Taller Capital y su propuesta ganadora para el Pabellón del Eco 2015

Fuente: Archdaily MEX

Cortesía Taller Capital
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Taller Capital, con un proyecto inspirado en la infraestructura hidraúlica capitalina y su importancia para la existencia de la Ciudad de México, ha sido seleccionado como ganador de la sexta edición del Pabellón del Eco. El concurso organizado por el Museo Experimental el Eco y Buró Buró hizo de este año la primera versión abierta a arquitectos y despachos de todo el país, teniendo como finalistas a: Alberto OdérizArkraft Studio, BNS Estudio, Carpintería Mx + Giacomo Castagnola, g3a, Lorenzo ÁlvarezTaller CapitalT38 StudioEl Umbral.

Conoce los detalles de la próxima intervención en el patio de Mathias Goeritz, a continuación Cortesía Taller Capital Cortesía Taller Capital

Taller Capital | Loreta Castro Reguera Mancera y José Pablo Ambrosi Cortes | Ganadores del Pabellón del Eco 2015

La ciudad de México ha sufrido cambios drásticos en su contexto urbano y paisajístico desde su fundación hasta la actualidad. De ser un asentamiento en el centro de un sistema de cinco lagos, mutó a la ciudad de los palacios para últimamente convertirse en sede de enormes desarrollos habitacionales. La megalópolis fundada en un suelo pantanoso tuvo que transformar drásticamente su medio para permitirse crecer hasta el infinito. Hoy, y desde hace ya varias décadas, subsiste debido a que en la profundidad de su suelo funciona una de las infraestructuras hidráulicas más complejas del mundo: un sistema de tuberías y bombas capaz de desalojar de la Cuenca de México entre 59 y 74 m3/s de aguas residuales y pluviales. Al día de hoy, este sistema sigue creciendo a través de Túnel Emisor Oriente (TEO), el desagüe más grande del planeta.

Paradójicamente, la ciudad de los lagos se ha convertido en la de la escasez. Para abastecer de agua a una población mayor a los 20 mill., es necesario importar aproximadamente 19m3/s de agua y extraer del sub suelo más de 40m3/s. Esta situación ha provocado una dramática transformación del suelo arcilloso sobre el que la metrópolis está construida, causando severos hundimientos. Durante los últimos 100 años, la zona centro de la ciudad se hundido por lo menos 10 metros, esto quiere decir 10 cm anuales en promedio.

Cortesía Taller Capital

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Pero, ¿cómo concientizar a la población sobre la paradoja hídrica a la que cotidianamente se enfrenta? La ciudad ha sido capaz de borrar todo rastro de su pasado hídrico. Son contados los hitos que hablan de los enormes esfuerzos que se han realizado para lograr el abastecimiento y drenaje del agua para la Ciudad de México porque las grandes infraestructuras están enterradas a grandes profundidades.

El día de hoy se construye a 150m de profundidad el TEO, una tubería de 62 km de longitud, que cruza de sur a norte la Zona Metropolitana del Valle de México, constituida al encajar una serie de aros de 1.5 m formados por 7 dovelas y una llave de concreto prefabricado que, al unirse, logran un diámetro interior de 7.5 m y uno exterior de 8.4m. Esta obra monumental sólo se puede y podrá apreciar durante el tiempo que dure su construcción y únicamente por aquellas personas involucradas en la misma.

Cortesía Taller Capital

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El Pabellón Eco 2015 resulta la oportunidad perfecta para hacer evidentes los esfuerzos sobrenaturales en los que la ciudad de México ha invertido para subsistir. ¿Porqué no montar uno de estos aros en el centro del patio de Mathias Goeritz? Queremos generar un foro dentro de una de las piezas que conforman el drenaje profundo, misma que regresará a una profundidad de 150 m después de las 10 semanas que estará expuesta en el Museo Experimental El Eco.

Próximamente más información.

Vía Arquine.

