Concurso de arquitectura ArpaFil 2015

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ArpaFIL es un encuentro sobre arquitectura, patrimonio y arte en general, que se realiza desde 1995 en el marco de la FIL. Desde su primera edición se convirtió en un espacio donde especialistas y maestros de arquitectura se reúnen para promover y difundir, compartir y debatir ideas con jóvenes que inician su vida profesional y con el público en general.

Entre sus actividades, ArpaFIL reconoce cada año la trayectoria de un profesional cuyo desempeño haya contribuido al engrandecimiento artístico del patrimonio mundial. Además de este homenaje, ArpaFIL organiza anualmente el Concurso para Jóvenes Arquitectos, cuya importancia ha ido creciendo hasta alcanzar carácter internacional.

Estudiantes de arquitectura y urbanismo de los niveles de Licenciatura (80% créditos), Maestría y
Doctorado, así como profesionistas independientes que sean menores de 35 años, nacidos después
del 2 de diciembre de 1980. Cualquier nacionalidad.
INFORMES, INSCRIPCIONES Y RECEPCIÓN DE TRABAJOS
No se requiere de ningún pago por inscripción de los trabajos, ni pre registro. Los trabajos quedarán registrados como participantes al ser entregados en el 9ª piso del Centro Universitario de Arte
Arquitectura y Diseño (CUAAD), Extremo norte de la Calzada Independencia s/n, Huentitán el
Bajo, C.P. 44250, Guadalajara Jalisco México, a partir de la publicación de esta convocatoria y hasta
el viernes 20 de noviembre de 2015 a las 16:00 horas.
Se abre periodo de 7 días para aclaraciones a partir del séptimo día natural después de la publicación
de la convocatoria en la dirección de correo: arpafil@cuaad.udg.mx
Teléfonos y fax: 12023000 y 13788600 extensiones 38614, 38610 y 38611.
Tema:PROYECTO CONCEPTUAL DE REVITALIZACIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO Y ORDENAMIENTO URBANO-ARQUITECTÓNICO. PANTEÓN DE MEZQUITÁN-AV. DEL FEDERALISMO-MERCADO MUNICIPAL DE MEZQUITÁN EN GUADALAJARA.

Más inforemes:  http://www.fil.com.mx/reco/premio_arpa_fil.asp

Video: 6 principios para hacer que las ciudades sean lugares atractivos

Por:

Fuente :http://www.plataformaurbana.cl/archive/2015/03/05/video-6-principios-para-hacer-que-las-ciudades-sean-lugares-atractivos/?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+PlataformaUrbana+%28plataforma+urbana%29manos

En 2008, el filósofo y escritor suizo, Alain de Botton, fundó la Escuela de la Vida, una organización que se dedica “a desarrollar la inteligencia emocional a través de la ayuda de la cultura”.

A través de esta organización, elaboró seis principios que cree que ayudarían a las ciudades a convertirse en lugares más atractivos, tanto para sus habitantes como para sus visitantes, ya que considera que “el arte de hacer ciudades atractivas se ha perdido”.

A continuación una explicación de cada uno de los principios.

1. Ni muy ordenado ni muy caótico

1 ni muy ordenado ni muy caótico

Según de Botton, una de los aspectos que los seres humanos valoran es el orden visual que, en las ciudades, se representa mediante un balance, una simetría y una repetición de puntos arquitectónicos. Es por esto que, para muchos, París es una ciudad agradable por sobre Dubai, por ejemplo.

No obstante, un exceso de orden puede causar otras problemáticas urbanas, tal como ocurrió en Kowloon, una ciudad amurallada en China que se convirtió en el lugar más denso del planeta en donde llegaron a vivir más de 50 mil personas en una superficie no mayor que 2.6 hectáreas.

Por este motivo, el filósofo propone que las ciudades deben equilibrar el orden y una variedad estética.

2. Vida visible

2 vida visible

Un espacio público lleno de vida es mucho más valorado por los habitantes si de verdad lo pueden disfrutar, ya sea a través de caminatas y actividades que se desarrollen en ellos.

Si esto se puede realizar, va a ser visto como más cálido y como una extensión de los espacios privados, creando un sentido de identificación y pertenencia. Esto es posible en aquellos lugares donde toda esta actividad está a la vista y en donde se pueden satisfacer múltiples necesidades, lo que logra atraer más personas y hacer que los espacios sean más activos.

3. Compactas

3 compactas

En las antiguas ciudades, si las personas vivían muy juntas era porque pertenecían a los sectores vulnerables. Es por esto que, para marcar una diferencia, las familias con mayores recursos se trasladaron a vivir en las afueras de la ciudad, según de Button.

