Conferencia la casa de Luis Barragán: dispositivo para la epifanía [CCAU]

Este jueves 27 de marzo  a las 8:30pm en el CCAU Centro para la Culura Arquitectónica y Urbana se presenta la conferencia La casa de Luis Barragán: dispositivo para la epifanía qué imparte Juan Palomar.  Entrada libre

La epifanía: manifestación, revelación, aparición. Una reflexión acerca de los dispositivos que actúan en la arquitectura para acercarse a lo inefable, al filo siempre elusivo del misterio y de la gracia. La casa de Luis Barragán, epifanía absoluta, como aprendizaje y punto de partida para encontrar nuevas trayectorias vitales y arquitectónicas. Y otras apuestas cruzadas para ensayar esos caminos: intentos para convocar la epifanía.

Luis Barragán, el epicentro | Hallazgos visibles (II) [arquine]

por Oscar Ramírez | @Oo_inc

¿Se puede ubicar el epicentro del universo barraganiano? Si fuera posible estoy convencido de que no sería relevante, pero las consecuencias que derivarían de ese evento sí lo son y se pueden visitar cualquier día. Sin embargo, asomarnos a ese principio puede alumbrar pistas de un posible proceso de diseño en la obra de Luis Barragán.

CasaBarragan escaleras

El lugar más emblemático, fotografiado y acaso más original de toda su obra es el corazón de su casa en Tacubaya: la biblioteca y sala o estancia o hall, como gusten llamarle. Ahí se encuentran la conocidísima escalera y el ventanal. Este espacio corresponde, en la actualidad, a una sola habitación dividida por algunos muros y biombos. En las primeras fotografías de ese espacio, se puede ver que no contenía muros ni mobiliario que lo dividiera. La fotografía 28 del folder 35, en la caja 33 del archivo de Esther McCoy, del Archives of American Art,

http://www.aaa.si.edu/collections/container/viewer/Barragan-House-1947-1948–492932

se puede ver una fotografía del mencionado espacio en su aspecto primitivo, con apenas algunas butacas que lo amueblaban. Es de notar no sólo la ausencia de mobiliario sino también la de cuadros en los muros y de alfombras.

13 escalones

Por fortuna ya ha sido investigado y documentado —de forma abultada— el origen (si se le puede llamar así) de la famosa escalera en cantilever de la Casa Barragán. Se sabe que Barragán conoció el proyecto de Le Corbusier para el ático de Carlos de Beistegui, donde se puede mirar una escalera muy similar a la construida en la actual Casa Ortega, poco tiempo después, hacia 1943. Sobre ese evento, existe una pista concreta que menciona Antonio Ruiz Barbarin en el libro Luis Barragán frente al espejo, la otra mirada (editado en el 2008 por la Fundación Caja de Arquitectos). En la página 97 aporta lo siguiente: “El encuentro se produce gracias a la intervención de una gran mecenas. Barragán conversa con Marie de Noailles, vizcondesa de Bizarre y dueña de una de las mejores colecciones de arte de Francia, acerca de Le Corbusier, y es ella quien le recomienda que visite una obra que acaba de terminar en los Campos Elíseos de París para un paisano suyo, Carlos de Beistegui. Y Barragán va a verla. Esto sucede con posterioridad al 3 de septiembre, posiblemente en algunas de las fantásticas fiestas que este millonario acostumbraba dar en su ático”.

Lo particular de esa escalera tiene que ver con las dimensiones utilizadas en la proyectada por Le Corbusier y por la jerarquía estética otorgada a un objeto en principio utilitario. En la página 107, de dicha publicación, se encuentra la siguiente observación: “La escalera exterior de esta vivienda es otro antecedente muy claro de la que luego aparecerá, hecha de madera, en el interior de su casa-estudio: es, a su vez, una clara reminiscencia de la del ático Beistegui. Sus escalones pertenecen al muro desde el que vuela. Es una escalera de concepción muy primitiva, con antecedentes claros en muchas culturas antiguas que, quizá, Barragán reinterpreta de una manera contemporánea o le traiciona el subconsciente de una que vio en París… En esta primera ocasión la realizará de ‘concreto’ (mortero de cemento y armadura metálica), pero, además, contiene el mismo número de peldaños y el ancho: ¡es idéntica a la de la escalera que construirá siete años más tarde en el interior de su casa definitiva! El empotramiento y funcionamiento estructural en voladizo es el mismo también, situándose igualmente en el costado derecho. La solución interior futura la realizará, sin embargo, de una forma más sutil y ‘elegante’ en madera de sabino”.

