Hoy 110 años del natalicio del arquitecto tapatío Ignacio Díaz Morales

Hoy se conmemoran 110 años del natalicio del arquitecto tapatío Ignacio Díaz Morales, fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara en 1948. Te invitamos a escuchar la conferencia que dictó durante la muestra de Arquitectura de Jalisco el 5 de abril de 1963 titulada “Arquitectura Contemporánea de Jalisco”, en la Sala Nacional del Palacio de Bellas Artes, en la que expone, entre otros temas, el factor social de la arquitectura, el equilibrio económico social y el aspecto profesional.

  • Escucha: Conferencia del arquitecto Díaz Morales
  • Identificador: FN10010195182_01
  • Colección: INBA

Escucha conferencia: http://www.fonotecanacional.gob.mx/index.php/escucha/audio-del-dia/113-audio-del-dia/1027-arq-ignacio-diaz-morales

Díaz Morales y la transformación; de la Perla Tapatía a la Guadalajara Moderna

2El Colegio de Arquitectos del Estado de Jalisco en su sección de Jóvenes Arquitectos CAEJ en colaboración con el Colectivo 1.618 invitan a la charla :
Díaz Morales y la transformación; de la Perla Tapatía a la Guadalajara Moderna.

Viernes 13 de marzo a las 7:30pmen el CAEJ.

El objetivo de esta charla es cercar al asistente diversos conocimientos y experiencias acerca del desarrollo profesional y personal del Ingeniero Ignacio Díaz Morales y su influencia en el origen de la escuela tapatía de arquitectura; así como plantear una mesa de discusión en torno a los inicios del cambio drástico que sufrió la ciudad de Guadalajara a raíz de la “modernización”; su influencia en el desarrollo posterior de la urbe; del entorno y la historia de la antes llamada Perla Tapatía.

Ponentes invitados:

– Arq. Enrique Toussaint
– Arq. Alejandro Barraza
– Arq. Jorge Tejeda

Entrada libre

Exposición IGNACIO DÍAZ MORALES. El oficio del arquitecto.

Inauguración 6 de octubre de 2014 / 20:30 horas

El MUSA y el Centro de Arquitectura y Territorio (CAT), en colaboración con el ITESO y la Escuela de Conservación y Restauración de Occidente (ECRO) organizan la Exposición IGNACIO DÍAZ MORALES. El oficio del arquitecto a través de la cual se busca reconocer su trayectoria como urbanista y arquitecto así como académico y fundador de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara; también esta exposición de su obra es un homenaje a la contribución de Díaz Morales en el diseño y planeación de la Guadalajara moderna.

Dirigido a arquitectos, urbanistas y estudiantes se realizarán recorridos guiados por las obras de Ignacio Díaz Morales los sábados 1 de noviembre, 15 de noviembre y 6 de diciembre a las 10:00 hrs. Máximo 15 personas por recorrido.

Arquitecto mexicano, nacido en Guadalajara, Jalisco el 16 de noviembre de 1905. Durante sus estudios en la Escuela Libre de Ingenieros, conoció a Luis Barragán y Rafael Urzúa, quienes serían sus mayores colaboradores e influencias. Creador de la Escuela Tapatía de Arquitectura. Entre sus proyectos más relevantes como urbanista se encuentran la conclusión del Templo Expiatorio, el desarrollo de la Cruz de plazas y la remodelación del Teatro Degollado.

A moro muerto, gran lanzada: en defensa de Ignacio Díaz Morales (II de II)

Por Juan Palomar Verea

Posiblemente con las consideraciones enunciadas anteriormente puedan tenerse ciertos elementos más objetivos para comenzar a evaluar la figura histórica de Ignacio Díaz Morales (IDM). Algunas reflexiones más: cualquiera que sepa de arquitectura, historia, construcción y estética puede justipreciar su estatura como arquitecto con solamente cuatro obras que, por cierto, no son menores: el Templo Expiatorio (a pesar y quizás por su anacronismo, no determinado por él), la terminación del Teatro Degollado, el Seminario Menor de Guadalajara y la Capilla del Colegio de las Mercedarias de Berriz, sin hablar de decenas de otros trabajos. Otra gran acción discutida: la labor de exposición de los sillares de cantera amarilla que realizó en sus variadas intervenciones en edificios señalados: Catedral, Palacio de Gobierno, Hospicio Cabañas, Museo (en donde ni su discípulo y colaborador en la Cruz de Plazas, Gonzalo Villa Chávez, propuso re-enjarrarlo cuando a su vez lo intervino), San Francisco, San Diego de Alcalá… Habrá quien piense que los enjarres pulidos y pintados en colores pastel que lucían varios de esos edificios eran preferibles estética e “históricamente”. Cuestión de gustos y educaciones. El caso es que el dorado de las canteras tapatías es ya, y desde hace mucho, una nota identitaria de la cara de Guadalajara, pésele a quien le pesare.

