Una ciudad más próxima [El País]

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2015/06/25/actualidad/1435226184_302194.html

Desde mediados de los años ochenta del pasado siglo XX sabemos que estamos consumiendo más que lo que el planeta es capaz de darnos. También que cerca de un 54% de los habitantes de la Tierra vivimos en ciudades. Y resulta que éstas, a pesar de ocupar alrededor del 3% de la superficie del planeta, consumen las dos terceras partes de la energía y emiten el 80% de CO2, que es uno de los gases responsables del cambio climático. Por tanto, la estructura, funcionamiento y organización de las ciudades es determinante si queremos resolver el problema básico al que se enfrenta el siglo XXI: haber sobrepasado la biocapacidad del planeta.

La ciudad actual es resultado del intento de mejorar la salud pública y reducir las desigualdades de la Revolución Industrial. Se hizo aumentando el consumo del planeta, cosa que no importaba excesivamente ya que, como se ha dicho, hasta los años ochenta del pasado siglo era posible hacerlo. Pero hoy las ciudades han tomado una dirección basada en la ineficiencia y el despilfarro incompatibles con los límites planetarios.

La situación se puede entender bastante bien tomando el ejemplo del transporte. Espárragos que se producen en Perú, se comercializan en Los Arcos (Navarra) y se venden a ciudadanos de Sevilla. Por supuesto consumiendo energía y suelo. España importa piedra de China, Brasil o India. ¿Estamos tan locos que hacemos recorrer miles de kilómetros a un material tan pesado y que tenemos al lado de casa para construir viviendas? Lo mismo se puede aplicar al combustible que traemos en barcos o al agua que trasvasamos produciendo problemas ecológicos graves. O incluso a las personas. Siento hablar de la insostenibilidad del turismo, principal industria española, pero el año pasado nos visitaron 65 millones de extranjeros, en un país de menos de 47 millones de habitantes, con el coste ecológico y ambiental que suponen todos estos desplazamientos.

Pero esta vocación expansiva de las ciudades también se refleja en su organización física. Hasta mediados de los años cincuenta las ciudades crecían de forma más o menos radioconcéntrica, apoyadas en las vías de comunicación y con densidades razonablemente altas. A partir de ese momento, y debido a la popularización de los coches, la ciudad empezó a crecer de otra manera: colocando trozos urbanizados, normalmente de baja densidad, a mayor o menor distancia de la ciudad continua, con carreteras de unión entre todas las piezas. Fue así como se cambió el concepto de distancia en kilómetros por el de distancia en minutos. Con la ventaja para el urbanizador de que el terreno era mucho más barato. Además, el urbanita vivía en un entorno “campestre”. Así se creó una ciudad de trozos urbanizados separados por áreas de “campo” que quedaba a la espera de no se sabe qué. Trozos destinados a vivienda protegida, a urbanizaciones de lujo, a grandes áreas comerciales o a oficinas, que segregaban social y geográficamente a sus habitantes, tal y como se observa en cientos de miles de hectáreas en toda Europa, y no sólo en las grandes ciudades como Madrid (hace muchos años que empezó la fragmentación a lo largo de la carretera de La Coruña), Barcelona, Valencia o Sevilla.

Pero este funcionamiento solo es posible con unos inaceptables consumos de energía y suelo, altísimos costes de transporte, aumentos notables de la contaminación, rotura de los ecosistemas naturales o rebaja en la calidad de vida de los ciudadanos obligados a desplazamientos continuos en coche entre trozo y trozo urbanizado para realizar casi cualquier actividad.

Además, esta extensión de los límites urbanos, y de los ámbitos de intercambio, está trayendo consigo la desaparición de las identidades locales desplazadas por un pensamiento y unas formas únicas comunes, y por el escaso arraigo de estos fragmentos urbanos colocados en medio del campo. No se trata de volver a la autarquía. Hay materiales que sólo se pueden conseguir, o cultivos que sólo se pueden producir, en algunos sitios del planeta. Tampoco hay necesidad de abandonar un lenguaje formal que puede entenderse en cualquier sitio. Ni tan siquiera condenar el turismo: basta con adecuarlo a las nuevas condiciones.