Se podría entender o suponer que, si Barragán repitió la fórmula ya aplicada en la escalera de la Casa Ortega para su siguiente obra, su propia casa en el número 14 de la calle Francisco Ramírez, ése fue el parámetro de altura y del nivel de entrepiso del tapanco y del descanso de la escalera principal. Asimismo, es la condicionante de altura total en la biblioteca y estancia y, por supuesto, del resto de las habitaciones de la planta alta: principal, cuarto blanco, de huéspedes y tapanco). Es así que la altura del ventanal hacia el jardín se puede comprender: su altura de 4.50 metros va desde el nivel de piso terminado del jardín al lecho bajo de la trabe de ese muro. Esa cota genera la anchura de ese ventanal cuadrado. Dicho elemento está enmarcado por la herrería del ventanal que forma una cruz, misma que se “oculta” en su perímetro para destacar la cruz griega. De esta manera, dado el referente de diseño de una escalera de 13 escalones empotrada a un muro por su costado derecho, se puede entender la totalidad de las alturas de la casa. Al nivel de piso terminado del llamado “tapanco” se le suma la altura de las habitaciones de entrepiso. Sólo como un dato para tener en cuenta, la altura del tapanco, es decir del entrepiso de la doble altura de la biblioteca y estancia, es la misma que la altura de los muros perimetrales hacia la calle y la colindancia de la terraza o azotea.

Sobre el ventanal que forma una pronunciada cruz griega hacia el jardín de 4.5 x 4.5 metros sabemos que en su origen estaba formado por una retícula de herrería de 25 x 25 centímetros que cubría con perfección ese vano. Un ejemplo idéntico a lo que menciono puede ser visto en la actualidad en la ventana de la biblioteca de Casa Barragán que da hacia la calle y en los ventanales de la previa Casa Ortega que igualmente dan hacia el jardín en el extremo poniente de la casa. Una fotografía de autor desconocido retrata a Chucho Reyes sentado en una diminuta silla mientras observa un muñeco de cartón de grandes dimensiones. Al costado izquierdo se asoma un piano (mismo que se puede ver en fotografías interiores de la Casa Ortega cuando era habitada por Barragán en 1945).

Jesus Reyes Ferreira 3BN

Por las texturas en el aplanado de los muros, se puede saber que ese espacio corresponde al ventanal de la estancia que da al jardín. Se trata de la única imagen de esa habitación con el ventanal resuelto en retícula, distinto a su estado actual. Pero guarda algunas similitudes, ya que se oculta la herrería de su perímetro por el acabado de los muros, factor que hace resaltar la forma geométrica del elemento. Dicha solución fue cambiada al poco tiempo (1948 aproximadamente) para dar paso al emblemático ventanal con una cruz apuntada que se puede observar hoy en día. Dicho sea de paso, en la foto se puede apreciar que aún no se había colocado el piso de madera que hoy se asoma.

Sobre el espacio que divide la biblioteca de la estancia —que es uno sólo—, se tiene el registro de que fue consecutivamente fraccionado hasta tomar la forma actual. La fotografía 11 del folder 35, en la caja 33 del archivo de Esther McCoy, del Archives of American Art, agrega muchos elementos a considerar.

http://www.aaa.si.edu/collections/container/viewer/Barragan-House-1947-1948–492932

El muro bajo que divide la estancia de la biblioteca, fue construido a partir de los libreros, como su extensión. Dichos muebles en un principio se extendían hasta la chimenea y posteriormente fueron modificados para delimitar el espacio de la estancia. La diferencia de años para tales modificaciones es de tres, periodo muy corto si consideramos todas las modificaciones de la casa. Otro elemento modificado es la sección baja de la escalera en cantilever de la biblioteca, en un principio no contenía alfombra y se podían mirar las duelas del piso. En un periodo posterior fue pintado de rosa al igual que el muro sur, hacia el tapanco. Dicho muro que sostiene la escalera, previamente estaba rematado con un librero que después fue retirado para dar paso a un muro de la misma altura que Luis Barragán.