Es cierto que IDM es el creador de la idea de lo que después terminó siendo la Plaza Tapatía. Una idea a la imagen de su autor: generosa, desmesurada, polémica. (IDM era, entre los personajes tapatíos que han sido, lo que la expresión inglesa denomina como larger than life; no es extraño que tantas figuras menores le guarden reconcomio: es inevitable.) Pero no fue él el responsable de la forma final de este discutido proyecto. Quizás en sus manos la plaza hubiera sido menos “rentable”, pero más apegada a su idea de la valía social del espacio; y, por cierto, como pueden atestiguar ciertos de sus colaboradores de entonces, entre algunos de sus planteamientos se encontraba conservar la plaza de toros El Progreso. Sobre este tema, queda la especulación y está pendiente —como en todo lo demás— la investigación rigurosa.

Alguna voz insidiosa ha sugerido que su influencia llegó hasta el proyecto de la Villa Panamericana (Proyecto Alameda) en las inmediaciones del Parque Morelos. Una vez más, parece que, patéticamente, la desinformación y el sesgo hacen de las suyas. Fuera de que algunos de los que participaron en ese proyecto fueron sus alumnos, nada puede honradamente achacársele a IDM de este planteamiento. Honradamente, claro; nomás hay que revisarlo con cuidado. Baste decir que para esa iniciativa, abortada por la politiquería y la miopía, no se demolió ninguna finca de valor histórico o artístico, como lo saben bien las autoridades involucradas en la conservación y consta en las licencias de demolición. El resultado de los ulteriores manejos “políticos” se puede ver en la Villa de El Bajío del Arenal. Y, de paso, la consecución en concurso nacional y la posible concreción de la Ciudad Creativa Digital, actualmente en curso, fue solamente factible por la existencia de los terrenos adquiridos por el Ayuntamiento. Por el bien de la ciudad, ojalá sea un éxito.

Finalmente, hay una pieza maestra en la carrera de Díaz Morales. La instauración de la primera escuela de arquitectura formal en el Occidente del país: la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Guadalajara, en 1948. La gesta de esta fundación es, objetivamente, original, extraordinaria, ejemplar. La reunión de talentos locales y extranjeros en la planta docente que IDM logró no tiene parangón en ninguna otra escuela. La obra resultante de las primeras generaciones de egresados, y la de sus maestros, habla por sí misma. No solamente fue una iniciativa académica, fue una obra civilizatoria con repercusiones regionales y nacionales. Pero no hay que olvidar que también se trató de una iniciativa abortada: gracias a las “politiquerías”, y acusados de “elitistas”, IDM, el entonces director Jaime Castiello, el director designado Salvador de Alba y buena parte de los colaboradores más valiosos fueron expulsados en 1963. La Escuela de IDM duró 15 años. Después, es otra historia. En esa historia, entre otras cosas, IDM fue un profesor central en la Escuela de Arquitectura del ITESO, desde 1972 hasta 1992, veinte años.

Es por un ejercicio de mera sanidad moral e histórica que la trayectoria y la personalidad de los grandes hombres de Jalisco deben ser analizadas. Con conocimiento del contexto, con datos ciertos, con rigor intelectual. Ignacio Díaz Morales destaca, aunque les duela, sobre la breve estatura y la mediocridad de muchos de sus detractores. Y su ejecutoria sigue abierta, y qué bueno, a un escrutinio leal.

