Otras formas de hacer arquitectura

Por Alejandro Hernández Gálvez 

Aunque bajo el encabezado de este texto está, como de costumbre cuando es mi turno, mi nombre, lo que sigue lo escribimos y suscribimos Fernanda Canales, Eduardo Cadaval y yo.

En México se deberán construir en los próximos 12 años cerca de 18 millones de viviendas, además de escuelas, hospitales, carreteras y toda la infraestructura de soporte. ¿Quiénes planearán y construirán estas obras? ¿Qué beneficios tendría hacerlo bien? ¿Cuáles las repercusiones de hacerlo mal? El potencial de la obra pública como detonador de urbanidad ha transformado ciudades y sociedades. Sitios como Medellín y Bogotá cambiaron tanto su fisonomía como su historia al vincular arquitectura -como bibliotecas de barrio, escuelas y guarderías- con infraestructura de transporte colectivo y espacio público. Entender la continuidad entre la casa, la banqueta, la calle y el parque transformó la vida de miles de personas.

Durante los últimos 50 años las ciudades de México han crecido sin planeación. Tampoco existe una democratización ni transparencia en la asignación de los proyectos públicos. El acceso a proyectos a través de concursos abiertos no es un problema de arquitectura, sino de cultura democrática, de igualdad de oportunidades laborales y de lucha contra la corrupción. Un concurso favorece el surgimiento de nuevas ideas y ofrece múltiples soluciones a un mismo problema. Más que concursos monumentales, quizá los que necesitamos son aquellos de nivel básico, desde el centro deportivo de un pequeño pueblo a la clínica regional o la nueva guardería. En uno de los países con más escuelas de arquitectura en el mundo -más de 100- y con uno de los mayores índices de construcciones informales y de falta de credibilidad institucional, los concursos también pueden ayudar a mejorar la calidad de la educación al abrir oportunidades para que tanto alumnos como profesores se enfrenten a problemas concretos donde la arquitectura podría volverse algo más útil.

En los años cincuenta, para la creación de Ciudad Universitaria, hubo un concurso interno y más de 100 arquitectos participaron en el proyecto. En los años noventa, para el Centro Nacional de las Artes, el concurso fue por invitación y sólo participaron ocho grupos. La construcción de nuestras ciudades, de nuestras casas, escuelas, hospitales y calles no puede seguir dependiendo de las decisiones del gobernante o administrador en turno. Se requiere de una ley que obligue a que haya concursos de proyectos para cualquier tipo de obra pública, algunos abiertos y otros por invitación, algunos locales, otros regionales, unos nacionales e incluso, los menos, internacionales. Con una normatividad clara tanto para convocar los concursos como para seleccionar al jurado.

¿Vamos a confiar en que las instituciones funcionen sin una participación enérgica y colectiva? ¿Seguiremos esperando a que los legisladores vislumbren la necesidad de dicha ley o, movilizándonos, seremos capaces de proponerla? Se requieren poco más de un millón 300 mil firmas para que una iniciativa ciudadana llegue al poder legislativo, ¿cuántos estudiantes de arquitectura y arquitectos somos en el país? ¿Cuántos queremos un juego con reglas claras en el que todos podamos participar? ¿Cuántos ciudadanos querrán sumarse y saber a quién pueden exigir mejores servicios? Los ciudadanos son los que pagan las obras que muy pocos eligen y reparten. Es su dinero el que se gasta pero no sus espacios los que se construyen. Es tiempo de buscar otras formas de hacer arquitectura.

http://www.reforma.com/editoriales/cultura/677/1353411/default.shtm?plazaconsulta=reforma&

Cuando la novedad era buena noticia

Juan Palomar Verea

Hace unas semanas se presentó en la ciudad de México un libro muy significativo para la historiografía de la arquitectura moderna en nuestro país. Y esto, a pesar de que entre los ejemplos ilustrados son contados los que se ubican fuera de la capital. Se trata de la edición facsimilar de Arquitectura moderna en México (1961), debido al arquitecto Max Cetto y muy meritoriamente editado ahora por el Museo de Arte Moderno.

El arquitecto Max Cetto (1903-1980) había abandonado su natal Alemania en 1938 y se había radicado en México a partir de 1939. Así, fue a la vez testigo y protagonista de la eclosión de la arquitectura moderna en el país. El libro ilustra una larga serie de ejemplos de esta pujante tendencia que por las décadas intermedias del siglo XX encontró en México un fértil terreno de desarrollo. Los ejemplos ilustrados van de 1940 a 1960 e incluyen casos tan significativos como el fraccionamiento del Pedregal de San Ángel (1949), la Ciudad Universitaria (1953) o Ciudad Satélite (1958).

Ahora bien ¿por qué un libro editado hace más de medio siglo es relevante para la historia y para la arquitectura de Guadalajara, ciudad que no es siquiera mencionada en el volumen? En primer lugar porque la segunda ciudad del país encontró una similar tierra de promisión en las doctrinas que preconizaba la arquitectura moderna: la atención a la función como generadora de correctas soluciones, el uso de los nuevos materiales y técnicas como ejes expresivos, la tabla rasa con respecto al pasado como condición de la deseada novedad.

Hacia el primer tercio de los años cincuenta comenzaron a egresar los primeros alumnos de la reciente Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara. Ellos, junto con sus maestros, habrían de aplicar en Jalisco parecidos principios a los que regían la obra reseñada en Arquitectura Moderna en México. Un desarrollo en particular constituyó el campo propicio para muchas de las primeras hechuras de esta generación: Jardines del Bosque, proyectado hacia 1957 por Luis Barragán. Está pendiente un deseable catálogo de las obras relevantes que aún subsisten en este fraccionamiento.

De memoria se puede decir que, con los énfasis propuestos por Díaz Morales y sus discípulos en cuanto a la atención a la climatología y los materiales regionales, existió un conjunto consistente de obras que profesaban un refrescante optimismo y una creencia, ahora muy eclipsada, en la fuerza de la novedad como fuente de inspiración y guía para los retos a acometer.

Una lectura ponderada de las hechuras del pasado reciente, similar a la que el libro de Cetto propone, es una asignatura por seguir trabajando para el contexto jalisciense. De ella podríamos obtener algunas claves que posibilitaron la construcción, durante los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, de algunos trazos para una nueva ciudad racional y sensata, aún con la grave limitación de la amnesia histórica que tantos años tardaría en ceder. Un quiebre aún por dilucidar sobrevino años después. Distantes ya más de medio siglo de ese espíritu, corresponde a las actuales generaciones sacar sus cuentas y establecer sus propias condiciones frente al futuro.

jpalomar@informador.com.mx