Barragan 18

Salvo en un momento en que el muro bajo de la escalera de la biblioteca era rosa, el resto de ese espacio, estancia y biblioteca, siempre fue de un solo color: blanco, tal como lo es ahora. Dentro del ideario colectivo de la estridencia cromática de Barragán, ese apunte señala que a don Luis se le puede analizar desde otra perspectiva que no sea la del color. Por otro lado, su casa puede ser interpretada y se le puede dar una lectura desde una visión muy simple y compleja al mismo tiempo: se llama geometría y eso, explica muchas cosas.

 

Fotografías: Andrew Greensmith, cortesía Fundación Arquitectura Tapatía.

Para celebrar a Guadalajara…y a Luis Barragán

image001Por Juan Palomar

Ahora que el Ayuntamiento de Guadalajara ha decidido dedicar las festividades por el 472 aniversario de su fundación a Luis Barragán, convendría hacer algunas reflexiones al respecto, y una propuesta concreta al municipio.

La obra del mayor arquitecto mexicano ha sido poco apreciada y respetada en su ciudad natal. En 1980, coincidiendo con la entrega a Barragán del Premio Pritzker (la mayor presea mundial de arquitectura, frecuentemente equiparada al Nobel en este campo) el Ayuntamiento dio la licencia de demolición para destruir una de sus mejores obras: la Casa Aguilar de la calle de López Cotilla 1505. Un decenio antes, de la misma manera, se demolió la casa para Carmen Orozco (en coautoría con Juan Palomar y Arias) en el 1034 de la misma calle. Las dos casas de renta que edificó para el licenciado Robles León en la esquina surponiente de La Paz y Colonias han sido altamente desfiguradas y así permanecen. La casa de Rayón 135 entre Juárez y López Cotilla sufre un marcado abandono con el consiguiente deterioro; el Parque de la Revolución ha experimentado múltiples alteraciones. La casa de Marcos Castellanos 132 ha sido modificada, la casa para el licenciado José Arriola de avenida de las Rosas 543 en Chapalita experimenta su enésima desfiguración; los paseos arbolados de Jardines del Bosque han sido gravemente alterados, lo mismo que la iglesia del Calvario y la fuente y la glorieta completa de Arcos y Niños Héroes; el jardín de la casa de Madero y Robles Gil fue destruido y los arreglos de dicha construcción desfigurados…

Lo anterior es un apretado recuento de los daños infligidos a uno de los más importantes patrimonios culturales de Guadalajara. Salvo tímidas clausuras en algún caso reciente y flagrante –la casa de la avenida de las Rosas, municipio de Zapopan- no ha habido por parte de las autoridades, del Ayuntamiento, del INBA, de la Secretaría de Cultura estatal, ninguna acción decidida y de fondo para proteger este patrimonio. Sería más que tiempo que esas tres instancias se coordinaran para buscar algún instrumento eficaz de salvaguarda y para emprender acciones concretas para la protección y la restauración del irreemplazable acervo barraganiano. Lo anterior sería una eficaz y urgente celebración de la figura y la obra de Luis Barragán…y de Guadalajara.

Y ahora una propuesta muy puntual (que ya ha sido enunciada antes en este espacio): recuperar la capilla abierta de Jardines del Bosque, cuyos restos se encuentran en el Parque de las Estrellas. Este espacio, absolutamente magistral, consistía en apenas cuatro muros que encerraban un ámbito vacío destinado a la meditación, a la contemplación y a la consideración del cielo y las frondas de los gigantes que lo circundaban. Una obra maestra.

Resulta que a la autoridad municipal le pareció apropiado, hacia la década de los setenta, rellenar los cuatro muros retacando entre ellos una oficina del Registro Civil. Está de más abundar en la magnitud y desatino de semejante acción. Estamos a tiempo para buscar YA una ubicación adecuada para la oficina citada, limpiar y restaurar el espacio y los muros y devolverle a la ciudad, por lo menos, una valiosísima pieza del patrimonio perdido. Sería un regalo de aniversario para Guadalajara realmente significativo, y una contribución señalada a la integridad de la obra del más destacado arquitecto tapatío y mexicano, cuya herencia espiritual e influencia se han hecho sentir en todo el mundo.

