La torre de La Soledad

image001Por Juan Palomar

Por lo menos en la memoria, no se parecía a ninguna otra torre de Guadalajara. Sus formas y proporciones la hacían una silueta distintiva en el mero centro de la ciudad. Los devotos de la Virgen mantenían, desde siglos, una ferviente congregación que a esa iglesia acudía asiduamente. Tenía una fachada muy curiosa, e inclusive ingenua, con dos portadas distintas y asimétricas. No se conoce, por lo menos por parte de este columnista, ninguna imagen que describa el interior de su sólida fábrica. Decía el ingeniero encargado de su demolición que costó mucho trabajo acabar con la recia construcción. Porque, es bien sabido, la vieja iglesia fue eliminada a mediados del siglo anterior para dar paso a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres que hoy conocemos.

Nunca sabremos los términos de las negociaciones por las cuales el gobernador González Gallo logró acordar con el Cardenal Garibi Rivera y con el INAH que se destruyera tan connotada y arraigada edificación religiosa que databa del siglo XVII. Sí sabemos, de primera mano, que el arquitecto Ignacio Díaz Morales incorporaba la subsistencia de La Soledad en su proyecto de la Cruz de Plazas, y cuando el gobernador determinó que la iglesia sería demolida renunció a hacer el proyecto de la plaza correspondiente, la que fue encomendada al arquitecto Vicente Mendiola y terminada por el ingeniero Miguel Aldana Mijares.

Lo anterior da pie a una reflexión que tiene que ver con el planteamiento de Díaz Morales de la Cruz de Plazas. Está medio de moda denostar al arquitecto (quien, obviamente, ya no puede defenderse) como “destructor de la Guadalajara tradicional”. Habría que saber antes algunas cosas. Por ejemplo, que el arquitecto fue un firme opositor a las ampliaciones de 16 de Septiembre-Alcalde y de Juárez. Y por lo tanto habría que separar, de entrada, ambas acciones. Otro asunto es el del Palacio de Cañedo, situado a espaldas de Catedral y demolido años antes de que se materializara la Plaza de la Liberación. El propio Díaz Morales abogó en esa coyuntura, insistentemente y sin éxito, para que esa finca fuera reconstruida, usando las piedras originales, en otro predio.

Ciertamente la Cruz de Plazas comportó la pérdida de un patrimonio considerable. La cuestión que queda para la historiografía seria y los análisis desapasionados y serenos es la siguiente: ¿Qué se ganó, qué se perdió? En términos sociales, urbanísticos, arquitectónicos, patrimoniales. No hay un inventario puntual de lo demolido. Por ejemplo sopesar que entre lo derruido para dar paso a las plazas estaba una finca de factura reciente, el Edificio Mercantil, que ocupaba toda la cabecera sur de la manzana frontera a Palacio de Gobierno y que, ciertamente, no armonizaba con el contexto. Otras, claramente, eran valiosas. En fin, se requiere, para evaluar esta etapa clave en el desarrollo del centro de la ciudad, una perspectiva amplia e informada, ajena a las filias, fobias y prejuicios que impiden sacar conclusiones útiles y esclarecedoras.

Por lo pronto, sabemos que la torre de La Soledad, de acuerdo a la voluntad de Ignacio Díaz Morales, bien hubiera podido seguir siendo una marca de identidad más en el centro de Guadalajara.

La torre de La Soledad

Por Juan Palomar

Por lo menos en la memoria, no se parecía a ninguna otra torre de Guadalajara. Sus formas y proporciones la hacían una silueta distintiva en el mero Centro de la ciudad. Los devotos de la Virgen mantenían, desde siglos, una ferviente congregación que a esa iglesia acudía asiduamente. Tenía una fachada muy curiosa, e inclusive ingenua, con dos portadas distintas y asimétricas. No se conoce, por lo menos por parte de este columnista, ninguna imagen que describa el interior de su sólida fábrica. Decía el ingeniero encargado de su demolición que costó mucho trabajo acabar con la recia construcción. Porque, es bien sabido, la vieja iglesia fue eliminada a mediados del siglo anterior para dar paso a la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres que hoy conocemos.

