La revolución bolivariana recluta a los astros de la arquitectura mundial

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El gobierno de Venezuela tiene en nómina a Frank Gehry y Richard Rogers para que levanten fastuosos recintos deportivos y culturales

El presidente de Venezuela, junto al arquitecto Frank Gehry / REUTERS

Frank Gehry, el astro mundial de la arquitectura de autor, presentó el pasado martes al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, la maqueta de lo que será la sede del Centro Nacional de Acción Social por la Música en Barquisimeto, ciudad capital del estado de Lara (centro-occidente del país). El encuentro, que tuvo lugar en el Palacio de Miraflores, en Caracas, sede de la Presidencia de la República, contó además con la presencia del director de orquesta Gustavo Dudamel.

Barquisimeto es la ciudad natal de Dudamel, director residente de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles, Estados Unidos, y el producto más acabado hasta ahora del Sistema Nacional de Orquestas y Coros Infantiles y Juveniles de Venezuela, mejor conocido como El Sistema. Se trata de una red de difusión y enseñanza masiva de la música culta con propósitos de redención social. Aunque fundado en 1975 por inspiración de José Antonio Abreu –su director todavía, 39 años después-, durante los últimos 15 años el régimen bolivariano de Hugo Chávez y Maduro lo ha costeado con generosidad. Precisamente durante la reunión del martes, el mandatario venezolano ratificó su meta de contar con 1.300.000 jóvenes participando de El Sistema en 2019. “Este año crecimos de 400 mil a 623 mil jóvenes dentro del Sistema, realmente es maravilloso”, se congratuló.

Gehry, canadiense que vive en Estados Unidos, ha sido merecedor del Premio Pritzker –considerado el Nóbel de la arquitectura, en 1989- y del Príncipe de Asturias de las Artes en 2014. Sus edificios de complejas formas orgánicas se han convertido en verdaderos emblemas de la posmodernidad, como la sede del Museo Guggenheim de Bilbao, hito de la recuperación urbana de la ciudad vizcaína. Las recientes inauguraciones de dos de sus obras, el Museo de la Biodiversidad en la Ciudad de Panamá y la Fundación Louis Vuitton de París, dejaron en claro que a sus 85 años Gehry se mantiene en plena forma creativa.

Como testimonio de su inserción en la cultura popular contemporánea, Gehry es el único arquitecto que ha aparecido como un personaje de la serie de dibujos animados Los Simpsons, en su temporada 16 de 2005. Una de sus obras, el Walt Disney Concert Hall de Los Ángeles, cumple un rol central en la comedia romántica Celeste & Jesse Forever, un largometraje que Rashida Jones y Andy Samberg estelarizaron en 2012. Ese edificio sirve de sede a la Filarmónica de la metrópoli californiana, a cuyo patronato Gehry contribuye y donde forjó una amistad con Dudamel.

Dudamel, de 33 años de edad, reclutó a Gehry para su proyecto venezolano, un complejo artístico con dos salas de conciertos con capacidad para 3.700 espectadores. Una de ellas se llamará Sala Gustavo Dudamel.

A pesar de la severa crisis económica del país –durante el último semestre del año Venezuela ha perdido 40% de su previsión de ingresos en divisas por la caída de los precios del petróleo-, Maduro aseguró que su Gobierno va a “inyectar los recursos” necesarios para la obra, cuyas fechas de inicio y terminación no fueron dadas a conocer.

Otro arquitecto de renombre internacional, el británico Richard Rogers –Premio Pritzker 2007, padre del Museo Pompidou de París o de la T4 del aeropuerto de Barajas, que sirve a Madrid- ha sido comisionado para el diseño de los nuevos estadios de fútbol y béisbol de Caracas. Ambos recintos ya se construyen en los espacios de lo que será el Parque Hugo Chávez, un área recreativa de 250 hectáreas al suroeste de la ciudad. Rogers conoció a Chávez en 2007 a través de Ken Livingstone, ex alcalde laborista de la ciudad de Londres, cuya gestión tuvo en su momento un convenio con el Gobierno de Venezuela para el suministro subsidiado de combustible para el transporte público.

¿Se acerca el final de la gran arquitectura?

Fuente: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/04/27/actualidad/1398626299_206791.html

Museo Ningbo, en el Este de China, diseñado por el arquitecto Wang Shu, que recibió el Premio Pritzker en 2012. / STR (AFP)

“Afortunadamente, en la agenda de los políticos ya no está hacer edificios monumentales. Pequeñas acciones para activar las ciudades y sus espacios públicos son la solución que reclama la sociedad civil”. El que habla es el mexicano Mauricio Rocha, un arquitecto excepcional porque, con proyectos como la Escuela de Artes Plásticas de Oaxaca, ha sido capaz de abrir una vía de futuro aunando la arquitectura humilde del adobe con la monumental de las grandes proporciones. Aunque puede pecar de optimista y a pesar de que el equilibrio que representa su obra es frágil, el proyectista no está solo en su defensa de un cambio en la manera de construir. Y es que, entrado el siglo XXI, la arquitectura está llegando a ámbitos pobres y alejados del poder donde nunca estuvo presente. Ese nuevo campo de actuación agita el debate mezclando motivaciones sociales y culturales.

Muchos de los últimos reconocimientos, como el reciente Premio Pritzker al japonés Shigeru Ban —autor de arquitecturas de emergencia— o el de hace dos años al chino Wang Shu —que levanta edificios reutilizando los escombros de otros—, reconocen el valor y la oportunidad de una arquitectura que antepone la utilidad a cualquier otro factor. También lo han hecho instituciones como el MoMA de Nueva York, que montó la exposición Small Scale Big Change despreocupándose, por primera vez en su historia, de la carga formal que representaban los edificios expuestos.

Así, el reconocimiento a otra manera de construir y pensar la arquitectura se extiende. Sin embargo, esa misma puesta en valor siembra de dudas la crítica especializada y los programas de las escuelas donde se forman los futuros proyectistas. ¿La atención a las pequeñas arquitecturas terminará con los grandes proyectos? ¿El aplauso a los trabajos realizados con escasez de medios desactivará el despliegue técnico y presupuestario necesario para levantar edificios emblemáticos?