Querido Luis [arquine]

Fuente: Arquine http://www.arquine.com/blog/querido-luis/

por Juan Manuel Heredia | Portland State University | @guk_camello

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Casa de Luis Barragán, ciudad de México, 1948 (foto: Emilio Ambasz)

Una carta de la crítica estadounidense Esther McCoy a Luis Barragán, resguardada en copia en los archivos del Smithsonian Institute de Washington, ofrece un atisbo a la obra del arquitecto mexicano; traduzco:

9 de Noviembre de 1982

Querido Luis:

Al hojear tu libro sobre la capilla de Tlalpan recordé la primera vez que visité tu obra en México – Los Jardines del Pedregal, después tu propia casa. En alguna ocasión Remy de Gourmont dijo que encontrarse frente a frente con la genialidad significa sentir un nuevo escalofrío. Cuán verdadero fue el increíble impacto que sentí al ver tu obra.

Que fiel has sido a tu propio genio querido Luis. Y al hacerlo, tú más que todos los demás has sido fiel a México. Celebras a México con calma dórica; pero infinitas memorias de lugares parecen burbujear debajo de la calma.

Un día me diste un regalo. En 1951 me dejaste a solas en tu casa junto a una fotógrafa. Cuatro horas de regocijo en la perfección. Pero Luis, algo más ocurrió – una tristeza sobrecogedora.

A lo largo de los años me ha quedado una mezcla de alegría y de tristeza cada vez que contemplo o pienso en tu obra. Se trata en verdad de un nuevo escalofrío. Gourmont estaba en lo cierto.

La carta fue escrita un par de años después de la entrega del Premio Pritzker a Barragán. McCoy lo elogia sobre “todos los demás” arquitectos mexicanos (implícitamente sobre Juan O’Gorman y Francisco Artigas quienes también fueron sus amigos) y ve en su obra una mayor sutileza y fidelidad con la cultura del país. McCoy también rememora la visita que en 1951 hizo a la casa de Barragán acompañada de la fotógrafa Elizabeth Timberman, y que resultó en la sección correspondiente del famoso número de la revista Arts and Architecture dedicado a México en agosto de ese año. Sin embargo el tema central de la carta es el sentimiento encontrado de felicidad y tristeza experimentado por McCoy en los edificios de Barragán, inclusive al solo pensar en ellos. Es interesante que una crítica tan aguda como McCoy no hallara palabras más precisas para describir sus vivencias. Esta imprecisión, más lógica que fenomenológica, se supera atendiendo a la obra del arquitecto, o más bien a sus representaciones.

Alegría y tristeza, felicidad y melancolía, saciedad y vacío, compañía y soledad, presencia y ausencia, lenguaje y silencio, vida y muerte. Estos binomios, intencionalmente acomodados aquí pero algunos de ellos invocados por el mismo Barragán, hallan su correlato en muchas imágenes de su arquitectura, en especial de su propia casa. Tengo en mente la fotografía del vestíbulo tomada por Emilio Ambasz en 1978. A diferencia de las imágenes más preciosistas de Armando Salas Portugal, esta captura mejor algo de aquella simultaneidad de emociones experimentada por McCoy con acento en los términos negativos. No el vacío de las superficies o la ausencia del ornamento, sino el vacío del espacio y la ausencia del cuerpo. Negatividades nunca unívocas sino siempre conteniendo sus opuestos: ‘colmadas’ de potencial o ‘llenas’ de posibles presencias. En la imagen: el teléfono, la lámpara y los otros objetos sobre la mesa, la canasta tejida y los cables desarreglados sobre la alfombra, la silla ligeramente alejada y girada hacia uno, y la escalera descendiendo junto a la luz reflejada, aparecen como esperando el arribo de alguien o como testigos de una figura que solo recién se marchó. En esta fotografía el cuerpo humano esta presente mediante sus rastros o huellas. Más allá del interior burgués analizado por Walter Benjamin, se trata de las huellas de toda gran arquitectura en su doble sentido de registro y anticipación de acciones y posturas, pasadas o por venir.

