El peligro de construir la casa soñada

Por : Anatxu Zabalbeascoa | 27 de agosto de 2013

Fuente: http://blogs.elpais.com/del-tirador-a-la-ciudad/2013/08/el-peligro-de-construir-la-casa-so%C3%B1ada.html

No es que todas las casas soñadas terminen convertidas en pesadilla, pero con frecuencia sucede como con el camino y la felicidad: a la ilusión de hacer una vivienda no siempre le sucede la dicha de habitarla. Eso ocurrió en Brno, en la República Checa. Y no es que los Tugendhat fueran clientes insatisfechos. Todo lo contrario. Simplemente sucedió que la vida se metió por en medio y el sueño se evaporó con la realidad de la vigilia. O no. Como una realidad cultural, o como un testigo de ese sueño, tras una profunda restauración, la casa Tugendhat puede hoy verse tal y como la ideó Mies van der Rohe en 1928.

Fue el padre de Greta, el industrial Alfred Löw-Beer –que tenía fábricas textiles, de cemento y una refinería de azúcar- quien le regaló a su hija el terreno para hacerse una casa. Quería a su hija cerca y él vivía a los pies de la colina, en el barrio de Cerná Pole, que hoy corona la obra más importante de Van der Rohe en Europa. El padre también le dio a Greta el dinero para levantar la vivienda: básicamente un cheque en blanco (que terminaría escribiéndose con cinco millones de las coronas anteriores a la segunda Guerra Mundial, para entendernos, la cantidad fue la equivalente a la empleada para levantar 10 bloques de apartamentos en los años treinta en esa misma ciudad). Fritz Tugendhat, por su parte, puso el arquitecto. Y lo hizo por casualidad, osea, porque en Berlín había vivido en un casa diseñada por Mies.

Es fácil entender que el arquitecto quedase impresionado con las vistas sobre la ciudad cuando llegó hasta la calle Cernopolní en 1928. Todavía impresiona el panorama. Así, la primera vivienda unifamiliar levantada con estructura metálica estuvo lista en apenas 14 meses, pero los Tugendhat solo vivieron en ella, con sus tres hijos, hasta 1938, cuando tuvieron que huir de los nazis y se instalaron primero en Suiza y, posteriormente, en Caracas, donde tendrían dos hijas más. Tugendhat nunca regresaría a Europa y cuando Greta lo hizo sería para encontrar la casa destrozada tras el paso de la Gestapo y la transformación que sufrió para convertirse en una casa de reposo para niños con parálisis. Es fácil entender ese uso terapéutico. La ubicación de la vivienda, en lo alto de una colina sigue ofreciendo unas vistas inolvidables, “la mejor decoración, cambiante y viva” dijo Mies cuando decidió rodear toda la planta noble de la casa: la biblioteca, el salón y el comedor, de una fachada de vidrio.

Así, puede que lo más famoso de la casa sea, precisamente, ese vidrio del salón, una pieza de cinco metros de largo por tres de alto que desciende hasta desaparecer al apretar un botón para convertir el salón en una gran terraza con vistas al espléndido jardín. La vivienda está en pendiente y, al margen de diseñar cada centímetro de su interior y su exterior, Mies van der Rohe también pensó en los niños y dejó parte del jardín despejado de árboles y vegetación para que los chavales pudieran llegar en trineo hasta la casa del generoso abuelo.

Además de ese jardín, la casa tiene, tras las estanterías de la biblioteca, una habitación secreta y un inolvidable jardín de invierno, junto a ella. Un jardín de invierno no es un invernadero. Es un lugar en el que huele a hierba todo el año, un sitio en el que, incluso con frío y nieve en el exterior, parece brillar el sol.

