Una relación lógica [MAGIS]

Fuente Magis: http://magis.iteso.mx/content/una-relaci%C3%B3n-l%C3%B3gica

Por: Adolfo Peña Iguarán

La arquitectura no “tiene que ser” sostenible ni bioclimática. Ni tampoco formalmente “tiene que ser” como la naturaleza o imitarla. La arquitectura, para ser buena, lleva implícito el ser sostenible.

La arquitectura siempre ha estado estrechamente ligada a la naturaleza.

No es nada nuevo que se reflexione sobre la relación simbiótica entre la naturaleza y la arquitectura. Después de todo, esta dependencia —y correspondencia— ha estado presente desde los inicios de la segunda. Quizá la relación más elemental, pero no por esto menos importante, y a veces muy compleja, se dé en el modo en que el edificio se afirma o posiciona en el suelo. Esta relación con el plano cero (el suelo), no tiene que ver únicamente con la superficie que delimita el territorio donde se depositan objetos espaciales; es un tema interminable que la arquitectura continuará resolviendo a lo largo de la historia de distintas maneras. Se trata, ni más ni menos, de una forma de domesticación de la naturaleza, o del territorio, por medio de la arquitectura.

Otra variante de esta relación simbiótica ocurre cuando la naturaleza proporciona los materiales para la arquitectura, dependencia que se refleja en los edificios que deliberadamente muestran en su estructura o fachada de qué están hechos. Podemos hablar del adobe o del ladrillo como ejemplos en algunas regiones: son materiales gracias a los cuales se observa cómo la arquitectura literalmente nace de la naturaleza, pues, al quedar expuestos, son parte intrínseca de una lógica constructiva y de una presencia expresiva. Por otro lado, la presencia determinante del ambiente y del clima, así como el asoleamiento, son condiciones naturales que llegan a generar arquitecturas únicas, que en otras partes serían impensables.

Por lo anterior, se trata de una relación indivisible; de ahí que parezca una moda cuando se habla de etiquetas como “arquitectura sostenible”, “arquitectura bioclimática”, “arquitectura verde” y tantos otros conceptos que se han inventado, cuando en realidad no es nada nuevo.

La arquitectura no “tiene que ser” sostenible ni bioclimática. Ni tampoco formalmente “tiene que ser” como la naturaleza o imitarla. La arquitectura, para ser buena, lleva implícito el ser sostenible. “Un edificio en cuyo interior la gente muere de calor, por más elegante que sea, será un fracaso. La preocupación por la sostenibilidad delata mediocridad. No se puede aplaudir un edificio porque sea sostenible. Sería como aplaudir porque se mantiene de pie”, afirmó Eduardo Souto de Moura.

Arquitectura y naturaleza

Sin embargo, es oportuno hablar de una corriente llamada arquitectura orgánica, muy poco abordada en la enseñanza de la arquitectura en México, y que dio cabida a dos de los creadores más importantes del siglo XX: Frank Lloyd Wright y Alvar Aalto.

Esta postura es una respuesta a la crisis del racionalismo del mundo moderno, que propone mayor libertad geométrica; es una forma de pensar y genera un nuevo modo de intervención urbana, diferente del de la ciudad del siglo XIX, al poner atención en el desarrollo regional como el único modo de resolver la congestión de la metrópolis.

En 1914, Frank Lloyd Wright utiliza la expresión organic architecture para un artículo en la publicación Architectural Record: “El ideal de una arquitectura orgánica es concebir edificios sensibles y racionales que deben su ‘estilo’ a la integridad con la que fueron concebidos, para servir a su particular propósito de un proceso de pensamiento y de sentimientos”. Aunque no sería el primero ni el último en utilizar esa expresión, el concepto de un estilo orgánico significa diferentes cosas para diferentes arquitectos y se manifestó de maneras muy diversas.

Wright y Aalto, uno estadounidense y el otro finlandés, son dos de los máximos representan-
tes de esta filosofía que promueve la armonía entre el hábitat humano y el mundo natural con el uso de materiales proporcionados por la naturaleza. Cada uno en su país y según sus particulares perspectivas, definió una identidad nacional y unas arquitecturas adecuadas al tiempo, al lugar y al hombre.

