barcelona que tiene una muy interesante obra construída repartida principalmente entre España y México. Puedes ver algunas de sus obras aquí.

Otras formas de hacer arquitectura

Por Alejandro Hernández Gálvez 

Aunque bajo el encabezado de este texto está, como de costumbre cuando es mi turno, mi nombre, lo que sigue lo escribimos y suscribimos Fernanda Canales, Eduardo Cadaval y yo.

En México se deberán construir en los próximos 12 años cerca de 18 millones de viviendas, además de escuelas, hospitales, carreteras y toda la infraestructura de soporte. ¿Quiénes planearán y construirán estas obras? ¿Qué beneficios tendría hacerlo bien? ¿Cuáles las repercusiones de hacerlo mal? El potencial de la obra pública como detonador de urbanidad ha transformado ciudades y sociedades. Sitios como Medellín y Bogotá cambiaron tanto su fisonomía como su historia al vincular arquitectura -como bibliotecas de barrio, escuelas y guarderías- con infraestructura de transporte colectivo y espacio público. Entender la continuidad entre la casa, la banqueta, la calle y el parque transformó la vida de miles de personas.

Durante los últimos 50 años las ciudades de México han crecido sin planeación. Tampoco existe una democratización ni transparencia en la asignación de los proyectos públicos. El acceso a proyectos a través de concursos abiertos no es un problema de arquitectura, sino de cultura democrática, de igualdad de oportunidades laborales y de lucha contra la corrupción. Un concurso favorece el surgimiento de nuevas ideas y ofrece múltiples soluciones a un mismo problema. Más que concursos monumentales, quizá los que necesitamos son aquellos de nivel básico, desde el centro deportivo de un pequeño pueblo a la clínica regional o la nueva guardería. En uno de los países con más escuelas de arquitectura en el mundo -más de 100- y con uno de los mayores índices de construcciones informales y de falta de credibilidad institucional, los concursos también pueden ayudar a mejorar la calidad de la educación al abrir oportunidades para que tanto alumnos como profesores se enfrenten a problemas concretos donde la arquitectura podría volverse algo más útil.

En los años cincuenta, para la creación de Ciudad Universitaria, hubo un concurso interno y más de 100 arquitectos participaron en el proyecto. En los años noventa, para el Centro Nacional de las Artes, el concurso fue por invitación y sólo participaron ocho grupos. La construcción de nuestras ciudades, de nuestras casas, escuelas, hospitales y calles no puede seguir dependiendo de las decisiones del gobernante o administrador en turno. Se requiere de una ley que obligue a que haya concursos de proyectos para cualquier tipo de obra pública, algunos abiertos y otros por invitación, algunos locales, otros regionales, unos nacionales e incluso, los menos, internacionales. Con una normatividad clara tanto para convocar los concursos como para seleccionar al jurado.

¿Vamos a confiar en que las instituciones funcionen sin una participación enérgica y colectiva? ¿Seguiremos esperando a que los legisladores vislumbren la necesidad de dicha ley o, movilizándonos, seremos capaces de proponerla? Se requieren poco más de un millón 300 mil firmas para que una iniciativa ciudadana llegue al poder legislativo, ¿cuántos estudiantes de arquitectura y arquitectos somos en el país? ¿Cuántos queremos un juego con reglas claras en el que todos podamos participar? ¿Cuántos ciudadanos querrán sumarse y saber a quién pueden exigir mejores servicios? Los ciudadanos son los que pagan las obras que muy pocos eligen y reparten. Es su dinero el que se gasta pero no sus espacios los que se construyen. Es tiempo de buscar otras formas de hacer arquitectura.

http://www.reforma.com/editoriales/cultura/677/1353411/default.shtm?plazaconsulta=reforma&