Sin embargo, después de un tiempo, esta situación comenzó a ocasionar un aburrimiento entre los habitantes, una monotonía en el paisaje y un consumo mayor de recursos naturales y económicos, entre tantos otros aspectos.

Para tener una idea de lo que esto significa, el filósofo compara a una ciudad compacta, como Barcelona, con otra extensa, como Phoenix, siendo en esta última el lugar en donde se consumen más recursos energéticos únicamente por su extensión y dispersión urbana.

En cambio, en aquellas ciudades que son más compactas, existen espacios comunes, como plazas y parques, en donde los habitantes tienen una extensión de sus espacios privados, aumentando el sentido de pertenencia. Incluso, si una plaza está bien diseñada, lo ideal es que una persona le pueda ver la cara a otra aunque esté en el lado opuesto.

4. Orientación y Misterio

4 orientacion y misterio

Perderse en una ciudad o caminar sin un ruta definida es algo que a muchos les gusta hacer, pero que no necesariamente debe involucrar un entorno inseguro. En este sentido, el misterio al que se refiere de Button corresponde al hecho de poder descubrir rincones de la ciudad a pie y en donde uno se siente a gusto.

Por este motivo, es muy común que a las personas les guste más caminar por calles angostas que anchas, aunque cada vez existan más avenidas y boulevards. Es por esta razón que el filósofo considera importante que en las ciudades exista un equilibrio entre las calles anchas y las angostas, ya que las primeras ofrecen orientación, mientras que las segundas, misterio.

5. Escala

5 escala

“Si quieres ver en lo que una sociedad realmente cree, mira a qué están dedicados los enormes edificios del horizonte”. Esta frase, dicha por el académico Joseph Campbell, justifica la postura que tiene de Button en relación a que en muchas ciudades se ha vuelto común que el progreso se asocie al tamaño de las construcciones.

No obstante, hay ciudades como Amsterdam, Berlín, Londres y París, que en gran parte de su superficie han optado por mantener las construcciones más pequeñas, lo que no quiere decir que no se deban hacer grandes construcciones, pero si se hacen, lo ideal es que sean especiales, “algo que la humanidad pueda amar”, de acuerdo al filósofo. Por esto, rescata que grandes construcciones que han sido valoradas en distintas generaciones corresponden a aquellas que reflejan a la sociedad en donde se realizan.

6. Que sea local

6 que sea local

Que las ciudades tengan elementos distintivos hace posible que las personas conozcan mejor la cultura de un lugar o sino cada vez que viajaran no notarían la diferencia de la ciudad en la que se encuentran. Una manera de marcar una diferencia -en un sentido positivo- es mediante el uso de materiales de construcción locales.

Si bien así es como se comienza a abordar este principio, el análisis del filósofo se centra en dos áreas: la confusión intelectual en torno a la belleza y la falta de voluntad política.

En la primera, de Button considera que nadie tiene certeza sobre lo que es bonito y lo que no, porque se trata de un tema muy subjetivo. Pero, si se aplica a la ciudad, esta idea se adapta dependiendo de cómo se sienten las personas en los lugares.

En tanto, para la segunda, el filósofo cree que los gobiernos son los encargados de crear ciudades más bonitas para todos.

El discreto encanto del “espacio público”

La ciudad es un objeto espacial que ocupa un lugar y una situación […], es una obra, [su] espacio no está únicamente organizado e instituido, sino que también está modelado, configurado por tal o cual grupo de acuerdo con sus exigencias […], su ideología.

Henri Lefebvre (1976 [1972]: 65)

El espacio público ha llegado hoy a representar uno de los conceptos más controvertidos en el estudio de la ciudad y, a la vez, un término largamente estandarizado que debe su éxito al uso que han hecho de él muchos políticos, arquitectos y urbanistas de prestigio internacional a lo largo de las últimas décadas. El uso generalizado del término “espacio público” como categoría pura y exenta de su naturaleza conflictiva, entendería este concepto a partir de la completa anulación de su connotación política y económica. La reciente explotación institucional de esta expresión parece ser sistemáticamente asociada, no tanto con una moralidad, sino más bien con la legitimación de aquellas políticas urbanísticas de corte clasista promovidas al fin de perpetuar determinadas formas de vivir, pensar y habitar la ciudad. Formas, sobre todo, de hacer ciudad que acaban siendo verdaderas prácticas y representaciones de la misma ciudad en sí, dirigidas a plasmar las experiencias subjetivas de los usuarios del espacio en términos de obediencia política y consumo comercial formalizado. Todo esto configura, y al mismo tiempo justifica, la actual lógica de mercado a la cual la fusión neoliberal entre lo público y lo privado ha sometido la ciudad contemporánea y su espacio urbano.