Lilly Reich trabajó mano a mano con Mies van der Rohe en el interior de esta casa en la que todo, desde los tiradores hasta el mueble de palisandro que esconde el baño en la habitación de servicio, está ideado al milímetro y en el que todo respira, todavía hoy, una rabiosa modernidad. La racionalidad de la casa hace mucho por mantenerla fuera del tiempo. También su relación con el jardín o la representación del lujo encarnada en una gigante pieza de ónix que llegó de Marruecos para separar la biblioteca de la sala de estar. Más allá de valorar las vistas y los materiales por encima de las decoraciones, también es revelador que Tugendhat y su mujer entendieran la tecnología como lujo. Esa es, así mismo, otra de las claves de la vivienda. No solo por el fácil desplazamiento del famoso vidrio, la casa precisó de inventores además de diseñadores: un sistema fotoeléctrico velaba por la seguridad de los residentes, el sistema de aire acondicionado y calefacción también fue pionero. La casa contaba con una lavadora y una secadora automática –de nuevo modelos únicos- y con una habitación subterránea que es una pieza de conservación museística en la que, todavía hoy, se guardan los abrigos de piel del matrimonio. Lo dicho: en la casa no hay más arte que el de Van der Rohe y, como en los sueños, la decoración cambia todo el rato, entra por las ventanas y se deja tocar. Racional pero con raíces, la casa Tugendhat representa lo contrario de la casa Farnsworth, la famosa vivienda de vidrio que Mies levantó en Plano (Ilinois) y que Edith Farnsworth no logró disfrutar. Las terrazas, las vistas, la amplitud, la conexión entre estancias, la fácil convivencia con la vegetación y la ligereza que parecen adquirir las piezas de mármol o el propio mobiliario tubular ideado por Mies y Reich convierten esta vivienda en un elemento funcional, una arquitectura que ofrece una sorprendente lección de disfrute de todo cuanto rodea y ocupa la propia vivienda.

 

Tugendhat puerta

Tugendhat estar

TUGENDHAT ONIX

Tugendhat estar columnas

TUGENDHAT JARDIN INVIERNO

Tugendhat jardin invierno detalle

Tugendhat calle

Para entrar en la casa, pinchar aquí:

Kahn, el maestro secreto [El país]

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/04/29/eps/1367241419_613082.html

Por

A Louis Kahn (Pernu, Estonia, 1901-Nueva York, 1974) lo encontraron muerto en los aseos de Penn Station. En tres días, nadie reclamó su cadáver. Llegó a tener tres familias, pero regresaba solo de Dhaka, donde había comenzado el edificio para la Asamblea Nacional de Bangladesh cuando el país pertenecía a Pakistán. Mientras lo ideaba estalló la guerra civil, pero eso no lo detuvo. Tampoco lo había detenido el páramo que vio cuando llegó al solar polvoriento y pensó que aquello no era un lugar para personas. “Aquí no hay donde agarrarse”, le escribió a Harriet Pattison, la paisajista que por entonces era su amante. Kahn no vio ese edificio terminado, pero hoy la gente se retrata allí el día de su boda. En un contexto tan hostil supo levantar un edificio que es a la vez una infraestructura política, un símbolo cultural y religioso y una obra de arte. Todo un ejemplo de arquitectura monumental sin espectáculo que, al borde del 40º aniversario de la desaparición del arquitecto, quiere reivindicar una muestra organizada por el Vitra Design Museum, la Universidad de Pensilvania y el Nederlands Architectuurinstituut de Rotterdam.

No será difícil. Si hoy preguntas a 15 arquitectos, de Frank Gehry a Renzo Piano, cada uno tendrá sus gustos, pero ninguno le pondrá un pero a su obra. El consenso existe: Louis Kahn fue uno de los mejores arquitectos de la segunda mitad del siglo XX. Lo fue porque supo relacionar arquitectura y vida levantando edificios para la gente y al margen de la convulsión de las modas. Se sabe que Kahn se hizo el arquitecto que fue tras cumplir 50 años, cuando se tomó un tiempo para vivir en Roma y cambió modernidad por eternidad. Un vistazo a su biografía desvela que siempre vivió en precario, nunca tuvo casa propia y atravesó la Primera Guerra Mundial de niño, el crash del 29 convertido en arquitecto, la Segunda Guerra Mundial de adulto y finalmente la guerra civil de Pakistán cuando diseñaba allí el que sería su mayor proyecto. Tal vez por eso buscó en la arquitectura la capacidad para redimir a las personas por el inevitable dolor que conlleva vivir.