Tradicionalmente asociada al poder por su enorme dependencia económica (es evidente que sin dinero no se puede construir), la arquitectura del siglo XX ya rompió un molde. Por primera vez en la historia, sus creadores se interesaron por algo que hasta entonces había permanecido paradójicamente ajeno a su disciplina: la construcción de las viviendas de buena parte de la humanidad. Con más arquitectos y más ciudadanos, ya no había palacios (ni catedrales, estaciones o museos) para todos los que podían proyectarlos. Al mismo tiempo, con una población mayor asentándose en las ciudades, la autoconstrucción (la vía tradicional para hacerse una casa) quedó descartada. Fue así como los proyectistas comenzaron a diseñar viviendas unifamiliares (para unos pocos) y bloques de pisos (para casi todos). En términos generales, los arquitectos del siglo XX solucionaron parcialmente ese problema. Sin embargo, en su mayoría desaprovecharon el componente cultural de su aportación. Es decir, parchearon el problema sin asentar una cultura del hábitat. La suya fue una ocasión perdida porque solo un número limitado de bloques de pisos logró, además de dar cobijo a sus habitantes, mejorar su vida, facilitar su convivencia y mejorar la ciudad donde fue construido.

El profesor de la Escuela de Arquitectura de A Coruña Carlos Quintáns opina que “aunque las catedrales y los palacios no siempre tuvieron un coste aceptable económica y humanamente, en los últimos años la voracidad económica ha llenado territorios inútilmente para conseguir más dinero en menos tiempo con el mínimo esfuerzo”. Así, a veces por el riesgo que implican los experimentos, otras por impericia y casi siempre por anteponer los intereses económicos a cualquier otro factor, arquitectos y sociedad perdieron la oportunidad de aportar cultura con la construcción de viviendas. Eso ocurrió en el siglo XX. En el XXI la oportunidad es otra.

Según una reciente encuesta elaborada por el Sindicato de Arquitectos, en España el número de profesionales se ha multiplicado por tres en 30 años (de 10.600 a 60.000). En ese tiempo, el país casi ha doblado su número de pisos. Con semejante parque de viviendas construido —3,4 millones vacías—, parece llegado el momento de plantear cuál puede ser el futuro de la arquitectura. Y de los arquitectos. La respuesta más optimista es que ahora que ha dejado de ser un negocio muy lucrativo para unos pocos, esta disciplina podría acercarse adonde puede conseguir un poder transformador, a las necesidades urgentes. El peaje es caro, exige un cambio de prioridades y una transformación de la propia disciplina. A su vez, abre el debate de si se separarán definitivamente dos tipos de arquitectura: la humilde y la grandiosa.

Negando esa separación, cada vez son más los proyectistas dispuestos a trabajar con pocos medios y, llegado el caso, a proponer soluciones de emergencia. Son estos arquitectos, en su mayoría jóvenes, los que acaparan la atención internacional y los que dejan entrever un cambio de prioridades en la arquitectura del futuro. Sin embargo, la reivindicación de una arquitectura humilde, que aproveche materiales y recursos locales y la defensa de la reparación por encima de la inauguración no son nuevas. Los británicos Alison y Peter Smithson ya defendieron, hace cuatro décadas, una arquitectura “heroica y cotidiana a la vez”. Instaron a revitalizar lo existente y a aplicar nueva energía a lo cotidiano, por encima de seguir proponiendo renovaciones formales o revisiones conceptuales.

“Estamos acostumbrados a encumbrar obras impolutas donde cada detalle está finamente calculado, calibrado, pero ese es un lujo al que muy pocos pueden acceder. El mundo diario de muchos arquitectos es el de las remodelaciones, el reciclaje y las transformaciones. Por eso en la arquitectura, tan o más importante que la idea brillante es la economía de la misma, la velocidad de su ejecución y el máximo aprovechamiento de lo existente”. Esta es la visión del joven arquitecto peruano Aldo Facho Dede, pero incluso un veterano como el chileno Enrique Browne es capaz de ver el cambio: “Hay proyectistas jóvenes capaces de captar el espíritu del mundo de hoy: los problemas de la sociedad mas allá de la arquitectura. Son gente que para diseñar utiliza más información de periódicos que de revistas de arquitectura. Producen una arquitectura posible. Son un germen pero, de difundirse, cambiarán la arquitectura”.

Desde Medellín, Martha Thorne, directora ejecutiva del Premio Pritzker, admite que en la arquitectura actual coexisten muchos enfoques y actitudes. “Pero espero que los grandes retos de la sociedad cobren más importancia, ya que la arquitectura y el diseño pueden hacer grandes aportaciones”. En México, Marcelo Rocha lo corrobora. El proyectista está convencido de que “los grandes retos del futuro serán arquitecturas que funcionen como acupunturas transformando la relación entre los espacios urbanos. El gran ganador debe ser lo público”.

Esa idea de lo público ha calado en el discurso de numerosos profesionales. Sin embargo, el significado no es siempre el mismo. Zaha Hadid, por ejemplo, considera que el colosal centro cultural Heydar Aliyev que inauguró en Bakú hace unos meses es un gran espacio público, pero salta a la vista que es igualmente grande como anuncio del régimen, más hereditario que democrático, que ostenta el poder en Azerbaiyán.

Al otro lado del teléfono, Hadid defiende que “la arquitectura no sigue modas ni ciclos políticos o económicos, sigue la lógica inherente a la innovación tecnológica y el desarrollo social. La actual sociedad se tambalea y, por lo tanto, sus edificios deberán evolucionar”. Hay acuerdo pues en que la disciplina debe cambiar. El desacuerdo está en cómo y hacia dónde. “Lo que de verdad es nuevo hoy son los niveles de complejidad social. Con el 50 % de la población del planeta viviendo en ciudades, el urbanismo debe proponer algo más que repetición y compartimentación para lidiar con la densidad y la complejidad de los nuevos barrios”, continúa Hadid.

Carlos Quintáns, fundador de la revista Tectónica, que lleva años abogando por la calidad de la construcción por encima de la plasticidad de las formas, opina, sin embargo, que la gran arquitectura del futuro “no estará en edificios con una capacidad expresiva ilimitada. Nuestro papel vendrá de la mano de construir lo necesario, de corregir lo que se ha hecho mal, y de dotar de sensatez a tanta locura. Haremos arquitecturas que no se peleen sino que se entretejen con lo heredado”. El arquitecto Miquel Adriá, director de la editorial mexicana Arquine, está de acuerdo. “Una de las tareas pasará por reciclar lo construido”, dice. Y recuerda que “hay más ruinas recientes, de los últimos 25 años, que del resto de la historia”. De ahí la idea de Rocha de una arquitectura como acupuntura en favor de lo público. Sin embargo, y con respuestas diametralmente opuestas, Hadid también defiende la importancia de lo público. “Parte del trabajo de la arquitectura es que la gente se sienta bien donde vive o trabaja. No se trata de hacer escenarios en los que la gente sobreviva sino de diseñar lugares en los que nos guste vivir. Si lo que hacemos es considerado icónico es por su calidad, no porque represente algo más. Que nuestros proyectos sean reconocibles no es un objetivo, es una consecuencia de nuestra manera de trabajar”, explica. En ese punto, Quintáns recurre al crítico John Ruskin, que aseguraba que la calidad nunca era una casualidad, y reta a los edificios recientes a hacer la prueba de convertirse en ruina. “Una buena estructura permanece, puede ser reutilizada. ¿Soportaría Dubai la desnudez de convertirse en ruinas?”.