Lo que está resultando crítico es que este pensamiento único traiga consigo la pérdida de las culturas locales, con sus formas propias, con lenguajes relacionados con un contexto específico, adaptadas a un clima, a unos materiales y deudoras de una historia. Surgen así grandes rascacielos, edificios de bloques o adosados, situados en Ciudad del Cabo, Hamburgo, Barcelona, Moscú, Lisboa, Madrid o Atenas, que apenas se diferencian unos de otros. Porque está demostrado que atender prioritariamente a las condiciones relacionadas con el lugar es mucho más eficiente y tiene mayor capacidad de respuesta ante los imprevistos.

Riada de turistas en la calle del Bisbe, junto a la catedral en el barrio Gòtic de Barcelona. / Joan Sanchez

En bastantes centros de investigación urbana en todo el mundo este cambio de la ciudad global hacia la ciudad local se concreta en muchos estudios específicos: agricultura de proximidad, energía distribuida, potenciación de las identidades locales, turismo de cercanía, materiales y formas de construir tradicionales, nueva gobernanza para mejorar el empoderamiento de los ciudadanos, redensificación y multiplicidad de usos en las áreas fragmentadas, sustitución de la infraestructura gris por infraestructura verde, utilización racional de los servicios de los ecosistemas o, incluso, ámbitos de planeamiento que se correspondan con regiones ecológicas. Algunas ciudades incluso han pasado ya de la investigación a la práctica. Son ejemplos españoles los casos de Vitoria-Gasteiz o Santiago de Compostela (exceptuando la Ciudad de la Cultura).

La dispersión de las urbes es uno de los principales problemas. Se avecinan ajustes

La ciudad del futuro nunca será como la del pasado. La razón principal es que la población mundial en 1800 era de 1.000 millones de personas y actualmente hay que alojar a 7.000 millones. No se trata de olvidar que todos somos habitantes del mismo planeta. Ni de renunciar a los avances debidos a un lenguaje formal común o a los adelantos de la técnica. Pero tampoco se pueden destruir las identidades locales, o pasando por alto la ineficiencia y el despilfarro de vivir en unas ciudades no adaptadas a sus territorios. Se avecinan tiempos de ajustes. Ajustes que se producirán, o bien dejando que las cosas se arreglen solas pero con altos costes y sufrimiento para mucha gente, o controlando la situación de forma que se minimicen los daños. Después de la tremenda diástole urbana producida el pasado siglo, se ve venir una sístole, una contracción, un repliegue urbano necesario para que el corazón del planeta siga funcionando. Es imprescindible no cerrar los ojos a lo evidente y tomar el control del camino de vuelta a la ciudad local que necesariamente se tiene que producir. Que ya se está produciendo.

José Fariña Tojo es catedrático de Urbanismo y Ordenación del Territorio de la Universidad Politécnica de Madrid.

¿De qué tamaño el la Ciudad Creativa Digital?

Presentado en Guadalajara en enero del 2012 por el entonces presidente de la República como un proyecto estratégico para el desarrollo económico del país, y adoptado a nivel local como un ambicioso proyecto urbano con el que se buscaría impulsar nuevas dinámicas socio-económicas desde el corazón de la metrópoli, el proyecto de Ciudad Creativa Digital no ha estado a la altura de lo que se podría esperar de él.

¿De qué tamaño es hoy la Ciudad Creativa Digital? ¿Se trata todavía de un proyecto de impacto regional, que ampliaría las oportunidades de desarrollo para los habitantes de esta ciudad, o se reduce a un esfuerzo inmobiliario para ocupar espacios subutilizados en el centro histórico? ¿Cuáles son en realidad sus alcances espaciales, sociales y económicos? Aquí va una lectura de su situación actual.