Fallecida en 1989, McCoy recientemente resucitó de entre los muertos y desde su cuenta de Twitter publicó una fotografía de aquella visita a la casa de Barragán. Parada sobre el descanso de la escalera, la escritora aparece petrificada y absorta, transmitiendo un sentimiento similar al descrito en su carta. La imagen también revela que aquella soledad regalada por Barragán y compartida con la fotógrafa era en realidad una soledad a tercias. En ella una empleada doméstica, uniformada según las buenas costumbres y con los años de trabajo visiblemente a cuestas, se posiciona para arreglar el escenario de la ausencia retratado por Ambasz.

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Es quizá una coincidencia que el mencionado número de la revista Arts and Architecture contenga un ensayo de McCoy en el que critica a los arquitectos mexicanos -Barragán incluido- precisamente por los lugares asignados en sus proyectos al personal de servicio. Según McCoy “para un norteamericano acostumbrado a las casas sin sirvientes uno de los defectos [de las casas mexicanas] es la pequeñez y falta de carácter de sus cocinas… [L]os vestíbulos de entrada, luciendo una planta artificial, son frecuentemente más amplios que [ellas]. Esperemos [también] que algún día el cuarto de ‘criados’ tome prestado algo del espacio reservado a la recamara principal”.[1] De acuerdo a lo recientemente expuesto por Arturo Ortiz Struck y Alejandro Hernández Gálvez, esta cuestionable tradición de la arquitectura mexicana sigue bastante vigente. Este último, de hecho, hace alusión a otro escrito de McCoy en el que se critica al proyecto de Barragán para El Pedregal, afirmando que sus casas, “grandes y elegantes (con excepción de la propia de Max Cetto), continúan los estilos de vida de las casonas de la era colonial pero con una vestimenta moderna”.[2] En este sentido la mención de McCoy a las “infinitas memorias de lugares” que subyacen en la arquitectura de Barragán adquiere una connotación distinta. En su crítica, la escritora norteamericana contrastaba las casas mexicanas con las contemporáneas Case Study Houses de Los Ángeles y al elogiar la ausencia de cuartos de servicio en estas, ponía en duda la modernidad de aquellas. Las casas mexicanas sin embargo podían considerarse tan dignas representantes de la modernidad como las californianas solo que mostrando su ‘cara oculta’: la colonialidad.[3]


[1] Esther McCoy, “Architecture in Mexico” en Arts and Architecture 68 (Agosto de 1951), 27.

[2] Esther McCoy, “Arts and Architecture Case Study Houses” en Perspecta 15 (1975), 73.

[3] Walter D. Mignolo, La colonialidad: la cara oculta de la modernidad”, en Modernologías – catálogo de exposición en el Museo de Arte Moderno de Barcelona (Diciembre, 2009): (http://www.macba.es/PDFs/walter_mignolo_modernologies_cas.pdf).

Dos genios en el andamio: memorias del muro de las bienaventuranzas

image001Por Juan Palomar

Gracias a los afortunados hallazgos del internet apareció recientemente una foto absolutamente memorable. El crédito de la imagen es del señor Ezequiel García. Está fechada en 1937, en Amatitán, Jalisco.

El gran muro que se aprecia en la fotografía corresponde al ábside de la Parroquia de Amatitán. Por aquellas fechas, una acaudalada señora con importantes propiedades en la región le encomendó a su ahijado arquitecto las tareas de restaurar y renovar, a sus costas, la iglesia mencionada y la correspondiente en el vecino poblado de Arenal. De allí los trabajos que se ven en marcha.

El ahijado está subido en el andamio. Un amigo y cliente le acompaña. El ahijado es Luis Barragán, el amigo es José Clemente Orozco. La sombra sobre el muro revela la ausencia de la mano izquierda del pintor: según las crónicas subió trabajosamente, a pesar de su larga costumbre en esas lidias.

Barragán hizo, para estos encargos, de Ignacio Díaz Morales su colaborador. El maestro, quien también estaba presente en el lugar, contaba la razón por la que Orozco, furibundo anticlerical, pero gran creyente en la grandeza de Cristo, había insistido en subir a estar cerca de los caracteres romanos con los que las indelebles, maravillosas  bienaventuranzas estaban siendo grabadas en el muro: “Quiero meter la mano en esas letras”, afirmó contundente.