Por su parte, Martha Thorne opina que los monumentos “solo tienen sentido si recuerdan algo importante” y argumenta que “una arquitectura concebida no solo al servicio de las élites, sino como agente de cambio —de la calidad de vida en las ciudades, la igualdad social, o la sostenibilidad medioambiental— significará un gran paso hacia delante”. ¿Cómo dar ese paso desde lejos del poder?

El reciente premio Pritzker, Shigeru Ban, atiende a EL PAÍS por teléfono desde París para insistir en que, a pesar de que se le tilda de arquitecto humanitario —es famoso por sus estructuras de tubos de cartón reciclado—, a él le interesan todas las escalas de su disciplina. Señala que no se considera un modelo para nuevas generaciones de arquitectos y se muestra molesto cuando se le pide que concrete las prioridades arquitectónicas para este siglo: “Yo sé lo que yo quiero hacer, pero no lo que está disciplina será o dejará de ser”. El japonés, que no cobra por dedicar la mitad de su tiempo a enseñar a construir las viviendas de emergencia que lleva décadas diseñando, está convencido de que “al final, todo se reduce a una elección personal: lo que uno quiere ofrecer u obtener de la vida”.

En cuanto al futuro, Adriá ve una vía de esperanza en uno de los frentes que, paradójicamente, más se está cuestionando hoy: la tradicionalmente esmerada, y costosa, formación de los arquitectos. En su opinión es esa amplia educación lo que está permitiendo que quien no puede construir sea capaz de hallar alternativas laborales en otros ámbitos. Por eso insiste en reforzar los estudios. También Quintáns insta a sus alumnos a acostumbrarse a trabajar con condiciones, “no solo las absurdas de las normas, también las de la lógica de la tradición, las del clima o el paisaje”.

En la formación y en el conocimiento del pasado están muchas de las claves para adaptarse al futuro. Sin embargo, Adriá cuenta que, recientemente, los lideres de Archdaily —el mayor blog de arquitectura global— decían que los estudiantes preguntan y Google responde. ¿Cómo se hace una vivienda? ¿Cómo se repara una puerta? “Ellos defienden que así se aprende arquitectura, pero yo discrepo”, insiste. “Creo que la buena educación sigue pasando por la construcción del espíritu crítico y la capacidad para formular preguntas inteligentes. Google no resuelve esto. Archdaily tampoco”.

Shigeru Ban Premio Pritzker 2014

El premio Pritzker de 2014 es el arquitecto japonés: Shigeru Ban.

Shigeru Ban (Tokio, 1957)

Estudió en Sci-Arch en Los Angeles y luego en  Copper Union, Nueva York en Estados Unidos para luego volver a Japón y fundar su oficina.

Desde el inicio de su carrera, experimentó con la construcción con tubos de papel. Una constante que se desarrollaría a lo largo de su carrera destacando entre muchos proyectos su trabajo con materiales sostenibles y una preocupación por el reciclaje de los edificios.

La mayoría de sus edificios las juntas son con el mismo tipo de material, lo que los hace fácilmente desmontables y reciclables.

Destaca también su preocupación por la creación de arquitecturas de emergencia, habiendo construido casas de emergencia para tragedias como tsunamis, terremotos y refugiados en varias latitudes (Japón, Nueva Zelanda, Haití, Congo)

A su vez el Sr. Ban ha trabajado extendiendo las capacidades de materiales, como en el Museo Metz Pompidou, la fabulosa colaboración con Otto Frei dio como resultado el pabellón de Japón de la Expo de Hannover.

Algunas de sus destacadas obras son

Fuente: www.edgargonzalez.com

La arquitecta escondida

Lu Wenyu, mujer y socia del premiado Wang Shu, renunció en 2012 al premio Pritzker para evitar la fama

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“Soy como una planta. Nací y crecí en el mismo sitio. Salí de China por primera vez con 37 años. Hasta entonces no sabía cómo era el mundo. Pero cuando lo vi, lo que me sorprendió fue que en todas partes descubría similitudes con mi ciudad, Hangzhou. Estaba en las calles italianas. Hoy la he vuelto a ver en las de Segovia”. La arquitecta Lu Wenyu (1966) dio una charla el fin de semana pasado en el Hay Festival. Por primera vez, fue ella quien habló en público. Y lo hizo con tanta consistencia y pasión que parecía que llevara toda la vida haciéndolo. En realidad lleva 12 años dando clase. Con su marido, el premio Pritzker Wang Shu, fundó en 1998 el estudio Amateur Architecture. Y tres años después la escuela de arquitectura de su ciudad, al este de China. “Con un edificio puedes hacer poco. Dar clases era la única manera de multiplicar el impacto de lo que nos parece fundamental: no destrozar China. La globalización comenzó hace siglos, pero debería ser suma y no destrucción. En mi país las antiguas aldeas son destrozadas, por eso abogamos por trabajar con los restos, por construir a partir de esa destrucción”.

Autores del Museo de Ningbo, construido en parte a partir de los restos de otros edificios, llevan 25 años juntos: “nos hemos convertido en uno”. Y aunque juntos trabajan en su pequeño estudio y juntos fundaron la escuela de arquitectura de esa ciudad solo él recibió el Pritzker el año pasado. “Wang Shu no lo encontraba justo. E insistió en compartirlo, pero no quise”. Y da dos razones. La primera: “quiero una vida y prefiero pasarla con mi hijo. En China pierdes la vida si te haces famoso. Allí no aceptaría ninguna entrevista. Y en un país de lengua inglesa tampoco”, explica después de asegurar que esta es su primera entrevista.

La segunda es que su arquitectura “es la que siempre ha querido hacer él. Yo realmente quería ser bióloga, no soy una arquitecta vocacional, soy una convencida”. ¿Construir a partir de la destrucción es entonces idea de su marido? “Sí, pero la he hecho mía. Y espero que mucha más gente la haga suya. Tiene sentido. No le sigo a ciegas”.

Pero lo que es mejor para su vida podría no ser tan bueno para muchas arquitectas del mundo. “Puede que eso no las haga felices. Soy consciente de que ahora en China hay más mujeres arquitectas que arquitectos, mientras que cuando yo comencé solo el 10% era mujer. Pero yo debo ser justa con lo que creo”.

