Humberto Ricalde o el risueño francotirador

Homberto Ricalde en el CCAU Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana en el Curso Seminario: Arquitectura y Pensamiento Contemporáneo OTOÑO 2012.

Por Juan Palomar.

Hace dos días se murió de su muerte uno de los más notables arquitectos que este país produjo en los últimos años: Humberto Ricalde. Con su partida deja un hueco que muchos lamentamos hondamente y que no parece fácil de llenar en un buen tiempo. Dueño de un humor a toda prueba, propietario de un ojo crítico de alto refinamiento, gozoso disfrutador de conversaciones, viajes y fiestas; colaborador atinado y sensato de los mejores arquitectos de México, maestro capaz de enardecer a los alumnos y guiarlos por la senda del entusiasmo y el conocimiento: todo esto y más fue este yucateco simpatiquísimo, de afilada lengua y sensato juicio.

Quien escribe esta columna no tiene más remedio que relatar la última visita que Humberto hiciera a Guadalajara con motivo de impartir una conferencia en el CCAU. Al día siguiente pidió que alguno de los estudiantes lo llevara a ver una obra que le interesaba (el Liceo Franco Mexicano) y acto seguido apareció en la terraza y llenó la casa de risas, juicios, noticias y comentarios que juntaban lo entrañable con lo insólito. El tequila volaba y su manera de habitar y volver propia otra casa asombraba a los niños que lo miraban azorados. Luego accedió gentilmente a impartir un par de talleres en la Escuela de Arquitectura del ITESO, en donde logró una vez más dejar boquiabiertos y pensativos a una treintena de aprendices. Sus sugerencias y referencias recorrían la antigüedad clásica, el Renacimiento, la protomodernidad, las últimas hechuras de los arquitectos más visibles… Era un surtidor de posibilidades, una fuente de búsquedas y caminos insospechados. Para quienes tuvimos el privilegio de ser sus amigos y compañeros de episodios académicos y profesionales la compañía de Humberto fue siempre deslumbrante por sus conocimientos y, sobre todo, divertida por sus osadas ocurrencias. Era un profesional de la fiesta, la celebración, la gracia y el ingenio siempre agudo.

Conoció a todo mundo que valía la pena conocer. Emparejó su suerte con el Taller Max Cetto de la UNAM, colaboró con el mismo Luis Barragán, con Andrés Casillas, con Augusto Álvarez, con Alberto Kalach… Utilizaba su inteligencia con una certeza de francotirador que sabía unir lo mortífero de sus proyectiles verbales con la bonhomía yucateca que nunca perdió. Escribía estupendamente y dejó una porción de ensayos memorables que sus amigos deberían de reunir en una digna publicación.

En un taller impartió hace unos meses en la casa de Luis Barragán de Tacubaya propuso a sus alumnos de la Universidad de Arkansas un estudio detallado de las rinconadas y vericuetos del barrio. El resultado, consistente en dibujos a mano alzada y maquetas, era deslumbrante. Dudo que los gringos hayan tenido un maestro equivalente en talento y capacidad de comunicar la poesía implícita en esas callejuelas desastradas, transfiguradas gracias a su genio en lugares de encantamiento y serenidad. Sus visitas guiadas a la casa de Barragán eran un prodigio de originalidad e inventiva juguetona e inquietante.

Vamos a extrañar mucho a Humberto. Ya estará en el cielo de los grandes arquitectos, tequila en ristre, armando una fiesta de alarmantes proporciones e imprevisibles, felices consecuencias.

Conferencia: Art-quitectura: una práctica colaborativa, participativa y práctica. [CCAU]

Conversación de un “quehacer práctico desde la arquitectura”:   generar siempre nuevas relaciones espaciales a partir de eventos, encuentros de diálogo,  sorpresas, nuevos modos de comunicación. Programar proyectos a partir de acciones, de fórmulas, de modelos participativos, abiertos y comprometidos con nuevas formas de pensar, donde la arquitectura a través de su oficina artística, permite cruzar límites, romper normas, descubrir nuevas experiencias colectivas.