El tamaño urbano

En términos espaciales se ha hablado de al menos tres escalas: La primera es de un polígono de 22 hectáreas en torno al Parque Morelos, cuyo perímetro fue definido por la existencia de un complejo de predios de propiedad pública en la zona (escuelas, centros de salud, parques, fincas patrimoniales, espacios de oficina y ruinas que dejaron los Juegos Panamericanos). En el Plan Maestro de Ciudad Creativa Digital, se establece que dentro de los primeros siete a diez años, bastaría y sobraría con los espacios disponibles para desarrollar el “nodo creativo” sin necesidad de afectar más propiedades.

Sin embargo, el propio proyecto plantea una segunda escala de más de 400 ha. como área de influencia del nodo principal. Este planteamiento causó una gran conmoción entre residentes y usuarios de la zona, porque imaginaron que habría retroexcavadoras limpiando toda esta superficie y grúas construyendo plantas maquiladoras que emitirían radioactividad (no es exageración, esto se habló en reuniones vecinales).

La realidad es que dicha extensión fue pensada como un área en la que se favorecería la instalación de equipamientos y servicios asociados al desarrollo esperado (vivienda accesible para trabajadores, espacios recreativos, empresas de servicios, infraestructuras de soporte, etc.), prometiendo un mosaico de coexistencia entre usos de suelo, estilos arquitectónicos, niveles de ingreso, prácticas culturales y grupos de usuarios.

Pero una escala más amplia en la que el proyecto fue comprendido por diversos actores, es la escala de ciudad, porque en toda ella existen vocacionamientos y emprendimientos que ya son parte del ecosistema creativo. Se proponía hablar de la ciudad de Guadalajara como una gran red de espacios de posibilidad para la producción creativa.

Hoy vemos, como ejemplo de ello, que se construye el Centro Cultural Universitario en Zapopan, que se ha instalado el edificio de Innovación y Diseño – MIND en la zona de la Expo, que continúa consolidándose la aglomeración del sector digital en torno al Centro de Software de Ciudad del Sol, que hay una concentración de centros tecnológicos en periférico poniente, y que la zona de Chapultepec se ha convertido en un laboratorio vivo de emprendimientos creativos.

Sin embargo, al centro de la ciudad han migrado y regresado contadas empresas del sector, que no ven claridad en el proyecto de consolidación de un nodo en el Parque Morelos. Tampoco los residentes y usuarios actuales de la zona han tenido evidencias de una transformación urbana que les represente un beneficio.

El tamaño social

En su discurso, el proyecto de Ciudad Creativa Digital reconoce que la inclusión es un ingrediente clave para la creatividad; que entre más diversos sean los elementos de un complejo, mayores combinaciones posibles habrá para la innovación. De esta manera, se hablaba de un proyecto al que uno podría insertarse desde distintos sectores sociales, y que realizaría una decidida apuesta por el desarrollo de talento.

Lo que vemos en realidad, es que las secretarías de educación y desarrollo social se han mantenido ajenas al proyecto, y no han contribuido a ampliar las posibilidades de formación y capacitación para las poblaciones en desventaja; que la gran cantidad de personas creativas que hay en Guadalajara – en campos tan diversos como el diseño, la moda, la gráfica, las artes, la gastronomía, la producción audiovisual, la educación o la tecnología – están desconectadas del proyecto; y que no se ha hecho por comenzar a construir vías para que el gran potencial creativo de la juventud tapatía encuentre un curso en esta iniciativa.

La base social del proyecto es sumamente limitada, porque su concepto de creatividad parece también ser limitado. “Nuestros sueños no caben en sus urnas” han dicho los jóvenes; “nuestra creatividad no cabe en su proyecto”, parecen decir ahora.