Con todo, sí aceptó en 2011, el premio Schelling que comparte con su marido. “Sabía que no cambiaría mi vida”, dice con una sonrisa. “Soy feliz de poder hacer la arquitectura que creo que ayuda a que nuestros pueblos y ciudades sean mejores. Estoy convencida de que hablar de ello despierta interés en otras personas, pero no quiero ser famosa. Y si estoy equivocada, sé que el error es el efecto secundario de tomar decisiones. Si no admitimos el error nos convertimos en personas monotemáticas”.

Fuente:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/09/30/actualidad/1380569553_963993.html

“En la arquitectura hace falta menos ego y más miedo”

Entrevista a Denise Scott Brown por

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/04/23/eps/1366712866_157748.html

Denise Scott Brown. / TOMÁS CASADEMUNT

Con 81 años, la arquitecta y urbanista Denise Scott Brown (Nkana, Zambia, 1931), crecida en Johanesburgo, formada en Roma y Londres y afincada en Filadelfia, ha viajado recientemente a México, donde la entrevistamos, para presentar la primera edición en español de su libro Armada de palabras (Arquine). En 1991, cuando su socio y marido, el arquitecto Robert Venturi, viajó al DF a recoger el prestigioso Premio Pritzker, ella no lo acompañó. Entendió que ese galardón debía haber sido también para ella, porque hacía 26 años que firmaban conjuntamente sus edificios y eran las ideas de Scott Brown sobre la importancia de lo ordinario –hoy recuperadas en el currícu­lo académico de universidades como Columbia– las que armaron algunos de sus libros míticos como Aprendiendo de Las Vegas. En las últimas semanas, una petición promovida por estudiantes graduadas de Harvard en change.org para que Scott Brown comparta el Pritzker de su marido lleva acumuladas más de 5.000 firmas. Entre ellas, la de la también Pritzker Zaha Hadid y la del propio Venturi. Por eso, irónica, comenta que cuando su esposo llegó al DF entró en el palacio presidencial a recoger ese premio y ella, en cambio, ha llegado hasta el pedregal de Santo Domingo para ver cómo tres generaciones de una familia viven, y trabajan, en los veinte metros cuadrados de una vivienda de autoconstrucción: “La cultura predominante frente a la cultura dominante”.

Aunque ella y Venturi lideraron durante los años ochenta una de las vanguardias más extrañas de la historia de la arquitectura –la posmoderna, el cíclico regreso al simbolismo de la historia como reacción frente al maquinismo de la modernidad–, por encima de los más de 200 edificios que ha levantado, el legado de Scott Brown está en la actitud de su arquitectura, que se ha esforzado en buscar inspiración en lo cotidiano. Así, la ampliación de la National Gallery de Londres, concluida en 1991, fue uno de sus trabajos más criticados por quienes consideran que la arquitectura debe hablar de su tiempo y no mimetizar los edificios existentes. Sin embargo, 22 años después, uno no repara en esa ampliación. El cuerpo añadido forma parte de ese rincón londinense porque atiende tanto al peatón como a la monumentalidad de Trafalgar Square. Las ideas de esta arquitecta y urbanista hablan desde ese edificio. “Observar lo ordinario puede resultar feo. Pero es importante”.

PREGUNTA: ¿La falta de prejuicios será la mayor conquista arquitectónica del siglo XXI?

RESPUESTA: Es necesaria una mente muy abierta para analizar cualquier tema. Pero luego tiene que llegar un filtro. No todo vale. Ese filtro es el prejuicio. La mente es un columpio entre recabar información y filtrarla. Es necesario adorar lo que haces para no agotarte con el balanceo.

P: ¿Cómo hace para seguir viendo cosas que a los demás nos cuesta ver?

R: Siempre he tenido la cabeza como un radar. Creo que mi madre la tenía así. Luego, cuando uno se hace mayor, la mitad de la vista es memoria.

P: Creció en Johanesburgo. ¿Cómo aprendió a mirar más allá de lo que tenía delante?

R: Allí el racismo era algo asumido. Eso o te hace ver o te ciega. Pero debo hablar de mi padre. Era promotor y cuando regresó de un viaje a Nueva York dijo: “Lo que he visto lo podría haber hecho yo”. Pensaba a lo ancho. Buscaba los principios de las cosas, era un estratega. Era capaz de predecir cosas. Al regresar de Nueva York dijo que la Sexta Avenida desaparecería. Y así fue.

P: Sin embargo, fue su profesora de dibujo quien le abrió los ojos.

R: Yo iba a un colegio inglés. Pintábamos muñecos de nieve en las felicitaciones de Navidad. Esa profesora nos pidió que miráramos por la ventana. En Sudáfrica no había nieve. ¿Cómo podíamos ser creativos si no pintábamos lo que teníamos delante y repetíamos lo que hacían otros?

P: ¿Qué se necesita para saber ver?

R: Le Corbusier aconseja mirar detrás de los edificios. Creo que se necesita algún tipo de cambio social para que uno abra los ojos a cosas nuevas. Los grandes problemas ensanchan la mirada.

P: ¿Su libro ‘Aprendiendo de Las Vegas’ comenzó en África?

R: Todo lo que vi en mi infancia lo recordé más tarde. Yo iba a una escuela inglesa. Había racismo no solo entre negros y blancos. La ascendencia inglesa era la clase más alta. Ser judía, como yo, procedente de Letonia significaba convertirse en un refugiado. Pero también había refugiados nazis. Crecí entre ellos y no entre los afrikáneres. A los negros apenas los veíamos. Mi abuelo era racista. La contradicción de los judíos en Sudáfrica es que huyendo de la persecución colaboraron con el apartheid.

P: ¿Por eso se fue?

R: Pensé que no tenía la fuerza suficiente para enviar a mis amigos a prisión. Me sentía lejos de la ideología del sector social en el que vivía. Pude haberme quedado a ayudar, pero se necesitan seis personas para iniciar un movimiento de protesta y allí solo había tres.

P: ¿Es usted judía practicante?

R: Pertenezco a una sinagoga. Y Bob [Venturi] y yo vamos una vez al año.

Denise Scott Brown, durante su juventud, en una fotografía sin fecha tomada en Sudáfrica.

P: ¿Por qué tienen los judíos tanto poder en la arquitectura?

R: ¿Eso cree? Louis Kahn decía que los judíos no podían dirigir empresas en Norteamérica. Se necesitaba ser de clase alta, haber estudiado en Princeton y conocerse de toda la vida para triunfar en los negocios. Todavía es así.

P: ‘Aprendiendo de las Vegas’ fue un título sugerente, pero esa ciudad no es real. ¿De qué debe aprender la arquitectura?