Los principios orgánicos permearon en varios países. México no fue la excepción y aquí esta tendencia fue la causa del interés por la tradición arquitectónica local y por la arquitectura popular. Es el caso de Max Cetto y otros más, hasta culminar con Luis Barragán —si bien esta comprensión humanista de la arquitectura continúa y de manera muy vigente—.

La naturaleza responde siempre de la manera más natural, con lógica. Y la arquitectura debe hacer lo mismo.

Humberto Ricalde o el risueño francotirador

Homberto Ricalde en el CCAU Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana en el Curso Seminario: Arquitectura y Pensamiento Contemporáneo OTOÑO 2012.

Por Juan Palomar.

Hace dos días se murió de su muerte uno de los más notables arquitectos que este país produjo en los últimos años: Humberto Ricalde. Con su partida deja un hueco que muchos lamentamos hondamente y que no parece fácil de llenar en un buen tiempo. Dueño de un humor a toda prueba, propietario de un ojo crítico de alto refinamiento, gozoso disfrutador de conversaciones, viajes y fiestas; colaborador atinado y sensato de los mejores arquitectos de México, maestro capaz de enardecer a los alumnos y guiarlos por la senda del entusiasmo y el conocimiento: todo esto y más fue este yucateco simpatiquísimo, de afilada lengua y sensato juicio.

Quien escribe esta columna no tiene más remedio que relatar la última visita que Humberto hiciera a Guadalajara con motivo de impartir una conferencia en el CCAU. Al día siguiente pidió que alguno de los estudiantes lo llevara a ver una obra que le interesaba (el Liceo Franco Mexicano) y acto seguido apareció en la terraza y llenó la casa de risas, juicios, noticias y comentarios que juntaban lo entrañable con lo insólito. El tequila volaba y su manera de habitar y volver propia otra casa asombraba a los niños que lo miraban azorados. Luego accedió gentilmente a impartir un par de talleres en la Escuela de Arquitectura del ITESO, en donde logró una vez más dejar boquiabiertos y pensativos a una treintena de aprendices. Sus sugerencias y referencias recorrían la antigüedad clásica, el Renacimiento, la protomodernidad, las últimas hechuras de los arquitectos más visibles… Era un surtidor de posibilidades, una fuente de búsquedas y caminos insospechados. Para quienes tuvimos el privilegio de ser sus amigos y compañeros de episodios académicos y profesionales la compañía de Humberto fue siempre deslumbrante por sus conocimientos y, sobre todo, divertida por sus osadas ocurrencias. Era un profesional de la fiesta, la celebración, la gracia y el ingenio siempre agudo.

Conoció a todo mundo que valía la pena conocer. Emparejó su suerte con el Taller Max Cetto de la UNAM, colaboró con el mismo Luis Barragán, con Andrés Casillas, con Augusto Álvarez, con Alberto Kalach… Utilizaba su inteligencia con una certeza de francotirador que sabía unir lo mortífero de sus proyectiles verbales con la bonhomía yucateca que nunca perdió. Escribía estupendamente y dejó una porción de ensayos memorables que sus amigos deberían de reunir en una digna publicación.

En un taller impartió hace unos meses en la casa de Luis Barragán de Tacubaya propuso a sus alumnos de la Universidad de Arkansas un estudio detallado de las rinconadas y vericuetos del barrio. El resultado, consistente en dibujos a mano alzada y maquetas, era deslumbrante. Dudo que los gringos hayan tenido un maestro equivalente en talento y capacidad de comunicar la poesía implícita en esas callejuelas desastradas, transfiguradas gracias a su genio en lugares de encantamiento y serenidad. Sus visitas guiadas a la casa de Barragán eran un prodigio de originalidad e inventiva juguetona e inquietante.

Vamos a extrañar mucho a Humberto. Ya estará en el cielo de los grandes arquitectos, tequila en ristre, armando una fiesta de alarmantes proporciones e imprevisibles, felices consecuencias.

Más reflexión y menos intelectualización: Humberto Ricalde [El Informador]

El arquitecto considera ejemplar la Cruz de Plazas de Guadalajara.