Si la arquitectura fue lo más cercano que estuvo de tener una casa, tuvo en cambio tres familias, aunque en su obituario solo figurara su mujer, Esther, y su primera hija, la hoy consagrada flautista Sue Ann Kahn. Siempre viajaba solo. Con 26 años, ahorró para embarcarse en el Île de France. Pasó un año en Europa visitando edificios, dibujando y vendiendo sus dibujos para alargar el viaje. Como reveló su hijo Nathaniel Kahn (hijo de Harriet Pattison) en el documental nominado al Oscar My architect. A son journey, su padre fue un hombre con varias familias, pero con una sola obsesión. Careció de aficiones o caprichos más allá de la arquitectura, a la que se dedicó en cuerpo y alma: durmiendo apenas unas horas sobre su mesa de trabajo o sobre su gabardina doblada, viajando con poco más que una bolsa, teniendo un vestuario exiguo y de un único color; reduciendo, en suma, la intendencia de la existencia para no distraerse de lo único que consideraba relevante. Seis semanas después de encontrar su cuerpo en los baños de Penn Station, su despacho cerró. Atravesaba su mejor momento como arquitecto, pero tenía una deuda con sus empleados de casi medio millón de dólares. Murió endeudado y sin ser dueño de nada. La excelencia arquitectónica es una afición que solo renta en los libros de historia. Los proyectos de Kahn también explican eso.

Igual que cuentan que el éxito profesional puede estar rodeado de caos personal. O que el amor y la familia son, al contrario que la arquitectura, asuntos con fecha de caducidad. Así, más allá de un trabajo que no ha perdido vigencia, la vida de Kahn ilustra cómo la época heroica de la arquitectura comienza a desdibujarse. Frente a una mayoría monolítica de estudiantes burgueses, él fue un chico pobre que llegó a construir sin haber conocido lo que era tener casa propia. Es imposible que esa entrada no defina una mirada distinta.

Cuando un Louis Kahn de cinco años, entonces llamado Leiser-itze Schmuilowsky, desembarcó en Filadelfia, su padre ya se había cambiado el nombre por el de Leopold Kahn, y el niño ya había sufrido unas quemaduras en la cara cuyas cicatrices harían de él un hombre tímido. Se instaló con sus padres y hermanos en un piso pequeño al norte de Filadelfia. Tras 12 mudanzas, los padres conseguirían comprarse una casa de ladrillo donde Kahn vivió hasta que con 30 años se casó con Esther Virginia Israeli y se fue a vivir con sus suegros (37 años más) en la zona rica de la ciudad. Sus padres no pudieron pagar la hipoteca y emigraron de nuevo a Los Ángeles. Ese trasiego tuvo que dejar huella en el arquitecto: comenzó trabajando desde la casa de sus suegros y se obsesionó con la urgencia de levantar viviendas dignas para los más necesitados. En eso consistieron sus primeros trabajos.

En 1941 ideó con Oskar Stonorow cinco comunidades para trabajadores: 2.000 nuevas casas y dos años después vendió 110.000 copias del libro Why city planning is your responsability (Por qué el urbanismo es su responsabilidad). Esos inicios definen su trayectoria tanto como su trabajo de pianista en un cine cuando tenía 10 años.

“Fue un artista sincero con su talento”, explica Frank Gehry, a quien la obra de Kahn le enseñó “que cada uno debe buscar su camino”. Otro insigne, Renzo Piano, elige describirlo con la palabra obstinación: “La persistencia es la única manera de llegar al centro de las cosas”. Pero fue un tercer proyectista, Balkrishna Doshi, quien llevó a Kahn a India para proyectar el Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tras asegurar a las autoridades que ya tenían muchos Le Corbusier: “Si lo contratan, cambiará la historia de India con una gran lección para los arquitectos y un monumento para todo el mundo”, argumentó Doshi. Hoy piensa que no se equivocó. “Le Corbusier era un acróbata, pero Kahn fue un yogui. Tenía una antena para detectar el pulso del lugar, su cultura y su vida”.