La acelerada urbanización que, a lo largo de las últimas décadas, ha caracterizado las prácticas de gobernanza política, no constituye un fenómeno sui generis respecto al actual contexto político-económico de la ciudad, sino la evidencia de su propia vinculación directa al desarrollo del capitalismo neoliberal y sus violentas operaciones urbanísticas de desposesión generalizada del bien común (Harvey, 2003; Caffentzis, 2010). Se trata de un proceso que consiste en el uso de métodos de la acumulación capitalista originaria para mercantilizar ámbitos hasta entonces cerrados al mercado, y que se realiza mediante diferentes prácticas: la privatización, la financiarización, la gestión y manipulación de las crisis, las redistribuciones estatales de la renta, así como la privatización de empresas, de servicios públicos y de la más amplia propiedad comunal. Sin embargo, tales prácticas necesitan también autolegitimarse. Es justamente por este propósito que el capitalismo tardío exige comportamientos obedientes y amoldados al orden vigente en temas de “civismo” y “ciudadanía”.

Todo ello es generado y mantenido mediante una retórica de igualdad que se materializa en un “espacio público de calidad”, es decir, un espacio que tiene que ser absolutamente rescatado de la conflictividad, del movimiento descontrolado, de la agitación intrínseca a todo “usuario”, un espacio sin desobediencias (Delgado, 2011). El proceso de desposesión capitalista se convierte entonces en una colosal maniobra de remoción y expulsión, de desalojo —nunca mejor dicho—, de los elementos constitutivos del espacio. De lo contrario, resultaría muy difícil —cuando no imposible— realizar su operación de compra-venta por parte del urbanismo neoliberal. Aun así, no se trata de eliminar el espacio urbano como tal, sino de privarlo de su atributo vital, de lo urbano: anonadar su agitación, limitar su reproducción sociocultural, controlar su movimiento incesante, negar sus relaciones, domar sus deserciones, racionalizar sus usos y acceso. Se produce así un espacio urbano sin lo urbano, ocultado por parte de los saberes técnicos oficiales, criminalizado por las autoridades y reprimido por las instancias de poder y sus retóricas. En una palabra, un espaciodesconflictivizado, que no es sino lo que hoy día solemos concebir y describir como “espacio público”.

Sin embargo, se hace cada vez más difícil hablar de “espacio público” sin adoptar una perspectiva que considere el uso del espacio, no solo como una estrategia y/o técnica de poder y control social, sino también como una manera de ocultar estas mismas relaciones. Gracias a las más recientes aportaciones de las ciencias sociales, hemos empezado a entender el espacio como una estructura, o mejor dicho, como un marco estructural donde tiene literalmente lugar la producción, reproducción y apropiación del propio espacio por parte de los individuos que lo practican, lo experimentan física y sensorialmente (Low y Lawrence-Zúñiga, 2003). En tanto que fenómeno social producido y reproducido por las prácticas diarias de cada persona, el espacio requiere ser entendido como un proceso social constantemente en curso y repleto de significados. Un espacio invariablemente dinámico que siempre será, por encima y más allá de las estandarizaciones de muchos urbanistas, arquitectos y planificadores, objeto de su propia configuración y uso por parte de los sujetos que se mueven en él (Delgado, 2007). En definitiva, si la ciudad es un objeto, lo urbano es pura vida. Si la ciudad es sustancia y esencia, lo urbano es espontaneidad y relación donde la existencia recíproca de diferentes formas de concebir y usar el espacio lleva a la generación inevitable de los conflictos.

A raíz de esta perspectiva, el espacio no puede ser entendido como un objeto estático atrapado en su forma arquitectónica, sino como un proceso intrínsecamente dinámico y, por lo tanto, sujeto a todo tipo de contradicción, recorrido por un sin fin de conflictos y repleto de ideologías y relaciones de poder. Esto implica el reconocimiento de la existencia de las experiencias tanto individuales como colectivas del espacio y la elaboración de modelos de apropiación espacial antagónicos (Goonewardena, 2011). Sin embargo, parece que el discurso político actual se empeñe en confirmar la conceptualización sublimada de un “espacio público de calidad”, gratuitamente privado de toda estructuración jerárquica, abstraído de cualquier tipo de práctica de dominación, y que no contempla el conflicto ni el consumo, ni mucho menos el control social. Un espacio ilusorio donde sólo cabe la paz, la tranquilidad, la ausencia del conflicto, y que pretende encarnar y materializar cualquier ideal de democracia, civismo o ciudadanía (Delgado, 2011).