El yucateco, radicado en el df, es una referencia por su trabajo en la UNAM y en diversos despachos

GUADALAJARA, JALISCO (22/SEP/2012).- Presente en Guadalajara para dar una charla titulada “Sentir, Pensar y Habitar” en el Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana, Humberto Ricalde –nacido en Mérida, Yucatán (1942) pero radicado en el Distrito Federal— habla sobre sus 70 años de vida y los 46 de estos que le ha dedicado a su quehacer profesional. Libre, sin ataduras a un despacho para su producción arquitectónica o grupo alguno de gestión ejecutiva o ideológica, su único apego ha sido el académico como parte medular del taller Max Cetto de la UNAM.— Arquitecto, las personas del CCAU comentan que a usted le gusta mucho venir a Guadalajara.

—Sí, yo les decía que son las prebendas de tener 70 años y de haber venido por primera vez en 1960 o 61, hace 50 años. Y es extraño porque llega uno a esta edad y no se siente viejo, y además de haber estado aquí hace 50 aún creo que es una ciudad bellísima. Siempre lo he dicho: su sistema de Cruz de Plazas tiene una prestancia que ningún otro centro histórico tiene. La idea de Ignacio Díaz Morales de estructurar así, enmarcar el Teatro (Degollado), comunicar estas diversas plazas, el Palacio de Gobierno y prolongarlo hasta el Teatro… porque después la otra intervención, la que llega hasta el Hospicio Cabañas, fue excesiva. Yo conocí la Cruz de Plazas sin la Plaza Tapatía, una intervención maravillosa, radical, con las fuentes que rodean al teatro, los naranjos y la Rotonda de los Hombres Ilustres. En fin, siempre digo que al menos la parte estructurada del centro da una sensación centroeuropeísta.

— ¿Y a la distancia, arquitecto, cómo ve Guadalajara?

—Hacía cinco años que no venía. Lo que vi en el aeropuerto –me dicen que lo reformaron hace apenas unos años—… tiene escala, es grande pero es muy amable y no es monumental, porque por ejemplo –y vamos hacer la crítica— la Terminal 2 de Francisco Serrano (en el Distrito Federal), claro que se necesitaba, pero la sección de los agujeritos lo hace poco amable aunque internamente tiene muy buena luz, y ves este, con todas sus adiciones e intervenciones, y es muy cordial. También vi el hotel (Riu), es bastante digno como acento urbano. Pero un día Juan Palomar me llevó al Centro Cultural Universitario y vi el teatro (Telmex)… ¿de quién es esa intervención? (es obra de José de Arimatea Moyao. NDLR). Peca de monumental. Mucho. Y los edificios urbanos deben ser a la escala de donde actúas y a veces en la arquitectura de Serrano y de toda esa escuela, hay algo de monumentalidad.

— ¿Con quiénes se ha asociado en estos 46 años?

—Antes de irme a Europa trabajé diez años con Augusto Álvarez, el gran racionalista funcionalista que era mi paisano. Cuando regresé estuve con Félix y Luis Sánchez Arquitectos, ahí puedes contar otros 18 años. No es que haya estado los 18 pero cuando había intervenciones urbanas grandes o conjuntos habitacionales, la torre en el remate de Reforma donde está el caballote de Sebastián –iba a ser un hotel y acabó siendo oficinas— y también la prolongación de Reforma hasta el Desierto de los Leones. Eran intervenciones urbanas tan grandes que a veces poníamos oficina específica, digamos, conmigo como jefe de taller para desarrollarlas. Bueno, diez y 18 suman 28. Después estuve con López Baz y Callejas ocho años, vamos en 36. Y hasta hace dos años estuve 10 años con Moisés Becker. Ahí están los 46.

— ¿A dónde se fue los cinco años que menciona?

—Hice mi maestría en Praga, en diseño arquitectónico en la Escuela de Artes y Oficios y después, como admiro muchísimo al arquitecto Alvar Aalto y una finlandesa me invitó a ese país, estuve ahí un par de años. Verdaderamente es una tierra maravillosa, llena de tradiciones profundísimas. Busqué trabajo en la Sociedad de Arquitectos y como en la oficina 24 encontré algo… La gente dice que yo trabajé con Alvar Aalto pero yo no trabajé con él, yo trabajé en una oficina de planificación urbana, pero Giovanna, mi mujer, sí. Ella es especialista en espacios teatrales y Aalto estaba haciendo uno.

— ¿Cuáles son algunas obras suyas que lleva en el corazón?

