De un patio a otro, trabajos in situ. 2014

Daniel Buren interviene, ilumina y domina el ICC de Guadalajara

Por: Sergio Gonzalez, 11 de Marzo 2014

Uno de los considerados padres del arte conceptual, el artista francés Daniel Buren, se apodera de los espacios del centenario edificio del Instituto Cultural Cabañas, ICC (18 de los patios), e incluso de la capilla Tolsá, de Guadalajara, Jalisco.

Se trata de una intervención artística sin precedentes para la ciudad, el país y América Latina, que la que el artista francés se prepara para impresionar a los jaliciences en particular y a los mexicanos en general.

Y para una muestra del tamaño e impacto de la obra, sólo se necesita echar una ojeada a los organismos que tomaron parte en su planeación y organización: Fundación Iberoamericana para el Arte y la Cultura A.C., Conaculta, INAH, Gobierno del Estado de Jalisco, la LVII Legislatura de la Cámara de Diputados, la Secretaria de Cultura Jalisco, el Instituto Cultural Cabañas, la Galería Hilario Galguera, Espac Galería de Arte Contemporáneo, Hotel Demetria, Comex, Tequila Reserva 1800, Vogue y BMW (que en conjunto aportaron ocho millones de pesos para cubrir los gastos).

La intervención abrirá sus puertas a partir del 14 de marzo, con un impacto visual sin precedentes, copado de laberintos dentro del laberintos, espejos que irrumpen y multiplican el agua de las fuentes, pasillos infinitos, líneas negras que reptan y serpentean por las columnas y arcos; luces y flashes que envenenan de verdes, azules, amarillos, morados y rojos.

“Se trata de intervenciones a los espacios abiertos y a la arquitectura del ex hospicio por medio del lenguaje visual, que ha consolidado a Buren como uno de los mayores exponentes del arte conceptual”, se lee en el sitio web de la Galería Hilario Galguera, que se encargó de plasmar y darle forma a las ideas y visiones del creador.

Una de las “intenciones” de la intervención es la posibilidad de un diálogo artístico-visual entre Buren y los murales de José Clemente Orozco. “Esta interacción entre los dos artistas reafirmará la capacidad de las artes plásticas de activar los espacios arquitectónicos y de otorgarles distintas cargas políticas y sociales”, dice el texto de la Galería.

Sin embargo, desde ya se anuncia polémica debido a la naturaleza de la intervención, por lo que las autoridades culturales de la entidad y los organizadores se adelantan: “Es necesario romper paradigmas para que la gente redescubra el Cabañas. Pero pueden estar tranquilos porque esto es efímero, va a regresar a como estaba. Durará entre cinco o seis meses”, comentó a los medios Olga Ramírez Campuzano, directora del ICC.

Esto se debe a que la obra de Buren ocupará más de dos mil de los nueve mil metros cuadrados del ICC. Pero, según Mauricio Galguera, director ejecutivo del proyecto, la obra no daña a la centenaria construcción, pues “todas las estructuras y piezas se concibieron para no dañar al edificio, tanto así que no se usó ni un solo clavo ni un solo tornillo”.

Dos genios en el andamio: memorias del muro de las bienaventuranzas

image001Por Juan Palomar

Gracias a los afortunados hallazgos del internet apareció recientemente una foto absolutamente memorable. El crédito de la imagen es del señor Ezequiel García. Está fechada en 1937, en Amatitán, Jalisco.

El gran muro que se aprecia en la fotografía corresponde al ábside de la Parroquia de Amatitán. Por aquellas fechas, una acaudalada señora con importantes propiedades en la región le encomendó a su ahijado arquitecto las tareas de restaurar y renovar, a sus costas, la iglesia mencionada y la correspondiente en el vecino poblado de Arenal. De allí los trabajos que se ven en marcha.

El ahijado está subido en el andamio. Un amigo y cliente le acompaña. El ahijado es Luis Barragán, el amigo es José Clemente Orozco. La sombra sobre el muro revela la ausencia de la mano izquierda del pintor: según las crónicas subió trabajosamente, a pesar de su larga costumbre en esas lidias.