R: Uno aprende de donde puede. Es cierto que el apartheid rompió Sudáfrica, pero también lo es que allí se construía más vivienda social que en toda América. Esas viviendas están todavía allí. El régimen racista ha desaparecido y las casas siguen allí.

P: La vida está llena de contradicciones.

R: La vida no es blanco o negro. Las dicotomías no son nada creativas. Beethoven usó música folk como inspiración.

P: Escribió ‘Aprendiendo de Las Vegas’ con su marido, Robert Venturi. Han trabajado juntos durante medio siglo. Sin embargo, a usted le ha costado décadas que reconozcan su trabajo.

R: Sí. Y solo lo han hecho las mujeres. Algunos arquitectos me llamaban cuando les fallaba Venturi. Me pedían que fuera a explicar los trabajos de Venturi.

P: ¿Quién le pidió eso?

R: Rafael Moneo.

P: Philip Johnson también le pedía que abandonase la sala después de las cenas, cuando los hombres iban a hablar de arquitectura.

R: No. Philip Johnson no invitaba a mujeres. Eso me lo pedían en otras casas.

P: ¿Por qué no le exige ese reconocimiento a su marido? Robert Venturi no reclamó compartir el Premio Pritzker que recibió en 1991 con usted.

R: Para Bob, admitir que yo era la mitad del estudio supuso enfrentarse a sus colegas. Y aun así dijo que yo era más del 50% en el discurso de aceptación del premio.

P: Pero no reclamó compartirlo con usted.

R: Ha sido tan bueno conmigo que no puedo pedirle más.

P: Sin embargo, lo reclama el resto del mundo. Uno esperaría que alguien que además de su socio es su marido y su amigo la apoyara antes que nadie.

R: Las cosas han cambiado y ahora podría ser más sencillo. Robert Venturi lo pasó muy mal hasta llegar donde está. Tiene problemas de autoestima, entre otras cosas, porque fue un niño disléxico. Le costó aprender a leer y su vida escolar fue dura hasta que llegó a Princeton y floreció. Con todo, sigue siendo un hombre inseguro.

P: No quiero insistir más, pero, precisamente siendo inseguro, usted debió reforzar su seguridad.

R: Sin duda. Le ayudé mucho. Fue injusto que solo le premiaran a él. Pero habría sido más injusto que ninguno de los dos recibiera el premio.

 P: ¿Es la arquitectura de hoy más justa con las mujeres?

R: Bueno… la mayoría de los arquitectos lo quieren hacer todo, aunque no estén preparados. No es tanto egocentrismo como miedo a que no les vuelvan a hacer grandes encargos si delegan una parte. Pero lo mismo sucedería con las mujeres. La ambición ciega. El AIA (American Institute of Architects) no da su medalla de oro ni a parejas ni a estudios.

P: Ha dedicado esfuerzo y tiempo a que reconocieran la contribución de las mujeres. ¿Por qué era tan importante para usted?

R: Hay muchas mujeres que me gustan. Mi madre fue un chicazo. Creció en zonas salvajes de África. Vestía como un niño por una razón: para una mujer era más seguro vestir así. Eso lo heredé yo. Solo que, además, a mí también me gustaban las muñecas. Pero mi padre me había advertido: “Los judíos no podemos decir que no somos como los otros. Eso nunca funciona”. Cuando defiendes que eres diferente, llamas la atención y las cosas se vuelven contra ti.

P: ¿No se debe reclamar una voz propia si se tiene?

R: Sí. Pero sentirse diferente del resto de las mujeres es una trampa. De modo que varias arquitectas nos reuníamos y teníamos sesiones de curación mutua. Ya sabe: “Algo parecido me pasó a mí…”. Daban consuelo. Luego las mujeres arquitectas empezaron a entrar en las escuelas antes de tener sus propios estudios. En lugar de atacar los bastiones masculinos, los estudios donde se diseñaba edificios, fueron a las escuelas a formar futuros arquitectos. Hoy hay arquitectas trabajando en países árabes que no se sienten oprimidas por tener que llevar burka. Al contrario. Como le sucedía a mi madre, que era más libre vestida de chico, esas mujeres son más libres bajo un velo protector. Estamos habituadas a los disfraces. Una vez me salió un proyecto en Bagdad y pedí información: “¿Como judía y como mujer es inteligente ir a Irak a trabajar?”, pregunté. Todos me contestaron lo mismo: “Como mujer, no hay problema. Como judía, mejor no ir”.

P: ¿Cree que las mujeres desarrollarán la parte social de la arquitectura?

R: Sí. Nos hemos fijado en lo que rodea la arquitectura porque también nosotras la hemos rodeado. No es que solo nos interese lo social. Somos más intuitivas y muchas de las cosas las vemos antes. Por ejemplo, entendemos bien cuándo debemos quitarnos de en medio frente a alguien tan hambriento de poder que la única posibilidad de hacer algo es alejarse de él.

P: Su nombre de soltera fue Denise Lakofski. ¿Por qué no fue nunca Denise Venturi?

R: Una vez busqué artículos de una socióloga norteamericana, Ruth Durant, y me di cuenta de que había desaparecido. Luego comencé a leer a otra mujer que escribía cosas similares, pero su nombre era Ruth Glass. Sumé dos y dos e intuí que se había casado. Cuando Bob y yo nos casamos, yo era profesora en Berkeley y ya había publicado artículos. Me acordé de esta socióloga y pensé que no tenía sentido perder lo hecho. Renunciar a mi apellido habría supuesto renunciar a mi obra.

P: Scott Brown es el apellido de su primer marido.

R: Sí, Robert era el último de su línea. Habíamos estudiado arquitectura juntos y cuando murió con 28 años quise quedarme con su nombre. No estoy segura de que a sus padres les hiciera gracia. Pero quise hacerlo. Con todo, la razón principal fue la de los escritos. Llamándome Venturi no habría podido hacer nada.

P: ¿No pensó eso cuando se puso el apellido de su primer marido?

R: Éramos muy jóvenes.

P: ¿La independencia es algo que se aprende o se desarrolla?

R: Sospecho que se aprende, pero también he tenido grandes dependencias. He tenido que convertirme en una anciana para ser mucho más independiente en mis ideas de lo que fui. Puede que las hormonas tengan algo que decir.

P: ¿Las hormonas generan independencia mental?

R: Los hombres continúan con la testosterona hasta los noventa. Las mujeres se liberan de esas urgencias y el patrón mental cambia. Si has trabajado y llegas a anciana, tienes experiencia y seguridad. Los cambios hormonales liberan a las mujeres.

P: Cuando el coche de Robert Scott Brown se estrelló en Pensilvania, ¿qué le hizo quedarse en América?