Nunca sabremos los términos de las negociaciones por las cuales el gobernador González Gallo logró acordar con el cardenal Garibi Rivera y con el INAH que se destruyera tan connotada y arraigada edificación religiosa que databa del siglo XVII. Sí sabemos, de primera mano, que el arquitecto Ignacio Díaz Morales incorporaba la subsistencia de La Soledad en su proyecto de la Cruz de Plazas y que, cuando el gobernador determinó que la iglesia sería demolida, renunció a hacer el proyecto de la plaza correspondiente, la que fue encomendada al arquitecto Vicente Mendiola y terminada por el ingeniero Miguel Aldana Mijares.

Lo anterior da pie a una reflexión que tiene que ver con el planteamiento de Díaz Morales de la Cruz de Plazas. Está medio de moda denostar al arquitecto (quien, obviamente, ya no puede defenderse) como “destructor de la Guadalajara tradicional”. Habría que saber antes algunas cosas. Por ejemplo, que el arquitecto fue un firme opositor a las ampliaciones de 16 de Septiembre-Alcalde y de Juárez. Y por lo tanto habría que separar, de entrada, ambas acciones. Otro asunto es el del Palacio de Cañedo, situado a espaldas de Catedral y demolido años antes de que se materializara la Plaza de la Liberación. El propio Díaz Morales abogó en esa coyuntura, insistentemente y sin éxito, para que esa finca fuera reconstruida, usando las piedras originales, en otro predio.

Ciertamente la Cruz de Plazas comportó la pérdida de un patrimonio considerable. La cuestión que queda para la historiografía seria y los análisis desapasionados y serenos es la siguiente: ¿qué se ganó, qué se perdió? En términos sociales, urbanísticos, arquitectónicos, patrimoniales. No hay un inventario puntual de lo demolido. Por ejemplo, sopesar que entre lo derruido para dar paso a las plazas estaba una finca de factura reciente, el Edificio Mercantil, que ocupaba toda la cabecera sur de la manzana frontera a Palacio de Gobierno y que, ciertamente, no armonizaba con el contexto. Otras, claramente, eran valiosas. En fin, se requiere, para evaluar esta etapa clave en el desarrollo del Centro de la ciudad, una perspectiva amplia e informada, ajena a las filias, fobias y prejuicios que impiden sacar conclusiones útiles y esclarecedoras.

Por lo pronto, sabemos que la torre de La Soledad, de acuerdo con la voluntad de Ignacio Díaz Morales, bien hubiera podido seguir siendo una marca de identidad más en el Centro de Guadalajara.

Más reflexión y menos intelectualización: Humberto Ricalde [El Informador]

El arquitecto considera ejemplar la Cruz de Plazas de Guadalajara.

El yucateco, radicado en el df, es una referencia por su trabajo en la UNAM y en diversos despachos

GUADALAJARA, JALISCO (22/SEP/2012).- Presente en Guadalajara para dar una charla titulada “Sentir, Pensar y Habitar” en el Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana, Humberto Ricalde –nacido en Mérida, Yucatán (1942) pero radicado en el Distrito Federal— habla sobre sus 70 años de vida y los 46 de estos que le ha dedicado a su quehacer profesional. Libre, sin ataduras a un despacho para su producción arquitectónica o grupo alguno de gestión ejecutiva o ideológica, su único apego ha sido el académico como parte medular del taller Max Cetto de la UNAM.— Arquitecto, las personas del CCAU comentan que a usted le gusta mucho venir a Guadalajara.

—Sí, yo les decía que son las prebendas de tener 70 años y de haber venido por primera vez en 1960 o 61, hace 50 años. Y es extraño porque llega uno a esta edad y no se siente viejo, y además de haber estado aquí hace 50 aún creo que es una ciudad bellísima. Siempre lo he dicho: su sistema de Cruz de Plazas tiene una prestancia que ningún otro centro histórico tiene. La idea de Ignacio Díaz Morales de estructurar así, enmarcar el Teatro (Degollado), comunicar estas diversas plazas, el Palacio de Gobierno y prolongarlo hasta el Teatro… porque después la otra intervención, la que llega hasta el Hospicio Cabañas, fue excesiva. Yo conocí la Cruz de Plazas sin la Plaza Tapatía, una intervención maravillosa, radical, con las fuentes que rodean al teatro, los naranjos y la Rotonda de los Hombres Ilustres. En fin, siempre digo que al menos la parte estructurada del centro da una sensación centroeuropeísta.

— ¿Y a la distancia, arquitecto, cómo ve Guadalajara?