En esta dirección, es interesante notar como parte considerable de la literatura clásica sobre el estudio de la ciudad no hace prácticamente ninguna referencia al concepto de “espacio público” tal como hoy se entiende, y en los pocos casos en que este se menciona siempre se usa como sinónimo de plazas, calles o aceras. John Lofland (1985), por ejemplo, concibe el espacio público en mera yuxtaposición al espacio privado, el acceso al cual queda legalmente restringido. En este caso, el espacio público representa, entonces, aquellas áreas de la ciudad a las cuales cada persona en general tiene libre acceso. Erving Goffman (1979 [1971]), en cambio, utiliza el término para referirse a un espacio físicamente cruzado por los individuos que se encuentran casualmente en él, entendido como un espacio de y para las relaciones que se desarrollan “en público”. De ello que el análisis socioantropológico del espacio pase a ser desarrollado en términos de “proceso social”. En este sentido, es significativo que el mismo Henri Lefebvre (1974: 433) utilizara la expresión espacio público en una única ocasión, y justamente para afirmar que lo público como tal no existe sino que queda sistemáticamente organizado bajo la hegemonía de lo privado. Ligado a ello, el urbanismo funcionaría como un conjunto de conocimientos, saberes, prácticas y discursos organizados desde instancias de poder que organizan la ciudad confiriendo al espacio la movilidad económica necesaria para asegurar y mantener su condición de mercancía (Smith, 1987).

Bajo una apariencia positiva, humanista y tecnológica, el urbanismo oculta y disimula tras esta gigantesca operación, sus ambiciones fundamentales de dominio del espacio, esto es, oprime al “usuario” reduciéndolo a mero consumidor del espacio urbano y generador por excelencia de plusvalías. He aquí la neta oposición lefebvriana entre el espacio vivido y el espacio concebido, es decir, entre el espacio de los usuarios y el de los planificadores (Lefebvre, op. cit.). Si el espacio vivido se configura mediante las prácticas y usos del espacio que los individuos hacen en la vida cotidiana, el espacio concebido es, en cambio, la representación de este espacio que está vinculado a las relaciones de poder y de producción establecidas por el orden capitalista. Dicho en otra forma, tenemos, por un lado, el espacio mercancía, concebido y movilizado por instancias político-económicas en tanto que valor para obtener plusvalía, y, por el otro, el espacio vivido, el espacio de la experiencia producido a través de las prácticas, los usos, las relaciones sociales de cada día.

Se trataría de un conflicto entre el uso y el consumo del espacio que no implica necesariamente una negación, puesto que el urbanismo procurará a toda costa ajustar el espacio vivido al espacio mercancía, es decir, los valores de uso del espacio tendrán que subordinarse a las exigencias del valor de cambio del mismo. De ese modo, la lógica de acumulación que busca plusvalías en el espacio, no solo intentará regular el funcionamiento del valor de cambio, sino que pretenderá también definir los deseos y necesidades subjetivas socialmente significativas, así como las prácticas que conforman el espacio vivido (Baptista, 2013). De ese modo, se genera y legitima un espacio concebido al servicio de una ideología dominante y con la ambición de imponerse sobre el espacio vivido, hegemonizándolo mediante discursos que configuran un lenguaje que se presume técnicamente inopinable y moralmente cierto. El espacio concebido se configura, en otras palabras, nada más que como una ideología disfrazada de conocimientos científicos incuestionables que se oculta tras el lenguaje técnico y pericial del urbanismo neoliberal.

Sin embargo, esta retórica obstinada que pretende revelar los supuestos beneficios del espacio público, representa en realidad un instrumento indispensable para desplegar la acción administrativa y el control racionalizador sobre las intervenciones de planeamiento urbano —y no urbanístico—del espacio. Se trata de una herramienta indisolublemente asociada a los procesos de higienización y normativización de los individuos dentro de un campo semántico hecho de discursos y representaciones propias de aquellos saberes técnicos y científicos que materializan un “urbanismo contaminador”. A través de tales discursos, se construye un consenso mayoritario sobre quiénes son los ciudadanos “legítimos” y “normales”, y se llevan a cabo estrategias de segregación espacial, evitaciones simbólicas así como la construcción de la invisibilidad social. Lejos de representar fenómenos exclusivos de aquellas zonas de la ciudad que se conciben como “centrales”, dichas estrategias han llegado hoy a ser aplicadas en las propias periferias urbanas. La supuesta regeneración del barrio del Bon Pastor, en San Andreu, o la del barrio de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, son solo algunos de los numerosos casos emblemáticos de cómo los procesos de exclusión y segregación de determinados grupos del uso del espacio serían parte esencial de las dinámicas de pacificación y homogeneización del mismo, necesarias para su desvalorización y/o revalorización en el mercado. Detrás de las retóricas del espacio concebido subyacen, de hecho, representaciones de higiene y moralidad aplicadas aparentemente al individuo (Sennett, 2007 [1994]), pero que en realidad tienen la función de legitimar o deslegitimar formas de vida urbana sistemáticamente consideradas inconcebibles o, más simplemente, improductivas frente al sistema capitalista.