R: Me había ido de Sudáfrica porque allí una mujer era un menor. Además nos iba muy bien en la Universidad de Penn. Nos entendíamos. Y ya hablábamos de la cultura popular, aunque éramos hijos de la edad de las máquinas: diseñamos una ciudad lineal con trenes que circulaban a 300 kilómetros por hora.

P: Pasó de diseñar ciudades lineales con su primer marido a protestar por la destrucción de los centros históricos con Venturi, el segundo.

R: Sí. Lo aprendí de los Smithson. Que uno crea en el progreso no implica que defienda la destrucción.

P: ¿Cómo conoció a Venturi?

R: Me pidió que fuéramos a un baile en Princeton. Su idea de un baile era encerrarse en la biblioteca mientras sonaba la música. Allí había un libro de Edwin Lutyens. Se lo mostré y se convirtió en su arquitecto favorito. Hizo la casa de su madre a partir de esas ideas.

P: ¿Qué vio en Venturi?

R: En Europa, un urbanista es un gran arquitecto, un heredero de Le Corbusier. Pero en América, si eras urbanista, los arquitectos pensaban que habías elegido esa opción porque no eras lo suficientemente bueno como para diseñar. Bob era distinto.

P: ¿Por eso le guardaba un sitio en las reuniones de profesores de la Universidad de Penn?

R: Un asiento y una galleta. Él daba el segundo curso de teoría. Y yo el primero. Decidí contarles a los estudiantes lo que realmente me interesaba: lo que los Smithson estaban haciendo en Inglaterra: estaban mirando a la historia. Eso a Bob le interesó. Y empezó a aparecer por mis clases.

P: ¿Y por eso le pidió que fuera a Las Vegas con usted?

R: Sí. Pero más tarde. Cuando me fui a dar clases a Berkeley.

P: ¿Es cierto que le pidió que se casara con usted?

R: Bueno… llegado un punto, sabíamos que iba a ocurrir y lo puse fácil. Sí. Fui yo. Le ayudé.

P: ¿Los arquitectos tienen vida personal?

R: La mía ha sido la arquitectura. La gente me preguntaba: “¿No te paras nunca a oler las rosas?”. Y yo contestaba que no me hacía falta. Gracias a mi profesión he viajado y he conocido a personas que me han cambiado el punto de vista.

P: Su hijo Jimmy lleva cinco años filmando la película ‘Aprendiendo de Bob y Denise’. ¿Qué ha aprendido?

R: Lo que ha aprendido aparece en su conversación. Es un tipo de persona que se aburre y necesita empezar de cero cada tantos años. Mi padre era así.

P: ¿Hay diferencia entre arquitectura y construcción?

R: Quien distingue entre arquitectura y construcción habla peyorativamente del trabajo de otros. Yo creo que la arquitectura es la manera consciente de hacer espacios.

P: ¿Qué porcentaje de las decisiones urbanísticas es fundamentalmente económico?

R: La política lo condiciona todo. Es cierto que quien controla la economía termina controlando también la política, pero si miramos el mundo así, todo en la vida, incluida la elección democrática de Obama, es una cuestión económica. Me parece relevante ver cómo los políticos estadounidenses están reconquistando el poder. Tras la Segunda Guerra Mundial se tomaron grandes decisiones urbanísticas. Y los arquitectos creímos que por fin llegaba nuestra hora. La realidad era otra. El interés era reciclar las industrias de la guerra y desviar su producción hacia la construcción.

P: ¿Opina que a muchos arquitectos les preocupan más los edificios que las calles?

R: Muchos intentan hacer ciudades y las hacen mal. Cuando diseñas parte de una ciudad, no puedes tomar todas las decisiones. Simplemente eres un guía. Debes escuchar a los demás y pensar cómo responderá lo que estás haciendo dentro de 100 años. Ningún político piensa con esos plazos. Pero el miedo es bueno, aporta prudencia. Menos ego y más miedo, podría ser un buen lema para la arquitectura.

Beatriz Colomina: “Los que peor escriben son los que más complican las cosas”

La arquitecta y catedrática de Princeton Baatriz Colomina / Ana Nance

Por:  . El País http://elpais.com/elpais/2013/01/23/eps/1358963588_565614.html

Los libros de Beatriz Colomina (Madrid, 1952) investigan las preconcepciones, analizan la relación entre la arquitectura y la publicidad, la sexualidad, la enfermedad o los rayos X. Títulos como La domesticidad en guerra o Privacidad y publicidad: la arquitectura moderna como medio de comunicación de masas se han traducido a más de 20 idiomas antes de poder, finalmente, leerse en castellano. Con 60 años tiene un físico y una alegría juveniles. También la mente abierta como un adolescente despierto. O como un extranjero recién llegado; lleva ya más tiempo viviendo en Nueva York que en España. Colomina es una persona alerta: no ha desconectado el radar que detecta lo extraño, lo que más le interesa.

Es pionera en buscar trabajo fuera. ¿Qué ha ganado y perdido haciéndolo? Siempre se gana saliendo. Ha habido dos momentos cruciales en mi vida: cuando decidí estudiar en Barcelona en lugar de en Valencia, donde vivía, y cuando me fui a Nueva York. Esos cambios me hicieron ver la vida de otra manera. No me puedo entender a mí misma sin pensar en esas dos transformaciones.

¿Se fue buscando trabajo? No. Yo sentía claustrofobia.

¿Se le mezcló el aprendizaje profesional con el personal? En Barcelona se me abrieron los horizontes.Entendí la vida. También lo que pasaba políticamente en el país. Eran los últimos años de Franco. Yo había tenido una vida filtrada por un ambiente conservador.

Su padre era arquitecto. Sí. Fue director de la Escuela de Arquitectura de Valencia. Todo el mundo allí sabía quién era. Y también quién era yo. El anonimato de Barcelona fue liberador.

¿Allí pudo encontrar una identidad propia? Allí empecé a buscar.

n Nueva York aterrizó en el Institute for the Humanities, que dirigía Richard Sennett. Era un lugar extraordinario con gente como el historiador Carl Schorske o Susan Sontag. Escucharlos me abrió los ojos. La enfermedad como metáfora, de Sontag, me enseñó cómo se podía hacer investigación y de qué manera la escritura misma es parte del análisis. Eso no existía en las escuelas de arquitectura, donde la escritura suena bonita, pero no se acaba de entender lo que dice. Los anglosajones son lo contrario: hablan claro.

Hace 32 años que vive en Nueva York. En España se sale poco de la zona de confort para crecer, pero en Estados Unidos es lo habitual. Cuando yo llegué, lo hicieron también otros arquitectos como Enric Miralles, Carme Pinós e Ignasi de Solà-Morales. Los tres regresaron al año. Casi todos lo hacen.