El tamaño económico

El proyecto original se concibió como medio para potenciar el ecosistema productivo local, que ya representa alrededor del 60% de las exportaciones nacionales del sector. Potenciar implicaría ampliar la base productiva local, fortaleciéndola con el desarrollo de capacidades, equipamientos, servicios, y tecnologías que se encuentran ausentes o frágiles en el ecosistema actual. Sin embargo, en los hechos se ha apostado por la promoción de la Inversión Extranjera Directa, porque en primera instancia puede parecer más sencillo, por ejemplo, importar una palmera adulta, que acompañar el desarrollo de las delicadas raíces de una especie nativa que se reproduce a su ritmo y con sus propias fuerzas.

Si bien ambas estrategias podrían ser complementarias, lo preocupante es que el proyecto ha mostrado una seria desvinculación con las iniciativas locales, y ha privilegiado la interlocución con empresas extranjeras, llevando como herramientas de negociación la oferta de suelo subsidiado y un paquete de incentivos tributarios para su instalación.

Bajo esta lógica, el impacto económico del proyecto se circunscribiría a un sistema semi-cerrado en el que sólo los iniciados – empresas, proyectos y profesionales – tendrían cabida, reduciendo las posibilidades de nuevos emprendimientos de base local.

Las evidencias mostradas hasta el momento, reflejan que la Ciudad Creativa Digital es un proyecto tendiente a la exclusión económica, social y urbana, de manera que lo que podríamos esperar de éste no sería muy distinto a lo que nos presentan casos similares en diferentes partes del mundo, y que han sido ampliamente documentados por el Museo de los Desplazados. La idea de gentrificación social y económica con la que se asocia al proyecto, se ha ido construyendo como consecuencia del discurso concreto de la acción gubernamental.

El tamaño político

Para construirle un sentido colectivo al proyecto – que se tradujera en beneficios concretos para diversos sectores locales – sería indispensable la puesta en práctica de una plataforma de gestión que trascendiera los ciclos administrativos, y que permitiera la interinstitucionalidad, la multidisciplinariedad y la concurrencia de distintos grupos sociales. El problema de fondo, es que hoy este proyecto padece de una incapacidad de construir visiones, alianzas y espacios de colaboración.

Desde el gobierno estatal se ha optado por la vía de una gestión centralizada, que ha desmantelado toda institucionalidad tendiente a un modelo de gestión más abierto y participativo. De hecho, se ha concentrado tanto el espacio de decisión, que ha terminado por aislarse hasta de las dependencias del propio Gobierno del Estado. El aparato de gestión actual del proyecto se reduce a una gerencia de proyecto que coordina un pequeño equipo operativo, desde donde se planea el trabajo en función de sus limitados alcances. De ese mismo tamaño es hoy la Ciudad Creativa Digital.

La operación actual del proyecto se constriñe a una serie de promociones directas con empresas para ofrecerles alternativas inmobiliarias; a la contratación de proyectos que no se discuten ni se validan técnica y socialmente; a una serie de interlocuciones erráticas con los actores locales; y a una presencia intermitente entre los actores de la industria, que no pueden más que estar a la expectativa, al sentirse tan distantes del proceso de toma de decisiones.

La Ciudad Creativa Digital es hoy del mismo tamaño que las disposición gubernamental para adoptar modelos de gestión colaborativos y transparentes; del mismo tamaño que las capacidades para establecer agendas colaborativas entre los actores económicos; o del mismo tamaño que la voluntad para dialogar entre distintos sectores sociales.

De esta manera, atendiendo a sus dimensiones actuales, ¿quiénes caben en el proyecto de Ciudad Creativa Digital? Si la diversidad es una condición para la creatividad, ¿qué tan creativa puede ser una ciudad que cierra las puertas a la discusión y a la construcción de agendas compartidas con quienes la habitan?

Héctor Castañón R.