Y allí están los dos: el mayor arquitecto mexicano y el mayor pintor que ha dado nuestro país. Difícil encontrar tal reunión de genios en el arte nacional de todos los tiempos. Platicaban sobre algo que hacia su izquierda sucedía. Esas palabras se las llevó el aire. Lo que quedó es la repetida colaboración entre los dos artistas, primero en la casa estudio para el pintor de López Cotilla 814 del año de 1935 y después en un encargo similar para la ciudad de México.

Los dos estuvieron juntos en Nueva York, hacia 1931, cuando Orozco realizaba una de sus estancias norteamericanas. De allí proviene una serie de fotografías de los murales del Pomona College que Barragán envió por esas fechas a alguno de sus amigos más cercanos.

Luis Barragán tuvo siempre colgada, en el muro de honor de su casa de Tacubaya, una ampliación de un grabado de Clemente Orozco: Pueblo mexicano. Allí es fácil leer la comprensión profunda que ambos compartieron de las esencias últimas del alma nacional: y cómo lograron transfigurarla e integrarla en sus respectivas obras. Y no es tan difícil, ante su evidencia, oír las palabras que aquel día de 1937 el arquitecto estaba grabando en un muro, y el pintor palpaba con su única mano: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos…

 

FORGET BARRAGAN

A proposito de 25 años de la muerte de Luis Barragán que se cumplieron el  viernes 22 de noviembe de este año.
by Pablo León de la Barra
I first visited Barragan’s house sometime in the autumn of 1994, just after the legal fight for his inheritance had finished, but before the house was opened to the public. It was late in the afternoon, before sunset and there was not much light. The house was gray, the plaster on the walls was falling and everything smelled like old dust, the smell of being locked for a long time time, the smell of dead. It was like entering into the past, to a place where time had stopped. The coloured walls looked flat, not at all like the coloured photographs of Armando Salas Portugal. I must confess I was not very impressed by the house.
I was 22 at the time, finishing my studies of architecture and starting to develop an obsession with Barragan’s architecture. During the past summer Fernando Romero and myself had been working at the Atelier of Andres Casillas, maybe the only true disciple of Barragan who had collaborated with him in the design of the Egerstrom House. In December 1993, we had visited some works of Casillas, especially one, an old club house in Valle de Bravo which I had visited frequently as a child and which constantly appeared in my dreams. We contacted Casillas, who invited us for a drink in his house, and who later invited us to collaborate with him. Working with Casillas, we learned the secrets of a discipline that were transmitted to us in an almost secret way. Around the time we also visited many of the works of Barragan, most of which were then closed to the public: Gilardi, Prieto, Egerstom, Galvez, Meyer, Capuchinas, El Pedregal, Arboledas, Satelite, etc. Together with another friend, Omar Fernandez, Fernando celebrated one of his birthdays doing a party inside one of the Torres de Satelite which were normally locked. On another occasion I also invited a group of friends to a small installation I did inside the yellow tower, where slideshow images were projected towards a mirror and then towards the walls of the tower; in order to produce electricity for the projector to work, I had borrowed a gasoline power plant from a friend! Some mornings I would wake up really early, drive towards Las Torres, and walk around them and inside them waiting for the sun to rise, the framing of the sky by the interior of the towers would produce similar effects as those experienced in a James Turell installation. Our interest also expanded into studying and visiting the works of Mathias Goeritz, especially El Eco, and Chucho Reyes’ house. Through my friend Alvaro Moragrega in Guadalajara I also visited most of Barragan’s early work in Guadalagara and his library which had been relocated there. In Guadalajara I got in contact with an inherited and continued tradition of architecture which favoured poetics, serenity and space over architectonic fashion and high tech.
At that time there wasn’t much interest in Barragan’s work in Mexico, his architecture was considered by some as out of fashion, for others, it had been linked to discourses on national identity. His work was much more respected outside of the country. As most of his work was inaccessible, people had access to his work through the images that appeared in books, which were copied by architects and which had created the so-called “Barragan Style”. Much of this copying had to do with integrating colour to the building, and not with understanding the spatial complexity of his work. For Fernando and myself, as well as for other of our friends and contemporaries (Pedro Reyes and Jorge Covarrubias among others), the work of Barragan offered an alternative to the architecture education we had received up to the moment, a school based in importing and adapting models seen in foreign architecture books magazines in order to incorporate the country to super-modern globalisation. I must also say that we were not interested in following Barragan’s footsteps, but much more in learning from his work, understanding his process, and how he had created such a unique architecture.