Tan contemporáneo como un rascacielos

Mathias Goeritz en Teotihuacan, 1957. / Z. Sharkey

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/28/babelia/1422445197_484288.html“Contemporáneo como un rascacielos y antiguo como tu pebetero esenio; dadaísta y una especie de mocho medieval”. Así describía el escritor y sociólogo guatemalteco Mario Monteforte Toledo a su buen amigo Mathias Goeritz. Más allá del tono chusco, la descripción de este artista raro e incansable parece exacta. En efecto, Goeritz era un “personaje contradictorio”; lo cual no hacía sino enriquecer su trabajo, pues ahí podían confluir tranquilamente asuntos e ideas que parecerían en extremo discordantes, como por ejemplo la mística y el constructivismo ruso. En el fondo, algo unía esos intereses en apariencia dispares; algo que Goeritz buscó toda su vida, y que encontró, ya fuera en los dibujos de Paul Klee, las torres de San Gimignano o las pinturas de la cueva de Altamira: una suerte de esencialidad, de mezcla de “aurora y vestigio”, como describió la obra del propio Goeritz el crítico Eduardo Westerdahl, que pudiera llevar al arte por un nuevo camino, libre de superfluidades. Una vuelta a un punto cero, desde el cual sería posible “rectificar a fondo todos los valores establecidos”, según anotó Goeritz en el panfleto de 1960 Estoy harto. Y es que no sólo estaba harto, como él decía, “de la gloria del día, de la moda del momento del bluff y de la broma artística de los conceptos inflados, de la aburridísima propaganda de los ismos y de los istas, figurativos o abstractos”, sino que también resentía “la pretenciosa imposición de la lógica y de la razón”, “el funcionalismo”, “el cálculo decorativo” y hasta “el griterío de un arte de la deformación, de las manchas, de los trapos viejos y pedazos de basura”. En pocas palabras, detestaba casi todo el arte de su época, y el remedio, le parecía, estaba justamente en encontrar la manera de darle la vuelta a cada cosa: sí hacer arquitectura moderna pero no funcional; sí seguir pintando, pero sin caer en el expresionismo gratuito, en la copia, el virtuosismo vacío; sí hacer arte, pues, pero con un sentido muy puntual: provocar algún cambio en el mundo, aunque fuera mínimo. Para Goeritz, la preocupación primordial del artista era ética antes que estética. El trabajo del artista era servir a los demás. “Si no lo creyera”, le dijo a Monteforte, “no seguiría trabajando a pesar de los problemas que me da convencer a quienes pagan de hacer obras grandes integradas al espacio y a la vida de la gente en la calle”.

La vida de Mathias Goeritz estuvo siempre marcada por los desplazamientos. El primero, un recorrido geográfico, que lo llevó de Alemania (o, en realidad, lo que hoy es Polonia, pues nació en 1915 en la efímera ciudad de Dánzig) hasta México, pasando por Marruecos y España, donde descubrió la llamada Capilla Sixtina de la Prehistoria; hallazgo que lo llevó a fundar, casi a unos pasos de la famosa cueva, la Escuela de Altamira, proyecto que imaginó junto a otros artistas como “la antítesis de San Fernando, la augusta y conservadora institución”. Más aún, fue allí donde Goeritz decidió que esas pinturas, “increíblemente modernas”, eran exactamente lo que quería hacer en adelante. Unos años antes había comenzado a pintar, pero siempre apegado a lo que hacían otros: Miró y Chagall, por ejemplo. Altamira le reveló la manera de alcanzar una síntesis donde “naturaleza y abstracción, materia y espíritu, razón y sentimiento” podían unirse. Una posibilidad —esta de la “abstracción natural”, como le decía él— que se vería, además, confirmada por las muestras de arte prehispánico con las que Goeritz entró en contacto al poco tiempo de llegar a México, lugar al que viajó, en 1949, invitado a impartir el seminario de educación visual en la Escuela de Arquitectura de Guadalajara. México le provocó una “adicción” de la que nunca se repuso: fue allí donde llevó a cabo el grueso de su obra artística y donde finalmente murió, en 1990.