@hektanon

Fuente: http://desmesura.org/firmas/de-que-tamano-es-la-ciudad-creativa-digital

Vivir a ras de calle

Por Juan Palomar

Existe el riesgo, para las nuevas generaciones, de ya no saber cómo mejor vivir en la ciudad. Mucho se lo debemos a la televisión. La gente que vive en barrios normales malgasta una cantidad estratosférica de su tiempo frente a las pantallas: la de la televisión, la de la computadora, la del teléfono, las de otros artilugios electrónicos. Porque la raíz de la convivencia urbana está en la calle. Las calles vivientes, transitadas y utilizadas para la conversación, la contemplación o para tomar el fresco, son el elemento urbano esencial que enlaza y arraiga a los ciudadanos. Es el medio por el que los vecinos se conocen y se tratan, por el que los niños aprenden en primer término del mundo.

Pero las calles, además de la desleal competencia de las pantallas y sus modelos gringos, tienen otros enemigos que las convierten, con frecuencia, en lugares ingratos, y aun en espacios a evitar lo más rápidamente posible. La inseguridad es uno de esos factores. Pero precisamente el ausentarse lo más posible de la calle es el principal motivo de la misma inseguridad. Está ampliamente comprobado que la natural vigilancia social de un entorno inhibe radicalmente el crimen y el vandalismo. Otro factor es el tráfico descontrolado, acompañado del ruido y la contaminación: ante esto, es perfectamente factible que los vecinos se organicen y, junto con las autoridades, pongan los remedios necesarios para moderar estos abusos y devolver la habitabilidad a las calles.

Pero el principal enemigo de las calles es la abulia, la apatía de quienes ni siquiera atinan a barrer el frente de sus fincas o a pintar sus casas, el ensimismamiento al que conducen ciertos hábitos modernos (como el de la televisión). Y la desmemoria que ha borrado una manera de ser que logró construir, a través de los siglos, una ciudad amable.

El modelo que ofrecen los desarrollos que en Guadalajara han dado en llamarse “cotos” es, hacia su exterior, la antítesis de la convivialidad urbana. Son hijos de una poco envidiable condición: el miedo. Miedo a la inseguridad, miedo a lo distinto, miedo al otro. Es comprensible, dada la penuria oficial para asegurar la tranquilidad de todos. Sin embargo, el “coto” representa algo parecido a la tabla que se le arranca al barco para intentar, sin mayor reflexión, salvarse. Sin reparar en que, mucho más solidaria e inteligentemente, es preciso hacer lo necesario para que todo el navío –toda la ciudad- se salve. Si todo el mundo le arranca una tabla al barco, lo único seguro es el naufragio colectivo.

Así, y para empezar, los “cotos” en todo dependen del automóvil e imposibilitan así casi cualquier otra interacción con la ciudad. Forman lunares impermeables en el tejido urbano que, sin la irrigación de la vida comunitaria, fácilmente devienen en zonas perjudiciales para el resto del organismo citadino. Segregan social y espacialmente, y exigen credenciales, registros y fotografías a quienes quieran entrar a sus ámbitos, olvidando que a sus propios habitantes, para ingresar al ámbito común, no les son exigidos tales requisitos. Practican lo que en el campo se conoce como “monocultivo” (exclusivamente “residencial”) y que causa el agotamiento y la esterilidad de la tierra, del contexto vital. Son lo opuesto a la vida a ras de calle -múltiple, variada, diversa- para la que es necesario un pacto de solidaridad y colaboración con la ciudad, el barrio, el vecindario, la cuadra.

Vivir a ras de calle es la opción que por milenios ha distinguido y hecho viable la vida en comunidad para los países con los que compartimos pasado y cultura. Y futuro. Es indispensable hacer lo necesario para volver a la esencia de la ciudad mexicana, latina y mediterránea, a la ciudad que por siglos fue -y a mucho orgullo sigue siendo, a pesar de los pesares- Guadalajara.