Asimismo, en manos de determinados urbanistas, proyectistas, arquitectos y tecnócratas, estas retóricas se convierten en un instrumento discursivo clave a la hora de que el capitalismo intervenga y administre aquello que siendo presentado como espacio y que no deja de ser simplemente suelo, es decir, espacio inmobiliario, espacio para comprar o vender. La supuesta igualdad de relaciones que implicaría el fantasmagórico concepto de espacio público se ve desacreditada hoy día por una especulación inmobiliaria sin precedentes históricos, un masivo proceso de gentrificación que roza peligrosamente la utopía social, y un control normativo extendido sobre cada tipo de práctica relacional. Pero también por la represión de cada alternativa no solo posible sino propiciable, un dominio institucionalizado de la subjetividad personal y una más amplia explotación capitalista sin escrúpulos de la vida en general (Rabinow, 2003). La práctica y la representación idealizada de un espacio público como algo armonioso, neutral, idílico y libre de inquietud y agitación social llega a ser una mera falacia en una sociedad capitalista donde la lucha de clases representa todavía una realidad cotidiana innegable a pesar de toda tentativa de invisibilizarla.

La violencia urbanística que ha caracterizado las más recientes políticas urbanas desplegadas por el gobierno de Xavier Trias en Barcelona, pone en evidencia esa utopía social de un espacio pacificado y libre de conflictividad social. En este sentido, se hace imprescindible cuestionar las implicaciones reales que dichas políticas tienen con lo urbano a la hora de dar forma a un espacio supuestamente “público”, esto es, a la hora de ser políticas urbanísticas que se pretenden urbanas. La privatización parcial o total de parques públicos como el Park Güell, la fragmentación territorial de Collserola o la implementación de un urbanismo social de fachada como en el caso del Pla Buits, representan procesos cada vez más frecuentes de turistificación y normativización del espacio que apuestan por un uso instrumental y no intensivo del mismo.

Asimismo, el desmantelamiento de Mount Ziono la cierta domesticación de la Flor de Maig en el Poblenou, el desalojo inminente de La Carbonería en Sant Antoni, la vacua y estéril solarización de Vallcarca o la más reciente tentativa de destrucción de Can Vies en Sants, son solo algunos ejemplos, todos ellos en Barcelona, que evidencian la obstinada imposición de un discreto encanto del “espacio público” como elemento represor y fetiche de las retóricas de regeneración en que el mismo se arropa. Sin embargo, no se trata únicamente de una cuestión catalana, ni exclusiva del Estado español. Tenemos ahí diferentes ejemplos de represión por parte de la autoridad en varias ciudades de Brasil, en el marco de la celebración del Mundial de Futbol de 2014 y las Olimpiadas de Río de Janeiro en 2016, o, algo más cerca, los hechos acontecidos en junio de 2013 en el Parque Taksim Gezidede Estambul, en Turquía; la criminalización de la lucha No-TAV en Val di Susa, en Italia; la subasta de la isla de Poveglia en Venecia, etc. Todo ello encubiertamente perpetuado al culto de un “espacio público de calidad”, que, en realidad, no deja de ser sino un mero espacio contra el público.

Bibliografía

BAPTISTA, L. A. S., (2013), “The Cities of Need. Capitalism and Subjectivity in the Contemporary Metropolis”, Psicologia&Sociedade, 25 (n. sp.), pp. 54-61.

CAFFENTZIS, G., (2010), “The Future of ‘The Commons’: Neoliberalism’s ‘Plan B’ or the Original Disaccumulation of Capital?”, New Formations, 69, pp. 23-41.

DELGADO, M., (2007), Sociedades movedizas. Pasos hacia una antropología de las calles, Barcelona: Anagrama.

DELGADO, M., (2011), El espacio público como ideología, Madrid: La Catarata.

GOFFMAN, E.,(1971), Relaciones en público. Microestudios del orden público, Madrid: Alianza, 1979.

GOONEWARDENA, K., (2011), “Henri Lefebvre y la revolución de la vida cotidiana, la ciudad y el Estado”, URBAN. Revista del Departamento de Urbanística y Ordenación del Territorio, nº S02, pp. 25-39.

HARVEY, D., (2003),The New Imperialism, Oxford: Oxford University Press.