— Sí. El conjunto Unidad Latinoamericana con Félix y Luis Sánchez que está entre avenida Universidad y Cerro del Agua, son mil 640 viviendas. No está firmada, pero fue maravilloso hacerla siempre con las prisas burocráticas porque Luis Echeverría la inauguró un 20 de noviembre ya que el 1 de diciembre cambiaba la presidencia.

Con Moisés Becker un edificio en Prados Sur, publicada en Arquine, es un edificio para oficinas para una agencia informática y es un edificio que él y yo hicimos con mucho cariño. Con Alberto Kalach, dos edificios en concreto que yo desarrollé ejecutivamente, digámoslo así. Unos son de los años setenta, otros de los ochenta, y hay que aclarar que todos son en coautoría, o sea, no soy el arquitecto que firma obra, la firmo pero con quien me invita.

— Al entendimiento de la arquitectura que tenemos hoy, ¿qué le quitaría y qué le sumaría?

—Le quitaría excesos de interpretación intelectual y racional, y me acercaría más a un entendimiento integral de la arquitectura. Más reflexión y menos intelectualización, eso haría yo con la arquitectura.

Por: Ana Guerrerosantos El Informador

Cuando la novedad era buena noticia

Juan Palomar Verea

Hace unas semanas se presentó en la ciudad de México un libro muy significativo para la historiografía de la arquitectura moderna en nuestro país. Y esto, a pesar de que entre los ejemplos ilustrados son contados los que se ubican fuera de la capital. Se trata de la edición facsimilar de Arquitectura moderna en México (1961), debido al arquitecto Max Cetto y muy meritoriamente editado ahora por el Museo de Arte Moderno.

El arquitecto Max Cetto (1903-1980) había abandonado su natal Alemania en 1938 y se había radicado en México a partir de 1939. Así, fue a la vez testigo y protagonista de la eclosión de la arquitectura moderna en el país. El libro ilustra una larga serie de ejemplos de esta pujante tendencia que por las décadas intermedias del siglo XX encontró en México un fértil terreno de desarrollo. Los ejemplos ilustrados van de 1940 a 1960 e incluyen casos tan significativos como el fraccionamiento del Pedregal de San Ángel (1949), la Ciudad Universitaria (1953) o Ciudad Satélite (1958).

Ahora bien ¿por qué un libro editado hace más de medio siglo es relevante para la historia y para la arquitectura de Guadalajara, ciudad que no es siquiera mencionada en el volumen? En primer lugar porque la segunda ciudad del país encontró una similar tierra de promisión en las doctrinas que preconizaba la arquitectura moderna: la atención a la función como generadora de correctas soluciones, el uso de los nuevos materiales y técnicas como ejes expresivos, la tabla rasa con respecto al pasado como condición de la deseada novedad.

Hacia el primer tercio de los años cincuenta comenzaron a egresar los primeros alumnos de la reciente Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara. Ellos, junto con sus maestros, habrían de aplicar en Jalisco parecidos principios a los que regían la obra reseñada en Arquitectura Moderna en México. Un desarrollo en particular constituyó el campo propicio para muchas de las primeras hechuras de esta generación: Jardines del Bosque, proyectado hacia 1957 por Luis Barragán. Está pendiente un deseable catálogo de las obras relevantes que aún subsisten en este fraccionamiento.

De memoria se puede decir que, con los énfasis propuestos por Díaz Morales y sus discípulos en cuanto a la atención a la climatología y los materiales regionales, existió un conjunto consistente de obras que profesaban un refrescante optimismo y una creencia, ahora muy eclipsada, en la fuerza de la novedad como fuente de inspiración y guía para los retos a acometer.

Una lectura ponderada de las hechuras del pasado reciente, similar a la que el libro de Cetto propone, es una asignatura por seguir trabajando para el contexto jalisciense. De ella podríamos obtener algunas claves que posibilitaron la construcción, durante los años cincuenta y sesenta del pasado siglo, de algunos trazos para una nueva ciudad racional y sensata, aún con la grave limitación de la amnesia histórica que tantos años tardaría en ceder. Un quiebre aún por dilucidar sobrevino años después. Distantes ya más de medio siglo de ese espíritu, corresponde a las actuales generaciones sacar sus cuentas y establecer sus propias condiciones frente al futuro.

jpalomar@informador.com.mx