Anuncian el coloquio “Ciudades y Desigualdad en el Siglo XXI”

La Universidad de Guadalajara, la Universidad del Valle de México, el Tecnológico de Monterrey, la Escuela Superior de Arquitectura, la Universidad del Valle de Atemajac y el ITESO realizarán del 4 al 12 de septiembre próximo dicho coloquio, donde discutirán el modo como las características arquitectónicas y urbanas han generado una gran división en la zona metropolitana y presentarán propuestas para solucionar este problema.

Esto con la intención de participar en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Vivienda y Desarrollo Sostenible 2016, se destaca que es la primea vez que 6 casas de estudio suman esfuerzos para investigar y diagnósticar en un tema como este.

A la par se redactará un documento y declaratoria de la posición del pensamiento crítico universitario ante los problemas de desigualdad en las ciudades para presentarse en la realización de Hábitat III en Quito 2016.

Para demostrar y discutir cómo la zona metropolitana de Guadalajara es una prueba de desigualdad por las marcadas diferencias arquitectónicas entre la zona oriente y poniente, seis universidades participarán en el coloquio “Ciudades y Desigualdad en el Siglo XXI”, explica el profesor investigador del CUAAD, Daniel González Romero”.

Por: Haremy Reyes

Conferencia: Belleza y sentido de vida en las ciudades. [CCAU]

boletín_Mansur__Este jueves 28 de mayo conferencia en el CCAU a las 8:30pm Entrada libre

Impartida por Juan Carlos Mansur.

A lo largo de la historia, la Ciudad ha sido considerada un refugio y fuente de sentido de vida de la comunidad y las personas que la forman, esto ha sido así a tal punto, que no pertenecer a ella implicaba perder todos los referentes y fue usada en muchas ocasiones como una de las penas más severas hacia sus ciudadanos.

Hoy día parece ser una situación distinta: en muchas ocasiones, la ciudad contemporánea, lejos de ser fuente de vida, termina siendo para muchos el espacio en el que se le pierde sentido; el stress, el aburrimiento, la soledad, el desempleo, la inseguridad y violencia, la pérdida de integración racial, social o económica, son algunas de las enfermedades que acompañan las ciudades contemporáneas, que engendran depresión y angustia en sus habitantes, misma que cobra la vida de un alto porcentaje de personas que o bien mueren por asesinato, o bien a causa de suicidios, lo mismo que de enfermedades que generan las ciudades.

Así, contrario a lo que se vaticinaba, las ciudades contemporáneas no parecen lograr la felicidad que se proponía. Las condiciones materiales, económicas y políticas no cubren las demandas de sus habitantes, y esto, en gran medida porque se ha buscado únicamente satisfacer necesidades materiales y no dar un sentido de vida. Punto importante a considerar si se calcula que para el 2025 el 75% de la población vivirá en las ciudades y que tenemos el extraño fenómeno en el cual la Megalópolis genera anomia y sentimiento de pertenencia en sus habitantes. Lo anterior nos lleva a la reflexión sobre la esencia de la Ciudad hoy día y del papel del Urbanismo y la Arquitectura, de la forma en que se deben diseñar y habitar los espacios, de tal manera que sean generadores de sentido en las personas que lo habitan.

Juan Carlos Mansur.
Filósofo, es profesor investigador de tiempo completo del Departamento de Estudios Generales del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Realizó sus estudios de licenciatura, maestría y doctorado en el área de estética y filosofía del arte. Paralelo a su labor en el ITAM ha impartido cursos y seminarios de Estética a nivel licenciatura y postgrado en diversas universidades de renombre en el país.

Su principal interés en el campo de la Estética está en comprender la manera en que la reflexión sobre la Belleza y el arte se articulan en los sistemas filosóficos y cómo se han transformado a lo largo de la historia de la Filosofía

Más sobre la querella de los planes parciales

Por Juan Palomar

La ciudad, como todo organismo vivo, debe de evolucionar. O si no, languidecer, perder vitalidad, convertirse en un lugar cada vez más ingrato para sus habitantes, menos propicio para la vida en común. 155 mil habitantes menos en el municipio central de Guadalajara durante los últimos veinte años es una cifra elocuente. ¿Qué ha pasado para propiciar semejante éxodo de más de uno de cada diez pobladores?