A moro muerto, gran lanzada: en defensa de Ignacio Díaz Morales(I de II)

Por Juan Palomar

La frase que encabeza estos renglones corresponde a un antiguo dicho castellano. Se refiere a la baladronada, y aun la cobardía, que implica realizar un hueco gesto de ataque, victoria y humillación sobre quien ya no tiene cómo defenderse: a toro pasado, pues. En algunos sitios de las llamadas “redes sociales” que se ocupan del patrimonio edificado se ha dado en tiempos recientes por atribuirle a Ignacio Díaz Morales el papel de “villano máximo” en el demérito patrimonial de Guadalajara. Habría que ser justos, precisos, objetivos. La inmensa mayoría de las referencias que en tales sitios se hacen del arquitecto son desinformadas, carentes de datos y antecedentes, viscerales. O sea, que se descalifican solas, aunque propagan los mitos. Hay otras que revelan algo peor: la falta de arrestos, de algunos que lo conocieron y aún lo trataron, para haberle dicho y sostenido en su cara lo que ahora enuncian con ligereza. Esta real hipocresía está quizá, más bien, en la raíz de una problemática absolutamente actual: más de 800 fincas históricas abandonadas y por lo menos 50 en peligro de desplomarse en el perímetro uno del centro. Esto, sin que de las autoridades federales (y estatales) encargadas de “proteger” y “preservar” el patrimonio hayan propuesto el menor posible remedio o alternativa. Eso, sin hablar de los centenares de fincas perdidas en los últimos decenios en los que la omisión y la impotencia oficial han sido la constante.

Es explicable, parcialmente, la ausencia de valor civil de quienes ahora denuestan a Díaz Morales: era temible para los que se achicaban. Temible por su cultura humanística, su sabiduría arquitectónica, su presencia, su mismo temperamento. Muy pocos lograron enfrentarse con él lealmente. Como tantos grandes hombres, tenía enormes virtudes…y grandes defectos. Era intransigente: nada más que su intransigencia estaba fundada en una formación sólida y en una teoría clara y maciza. Sin embargo, sabía, en el límite, rectificar si encontraba convincentes los argumentos en su contra.

Es cierto, le cambió la cara al centro de Guadalajara, y con una sola operación. La Cruz de Plazas, llamada así no por ninguna “beatería”, sino por la forma geométrica –que, como se sabe, es anterior al cristianismo- de las cuatro plazas alrededor de Catedral. Se puede estar ahora en contra o a favor de esta acción urbanística (materia y parte de la arquitectura, por cierto, en la que IDM era sumamente versado, a la manera de Vitrubio, no de los “técnicos” así apellidados). Conviene, antes de pronunciarse una vez más a la ligera, evaluar lo que se perdió y lo que se ganó. Según la fotografía aérea de 1944 –y salvo error en su interpretación–, se perdieron 8 fincas de la manzana frontera a catedral, 2 en la manzana posterior a esa edificación (excluyendo el Palacio de Cañedo que había sido demolido por su propietario años antes y la cabecera de manzana que daba al sur, en donde se había construido recientemente el llamado Edificio Mercantil), y 9 en la manzana frontera al Teatro Degollado. Si Pitágoras no engaña, suman 19. Claro que fue una pérdida. Pero ¿dónde están los “cientos” de demoliciones que se le achacan a IDM? Antes de rasgarse las vestiduras conviene hacer algunas consideraciones. Al paso al que entonces se iba ¿cuántas de estas fincas iban a resultar indemnes de las demoliciones y alteraciones de las décadas subsecuentes realizadas en todo el centro a ciencia y paciencia de las autoridades “protectoras” del patrimonio (como el Palacio de Cañedo y las fincas donde estuvo el Edificio Mercantil)? Habría que sopesar después el valor social y urbanístico que ha supuesto la existencia de las plazas así ganadas durante los decenios de su existencia y la identificación real que la ciudadanía ha logrado con esos espacios, con su ciudad. Sin hablar de los valores compositivos, para muchas opiniones calificadas ciertamente altos, de las dos plazas proyectadas por IDM: la de los Laureles y la de El Dos de Copas (llamada así popularmente por la carta de la baraja española) o de la Liberación. En un elogio de Guadalajara pronunciado en el Teatro Degollado Octavio Paz, en 1987, habló de “sus cuatro plazas como una mano abierta”. Así que habrá que poner en la balanza del patrimonio común las cosas…