Imparte Laura Janka

La cita es este jueves 27 de septiembre a las 8:30pm en el CCAU Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana (sede del Laboratorio Sensorial) entre Juan Manuel y Justo Sierra.  Entrada Libre.

Laura Janka Zires estudió arquitectura en la UNAM y en la Escuela Técnica Superior de Madrid y diseño urbano en la Escuela de Diseño de Harvard.

En 2005-2006 fue becaria del FONCA y del 2007 al 2008 trabajó en la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda siendo coordinadora del Programa de Recuperación de Espacios Púbicos en el Distrito Federal, con lo cual pudo irse a China por cuatro meses a desarrollar una investigación y propuesta sobre espacios públicos y sistemas peatonales. En el 2008 se incorporó al Centro de Transporte Sustentable México colaborando como coordinadora del proyecto Desarrollo Orientado al Transporte Sustentable dentro de la Dirección de Movilidad y Desarrollo Urbano.

Del 2009 al 2011 Laura hizo su maestría de diseño urbano en la escuela de diseño de Harvard (Harvard Graduate School of Design) donde fue co-representante del grupo de estudiantes gsdLATINO. Desde entonces  ha actuado como consultora para la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda de la Ciudad de México con proyectos como el Atlas de Espacio público y la plataforma urbana CiudadMX; así como para el Centro de Transporte Sustentable México.

De manera paralela, Laura está formalizando su propia práctica sobre nuevas prácticas urbanas y  performance y es co-fundadora de  Se habla inglés, una plataforma colectiva  y colaborativa.

Laura es profesora de proyectos 4 en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

Desde febrero del 2012, Laura es la Asesora dentro de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda desarrollando y concluyendo el proyecto del Programa General de Desarrollo Urbano del D.F.

Más reflexión y menos intelectualización: Humberto Ricalde [El Informador]

El arquitecto considera ejemplar la Cruz de Plazas de Guadalajara.

El yucateco, radicado en el df, es una referencia por su trabajo en la UNAM y en diversos despachos

GUADALAJARA, JALISCO (22/SEP/2012).- Presente en Guadalajara para dar una charla titulada “Sentir, Pensar y Habitar” en el Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana, Humberto Ricalde –nacido en Mérida, Yucatán (1942) pero radicado en el Distrito Federal— habla sobre sus 70 años de vida y los 46 de estos que le ha dedicado a su quehacer profesional. Libre, sin ataduras a un despacho para su producción arquitectónica o grupo alguno de gestión ejecutiva o ideológica, su único apego ha sido el académico como parte medular del taller Max Cetto de la UNAM.— Arquitecto, las personas del CCAU comentan que a usted le gusta mucho venir a Guadalajara.

—Sí, yo les decía que son las prebendas de tener 70 años y de haber venido por primera vez en 1960 o 61, hace 50 años. Y es extraño porque llega uno a esta edad y no se siente viejo, y además de haber estado aquí hace 50 aún creo que es una ciudad bellísima. Siempre lo he dicho: su sistema de Cruz de Plazas tiene una prestancia que ningún otro centro histórico tiene. La idea de Ignacio Díaz Morales de estructurar así, enmarcar el Teatro (Degollado), comunicar estas diversas plazas, el Palacio de Gobierno y prolongarlo hasta el Teatro… porque después la otra intervención, la que llega hasta el Hospicio Cabañas, fue excesiva. Yo conocí la Cruz de Plazas sin la Plaza Tapatía, una intervención maravillosa, radical, con las fuentes que rodean al teatro, los naranjos y la Rotonda de los Hombres Ilustres. En fin, siempre digo que al menos la parte estructurada del centro da una sensación centroeuropeísta.