LEFEBVRE, H., (1974),La production de l’espace, Paris: Éditions Anthropos.

LEFEBVRE, H., (1972), Espacio y política: el derecho a la ciudad. Barcelona: Península, 1976.

LOFLAND, L., (1985), A World of Strangers: Order and Action in Urban Public Space, San Francisco: University of California Press.

LOW, S. M.y LAWRENCE-ZÚÑIGA, D. (Eds.), (2003), The Anthropology of Space and Place.LocatingCulture,Oxford: Blackwell.

RABINOW, P., (2003), “Ordonnance, Discipline, Regulation: Some Reflections on Urbanism”, en LOW, S.M. y LAWRENCE-ZUÑIGA, D. (Eds.), The Anthropology of Space and Place. Locating Culture, Oxford: Blackwell, pp. 353-369.

SENNETT, R., (1994), Carne y piedra: el cuerpo y la ciudad en la civilización occidental, Madrid: Alianza, 2007.

SMITH, N., (1987), “Gentrification and the rent-gap”, Annals of the Association of American Geographers, 77(3-1), pp. 462–465.

¿Cuándo calla la ciudad? [MAGIS]

Por: Adolfo Peña Iguarán                                                                                                                               fuente: http://www.magis.iteso.mx/content/%C2%BFcu%C3%A1ndo-calla-la-ciudad

Plazas, jardines, parques y áreas verdes son espacios que llevan a la reflexión

Plazas, jardines, parques y áreas verdes son espacios que llevan a la reflexión

Dondequiera que estemos, lo que oímos es en su mayor parte ruido. Cuando lo ignoramos, nos molesta. Cuando lo escuchamos, lo encontramos fascinante.    John Cage

Si las ciudades por naturaleza son caóticas, confusas, bulliciosas y generalmente ruidosas, pobladas de sonidos de todos tipos, entonces ¿cómo se puede buscar el silencio, o, mejor dicho, fomentarlo, si estos atributos por principio son antagónicos? ¿Cómo puede entonces existir una relación de la ciudad con el silencio, si parece que éste no es parte intrínseca de la misma ciudad?

Se habla mucho de la inseguridad como uno de los causantes de la expulsión de los habitantes del centro de las ciudades, pero muchos no reconocen que el ruido es de los principales factores que afectan la calidad de vida y finalmente terminan por exiliar a sus habitantes —y lo peor: el ruido ahuyenta a muchos posibles residentes.

Lo paradójico es que la vida que genera la ciudad también la expulsa. La vida privada se ve amenazada por ruidos que antes no existían o eran tolerables y hacen que la gente huya; esta situación se agudiza e intensifica por las noches.

El modo en que se escucha el silencio en la ciudad o en la arquitectura viene determinado, generalmente, por la manera en que se atiende al sonido. Existen sonidos agradables en toda ciudad: son los que hay que fomentar y amplificar, y sólo los espacios públicos de calidad pueden hacer que esto suceda. Espacios que permiten escuchar el sonido de los pájaros o el murmullo de una fuente, el sonido que hacen los niños jugando en un parque o una escoba al barrer la calle.

Luis Barragán, en su discurso para la recepción del Premio Pritzker, mencionó que los jardines son “refugio contra la agresividad del mundo contemporáneo”. Es justamente en plazas, jardines, parques y áreas verdes donde tenemos esta oportunidad, y donde se amplifican estos sonidos: son espacios que llevan a la reflexión, espacios de paz y de silencio dentro del mismo bullicio que genera un aparente caos.

Está demostrado, en varios estudios, que las áreas verdes en las ciudades tienen una serie de efectos positivos en la gente, como atenuantes para la depresión, el estrés laboral o la ansiedad causada por la reducción de la seguridad en la calle.

Y no es extraño que los departamentos o casas más cotizados en una ciudad muchas veces sean los que están cerca de una parque, una plaza o un área verde.

Pero la ignorancia y la falta de capacidad para imaginar mejores espacios llevan a la destrucción sistemática de nuestros espacios verdes, con podas indiscriminadas y clandestinas; los árboles, esas barreras naturales contra el ruido, pierden la guerra constantemente contra la ciudad. m

Otra vez : el espacio público [arquine]

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El pasado martes 27, como parte de la Feria de las Culturas Amigas, en el Zócalo, hubo un panel de discusión que David Ortega, de SEDUVI, me invitó a moderar. Participaron Rene Caro, de la Autoridad del Espacio Público, Claudio Sarmiento, de EmbarqMexico, Jesús López, de Somosmexas y Christian del Castillo, de Casa Vecina.