Corría el año 1945 cuando contrató a la arquitecta de 25 años Ann Griswold Tyng. Un lustro después, Kahn se fue a vivir a Roma. Desde allí le escribió: “Me he dado cuenta de que la arquitectura de Italia permanecerá como la fuente de inspiración de los trabajos del futuro”. Kahn había encontrado su voz: decidió excavar en el pasado para encontrar formas modernas. Y las halló. Solo cuatro años después, Tyng dio a luz, también en Roma, pero sola, a Alexandra Tyng, la única hija del arquitecto que no lleva su apellido. Él le dedicó la inauguración de la galería de la Universidad de Yale, en la que habían trabajado juntos: “El espacio puede con todo, es realmente fuerte”, le escribió. Lo hacía semanalmente. Pero la relación se enfrió. Kahn tenía ya una hija de 14 años, continuaba viviendo en casa de sus suegros y no parecía tener prisa por conocer a su nueva hija.

La gota que colmó el vaso de esa relación tiene como escenario el MOMA. Había sido Tyng quien abrió a Kahn el mundo de las estructuras tensadas, pero en la City Tower, un proyecto que las exponía en la muestra sobre arquitectura visionaria, él no reconoció esa coautoría. Tyng lucharía toda su vida para conseguir ese reconocimiento. En 1997, con 77 años, decidió publicar las cartas de Roma y al fin obtuvo el crédito que se le debía. “Lou tenía una personalidad muy poderosa. Se dedicó a la arquitectura renunciando a todo lo demás”, escribió.

En 1958, Kahn había conocido ya a su tercera pareja, la paisajista Harriet Pattison –27 años más joven que él y todavía viva–. Dos años después del incidente del MOMA nació su hijo Nathaniel, candidato al Oscar al mejor documental con su primera película. “No conocí muy bien a mi padre. Nunca se casó con mi madre y nunca vivió con nosotros”, comienza el filme, que en 2003 sirvió para que un hijo conociera a su padre y para que mucha gente conociera al arquitecto Louis Kahn.

En 1963, Kahn se aproxima a su última década y en ese tiempo se asegura un puesto en la historia. A los sesenta pertenecen encargos como la Asamblea de Dhaka y el Salk Institute (1959-1965), en California. Con fama de críptico, tenía claro que el cla­­sicismo –la permanencia– requiere humildad, “un abandono del exceso de personalidad”, le enseñó su primer maestro, Paul Philippe Cret. “Al contrario de tantos arquitectos modernos, entre los edificios del pasado Kahn vio siempre amigos, no enemigos”, según el historiador Vincent Scully.

En 1962, el presidente paquistaní Ayub Khan decidió levantar en Dhaka una asamblea para suavizar la voluntad separatista de los bengalíes que habitaban esa zona. Le Corbusier rechazó la oferta y Alvar Aalto estaba enfermo. Kahn aceptó el encargo. Una plataforma de ladrillo arraiga hoy la asamblea, levantada con piezas de hormigón; un volumen fortificado, que es más eterno que moderno, representa a una sociedad que quiere ser libre. Kahn nunca la vio construida.

El Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tenía detrás a Vikram Sarabhai, un físico que llevaba 10 años viviendo en una casa diseñada por Le Corbusier y entendió que India necesitaba una clase propia de dirigentes. Kahn atendió al arquitecto indio Balkrishna Doshi y cuando éste le advirtió de la importancia de las brisas del suroeste, giró el proyecto 45 grados para que pudiera pasar el aire. También en India abrió la puerta a la reconsideración del pasado construyendo lo universal a partir de lo local. “Llegó justo a tiempo”, sostiene el historiador William Curtis: “Cuando las sociedades salían del colonialismo y necesitaban encontrar su propia identidad cultural para aspirar desde ella a un futuro mejor, apareció Kahn”.