— ¿Y a la distancia, arquitecto, cómo ve Guadalajara?

—Hacía cinco años que no venía. Lo que vi en el aeropuerto –me dicen que lo reformaron hace apenas unos años—… tiene escala, es grande pero es muy amable y no es monumental, porque por ejemplo –y vamos hacer la crítica— la Terminal 2 de Francisco Serrano (en el Distrito Federal), claro que se necesitaba, pero la sección de los agujeritos lo hace poco amable aunque internamente tiene muy buena luz, y ves este, con todas sus adiciones e intervenciones, y es muy cordial. También vi el hotel (Riu), es bastante digno como acento urbano. Pero un día Juan Palomar me llevó al Centro Cultural Universitario y vi el teatro (Telmex)… ¿de quién es esa intervención? (es obra de José de Arimatea Moyao. NDLR). Peca de monumental. Mucho. Y los edificios urbanos deben ser a la escala de donde actúas y a veces en la arquitectura de Serrano y de toda esa escuela, hay algo de monumentalidad.

— ¿Con quiénes se ha asociado en estos 46 años?

—Antes de irme a Europa trabajé diez años con Augusto Álvarez, el gran racionalista funcionalista que era mi paisano. Cuando regresé estuve con Félix y Luis Sánchez Arquitectos, ahí puedes contar otros 18 años. No es que haya estado los 18 pero cuando había intervenciones urbanas grandes o conjuntos habitacionales, la torre en el remate de Reforma donde está el caballote de Sebastián –iba a ser un hotel y acabó siendo oficinas— y también la prolongación de Reforma hasta el Desierto de los Leones. Eran intervenciones urbanas tan grandes que a veces poníamos oficina específica, digamos, conmigo como jefe de taller para desarrollarlas. Bueno, diez y 18 suman 28. Después estuve con López Baz y Callejas ocho años, vamos en 36. Y hasta hace dos años estuve 10 años con Moisés Becker. Ahí están los 46.

— ¿A dónde se fue los cinco años que menciona?

—Hice mi maestría en Praga, en diseño arquitectónico en la Escuela de Artes y Oficios y después, como admiro muchísimo al arquitecto Alvar Aalto y una finlandesa me invitó a ese país, estuve ahí un par de años. Verdaderamente es una tierra maravillosa, llena de tradiciones profundísimas. Busqué trabajo en la Sociedad de Arquitectos y como en la oficina 24 encontré algo… La gente dice que yo trabajé con Alvar Aalto pero yo no trabajé con él, yo trabajé en una oficina de planificación urbana, pero Giovanna, mi mujer, sí. Ella es especialista en espacios teatrales y Aalto estaba haciendo uno.

— ¿Cuáles son algunas obras suyas que lleva en el corazón?

— Sí. El conjunto Unidad Latinoamericana con Félix y Luis Sánchez que está entre avenida Universidad y Cerro del Agua, son mil 640 viviendas. No está firmada, pero fue maravilloso hacerla siempre con las prisas burocráticas porque Luis Echeverría la inauguró un 20 de noviembre ya que el 1 de diciembre cambiaba la presidencia.

Con Moisés Becker un edificio en Prados Sur, publicada en Arquine, es un edificio para oficinas para una agencia informática y es un edificio que él y yo hicimos con mucho cariño. Con Alberto Kalach, dos edificios en concreto que yo desarrollé ejecutivamente, digámoslo así. Unos son de los años setenta, otros de los ochenta, y hay que aclarar que todos son en coautoría, o sea, no soy el arquitecto que firma obra, la firmo pero con quien me invita.

— Al entendimiento de la arquitectura que tenemos hoy, ¿qué le quitaría y qué le sumaría?

—Le quitaría excesos de interpretación intelectual y racional, y me acercaría más a un entendimiento integral de la arquitectura. Más reflexión y menos intelectualización, eso haría yo con la arquitectura.