Sobre el espacio público se ha dicho bastante recientemente tras su supuesta desaparición a manos del espacio privado de los centros comerciales —o, quizás, más que muerte su migración a ese tipo de reserva artificial donde pudo sobrevivir, limitado y deformado, entre tiendas y puestos de comida rápida, disfrazado de lo que no era para seguir existiendo: viejo pueblo, paisaje exótico o promesa utópica— y más tras su regreso también como a hurtadillas a llenar, gracias a propuestas de rescate o intervención, sitios abandonados, infraestructuras en desuso o rincones residuales entre una vía de alta velocidad y otra. El espacio público es lo de hoy. Hace sentido ese interés cuando lo público, más allá del espacio que ocupa está en crisis o, tal vez, hace más sentido si pensamos que lo público no puede entenderse más allá del espacio que ocupa y que no se reduce a la plaza y al jardín, pues incluye las calles y las banquetas y también los lugares de lo público. El transporte, la educación, la salud, la información y la opinión públicas, ¿en qué espacios se dan y de qué manera transforman eso otro que entendemos, de manera genérica, como el espacio público?

El espacio público es de quien lo trabaja, dijo, provocador, Jesús López. Si suena a provocación es porque el espacio público lo trabajan, desde arriba, legisladores y autoridades, urbanistas, arquitectos y diseñadores o, desde abajo, aquellos quienes lo ocupan y lo usan: quienes caminan o se sientan en un parque o una plaza, pero también quienes venden en un puesto, más o menos fijo, o quienes trabajan organizando la manera como otros ocupan ese espacio —como los que apartan lugares y cuidan coches. Algunos dicen —o decimos, a veces— que no sólo usan del espacio público sino que abusan del mismo: no sólo se instalan ahí sino que impiden que otros usen de ese espacio que, dice el lugar común, es de todos o no es de nadie. Si no lo impiden lo regulan: no se puede uno sentar en los bancos de un puesto de quesadillas a descansar si no consume ni estacionar el coche en un lugar que ha sido resguardado por alguien sin pagarle el servicio. Pero también entonces abusa del espacio público la terraza del restaurante de moda o la empresa que controla los parquímetros. En este caso se trata de un [ab]uso regulado y controlado, también desde arriba, por la autoridad; en el primer caso, no es que no haya control ni regulación —sabemos que nadie se pone a vender o trabajar en la calle sin haber pagado su respectiva cuota a alguien o a muchos— sino que esa regulación es paralela a la oficial —lo que no quiere decir que le sea ajena.

Por tanto, las formas de [ab]usar el espacio público tiene que ver, por supuesto, con otras maneras como construimos lo público y con los mecanismos de inclusión o de exclusión que funcionan en cada caso. Tienen que ver, sobre todo, con la manera como imaginamos eso, lo público, y sus condiciones. Ya lo decía Manuel Delgado en su participación en un congreso organizado por Arquine: el espacio público es ideológico; no hay un espacio público sino distintas maneras como se imagina y se ejerce lo público y que no se dan en un vacío —la plaza o el parque— sino que determinan la consistencia de esos mismos espacios. Entre esas distintas maneras de imaginar lo público y sus espacios, entre esas diversas ideologías, hay alguna que termina dominando —provisionalmente, acaso. La de la comunidad que organiza una fiesta en su calle un día o la del gobierno que planea un desfile otro; a veces el partido de fútbol callejero y las garnachas de la esquina, otras la calle con terrazas para tomar un café leyendo el periódico. El trabajo de la gestión y el diseño del espacio público acaso no sea privilegiar uno de esos usos —lo que, según Delgado, generalmente sucede: se trata de un espacio administrado y definido por un grupo específico con una idea específica de cómo debe usarse— sino permitir su alternancia. Por cierto que el Zócalo mismo de la ciudad de México —donde se presentó la Feria de las Culturas Amigas y este debate— resulta perfecto ejemplo de ese conflicto o, más bien, ahora, de su negación: desde hace meses el gobierno de la ciudad ha preferido transformar esa plaza en escenario de ferias y conciertos populares en vez de arriesgarse a otras maneras del ejercicio de lo público.

6 ciudades que cambiaron sus autopistas por parques urbanos

Fuente: http://www.plataformaurbana.cl/archive/2014/04/08/6-ciudades-que-cambiaron-sus-autopistas-por-parques-urbanos/

Por Constanza Martínez

Las autopistas que se construyen en las ciudades muchas veces se hacen como una solución a la congestión vehicular. Sin embargo, la teoría de la demanda inducida ha demostrado que cuando los automovilistas tienen más vías, optan por seguir usando este medio en vez de elegir el transporte público o la bicicleta y como resultado la congestión no disminuye.