Louis Kahn declaró que la mejor arquitectura está en los espacios sin nombre y que cada uno hace suyos. Algo de eso, de falta de nombre y de interpretación personal, hubo en su manera de vivir. Es difícil saber si logró comprenderse a sí mismo, pero cuando uno visita el Salk Institute en California o el Parlamento Sher-e-Bangla Nagar, en Dhaka, se siente abrumado y a la vez liberado. No tarda en ver allí algo más que arquitectura. Y tiene la sensación de que ese maestro secreto sí logró comprender el mundo.

El tiempo da la razón a Le Corbusier

La pintura ‘The poem of the Right Angle plates’ (1955), de Le Corbusier.

Por:   El País

Los suecos todavía no se han olvidado de Le Corbusier. En 1933, el arquitecto tuvo la ocurrencia de tirar abajo el centro de Estocolmo para crear una urbe moderna, con torres y rascacielos que permitieran responder al boom demográfico gracias a la verticalidad, así como grandes avenidas cerradas a la circulación para favorecer la calidad de vida. Pero ganó la piedra decimonónica y el proyecto no fue seleccionado. “Sabía que nunca le darían el encargo. Fue una provocación teórica, pero también una estrategia para venderse a sí mismo”, explica Jean-Louis Cohen, profesor de la New York University, uno de los mayores expertos en el arquitecto y comisario de Moment. El laboratorio secreto de Le Corbusier,la nueva exposición inaugurada en el Moderna Museet de Estocolmo, con el objetivo de inspeccionar el proceso creativo del arquitecto francosuizo.

Es la primera de las numerosas muestras que, a lo largo de este año, reexaminarán el legado de Le Corbusier, avanzándose a la próxima efeméride de envergadura, la conmemoración dentro de dos años del 50º aniversario de su muerte. El MoMA de Nueva York se anticipará al calendario con su primera muestra sobre el arquitecto, prevista para mayo y destinada a convertirse en su blockbuster estival, que se apoyará en numerosos documentos de su archivo personal, de las acuarelas pintadas durante sus viajes de juventud a los esbozos del paisaje indio que inspiraron la construcción de su ciudad utópica en Chandigarh, la capital del Punjab.

A finales de abril, se inaugurará en Bruselas una muestra sobre Le Corbusier y la fotografía, que abordará cómo se sirvió de la disciplina para documentar sus proyectos, pero también para publicitar su trabajo e incluso su persona, reclutando a artistas tan reputados como René Burri y Lucien Hervé. En Marsella, ciudad impregnada de su legado urbanístico, una exposición sobre Le Corbusier y la herencia del brutalismo abrirá sus puertas en octubre. Todo ello, mientras sigue abierta la muestra sobre sus proyectos italianos en el MAXXI de Roma, y al tiempo que ocupa un papel protagonista en otra exposición sobre la evolución del oficio de arquitecto que todavía puede visitarse en la Pinacoteca Moderna de Múnich.

Todas ellas insisten en sus múltiples facetas de arquitecto, urbanista, paisajista, diseñador de interiores, escritor y artista, dignas de un hombre renacentista. A través de sus 400 proyectos urbanísticos —una aplastante mayoría de los cuales nunca serían realizados— y de los 75 edificios que logró erigir en una docena de países, Le Corbusier ideó una nueva poética de la arquitectura, a medio camino entre la armonía clásica y la funcionalidad que requerían los tiempos modernos. Sus hallazgos formales procedieron, a menudo, de su experimentación en la pintura y la escultura. Cuentan que Le Corbusier, artista plástico de formación, visitaba su atelier cada mañana para trabajar en sus lienzos, antes de dirigirse a su estudio cada tarde para estudiar cómo aplicar las mismas composiciones en el plano arquitectónico.