—Hacía cinco años que no venía. Lo que vi en el aeropuerto –me dicen que lo reformaron hace apenas unos años—… tiene escala, es grande pero es muy amable y no es monumental, porque por ejemplo –y vamos hacer la crítica— la Terminal 2 de Francisco Serrano (en el Distrito Federal), claro que se necesitaba, pero la sección de los agujeritos lo hace poco amable aunque internamente tiene muy buena luz, y ves este, con todas sus adiciones e intervenciones, y es muy cordial. También vi el hotel (Riu), es bastante digno como acento urbano. Pero un día Juan Palomar me llevó al Centro Cultural Universitario y vi el teatro (Telmex)… ¿de quién es esa intervención? (es obra de José de Arimatea Moyao. NDLR). Peca de monumental. Mucho. Y los edificios urbanos deben ser a la escala de donde actúas y a veces en la arquitectura de Serrano y de toda esa escuela, hay algo de monumentalidad.

— ¿Con quiénes se ha asociado en estos 46 años?

—Antes de irme a Europa trabajé diez años con Augusto Álvarez, el gran racionalista funcionalista que era mi paisano. Cuando regresé estuve con Félix y Luis Sánchez Arquitectos, ahí puedes contar otros 18 años. No es que haya estado los 18 pero cuando había intervenciones urbanas grandes o conjuntos habitacionales, la torre en el remate de Reforma donde está el caballote de Sebastián –iba a ser un hotel y acabó siendo oficinas— y también la prolongación de Reforma hasta el Desierto de los Leones. Eran intervenciones urbanas tan grandes que a veces poníamos oficina específica, digamos, conmigo como jefe de taller para desarrollarlas. Bueno, diez y 18 suman 28. Después estuve con López Baz y Callejas ocho años, vamos en 36. Y hasta hace dos años estuve 10 años con Moisés Becker. Ahí están los 46.

— ¿A dónde se fue los cinco años que menciona?

—Hice mi maestría en Praga, en diseño arquitectónico en la Escuela de Artes y Oficios y después, como admiro muchísimo al arquitecto Alvar Aalto y una finlandesa me invitó a ese país, estuve ahí un par de años. Verdaderamente es una tierra maravillosa, llena de tradiciones profundísimas. Busqué trabajo en la Sociedad de Arquitectos y como en la oficina 24 encontré algo… La gente dice que yo trabajé con Alvar Aalto pero yo no trabajé con él, yo trabajé en una oficina de planificación urbana, pero Giovanna, mi mujer, sí. Ella es especialista en espacios teatrales y Aalto estaba haciendo uno.

— ¿Cuáles son algunas obras suyas que lleva en el corazón?

— Sí. El conjunto Unidad Latinoamericana con Félix y Luis Sánchez que está entre avenida Universidad y Cerro del Agua, son mil 640 viviendas. No está firmada, pero fue maravilloso hacerla siempre con las prisas burocráticas porque Luis Echeverría la inauguró un 20 de noviembre ya que el 1 de diciembre cambiaba la presidencia.

Con Moisés Becker un edificio en Prados Sur, publicada en Arquine, es un edificio para oficinas para una agencia informática y es un edificio que él y yo hicimos con mucho cariño. Con Alberto Kalach, dos edificios en concreto que yo desarrollé ejecutivamente, digámoslo así. Unos son de los años setenta, otros de los ochenta, y hay que aclarar que todos son en coautoría, o sea, no soy el arquitecto que firma obra, la firmo pero con quien me invita.

— Al entendimiento de la arquitectura que tenemos hoy, ¿qué le quitaría y qué le sumaría?

—Le quitaría excesos de interpretación intelectual y racional, y me acercaría más a un entendimiento integral de la arquitectura. Más reflexión y menos intelectualización, eso haría yo con la arquitectura.

Por: Ana Guerrerosantos El Informador

Guadalajara de Díaz Morales

Hoy hace 20 años dejó de existir el arquitecto tapatío, quien como pocos, le dio forma a la ciudad en una época en la que se valía todo

Hay personalidades que dejan huellas no tangibles en la vida de una ciudad. Las del arquitecto Ignacio Díaz Morales en Guadalajara, por el contrario, están presentes en el trazo mismo de sus calles y plazas. Miles de tapatíos se benefician a diario de los proyectos que un día Don Ignacio imaginó, diseñó y realizó durante sus 87 prolíficos años de vida.