Aquí es indispensable otra puntualización: IDM no destruyó, ni nunca fue tal su intención, el templo de La Soledad. Al contrario, en su proyecto para la plaza al norte de la catedral integraba dicha edificación. Al decidirse, por parte de las autoridades, la demolición de ese inmueble para hacer la Rotonda de los Hombres Ilustres, IDM se retiró del proyecto de esa plaza, el que fue encomendado al arquitecto Vicente Mendiola (autor también del Palacio Municipal) y terminado por el ingeniero Miguel Aldana Mijares. Y una más: IDM nada tuvo que ver con las aperturas de Alcalde-16 de Septiembre, Juárez y Corona, a las que se opuso expresamente mediante una carta al licenciado González Gallo, suscrita por él y por el licenciado Javier Verea Prieto. Este testimonio se debe poder consultar en el archivo de IDM, propiedad del ITESO. Por cierto, el ingeniero Juan Palomar y Arias (ya que se le ha mencionado) tampoco estuvo de acuerdo con estas medidas, tomadas en un tiempo en el que las voces de la oposición –y más las militantes– eran escasa o nulamente consideradas.

La última oportunidad para El Progreso

image0011_605x402Por: Juan Palomar

Ya no existe esa oportunidad. Duró hasta que, recientemente, se construyó un estacionamiento automovilístico en donde la célebre plaza de toros solía estar. Fue demolida hacia 1979 para dar paso a las obras de la Plaza Tapatía. Treinta años después, sigue la polémica sobre la pertinencia y el resultado de esa gran intervención. Una mirada serena podrá, tal vez, sacar conclusiones equilibradas.

Pero la plaza de toros era una pieza clave en el funcionamiento real y simbólico de Guadalajara. Sorprende que, desde los primeros planteamientos de Ignacio Díaz Morales para la Plaza Tapatía dicho equipamiento no fuera tomado en cuenta como parte de un conjunto que enriquecía significativamente el ámbito urbano de la demarcación. Y esa inercia continuó, hasta el proyecto definitivo que implicó la destrucción de una señalada pieza patrimonial. Porque era un patrimonio físico, a pesar de los desafortunados pegotes que le fueron asobronados para crecerla. Y un patrimonio inmaterial y a la vez actuante, a través de toda la historia taurina que El Progreso representó a través de muchos decenios.

La gente de Guadalajara acudía gustosa a El Progreso, ubicada en una zona ampliamente reconocida, céntrica y caracterizada de la ciudad. La costumbre para muchos habitantes de los municipios del estado consistía en llegar a la capital en camión a la cercana central, comer y hacer compras en el mercado de San Juan de Dios, y luego asistir a los toros para regresar luego a sus lugares de proveniencia. Este movimiento cíclico contribuía al arraigo e identificación de muchos habitantes de Jalisco con Guadalajara.

Era costumbre, después del primer toro, ver cómo el tendido de sol era ocupado alegremente por una bandada de muchachos del Hospicio Cabañas vestidos con sus camisas rojas, gratuitamente invitados por la empresa a presenciar la corrida.

La fotografía que acompaña a esta columna es elocuente. Data aproximadamente de 1930. La plaza de toros luce su estructura intacta, correcta y agraciada. Al fondo, casi nuevo, se ve al Mercado de San Juan de Dios, construido por el arquitecto Pedro Castellanos a mediados de los años veinte. Es irónico que tal mercado, edificado con todas las de la ley en un simpático estilo mozárabe, haya durado menos de treinta años para ser sustituido por el actual y también meritorio mercado de Alejandro Zohn.

El caso es que la plaza, debidamente restaurada, hubiera podido ser reaprovechada dentro de la Plaza Tapatía. No solamente para fines taurinos, sino para todo tipo de espectáculos, con un alto beneficio social. En varios ejercicios realizados en los talleres de Composición Arquitectónica del Iteso quedó establecida la posibilidad de aprovechar el terreno que hasta fechas recientes quedó baldío (y que parcialmente ocupaba la plaza de toros) y darle una “mordida” a uno de los edificios fronteros al Hospicio Cabañas. Ahora queda en mera especulación, ya que el citado estacionamiento (el auto por sobre todas las cosas) se apoderó del espacio.

Consideremos otra vez plaza y mercado: un conjunto que, gracias a la miopía histórica de la ciudad se perdió definitivamente. Un conjunto que le daba a Guadalajara mucho de su genio y su figura. Que ya no nos pase.

jpalomar@informador.com.mx