Ese vivero de experimentación —al que llamaba su “laboratorio secreto”, como dejó dicho en 1948— protagoniza la muestra de Estocolmo, que hasta el 18 de abril se introduce en la mente de Le Corbusier a través de 200 pinturas, esculturas, esbozos arquitectónicos, naturalezas muertas, fotografías de época y hasta su colección personal de crustáceos marinos, cuyas cavidades misteriosas inspiraron las formas de sus edificios tardíos. Por ejemplo, con un poco de imaginación se logra entender cómo el caparazón de un cangrejo pudo inspirar la capilla de Ronchamp, construida en los cincuenta.

El plano que hizo Le Corbusier en 1933 para alterar el centro de la capital sueca.

La semejanza entre sus obras pictóricas y sus creaciones arquitectónicas del mismo periodo resulta todavía más flagrante. Las formas geométricas de sus residencias de la cercanía parisiense, con la Villa Savoye al frente, se parecen sospechosamente a las que figuran en uno de sus primeros cuadros, La chimenea (1918), cuando todavía utilizaba su auténtico apellido, Jeanneret, para firmar sus obras con caligrafía perfecta. Más tarde, salpicaría el blanco nuclear con algunas manchas de colores primarios, como resultado de su descubrimiento de la corriente holandesa De Stijl. A finales de los años veinte, las formas irregulares y las gamas cromáticas de sus bodegones poscubistas empezaron a aparecer en sus edificios. Las correspondencias entre arte y arquitectura se alargarán hasta el final de sus días. “Sus edificios de los años cuarenta, como la Cité Radieuse de Marsella, integran diferentes disciplinas y reproducen su interés por la síntesis de las artes”, explica Le Cohen junto a las numerosas maquetas de la exposición, preparadas para la ocasión por la Universitat Politècnica de Catalunya.

“Nos seguimos interesando por Le Corbusier al margen de los aniversarios porque es una figura seductora en la historia de la arquitectura, por su capacidad de invención y su reivindicación de libertad”, afirma el comisario. “Pero también porque el corbusianismo ha sido un lenguaje mal imitado, con el que seguimos conviviendo”. Así es en todo el mundo. También en Estocolmo. Su proyecto fue rechazado por escandaloso, pero acabaría dando lugar a otro mucho peor en los cincuenta. De entre todas sus ideas, solo se privilegió la del desarrollo vertical, lo que exigió demoler gran parte del centro histórico de Klara, recordado hoy con nostalgia por los autóctonos. En cambio, la circulación congestionada sigue ahí.

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/01/21/actualidad/1358799410_783706.html

Premio Europeo del Espacio Público Urbano 2012

El Premio Europeo del Espacio Público Urbano es un certamen bienal organizado por siete instituciones europeas con el ánimo de reconocer y estimular los proyectos de recuperación y defensa del espacio público en nuestras ciudades. El Premio, creado en 2000, celebra su séptima edición en el año 2012.

El Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) coorganiza de forma bianual este concurso junto con la Architecture Foundation de Londres (AF), el Architekturzentrum Wien (Az W), la Cité de l’Architecture et du Patrimoine de París (la Cité), el Suomen Rakennustaiteen Museo de Helsinki (SRM), el Nederlands Architectuurinstituut de Rotterdam (NAi) y el Deutsches Architekturmuseum de Frankfurt (DAM).

Este año, siendo su séptima edición, se han presentado 347 proyectos de 36 países. El jurado con Josep Llinàs como presidente, se ha reunido los días 19 y 20 de abril en el CCCB y ha decidido premiar las siguientes obras:

PREMIO EX AEQUO 2012
Bridges, footbridges and rearrangement of banks of Ljubljanica river. Ljubljana (Eslovenia), 2011. Renovación de las orillas del río Ljubljanica a su paso por el casco histórico de la ciudad, fruto de un esfuerzo colectivo que concentra los recursos en operaciones puntuales.

R

Arranjament dels cims del Turó de la Rovira Barcelona (España) 2011 Restauración paisajística y mejora de la accesibilidad de un mirador en que se solapan los restos de unas baterías antiaéreas de la Guerra Civil con las del asentamiento informal que posteriormente los colonizó.

Fuente: Edgargonzalez.com