Las cuatro explanadas de la Cruz de Plazas (Plaza de la Liberación, Plaza de Armas, Plaza de los Laureles y la Rotonda de los Hombres Ilustres) cambiaron para siempre el Centro Histórico. Lo mismo que la Plaza Tapatía, un proyecto original de Díaz Morales aunque después fuera modificado. La plaza del Templo Expiatorio, las colonias Alcalde Barranquitas y Las Fuentes, numerosos templos –entre ellos el de Nuestra Señora de la Paz— y más de 40 edificios y casas, también son parte de su extensa obra. Hoy  3 de septiembre se cumplen dos décadas de la muerte del arquitecto, urbanista de oficio, fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, profesor y teórico de su especialidad. Para recordarlo, la Secretaría de Cultura Jalisco invita a una serie de actividades en su honor que se llevarán a cabo en el Templo Expiatorio.

Guadalajara, a la que llamaba “su novia”, fue uno de los más grandes amores de su vida. De ahí que gran parte de sus proyectos estuvieran destinados a embellecer “la casa grande” con una arquitectura limpia y ceñida, que rescató lo mejor de las tradiciones regionales y se enriqueció con las ideas de las corrientes extranjeras.

Ignacio Díaz Morales fue un hombre cuyas enseñanzas contribuyeron a formar varias generaciones de arquitectos en Guadalajara, primero en la escuela que él mismo fundó, y más tarde  –debido a desacuerdos fundamentales con la institución universitaria— en el ITESO.

Cruz de plazas

Entre los varios edificios de valor patrimonial que Díaz Morales tuvo alguna vez a su cargo –el Teatro Degollado, el Templo Expiatorio, el Palacio de Gobierno y la Cúpula del Hospicio Cabañas—estuvo también la catedral tapatía, de la cual Díaz Morales modificó los anexos. Fue durante esa intervención que el arquitecto concibió uno de los más grandes proyectos de su vida.

“Desde la azotea (de Catedral) contemplé las dos manzanas que estaban detrás, las cuales estaban rodeadas por una serie de edificios de gran valor arquitectónico, y se me ocurrió pensar en una gran plaza: desde la misma azotea miré al norte y al poniente, y vi un jardín y un espacio sin objetivo. Fue entonces cuando concebí la idea de proyectar una Cruz de Plazas”, escribiría después el arquitecto tapatío (citado en la monografía Ignacio Díaz Morales, de Anuar Kasis Ariceaga, 2004).

Desde 1936, 13 años antes de que se iniciara la transformación del Centro Histórico, Díaz Morales comenzó a trabajar en la Cruz de Plazas: en silencio y por iniciativa propia. Únicamente conocían el proyecto su gran amigo, Luis Barragán, y uno de sus más queridos maestros, Aurelio Aceves. En 1947, fueron ellos quienes se lo recomendaron al entrante gobernador, Jesús González Gallo.

La obra inició en 1949 con la Plaza de la Liberación, esa gran explanada entre el Teatro Degollado y Catedral (148 x 68 metros), cuyo trazo cuenta con correcciones ópticas para ajustar la asimetría de 1.85 metros. Le siguieron los trabajos en la Plaza de los Laureles –al poniente— de 1953 a 1956.

Al sur, la Plaza de Armas ya existía. Al norte, el proyecto de Díaz Morales pretendía conservar el Templo de la Soledad, pero el gobernador insistió en liberar todo el espacio y éste fue demolido. En su lugar se construyó la Rotonda de los Jaliscienses Ilustres, un diseño del arquitecto Vicente Mendiola.

Una sala para la ciudad

Cuenta el arquitecto Julio de la Peña (citado también en el libro de Kasis Ariceaga), que un día de 1939, durante una conversación instructiva acerca de las plazas públicas, Díaz Morales le dijo: “mira, por ejemplo, a espaldas de la Catedral hasta el Teatro Degollado, allí hay una plaza, nomás hay que quitar todo el estorbijo que está en medio”.

Un proyecto como el de la Cruz de Plazas –el cual implicó la demolición de fincas con valor arquitectónico— sería casi imposible de realizar en el presente, coincidieron el arquitecto Juan Palomar y el restaurador Ignacio Gómez Arriola, ya que ahora se tiene mayor noción del valor de las obras del pasado.

“Díaz Morales tenía una visión como heroica de la arquitectura, donde él tranquilamente se asumía capaz de modificar la ciudad si a su juicio lograba darle más beneficios con lo que hacía, que perjuicios con lo que quitaba”, expresó Palomar, quien además de haber sido su alumno en el ITESO, tuvo una relación de amistad con Don Ignacio. “Siempre decía que había sido una lástima, pero que lo que le había dado a la ciudad era más importante: ‘plazas públicas a donde ir a sentarse de balde’”.