Por: Ana Guerrerosantos El Informador

Ricardo Legorreta, 1931-2011

Juan Palomar Verea

Ricardo Legorreta, 1931-2011

Más allá de la apreciación dictada por las modas más o menos efímeras, Ricardo Legorreta es uno de los arquitectos más importantes del México contemporáneo. En los últimos veinticinco años ningún otro arquitecto mexicano en activo tuvo tal repercusión -tanto por sus obras como por la publicación de ellas- en el propio gremio arquitectónico, en el contexto estudiantil y en los medios nacionales e internacionales.

El discurso principal que guió su trabajo mucho tuvo que ver con la reivindicación de una cierta mexicanidad que encontró en los teóricos del llamado regionalismo crítico la formulación de un programa que exaltaba el uso de los materiales tradicionales, el color y un código formal reconocible como las herramientas para proponer una arquitectura “propia y pertinente” para su tiempo y su circunstancia. Es indudable que, con estos principios, Ricardo Legorreta supo conectar su ejecutoria con los usuarios de su obra y con una sensibilidad ampliamente difundida en el contexto nacional y aún extranjero. No es esto, de ninguna manera, un logro menor.

Su trayectoria es muy interesante. Egresado de la Escuela de Arquitectura de la UNAM, tuvo y reconoció siempre en José Villagrán García a su maestro original. El funcionalismo sin concesiones de su mentor fue su punto de partida y la marca de sus primeros trabajos. Ese rigor programático y constructivo sin duda lo acompañó a lo largo de toda su trayectoria. Sin embargo, a mediados de los años sesenta, a través de la colaboración con Matías Goeritz para el símbolo de la fábrica Automex en Toluca, Legorreta conecta con otra matriz formal, derivada de lo que Goeritz y Barragán llamaban la arquitectura emocional. De allí derivó a una obra que sería, al final, la más poderosa y definitiva para su carrera: la que efectuó, con Luis Barragán como asesor, para la realización del Hotel Camino Real de la Ciudad de México en 1968. Todo el resto de la carrera de Legorreta se mide contra esta obra maestra del género hotelero, en donde el refinamiento de la escala doméstica es exitosamente llevado a lo monumental, y en donde la colaboración con otros artistas (Jesús Reyes Ferreira, Tamayo, Alexander Calder, el propio Goeritz…) es ejemplar. La huella de la influencia de Barragán en sus posteriores realizaciones es evidente, y sin duda benéfica.

Su entusiasmo y su caballerosidad fueron siempre legendarios, y ejemplares. La pasión con la que exponía ante audiencias nacionales y extranjeras su obra, y la manera como insistía en que esa obra rendía homenaje y se nutría de los valores mexicanos, despertaba en quienes lo oían una respuesta siempre cálida y cercana. Era usual que terminara sus intervenciones entre aplausos de la concurrencia puesta de pie. Había en él una genuina y potente creencia en el arte popular de México como la clave para un mejor futuro de la arquitectura. Sus mejores momentos dejan clara esta vertiente creativa. Junto con su hijo Víctor siguió intentando, hasta el final y con valentía, nuevas alternativas dentro de los códigos de su elección.

En Guadalajara existe por lo menos una obra de Ricardo Legorreta que será necesario valorar y proteger: el edificio originalmente proyectado –a mediados de los años noventa- para un banco, en la esquina surponiente de la avenida Vallarta y Duque de Rivas. Es una obra digna y representativa de la madurez creativa de su autor.

Con Ricardo Legorreta nuestro país pierde a uno de sus más notables arquitectos y a uno de los más fervientes creyentes y promotores del arte y la creatividad nacionales. Los que tuvimos la fortuna de conocerlo perdemos también a un ser humano cálido y comprometido con su oficio, a un arquitecto siempre dispuesto a dialogar sobre su quehacer y a compartir sus preocupaciones y hallazgos. Descanse en paz.

jpalomar@informador.com.mx