Pero además de ese periplo por el mundo, Goeritz experimentó otro tipo de desplazamiento que lo fue llevando lentamente de la pintura a la escultura, desde la cual terminaría dando más adelante el salto, asombrosamente lógico, hacia la arquitectura —sin jamás haberla estudiado—. Un trayecto que no podría explicarse sin entender la transformación que en simultáneo sufrió su relación con el arte, y ciertamente con el universo, al incorporar en su trabajo ideas cada vez más marcadamente espirituales, y pasar así de un artista enfocado en asuntos más bien formales a un creador volcado en una especie de trascendentalismo que al final lo llevaría a hablar, ya no de obras, sino de oraciones plásticas. “Reconozco el gobierno de una mística sobre todo lo que hago”, confesó en una entrevista tardía. Sólo así puede entenderse que pasara de sus primeras pinturas de trazo libre, llenas de colorido y de humor, a las esculturas donde abstracta pero abiertamente aparece representada, por ejemplo, la crucifixión —homenaje perpetuo a su idolatrado Mathias Grünewald—. Lo interesante es que un hombre que veía en la creación un acto religioso (“¡menos inteligencia y más fe!”, era su lema) pudiera ser al mismo tiempo endiabladamente moderno; al punto de lograr revitalizar en muchos sentidos la práctica de la escultura y la arquitectura en México. Desde luego, no es que pretendiera “una feligresía de iglesia, sino recuperar una fuerza espiritual perdida”. Esa era la gran contradicción de la que hablaba Monteforte, que se expresaba, por ejemplo, en los libros que mantuvo siempre en su cabecera: La Biblia y La huida del tiempo, de Hugo Ball. “Mitad dadá y mitad rotario”, le decía su amigo.

Él nunca se vio a sí mismo como un arquitecto; y es que no lo era, en sentido estricto. Era más bien un creador al que dejó de interesarle “pintar cuadros o esculpir figuras, por bonitos que sean”, pues lo que urgía era “crear un ambiente nuevo de la moral artística”. Esto es, un arte, ya decíamos, al servicio de la sociedad, que fuera totalmente público y monumental. De ahí que a sus famosas Torres de Satélite muchos las tacharan de “esculturotas”. Y, sí, decía él, pero “¿qué importa?”. Eran todo a la vez: pinturas, esculturas y, sobre todo, arquitectura emocional. “Y me hubiera gustado colocar pequeñas flautas en sus esquinas para que el viajero que pasa por la carretera oiga un extraño canto causado por múltiples sonidos en el viento. Para que ellas también sean música”, escribió en 1960. Esa fue, al final, su gran invención: la noción de arquitectura emocional; un antídoto contra la vulgaridad y el utilitarismo de buena parte de la arquitectura de su época. Espacios insólitos, casi inservibles, pero donde el visitante podía encontrar algo más que paredes y techo: emociones en las cuales moverse. Si uno ve la maqueta de madera —una escultura en toda regla— que Goeritz realizó para la capilla abierta del fraccionamiento Jardines del Bosque, comprende no sólo lo avanzadas que eran sus propuestas (ahí vemos un Richard Serra avant la lettre), sino lo generosa, delicada y casi heroica que era su concepción de lo que debía ser el futuro del arte.

El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional. Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 13 de abril.

La guardiana de la casa de Barragán

Barragán escalera

Por: Anatxu Zabalbeascoa  Fuente: http://blogs.elpais.com/del-tirador-a-la-ciudad/2013/08/la-guardiana-de-la-casa-de-barrag%C3%A1n.html

“Su casa no es simplemente una casa, sino la casa misma. Cualquiera podría sentirla suya. Sus materiales son tradicionales y su carácter es eterno” Louis Kahn escribió así sobre la vivienda de su colega mexicano, el arquitecto Luis Barragán.  Crecido en los campos al sur de Jalisco, en la Hacienda Corrales que tenían sus padres, los caballos y la naturaleza de esa infancia están presentes en casi todas sus obras, también el hacer sencillo del Mediterráneo que aprendió de la mano de Ferdinand Bac y su Les Jardins Enchantés. Es eso, una lección de humildad, lo que se esconde detrás de la fachada del número 14 de la calle del General Ramírez en el barrio popular de Tacubaya, al suroeste del centro histórico de México D.F.