“Decía que era como brindarle a la ciudad una sala”, recordó a su vez Ignacio Gómez Arreola, quien fuera alumno de Díaz Morales en la maestría en Restauración.  “Ahora lo veríamos como muy criticable, pero en aquel momento no había una noción muy clara de lo que era el patrimonio y fue uno de los signos de modernización de la ciudad”.

El mismo Ignacio Díaz Morales explicaría después: “A mí lo que me importaba era darle estancia pública a la gente de Guadalajara; lo que Guadalajara tenía antes, que estaba llena de patios, y esos patios se empezaron a acabar (…) estancias públicas para la comunicación (…) plazas para que la gente vuelva a hacer de la ciudad su casa grande” (citado en Kasis Ariceaga, 2004).

La primera escuela de arquitectura

Ignacio Díaz Morales, Luis Barragán, Pedro Castellanos y Rafael Urzúa formaron parte de una generación notable de arquitectos jaliscienses, grupo catalogado como la Escuela Tapatía de Arquitectura. Todos ellos hicieron sus estudios en la Escuela Libre de Ingenieros, pues en aquel momento –en la década de los veinte— era la única opción para formar arquitectos en la ciudad.

La de Díaz Morales y Urzúa, la “Generación del 24”, fue una de las últimas que egresaron de la escuela fundada en 1902 por el ingeniero Ambrosio Ulloa.

Ante la falta de opciones formativas, Díaz Morales comenzó a promover una escuela de arquitectura con empresarios y familias de Guadalajara. El proyecto finalmente se concretó con el apoyo de González Gallo, y fue así como en 1949, Díaz Morales fundó la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara. La primera en la ciudad y a la que invitó al alemán Mathias Goeritz, el autor, a la postre, del Pájaro Amarillo (en la colonia Jardines del Bosque), como profesor de Historia del Arte por su amplio conocimiento de la Bauhaus.

Para Fernando González Gortázar –hijo del gobernador González Gallo, y quien considera a Don Ignacio un segundo padre “en el sentido en que sin él yo no existiría tal como soy”, dijo— la verdadera vocación de Díaz Morales era la magisterial.

“Cuando yo entré a la Escuela de Arquitectura, para mí fue una revelación total”, contó. “Encontré una efervescencia intelectual maravillosa en la que maestros y compañeros hacían muchísimas cosas. Había mil intereses, una verdadera voluntad de aprender, de ser mejores. Y quien encabezaba ese mundo cerrado que era la Escuela de Arquitectura era Don Ignacio Díaz Morales”.

Como una aportación de estudiantes y profesores a una sociedad demandante de vivienda, Díaz Morales dirigió el diseño y construcción de la colonia Jesús González Gallo, por ejemplo, cuyos ejes principales son la calle 5 de febrero y Salvador López Chávez.

“Siempre el valor supremo de su escala axiológica era el valor social, que encabezó todas sus reflexiones y sus intereses y trató de inculcárnoslos” agregó González Gortázar. “Yo creo que Díaz Morales de verdad creía en la arquitectura como un elemento de justicia social; él creía que la arquitectura era una de tantos instrumentos de los que se tendría que echar mano para tener una mejor sociedad”.

PARA RECORDAR
Cita en el Expiatorio

Este 3 de septiembre se cumplen 20 años del fallecimiento del arquitecto Ignacio Díaz Morales. Por ello la Secretaría de Cultura invita a quienes lo conocieron y quienes estén interesados en su vida y obra, a la misa que se oficiará en su honor en el Templo Expiatorio (18:00 horas). A la mesa redonda sobre el arquitecto en el salón de los adoradores del Templo (19:00 horas), donde participan María Amparo Díaz Morales, Carlos Petersen Biester y Javier Díaz Reynoso. Y para finalizar, se contará con la participación del Coro del Estado (20:30 horas).

ASÍ LO VEN
Quienes lo conocieron lo definen como

Una de las personalidades intelectuales más sobresalientes que ha dado Jalisco

Juan Palomar,arquitecto

Un iluminado, un sabio, una especie de cruzado que quería rescatar la verdadera arquitectura de los infieles

Fernando González Gortázar, arquitecto

Un clásico caballero del siglo pasado

Ignacio Gómez Arriola, arquitecto

Fuente el Informador