Qué dice de nosotros el lugar en el que trabajamos

Fuente: http://elpais.com/elpais/2014/09/08/icon/1410176803_421057.html

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Pasamos el grueso de nuestras jornadas en el lugar de trabajo. La oficina es el sistema nervioso en nuestra sociedad del conocimiento. Pero para ser la columna vertebral de la existencia del humano medio, por no decir catedral para los fanáticos del trabajo, generalmente prestamos muy poca atención al camino que nos ha traído a un cubículo frente a una pantalla y una hoja de cálculo durante toda una jornada laboral. A cómo hemos pasado del trabajo manual en serie a la oficina contemporánea. Esta historia es la que cuenta Cubed: A secret history of the workplace (Traducible como Al cubículo: Historia secreta del lugar del trabajo), un nuevo libro en el que Nikil Saval explica la evolución de la oficina deteniéndose en sus hitos arquitectónicos y culturales, del pupitre del escribano hasta el cubículo.

“Las oficinas nacieron como cavernas húmedas, con torres de archivos de hacinamiento por todas partes como si fueran estalagmitas oscuras, pero en los cincuenta empezaron a volverse lugares limpios y deslumbrantemente iluminados”, alerta Saval. Los motivos no son tan obvios como la higiente, ya que la tesis del autor del libro ahonda más bien en la utopía de la búsqueda del lugar de trabajo óptimo a lo largo de los años.

Mecanógrafos en serie en el Londres de 1937 / Getty Images

Las primeras oficinas como tales tomaron el ejemplo del trabajo en serie fabril y alineaban los pupitres de los oficinistas según sus tareas. Con la implantación de las teorías del trabajo de Frederick Taylor, a principios del siglo XX, con las que se pretendía eliminar todas las ineficiencias del trabajo de oficina hasta el momento, ese espacio se reconvirtió por completo dando pie a los primeros espacios abiertos, sin paredes y, por tanto, sin intimidad apenas, y que giraban por completo en torno al poder del gerente, una nueva figura que nació para controlar la eficacia laboral de los oficinistas.

El primer edificio de oficinas moderno se inauguró en Nueva York. Fue en 1906. Se llamó Larkin Administration, lo diseñó por Frank Lloyd Wright. “Estaba interesado en crear grandes espacios al estilo de las catedrales por motivos estéticos, pero en realidad era muy útil para los directivos porque no tener paredes significaba que podían supervisar a los trabajadores en este espacio abierto y vigilarlos. Se trataba de ejercer el control”, explica Jeremy Myerson, profesor de diseño en el Royal College of Art.

El cubículo como nueva arquitectura laboral es protagonista en ‘Playtime’, de Jacques Tati

Desde la prohibición de hablar a estar rodeado de eslóganes como “El trabajo honesto no necesita patrón”, la oficina hasta la Segunda Guerra Mundial apenas modificó su arquitectura, pero tras la posguerra, en plena reestructuración del trabajo a causa del boom económico, volvieron los cambios. Ya no era cuestión de mejorar la eficiencia sino también de replantearse la comodidad de los nuevos escenarios laborales. Fue entonces cuando vio la luz el cubículo.

El nacimiento de la Action Office se debió al feliz encuentro entre el dueño de la empresa Herman Miller, dedicada al diseño de muebles, y un joven diseñador llamado Robert Propst. En los años 50 y principios de los años 60 en las oficinas europeas y estadounidenses dominaba el concepto paisaje-oficina (es la traducción más fiel al término Bürolandschaft) y el tándem formado entre el empresario y el diseñador introdujeron un primer prototipo del cubículo –un espacio abierto que constaba de varios niveles de trabajo diferentes y móviles– que, pese a su vanguardismo, no acabó de cuajar en el mercado. Tras ese primer tanteo, ya en 1968, la segunda versión de la Action Office aterrizó para esta vez quedarse.

Espacios y wi-fi compartido: la oficina del freelance ya no tiene paredes / Zonaspace (Wikimedia CC)

Y aunque el proyecto original incluía superficies y estantes móviles, además de varios niveles de escritorios para que los trabajadores pudieran pasar parte del tiempo sentados y parte de pie entre las tres mamparas flexibles que otorgaban cierta privacidad al oficinista, el cubículo acabó siendo malinterpretado. “Muchos diseños de oficina se pensaron para que los trabajadores se quedaran en su sitio, la Action Office se creó para que se movieran”, cuenta Saval, pero, como subraya el autor, el optimismo de Robert Prospt “sería su perdición”. Fue cuestión de (poco) tiempo para que alguien se diera cuenta de que esa oficina móvil podía ser transformada en una caja y en 1998, explica Sval, alrededor de 40 millones de estadounidenses estaban trabajando en lo que él estima fueron 42 versiones diferentes Action Office II, cada vez más estrechos, más pequeños y claustrofóbicos. Fue así como ese espacio llamado a ser revolucionario se convirtió en sinónimo de alineación y precariedad. Y de aislamiento.

Hoy día el cubículo casi parece un objeto de nostalgia gracias al retrato de estos espacios, a veces entrañable a veces irónico, en cómics como Dilbert o series como The Office. Con los nuevos modelos laborales basados en la ausencia de jerarquía y que potencian la creatividad por encima de la productividad, los espacios se están transformando hacia oficinas de coworking y escenarios lúdicos, con Silicon Valley y las empresas tecnológicas como paradigma. Del mismo modo, el auge del trabajador autónomo también está modulando un nuevo escenario de trabajo menos estable pero más independiente. Una oficina móvil, eso sí, de horarios indefinidos.