In the summer of 1995 I did my social service at Barragan’s House (students in Mexico, when they finish their bachelor studies, are required to donate six months of voluntary service to a non profit institution), assisting the newly appointed first director of the House-Museum, Norma Soto. Through a series of donations the house was being refurbished and recovered its old spirit. There, I trained young architecture students in giving guided tours to visitors to the house. Most of the visitors were mostly foreigners or other young architecture students. It’s funny how still today the guides repeat many of the stories I used to tell about the house and how these stories are still transmitted, repeated and transformed by the new volunteers. But mostly what I did, was spend time in the house. I arrived early in the morning and left late at night. I measured it all, trying to understand Barragan’s spatial proportions. I experienced it under the most diverse and fascinating light conditions. I made phenomenological experiments trying to understand the different perceptual conditions that happened in the house. I followed shadows and reflections. I walked around without shoes. I walked with my eyes closed smelling or touching the different materials. I had lunch in the kitchen with Paulita and Ana Maria, his old cook and housekeeper. I would spend time in the garden under the sunlight with his old gardener. I would visit his workshop and garden across the street, and was one of the first to have access to his previous house and gardens next door. I got drunk with tequila in the dinning room. I turned lights on and off. I opened and closed doors. I slept in the different rooms. I opened his wardrobe. I ate the red flowers from the Colorin tree in the garden that he loved to have cooked for lunch. I swam on the fountain, walked naked on the roof terrace and kissed lovers there while seeing airplanes pass overhead.
It was at that time that I started doing art installations, many of which were informed by the knowledge I had acquired at Barragan’s house. I felt a strong connection with Luis Barragan, a man whom I had never met (he died on November 22, 1988) but who was having such a strong influence on my life. I was even making connections between his birth date (March 9, 1902) and my birthday (March 19, 1972).
After his house was opened to the public new interest developed in Barragan’s work. During March and April 1996 two major exhibitions were presented at el Palacio de San Ildefonso in Mexico City which revealed new understandings of his work: “Obra Completa” (which organized chronologically most of his work, from his early Guadalajara period to his early modern buildings in Mexico City to the final consolidation of his architectonic language), and “Sitio + Superficie” curated by Carlos Ashida and which made analogies and cross lectures between his work and the work of minimalist artists working in the 70’s: Andre, Judd, Flavin, Serra, Irwing but also with artists such as Albers, Long and Gonzalez Torres. A series of publications with more images of his work followed. Those years, I used to meet weekly at a cantina with Victor Alcerreca and Alejandro Hernandez among other friends in a kind of secret society with our self appointed teacher Humberto Ricalde to discuss the need of writing a document which liberated Barragan from the two dimensional myth and which with a critical and generational distance could re-read his professional and personal complexity. In a similar way the acquisition of the Barragan archives by the Vitra Foundation in Switzerland, together with the later exhibition and publication by Federica Zanco and Emilia Terragni “The Quiet Revolution” contributed extensively towards liberating Barragan from a single, one dimensional reading to a much more complex understanding of the man and his work.
In September 1997 I left Mexico to go to study to London. The day before flying, I went very early in the morning with Jeronimo Hagerman for the last time to Barragan’s house. The shadows in the roof were extremely long, within some minutes as the sun rose, the shadows started moving quickly until almost disappearing. The space filled with light. There were no clouds on sight, just one or two airplanes passing above, signs of a departure. We took some polaroids of ourselves in the house and hid them under one of Barragan’s heavy cabinets. Maybe they are still there.
Since then I have been practicing an exercise called “Forget Barragan”. When I’m in Mexico City, I try not to visit his works or his house. I have noticed how most of my friends who have worked around or about his work have developed this crazy obsession on him, sometimes they think they are him, or act as the widow he never had. I constantly try to forget Barragan, still he constantly reappears, existing inside my subconscious and appearing inside my dreams.