La respuesta ni es fácil ni se reduce a un solo factor. Pero, tratemos de encontrar una noción generalizadora: la vida se ha vuelto más ingrata en el centro de la metrópoli tapatía. Por muchos conceptos: más cara, más contaminada, más insegura, más congestionada, menos valorada… el resultado es desastroso.

Un desastre que atañe a todos los municipios conurbados en una sola ciudad que se llama Guadalajara. El abandono del centro genera un grave deterioro de la parte más significativa de la urbe y conlleva enormes pérdidas económicas y en calidad de vida; también produce un alto desaprovechamiento de servicios e infraestructuras que, traducido en oportunidades y dinero, es muy cuantioso. Para los territorios de los municipios circundantes, el “desarrollo” masivo de sus áreas periféricas acarrea extensos daños ecológicos, inalcanzables servicios municipales y, sobre todo, la letal dispersión urbana que ataca directamente la calidad de vida de todos los habitantes de la ciudad. Contra todo lo aconsejable, estas han sido las pautas con las que se ha “desarrollado” por años la urbe tapatía.

El principal remedio ante esta situación –antes que la planeación urbana y sus regulaciones- es la conciencia de la ciudadanía sobre cómo es mejor, más ventajoso, económico y sustentable vivir en Guadalajara. Demasiado tiempo ha pasado durante el que los habitantes han carecido de un modelo claro de vida urbana que les permita construir una visión propia del entorno en el que su vida tendría más calidad. En lugar de esto, gracias a los intereses inmobiliarios y al olvido de nuestras propias raíces urbanas, el “modelo” de los llamados “cotos” cada vez más lejanos e invariablemente dependientes del coche ha proliferado, con todas sus taras de concepción, de habitabilidad real, de efecto sobre la mancha urbana en general. Los resultados están a la vista.

¿Cuál sería el modelo opuesto? El barrio. La comunidad integrada y reconocible dentro de la que es posible desarrollar todas las funciones urbanas en un contexto caracterizado por su cercanía, sus espacios comunes y verdes, su razonable densidad, su amenidad e interés, su seguridad, sus lazos de reconocimiento y solidaridad que permiten tanto la participación como la independencia. La muestra vigente está –a pesar de diversas dificultades- en decenas de barrios tradicionales tapatíos cuya vida se desenvuelve satisfactoriamente –y lo podría hacer todavía mejor con sencillas medidas administrativas (incentivos para su identificación y rehabitación, seguridad, aumento de áreas verdes, regulación del tráfico y la contaminación, servicios adecuados o renovados).

Pero, para propiciar e impulsar de nuevo este modelo, es necesario también tener los instrumentos de planeación y regulación indispensables para guiar el futuro desarrollo de los entornos citadinos. El instrumento inmediato –además del indispensable Plan de Ordenamiento Matropolitano y de los Programas Municipales de Desarrollo Urbano, que trazan las líneas generales- se llama Plan Parcial. Deseablemente, este instrumento siempre revisable y perfectible, circunscrito a zonas racionalmente determinadas de la ciudad, no solamente debe ser una herramienta normativa: debe ser sobre todo una proyección comprensible y compartible de cómo cada rumbo, cada barrio deberá evolucionar y consolidarse.

El muy considerable esfuerzo realizado por el ayuntamiento de Guadalajara por adecuar a nuestras circunstancias los planes parciales de urbanización se ha topado con un lamentable obstáculo: una resolución judicial determinada por el TAE, una instancia que carece de la mínima autoridad intelectual o técnica para decidir sobre estos asuntos (que simplemente “judicializa” lo urbano). El resultado: el continuado perjuicio de millones de habitantes contra el beneficio de unos pocos. ¿Hasta cuándo?