Conferencia: Por qué la vida es ahora… impartida por Arturo Ortíz Struck [CCAU]

boletín_Arturo Ortiz STruck__Este jueves 18 de septiembre a las 8:30 pm en el CCAU Arturo Ortíz Struck presentara la conferencia Por qué la vida es ahora…   Tratará sobre las abstracciones económicas y sus violentas traducciones en el espacio.

Arturo Ortiz Struck (Ciudad de México, 1969) es arquitecto por la Universidad Iberoamericana, cuenta con estudios de maestría en el campo de conocimiento Análisis Teoría e Historia de la UNAM, como artista visual es miembro de Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA. Fue profesor en la Facultad de Arquitectura de la UNAM entre 2002 y 2004; desde 1998 tiene a su cargo distintas asignaturas en el departamento de arquitectura de la Universidad Iberoamericana. Ha participado en talleres y conferencias en diversas universidades y centros culturales nacional e internacionalmente. Además ha participado en distintas exposiciones de arquitectura y arte dentro de las que destacan: la Bienal de arquitectura de Venecia 2012, “Design for the Other 90%” organizada por el Cooper Hewitt design Museum, Nueva York, 2011; entre muchas otras. Arturo Ortiz Struck ganó el premio nacional de periodismo  “Rostros de la discriminación” por el artículo: “desde la arquitectura, la discriminación” publicado en la revista Nexos en abril de 2012. Actualmente dirige el Taller Territorial de México y es editor de la revista ENSAMBLE.

“Los arquitectos jóvenes tienen que salir a África, China e India”

Eduardo Souto de Moura, en Vigo, sentado en un banco diseñado por él. / LALO R. VILLAR

El primer sorprendido fue él. Un auditorio atiborrado con cerca de 300 personas y casi tres cuartos de hora firmando dedicatorias en el libro que acababa de presentar. “Es extraño, yo no tengo la sensación de ser útil y esto me hace cambiar de opinión”, decía el arquitecto Eduardo Souto de Moura (Oporto, 1952), al término del coloquio organizado en el Espacio Sirvent de Vigo, el pasado viernes, con motivo de la presentación pública de una monografía, con textos críticos y material gráfico, sobre su obra, Eduardo Souto de Moura: Atlas de Parede, Imagens de Método (Dafne Editora, 2012). Antes del acto, que clausuró, hasta el próximo mes de septiembre, el calendario de actividades culturales del centro, ya había posado para la prensa en el banco que diseñó para un crematorio en la ciudad belga de Kortrijk.

¿Acaso no percibe el arquitecto, premio Pritzker en 2011, que su trabajo proporcione alguna utilidad? “La única cosa que me hace tener ganas de continuar es que los sitios queden mejor. Si yo no los mejoro, entonces lo que hago no tiene sentido. Cuando me proponen un encargo, primero intento comprender el lugar y estudiar qué le hace falta. Entonces, si puedo, lo completo”. Souto pone como ejemplo su afamado proyecto para el Estadio Municipal de Braga (2004), tallado en la ladera de una roca. “¿Qué es más bonito: el estadio o la cantera? Yo estoy convencido de que el enclave se ha enriquecido”. El jurado del galardón, considerado equivalente al Nobel de arquitectura, resumió de este modo su decisión de premiar una trayectoria de tres décadas “durante las que ha producido un trabajo contemporáneo, pero que al mismo tiempo hace eco de las tradiciones arquitectónicas. Sus edificios poseen la habilidad única de transmitir caracteres aparentemente incompatibles —poder y modestia, coraje y sutileza, fuerte carácter público e intimidad— al mismo tiempo”.

“Este libro es un instrumento para la exploración de la obra de Souto que indaga en instrumentos como la analogía, la memoria y el cuestionamiento de las imágenes”, expuso el editor, André Tavares, en una mesa redonda que completó el director de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña, Fernando Agrasar. Tras las intervenciones, el aludido tomó la palabra con gran sentido del humor para decir que no tenía discurso: “Yo soy como un peral, solo hago peras”. En respuesta al público, reconoció que no solo no le había cambiado nada la vida después del premio sino que en su país apenas tenía trabajo: “Vivo en una doble marginalidad, porque Portugal en estos momentos está fuera de Europa y, desde Oporto, tengo que estar desplazándome continuamente a Lisboa y Madrid. A los arquitectos jóvenes les digo que tienen que salir, emprender una nueva manera de vivir y buscar esos nuevos mercados de África, China e India”.

Licenciado por la Escola de Belas Artes do Porto y discípulo de Álvaro Siza, en cuyo estudio trabajó en los años setenta, Souto admite que fue su maestro quien le conminó a emprender su camino en solitario, en 1980, “porque aquí ya no vas a aprender más”. “Siza me echó fuera”, suelta, entre carcajadas. Si bien mantiene que su primer criterio es su propia exigencia (“si yo no me siento bien no puedo proporcionar bienestar a los demás”), reconoce que la crisis ha cambiado su arquitectura hasta convertirla en “el mínimo físicamente indispensable”, como, explica, acaba de hacer en el proyecto de unas piscinas comunitarias en una localidad próxima a Oporto. “Busco la simplicidad sin ser minimalista. El dinero es una condición necesaria para crear arquitectura, pero no es suficiente. Las dificultades nunca convierten una obra en mediocre, al contrario, la imaginación para buscar recursos la enriquecen. La arquitectura no es una suma de materiales, tiene vocación poética y debe provocar emociones”. La construcción frustrada de dos iglesias en su país, que se cancelaron por falta de fondos, sigue siendo la piedra en su zapato.

Fuente: El País