¿Por qué decidió quedarse? Lo entendí enseguida: Nueva York era yo [risas]. En serio. En 32 años todo ha sido estímulo, con lo cual, y aun sabiendo que mucha gente es reacia a salir, pienso que es muy bueno hacerlo. Lo que siempre han hecho los estadounidenses: moverse de Estado en Estado, y los nórdicos y los latinoamericanos; ahora los españoles también lo deben hacer. Se beneficiarán ellos y también España.

Relacionó la publicidad con la arquitectura hace dos décadas. ¿La arquitectura actual es fruto de esa relación? Cuando empecé a escribir era anatema decir que un arquitecto como Le Corbusier tenía algo que ver con la publicidad. Hoy es un hecho aceptado. Siempre me he sentido atraída hacia la posibilidad de quitar velos, de desvelar secretos. Me interesa derrumbar las preconcepciones.

¿Algún arquitecto es más ruido que nueces? Muchísimos. Siempre los ha habido. Pero tiene poco interés hablar de quienes tienen pocas ideas. Con el tiempo, lo que vale es lo que queda. El mítico historiador Sigfried Gideon llegó a París buscando a Rob Mallet-Stevens porque quería escribir su historia de la arquitectura moderna. Solo por casualidad le hablaron de Le Corbusier porque Mallet-Stevens salía más en la prensa, pero ¿quién se acuerda hoy de Stevens? Le Corbusier tomó ese espacio en los medios de comunicación convirtiéndolo en un lugar de producción de la nueva arquitectura. Los dos arquitectos más famosos del siglo XX, Le Corbusier y Mies van der Rohe, tardaron mucho en conseguir hacer algo que estuviera al nivel de lo que habían publicado como proyectos. Le Corbusier fue el primer arquitecto que realmente entendió los medios de comunicación y, al hacerlo, llevó la arquitectura al siglo XX.

¿Cuáles son los secretos de la arquitectura moderna? Entre los más interesantes está el papel que han desempeñado las mujeres: Charlotte Perriand para Le Corbusier, Lilly Reich para Mies van der Rohe o Margaret McDonald con Charles R. Mackintosh, que durante toda su vidano se cansó de decir que él era normal y la que era un genio era ella. Pero por mucho que ellos lo dijeran, no había manera. El mundo no estaba dispuesto a creerlo. Hay quien cree que Ray Eames fue el hermano de Charles Eames, en lugar de su socia y mujer. Denise Scott-Brown todavía sufre ese tipo de discriminación, a pesar de su obvia brillantez.La primera mujer a la que se reconoció al mismo nivel que a su marido fue Alison Smithson. Y no es casualidad que el nombre de ella fuera delante en la firma. Hoy muchas parejas lo hacen.

¿Por qué el último Premio Pritzker le correspondió solo a Wang Shu y no lo compartió su socia cofundadora del estudio Lu Wenyu? Él dice que ella es importante, pero que él es el creador y que ella se encarga de llevar la oficina.

Pero ella da clase en la Escuela de Arquitectura y fundaron juntos el estudio. Kazuyo Sejima fue más generosa. Insistió en compartir el galardón con su socio Ryue Nishizawa, pero eso también sucedió con Jacques Herzog: tuvo que pedir que se lo dieran también a su socio Pierre de Meuron. La arquitectura es una práctica colaborativa. No tiene sentido fomentar el reconocimiento a individuos. Por eso yo, más allá de reivindicar el papel de las mujeres, trato de reivindicar la autoría colectiva.

¿El mundo duro de la construcción aparta a las mujeres? La gran ingeniera brasileña Carmen Portinho seguía bebiendo cachaza con 90 años. Me contó que aprendió a hacerlo con poco más de 20 años en las visitas de obra para que los obreros le hicieran caso. Y lo hicieron. Pero el verdadero problema está más arriba.

¿Para una mujer puede resultar más fácil investigar la arquitectura que hacerla? Es igual de difícil. Tampoco hay muchas en el mundo de la teoría y la historia de la arquitectura. Puede que sea más difícil hacerse camino en la universidad que en la profesión.

¿Y usted por qué lo eligió? Yo no lo elegí. Me eligió a mí [risas]. Me encontré con eso. Casi toda mi vida ha sido así. Me he ido encontrando con las cosas y me he ido encontrando también a mí misma. He ido llegando a los sitios y disfrutando de cada ocupación. El placer es fundamental en la vida. Tienes que asegurarte de que amas lo que haces porque eso te crece y te hace crecer. Lo contrario es un tormento, imagino. Siempre he estado feliz con todo lo que hacía: feliz enseñando, feliz investigando y, sobre todo, feliz escribiendo.

¿Cuándo descubrió que quería dedicarse a escribir? Eso es lo que Nueva York me aportó: el placer de escribir. En Barcelona yo era muy competente: enseñaba, escribía, hice incluso un pequeño libro. Pero actuaba sin el placer de perderte en las palabras. Eso lo aprendí en Nueva York.

¿Cómo se quitó de encima la culpa de disfrutar trabajando? [Risas]. Creo que los católicos disfrutan mucho. Mi madre es una gran vividora. Con casi 90 años no está nunca en casa. Mi padre era más ascético. También más excéntrico, un excéntrico mental introvertido. Eso también tiene mucho que ver con lo que yo soy.Mi familia era conservadora. Pero mi padre tenía la idea de que las mujeres debían ir a la universidad. Pensaba que en el futuro habría muchas arquitectas. Si supiera lo difícil que lo tenemos todavía…

¿Su madre trabajaba? No. Somos cuatro chicas y un chico, el cuarto; tal vez por eso mi padre insistía en el estudio. Pero estaba solo. Todo lo demás nos lo contradecía. En Navidad íbamos a casa de mis tías y nos decían: “Qué cosas más raras se le ocurren a vuestro padre; no hagáis caso o no os casaréis nunca”.

¿Alguna vez su padre le reprochó que se hubiera dedicado a la teoría en lugar de a construir? Siempre pensó que era una cosa pasajera. Yo también.

¿Sus hermanos también se han encontrado a sí mismos en otros lugares? La pequeña es médico y estudió y trabajó en Londres, pero tras unos años regresó. El resto no se movió. La mayor es filóloga y dirige una biblioteca en Valencia. La tercera también es filóloga. Tuvo siete hijos, luego se separó y ahora, finalmente, tiene un negocio. Mi hija dice que antes, cuando llegábamos a Valencia, éramos los más raros –porque ella es hija de un arquitecto italiano–, pero está convencida de que ahora los raros son ellos. Yo no me he querido casar nunca, pero llevo 25 años con la misma persona. Ahora toda la familia se ha complicado de forma más interesante. La fantasía de la familia del catolicismo extremo ha explotado.