Barragán hizo, para estos encargos, de Ignacio Díaz Morales su colaborador. El maestro, quien también estaba presente en el lugar, contaba la razón por la que Orozco, furibundo anticlerical, pero gran creyente en la grandeza de Cristo, había insistido en subir a estar cerca de los caracteres romanos con los que las indelebles, maravillosas  bienaventuranzas estaban siendo grabadas en el muro: “Quiero meter la mano en esas letras”, afirmó contundente.

Y allí están los dos: el mayor arquitecto mexicano y el mayor pintor que ha dado nuestro país. Difícil encontrar tal reunión de genios en el arte nacional de todos los tiempos. Platicaban sobre algo que hacia su izquierda sucedía. Esas palabras se las llevó el aire. Lo que quedó es la repetida colaboración entre los dos artistas, primero en la casa estudio para el pintor de López Cotilla 814 del año de 1935 y después en un encargo similar para la ciudad de México.

Los dos estuvieron juntos en Nueva York, hacia 1931, cuando Orozco realizaba una de sus estancias norteamericanas. De allí proviene una serie de fotografías de los murales del Pomona College que Barragán envió por esas fechas a alguno de sus amigos más cercanos.

Luis Barragán tuvo siempre colgada, en el muro de honor de su casa de Tacubaya, una ampliación de un grabado de Clemente Orozco: Pueblo mexicano. Allí es fácil leer la comprensión profunda que ambos compartieron de las esencias últimas del alma nacional: y cómo lograron transfigurarla e integrarla en sus respectivas obras. Y no es tan difícil, ante su evidencia, oír las palabras que aquel día de 1937 el arquitecto estaba grabando en un muro, y el pintor palpaba con su única mano: Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos será el reino de los cielos…

 

La ciudad contra su patrimonio

Juan Palomar Verea

Parecía que para todos estaba claro que el patrimonio arquitectónico de Guadalajara constituía uno de los elementos que nos daban cohesión, fuerza y sentido como sociedad, y que era obligación fundamental e indeclinable de las autoridades preservar y defender ese patrimonio. Sin embargo, varios hechos alarmantes e indignantes ponen ahora en cuestión estos principios. Veamos.

En el curso de pocos meses tres obras del arquitecto Fernando González Gortázar, cuya valía intrínseca está ahora más allá de opiniones individuales, han sido destruidas o alteradas por el propio Ayuntamiento sin el conocimiento y menos el concurso de su autor. La primera es la plazoleta, fechada en 1983, que se ubicaba frente a la Casa de José Clemente Orozco, a un costado de los Arcos conmemorativos del 400° aniversario de la ciudad. Dicha intervención, que incluía una fuente, fue arrasada por el municipio para abrir una calle de la que hasta ahora se ignora la justificación o utilidad, si es que puede haber alguna. Posteriormente, la fuente de la Hermana Agua, en Chapalita, fue desfigurada con una capa de recubrimiento (pintura) que altera de raíz la expresión original del concreto aparente con la que fue concebida por su autor. Y para rematar la tercia, la fuente del Federalismo, de 1975, edificada sobre la avenida del mismo nombre, recibió recientemente algunas alteraciones que traicionan las intenciones plásticas y expresivas de su autor.

Es oportuno mencionar que las tres obras están debidamente registradas y protegidas por la Ley Federal de Derechos de Autor, por lo que los hechos mencionados violan flagrantemente este ordenamiento. Pero, además, resulta a todas luces inaceptable que los actuales encargados de cuidar el patrimonio de todos se tomen –por más buena fe que se conceda a sus intenciones- la facultad de manipular o incluso eliminar elementos destacados de ese acervo común. Mucho se extraña la intervención de los organismos encargados de preservar el patrimonio, como la Secretaría de Cultura del Gobierno del Estado o la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Otros hechos se suman a esta muy grave falta de cuidado y aún de agresión al patrimonio edificado de la ciudad. La incorporación de cubiertas “ligeras” y equipamientos deportivos en el corredor arbóreo del Paseo de las Arboledas en Jardines del Bosque, proyectado hacia 1956 por el arquitecto Luis Barragán, revela similar desinterés por los valores originales del patrimonio. Por muy “útiles” que estos agregados se consideren, es indispensable respetar, en primer término, el sentido que su autor quiso dar a estas arboledas –testimonio del antiguo bosque de Santa Edwiges- como espacios de serenidad, paseo y contemplación. El arreglo de la fuente de Niños Héroes y Arcos, también de Luis Barragán, dejó convertido al juego de agua ejecutado por su autor –elemento central de la composición- en una tímida caricatura anémica que traiciona las intenciones de la obra original y su relación con el Pájaro Amarillo. Las tuberías, inclusive, se dejaron aparentes sobre la superficie acuática, con lo que su presencia estropea el mismo espejo de agua.