Cuando uno visita la casa tropieza con la biografía de un hombre al que le gustaba contemplar a diario, sobre su mesa de trabajo, la escultura que recibió con el Premio Pritzker. En una intimidad, que Barragán legó como documento público,  el visitante descubre la devoción por San Francisco en una austeridad rota solo por decoraciones religiosas. Así, uno ve a Barragán en cada estancia de su casa: recortando imágenes de revistas y colocándolas en el magnífico atril que le diseñó Clara Porset. Aparece el arquitecto en cada uno de los vacíos de la vivienda -dejando pasar la luz, llevando la vista hasta la hiedra del jardín- y surgen también, entre esas paredes ocasionalmente coloreadas, los amigos artistas: Chucho Reyes y Mathias Goeritz. Con ellos llega la sorpresa de los colores, la libertad de elección y los recorridos alternativos en una casa con varias puertas, varias escaleras y, queda claro al entrar, muchos secretos.

Es significativo que, tras participar en las promociones del Pedregal de San Ángel, convertido en su propio cliente al regresar de Europa, a partir de 1940,  Barragán eligiera para vivir las calles tranquilas de un barrio popular. Los caballos no caben en una casa entre medianeras de un vecindario como Tacubaya. Pero están presentes en la casa, en un vestidor al que uno llega a descalzarse sin necesidad de ensuciar más estancias.

Más allá de perseguir la huella de la luz y, además de encontrar en Tacubaya el origen de tantas obras posteriores –si uno cierra las compuertas de la habitación de invitados aparece la fachada interior de la iglesia de la luz de Tadao Ando-, por encima de sugerencias e inspiraciones, la casa encierra un misterio. Justo al salir al jardín, uno se tropieza con una estancia que no se visita. Todavía vive alguien allí. Barragán, soltero y sin hijos, legó a su muerte, en 1988, ese pedazo de su vivienda a la mujer que cuidó de la casa durante décadas. Regalo, cuidado y responsabilidad. A pesar de que una fundación vela por la casa desde 1994 (la Unesco la nombró Patrimonio de la Humanidad en 2004), han sido las manos de esa fiel guardiana -y aunque de un pedacito, única heredera- las que durante años han cuidado de la casa de Tacubaya en la que vivió el complejo Luis Barragán, autor de una arquitectura solemne y, sin embargo, sabiamente humilde.

 

Barragán ventana
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Bilbao en el Pompidu [Paris]

La obra de la joven arquitecta mexicana Tatiana Bilbao, que desde diciembre pasado integra la colección de arquitectura del prestigioso Centro de Arte y de Cultura Georges Pompidou, se mostrará al público desde el 8 de Octubre, lo que -asegura- es el mejor reconocimiento que ha recibido hasta ahora. “No hay inauguración, no es una exposición. La obra se presenta como parte de las colecciones permanentes en una sala monográfica. Es una muestra chiquita pero para mí es muy importante”, comenta Bilbao.