¿Su hija vive con usted? No, tiene ya 27 años. Hace tiempo que es independiente. En EE UU, en cuanto se van a la universidad se independizan. Es urbanista y está haciendo el doctorado. Estoy muy orgullosa de ella.

Las dos bienales de arquitectura más significativas, la de Venecia y la iberoamericana, premian arquitecturas casi opuestas: experimentos artísticos y trabajos con pocos medios. ¿Ese mensaje contradictorio despista? Me interesa muchísimo Latinoamérica. Es increíble cómo la hemos dejado de lado. La de Venecia tiene que volver a pensar qué pretende hacer.

¿La historia de la arquitectura es justa? ¿Podría haber algún genio oculto? Seguro que los hay. Pero lo que más me interesa de la historia de la arquitectura son otras maneras de escribir esa misma historia. Será más justa cuando sea más inclusiva, y será más inclusiva cuando reconozca que la arquitectura es una labor colaborativa en la que participan muchas personas. La historia no es solo injusta con personas y con proyectos específicos, lo es con continentes enteros. Se trata de repensar cómo se organiza la historia. En la de la arquitectura debería quedar claro quién merece estar. Hasta hace poco, ni se hablaba de los ingenieros, y muchos han sido protagonistas de la última arquitectura. Una historia de la arquitectura más inclusiva traería muchos más tipos de protagonistas.

¿Por qué se complicó tanto el mensaje escrito de la arquitectura? Por inseguridad. Los que peor escriben son los que más complican las cosas. Pero la escritura también se complica cuando se complica la reflexión. No hay que temer la complejidad. La arquitectura es compleja. Pero la escritura no debe ser más difícil que lo que trata de describir.

¿Ha afectado su capacidad analítica a su manera de relacionarse con los demás? Me parece que no. Dijo Susan Sontag que su trabajo era mejor que ella misma. Había muchas razones: ella trabajaba mucho sobre sus borradores, y como persona era el primer borrador. Yo soy también el primer borrador.

¿Qué le lleva a investigar un tema? Si miras a las cosas mucho tiempo, ves lo extraño en lo que crees conocer. Hay que dejar tiempo para que surja la extrañeza. Escribir es hacer una especie de psicoanálisis. Vas dejando algo tuyo en la mirada con la que trabajas y en lo que vas hallando. La mirada interdisciplinar es la que me interesa porque es más amplia. Empecé a hacer una historia de la arquitectura moderna desde el punto de vista de la enfermedad, inspirada en el trabajo de Sontag.

¿Qué tiene que ver la enfermedad con la arquitectura? La arquitectura moderna no se puede entender sin la tuberculosis. La hemos estudiado desde todos los puntos de vista: el industrial, el estético… Y nos hemos olvidado de lo más obvio: la vida real. Lo que los arquitectos modernos ofrecían era casi como una receta de salud igual a la que proponían los manuales médicos para tratar la tuberculosis: el aire libre, las terrazas, el sol, la blancura, la higiene… La tuberculosis dominó la primera mitad del siglo XX. Es normal que no solo estuviera en la literatura, sino también en la arquitectura. No hablo de la arquitectura sanitaria. Es la arquitectura moderna la que internaliza este trauma inmenso que era la tuberculosis y trata de ayudar. Se vuelve curativa.

¿Por qué cree que a los políticos les importa tan poco la arquitectura? Depende de los políticos. Piense en el caso de Medellín.

 A Esperanza Aguirre se le escapó que a los arquitectos habría que matarlos… Antes la figura del arquitecto se respetaba aquí más que en otros países. Pero hoy, para medir la importancia de los políticos en la arquitectura, y su valoración, hay que mirar a Latinoamérica.

¿Detecta cambios allí? En Latinoamérica hay fuerza e intensidad. Yo me siento con la obligación de estudiarlo atentamente, de analizar la historia de la arquitectura moderna allí. En los años cuarenta, el MOMA organizó exposiciones como Brasil builds y Latinoamerican architecture. Pero lo hizo como parte de la política del país. Toda esa atención obedecía a la intención del Gobierno norteamericano de asegurarse de que Latinoamérica era una aliada. Fue una política de buenos vecinos que luego, cuando los intereses políticos se fueron para otro lado, se terminó y empezaron a preocuparse más de lo que sucedía en la Unión Soviética. Fue así como Latinoamérica dejó de existir culturalmente para el MOMA. Desapareció. Y no solo del MOMA, también de las revistas de arquitectura. Todas, de Domus a Casabella, tenían números especiales sobre Brasil, Venezuela, México… Y de repente ese interés se cortó. Y a mí hay una cosa que dice el arquitecto colombiano Giancarlo Mazzanti que me interesa mucho: que a los pobres hay que darles lo mejor. Está bien que en Medellín el edificio más celebrado quede en el barrio más miserable.

Aun así, sería mejor si fuera un buen edificio. Es cierto que la Biblioteca España está mejor resuelta por fuera que por dentro, pero es muy llamativa. A mí me gusta. Me gusta la reacción de orgullo que ha generado en el barrio. Hay niñas que llegan a las nueve de la mañana, cuando abren, y se quedan hasta que llega la noche, cuando cierran. Poder estar en una biblioteca con ordenadores y libros en lugar de tener que estar en la calle cambia la vida de una generación.

¿El reto de la arquitectura actual es económico? De eso podemos aprender de Latinoamérica, de trabajar con la escasez. Y aprenderemos. Se deben buscar nuevas formas de funcionamiento. Parte del legado moderno es eso: viviendas adecuadas para todos. Esto no debería ser un eslogan vacío. Es una obligación moral.

Pero ese legado se quedó en viviendas burguesas para unos pocos. La intención era más amplia. Hay que volver a esa idea e investigar más sobre ello. Las escuelas deberían dedicar atención a estudiar una arquitectura que se pudiera hacer con medios escasos. Los arquitectos podrían ayudar mucho a la sociedad.

¿Vota en EE UU? No. Me resisto a abandonar el pasaporte español. Pero si votara, ya puede imaginar mi elección.

¿Por qué genera confianza Obama? Tiene aura.

¿Solo eso? No ha hecho mucha política, que, se supone, es lo que debe dar credibilidad a un político… Ha sido decepcionante que gobernara más al centro de lo que se esperaba, pero Obama ganó porque no hay opción. Ha sido una persona sumamente cuidadosa. Es demasiado educado. Ha tratado de negociar con los republicanos, pero con esa gente no se puede negociar. Si aquí quieren matar a los arquitectos, allí quieren matarlos a todos: a inmigrantes, pobres, mujeres… Eso es lo que da miedo de verdad.