Por esta razón, hay ciudades que han optado por quitarle espacio a los autos y donde antes habían autopistas, hoy hay nuevos parques urbanos y calles menos congestionadas.

A continuación les mostramos seis casos de este tipo. Algunos ya están listos y otros en construcción. Para sorpresa de algunos la mayoría de los proyectos están en EE.UU. lo que refleja que los planificadores de este país están estudiando las políticas de transporte europeas, tal como les contamos en nuestro artículo sobre cuáles son las “9 razones por las que EE.UU. es más dependiente del auto que Europa” (Parte I y Parte II).

1. Harbor Drive, Portland.

Una de las primeras autopistas estadounidenses que se eliminó para dar paso a un parque fue Harbor Drive, ubicada en Portland y construida en un costado del río Willamette. En 1974 comenzaron los trabajos de transformación y se demolió para dar paso al parque Tom McCall.

El puente Hawthorne, que era original de la autopista, se mantuvo y se transformó en un puente para ciclistas y peatones, permitiéndoles conectar la Primera Avenida con el parque.

2. Cheonggyecheon, Seúl.

La autopista elevada de Cheonggyecheon, en Seúl, se construyó sobre un canal del mismo nombre. Pero ante la contaminación ambiental y el ruido que generaban los más de 160 mil autos que transitaban por ella diariamente, el alcalde Lee Myung Bak impulsó un plan para demoler la autopista y construir un parque.

La propuesta que se llevó a cabo fue diseñada por Kee Yeon Hwang que consideró la limpieza del canal y le devolvió su rol como lugar de encuentro, ya que antes de que se hiciera la autopista, hace más de 50 años, los habitantes iban hasta el canal a lavar su ropa. Asimismo, permitió recuperar un espacio público, disminuir el ruido y la temperatura de los lugares más cercanos en donde se hicieron estudios que demostraron que la temperatura bajó, en promedio, 3.6ºC.

3. Embarcadero Freeway, San Francisco.

A principios de 1980, en San Francisco, se comenzó a hablar de un plan para demoler la autopista California 480 con la idea de construir un parque. Sin embargo, no fue hasta 1991 en que la autopista de dos pisos se demolió por los daños que tuvo tras el terremoto de 1989 y que permitieron hacer estudios que concluyeron que reconstruir la autopista era mucho más costoso que hacer un parque.

Ahora el lugar tiene una de las mejores vistas de la bahía de San Francisco en un parque de varios kilómetros con paseos peatonales y ciclovías.

4. Madrid Río, Madrid.

En el año 2000 se puso en marcha el Proyecto Madrid Río que buscaba recuperar el borde del río Manzares al que no se podía acceder fácilmente por los tramos de la autopista M-30 que lo atravesaban.

Como en el lugar hay varias construcciones históricas, como el Puente de Segovia -el puente más antiguo de la ciudad-, la Ermita Virgen del Puerto y el Puente del Rey, el proyecto consideró su recuperación para mantener la historia de la ciudad en medio del parque. Incluso, la Puerta del Rey, una construcción que data del reinado de José Bonaparte, pudo volver a su ubicación original, ya que había sido trasladada durante la construcción de la autopista.

Proyecto Madrid Rio.

En 2011 se inauguró el parque que permite a los ciudadanos hacer algún deporte, pasear y conocer más del pasado de la ciudad. En este caso, la autopista no fue demolida completamente, sino que el tránsito de los autos se desvió a túneles subterráneos.

5. Park East Freeway, Milwaukee

En los años ’60, el centro de la ciudad iba a estar rodeado por la autopista Park East Freeway. Pero, los vecinos comenzaron a oponerse al proyecto por el ruido y la contaminación que generaría su construcción y funcionamiento. Por este motivo, la autopista nunca se terminó y ciertos tramos fueron demolidos entre 1999 y 2002 para desarrollar el proyecto Park East Corridor, el que una vez inaugurado permitirá un libre acceso desde el centro hasta el río.

© trevor.patt, vía Flickr.

El total, el nuevo parque tiene 60 hectáreas de las cuales 24 se destinarán a nuevas construcciones para reurbanizar el sector. Por ahora, el sector norte del parque es el que muestra más avances a través de la remodelación de las principales avenidas que conectan con el centro de la ciudad.

6. Alaskan Way, Seattle.

En 2001 un terremoto dañó el Viaducto de la Autopista Alaska, en Seattle. En un principio pensaron en reconstruirlo, pero ahora lo harán en un túnel subterráneo con cuatro pistas para que en la superficie el paseo Bahía Elliott se una con el resto de la ciudad a través de un nuevo espacio peatonal. Se estima que el parque sea inaugurado durante el próximo año.