En entrevista con REFORMA, reconoce la relevancia de que su trabajo forme parte de la colectción de este centro cultural -una de las más importantes del mundo junto con la del Moma en Nueva York- ya que, hasta ahora, sólo albergaba una obra de Mathias Goeritz, de 1959. . Después de año y medio de un proceso en el que 10 de sus obras se sometieron a un comité de adquisición que busca conformar colecciones de referencia, el Pompidou, que en materia de arquitectura quiere apostar por las nuevas generaciones, adquirió en diciembre pasado tres proyectos de Bilbao, “La Ruta del Peregrino”, “La Casa A” y “El Centro de Espectáculos de Irapuato”. “Me contactaron y me pidieron que les presentara 10 proyectos de lo más representativo de mi obra y de eso eligieron estos tres. Fue para mí algo extraordinario”, relata. Bilbao estima que estos tres proyectos corresponden a su visión de la arquitectura pero también son reflejo de lo que es hoy la arquitectura mexicana “Mi trabajo representa a la arquitectura contemporánea mexicana. Tratamos de hacer arquitectura con una visión del mundo más global, más heterogénea pero también particular ya que nuestra identidad e individualidades son muy fuertes. “Una arquitectura a partir de lo que somos en México; es decir, un País con poca tecnología y mucha mano de obra”, precisa. Tatiana Bilbao, 38 años nacida en el Distrito Federal, confiesa mayor afinidad profesional con Mario Pañi que con Luis Barragán y define su arquitectura como “sincera y clara, fácil de leer”. “Es la manera en la que trabajo. Piedra, papel y tijera, es el modo de trabajar más sencillo”. En sus proyectos, comenta, hecha mano de los recursos disponibles en México sin necesidad de importar nada ni utilizar materiales tecnológicos con los que el País no cuenta o para los que no dispone de gente capacitada para instalarlos o darles mantenimiento. De igual forma, explica que así como recurre a los materiales más sencillos y en bruto, también gusta de dejarlos con sus colores naturales. “No es minimalismo, es sincerismo. Lo que ves es lo que es. Es buscar la manera de sacar lo máximo de lo que tenemos. Pero no es una arquitectura tradicional ni restrictiva. Mira al futuro, tiene creatividad”, dice Tatiana Bilbao, que prepara una exposición en el Camegie Museum de Pittsburgh para mayo próximo y un libro sobre su obra que se publicará en México, estima que esta nueva relación con el Centro Pompidou la obliga a una mayor responsabilidad en su trabajo. “Lo veo como una gran responsabilidad de dar continuidad a la carrera que llevo”. Pero lo considera también como un primer reconocimiento para la nueva generación de la arquitectura en México. “La arquitectura mexicana está retomando fuerza. Sin llegar a los niveles que han alcanzado el cine o el arte contemporáneo mexicanos, hoy se empieza a reconocer a la arquitectura mexicana fuera de nuestras fronteras. “La generación detrás de mí viene fuerte y hará cosas muy padres, dejará huella”, pronostica.

Fuente: Reforma.

Al rescate de ”La Familia” de Horst Hartung

Con la firme intención de no dejar que siga el maltrato a ”La Familia”,  el conjunto escultórico de Horst Hartung que se encuentra al ingreso de la Unidad Revolución, en Providencia, el arquitecto Jorge Tejeda (docente y egresado de la Escuela de Arquitectura de esta institución) ha presentado un proyecto de renovación a varias instancias gubernamentales sin lograr apoyos reales.

Se trata de la obra que en 1964 diseñó este arquitecto nacido en Alemania (1919) y radicado en la ciudad desde 1951 hasta el día de su muerte en 1990. Hartung, junto con Mathias Goeritz, Bruno Cadore y Erik Coufal formaron el grupo de maestros europeos que vinieron a fundar la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara en la década de los cincuenta por invitación de Ignacio Díaz Morales. Y es por este último –que posteriormente también cimentó la Escuela de Arquitectura del ITESO- que Tejeda conoció personalmente a Hartung. “Estudiando su obra y la de toda esa generación, se vuelve básico recuperar su arquitectura y más la poca escultura que se tuvo en ese momento. (En Guadalajara) hay muy pocos conjuntos escultóricos con el valor como el que tiene La Familia”, asegura Tejeda.

Así las cosas, es por su “alto valor histórico, arquitectónico y plástico” que se deben tomar acciones para evitar su deterioro, pero sobre todo, para detener su olvido.

”La Familia
Jorge Tejeda califica a Hartung como “una pieza clave dentro de la historia de la arquitectura de esta ciudad no solamente por los edificios que hizo (Unidad Deportiva Revolución, las facultades de Veterinaria y Odontología de la UdeG y el Mercado Alcalde, entre otros) sino también por haber sido un gran estudioso de la cultura maya a un alto nivel” y un extraordinario ser humano.

Sin embargo, pese a lo sucedido, no ha habido un reconocimiento o valoración para la escultura. “No hay un entendimiento hacia la pieza, la tienen abandonada, no se ve, está demasiado forzada la perspectiva con una reja que tiene hacia el frente cuando esta forma parte de un conjunto que hace equilibrio con la entrada de la Unidad Revolución”.

Jorge Tejeda “El Padrino”
Egresado de Arquitectura en el ITESO, se ha especializado en el diseño de vivienda social. Es autor de la Plaza de los 50 Años en el ITESO.

Fuente: El Informador