Finalmente, en octubre del año pasado fue demolida totalmente una notable casa, fechada en 1934, de la autoría del arquitecto Ignacio Díaz Morales: la casa Elosúa de la avenida Unión, entre López Cotilla y La Paz, banqueta poniente. El hecho se consignó, por esos mismos días, en este espacio. El Ayuntamiento debió estar al tanto, si es que hubo alguna solicitud de licencia de demolición; y más al tanto, a través de Inspección, si nunca la hubo. Del mismo modo se extrañó la acción de la Secretaría de Cultura y de la Procuraduría de Desarrollo Urbano.

Este conjunto de hechos deja ver una tendencia más que preocupante: la del menosprecio del patrimonio arquitectónico común por la autoridad. Nunca está de más señalar la función vital que este patrimonio tiene para toda la comunidad. Es hora de revisar qué se está haciendo, y de corregir lo corregible.

jpalomar@informador.com.mx

De funcionalista a orgánico: 30 años de Juan O’Gorman

por Juan José Kochen / @kochenjj  Fuente Arquine

De funcionalista y radical a orgánico y regionalista, Juan O’Gorman (1905-1982) conjugó un producción arquitectónica relacionada con el arte, siendo el miembro más joven de la generación de muralistas destacados mexicanos, entre Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.

Ayer se cumplieron 30 años de su muerte, el 18 de enero de 1982. O’Gorman no sólo es uno de los arquitectos más destacados del siglo XX, sino a quien se le atribuye la primera obra funcionalista en Latinoamérica en 1929. O’Gorman se graduó de la Escuela Nacional de Arquitectura e 1925 y trabajó con José Villagrán y Carlos Obregón, al mismo tiempo que tomaba clases de pintura. Su obra arquitectónica se divide en dos grandes periodos: la arquitectura funcionalista y radical, realizada entre 1928 y 1936 y la arquitectura orgánica y regionalista entre 1945 y 1956.

O’Gorman introdujo los postulados del funcionalismo y principios estéticos desarrollados por la Bauhuas: fachadas y plantas libres, ventanas anchas de corte horizontal, pilotes, existencia de azoteas. Su primer obra fue la casa de Cecil O’Gorman en 1929, seguida por la casa de Edmundo O’Gorman en 1931 y la casa estudio de Diego Rivera y Frida Kahlo en 1932, mismo año en el que fundaría la Escuela Superior de Ingeniería y Arquitectura del IPN.

En 1933 participó en las Pláticas sobre arquitectura organizadas por la Sociedad de Arquitectos Mexicanos. En su polémica conferencia dijo que “la arquitectura que resuelve las necesidades materiales, palpables, que no se confunden, que existen, pudiéndose comprobar su existencia y que, al propio tiempo, son fundamentales y generales de los hombres, es la verdadera y única arquitectura de nuestra época” (1)

Proyectó varias casas más para intelectuales de su época como la de Frances Toor y Julio Castellanos, así como 33 escuelas públicas –mientras estuvo al mando del Departamento de Construcción de la Secretaría de Educación Pública- que destacaron por la estandarización de los procesos constructivos y una síntesis de los elementos arquitectónicos reduciendo los costos y tiempos de construcción.

Su etapa orgánica con principios regionalistas, en sus palabras, es una “manifestación artística que tiene relación directa con la geografía y la historia del lugar donde se realiza. Así pues la arquitectura se convierte en el instrumento armónico entre el hombre y la tierra, reflejando la forma y el color del entorno donde se ejecuta la obra” (2)

Los murales de mosaico de piedra de la Biblioteca Central de Ciudad Universitaria en 1949 y su casa en San Jerónimo para 1953 se erigieron como las dos obras insignes de este segundo periodo. De un pensamiento ortogonal y funcionalista, incluso con cactus perfectamente alineados y simétricos, O’Gorman pasó a una concepción organicista y onírica con motivos ornamentales naturales y tradicionales de la arquitectura mexicana.