Video: 6 principios para hacer que las ciudades sean lugares atractivos

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En 2008, el filósofo y escritor suizo, Alain de Botton, fundó la Escuela de la Vida, una organización que se dedica “a desarrollar la inteligencia emocional a través de la ayuda de la cultura”.

A través de esta organización, elaboró seis principios que cree que ayudarían a las ciudades a convertirse en lugares más atractivos, tanto para sus habitantes como para sus visitantes, ya que considera que “el arte de hacer ciudades atractivas se ha perdido”.

A continuación una explicación de cada uno de los principios.

1. Ni muy ordenado ni muy caótico

1 ni muy ordenado ni muy caótico

Según de Botton, una de los aspectos que los seres humanos valoran es el orden visual que, en las ciudades, se representa mediante un balance, una simetría y una repetición de puntos arquitectónicos. Es por esto que, para muchos, París es una ciudad agradable por sobre Dubai, por ejemplo.

No obstante, un exceso de orden puede causar otras problemáticas urbanas, tal como ocurrió en Kowloon, una ciudad amurallada en China que se convirtió en el lugar más denso del planeta en donde llegaron a vivir más de 50 mil personas en una superficie no mayor que 2.6 hectáreas.

Por este motivo, el filósofo propone que las ciudades deben equilibrar el orden y una variedad estética.

2. Vida visible

2 vida visible

Un espacio público lleno de vida es mucho más valorado por los habitantes si de verdad lo pueden disfrutar, ya sea a través de caminatas y actividades que se desarrollen en ellos.

Si esto se puede realizar, va a ser visto como más cálido y como una extensión de los espacios privados, creando un sentido de identificación y pertenencia. Esto es posible en aquellos lugares donde toda esta actividad está a la vista y en donde se pueden satisfacer múltiples necesidades, lo que logra atraer más personas y hacer que los espacios sean más activos.

3. Compactas

3 compactas

En las antiguas ciudades, si las personas vivían muy juntas era porque pertenecían a los sectores vulnerables. Es por esto que, para marcar una diferencia, las familias con mayores recursos se trasladaron a vivir en las afueras de la ciudad, según de Button.

Sin embargo, después de un tiempo, esta situación comenzó a ocasionar un aburrimiento entre los habitantes, una monotonía en el paisaje y un consumo mayor de recursos naturales y económicos, entre tantos otros aspectos.

Para tener una idea de lo que esto significa, el filósofo compara a una ciudad compacta, como Barcelona, con otra extensa, como Phoenix, siendo en esta última el lugar en donde se consumen más recursos energéticos únicamente por su extensión y dispersión urbana.

En cambio, en aquellas ciudades que son más compactas, existen espacios comunes, como plazas y parques, en donde los habitantes tienen una extensión de sus espacios privados, aumentando el sentido de pertenencia. Incluso, si una plaza está bien diseñada, lo ideal es que una persona le pueda ver la cara a otra aunque esté en el lado opuesto.

4. Orientación y Misterio

4 orientacion y misterio

Perderse en una ciudad o caminar sin un ruta definida es algo que a muchos les gusta hacer, pero que no necesariamente debe involucrar un entorno inseguro. En este sentido, el misterio al que se refiere de Button corresponde al hecho de poder descubrir rincones de la ciudad a pie y en donde uno se siente a gusto.

Por este motivo, es muy común que a las personas les guste más caminar por calles angostas que anchas, aunque cada vez existan más avenidas y boulevards. Es por esta razón que el filósofo considera importante que en las ciudades exista un equilibrio entre las calles anchas y las angostas, ya que las primeras ofrecen orientación, mientras que las segundas, misterio.

5. Escala

5 escala

“Si quieres ver en lo que una sociedad realmente cree, mira a qué están dedicados los enormes edificios del horizonte”. Esta frase, dicha por el académico Joseph Campbell, justifica la postura que tiene de Button en relación a que en muchas ciudades se ha vuelto común que el progreso se asocie al tamaño de las construcciones.

No obstante, hay ciudades como Amsterdam, Berlín, Londres y París, que en gran parte de su superficie han optado por mantener las construcciones más pequeñas, lo que no quiere decir que no se deban hacer grandes construcciones, pero si se hacen, lo ideal es que sean especiales, “algo que la humanidad pueda amar”, de acuerdo al filósofo. Por esto, rescata que grandes construcciones que han sido valoradas en distintas generaciones corresponden a aquellas que reflejan a la sociedad en donde se realizan.

6. Que sea local

6 que sea local

Que las ciudades tengan elementos distintivos hace posible que las personas conozcan mejor la cultura de un lugar o sino cada vez que viajaran no notarían la diferencia de la ciudad en la que se encuentran. Una manera de marcar una diferencia -en un sentido positivo- es mediante el uso de materiales de construcción locales.

Si bien así es como se comienza a abordar este principio, el análisis del filósofo se centra en dos áreas: la confusión intelectual en torno a la belleza y la falta de voluntad política.

En la primera, de Button considera que nadie tiene certeza sobre lo que es bonito y lo que no, porque se trata de un tema muy subjetivo. Pero, si se aplica a la ciudad, esta idea se adapta dependiendo de cómo se sienten las personas en los lugares.

En tanto, para la segunda, el filósofo cree que los gobiernos son los encargados de crear ciudades más bonitas para todos.

Tan contemporáneo como un rascacielos

Mathias Goeritz en Teotihuacan, 1957. / Z. Sharkey

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/28/babelia/1422445197_484288.html“Contemporáneo como un rascacielos y antiguo como tu pebetero esenio; dadaísta y una especie de mocho medieval”. Así describía el escritor y sociólogo guatemalteco Mario Monteforte Toledo a su buen amigo Mathias Goeritz. Más allá del tono chusco, la descripción de este artista raro e incansable parece exacta. En efecto, Goeritz era un “personaje contradictorio”; lo cual no hacía sino enriquecer su trabajo, pues ahí podían confluir tranquilamente asuntos e ideas que parecerían en extremo discordantes, como por ejemplo la mística y el constructivismo ruso. En el fondo, algo unía esos intereses en apariencia dispares; algo que Goeritz buscó toda su vida, y que encontró, ya fuera en los dibujos de Paul Klee, las torres de San Gimignano o las pinturas de la cueva de Altamira: una suerte de esencialidad, de mezcla de “aurora y vestigio”, como describió la obra del propio Goeritz el crítico Eduardo Westerdahl, que pudiera llevar al arte por un nuevo camino, libre de superfluidades. Una vuelta a un punto cero, desde el cual sería posible “rectificar a fondo todos los valores establecidos”, según anotó Goeritz en el panfleto de 1960 Estoy harto. Y es que no sólo estaba harto, como él decía, “de la gloria del día, de la moda del momento del bluff y de la broma artística de los conceptos inflados, de la aburridísima propaganda de los ismos y de los istas, figurativos o abstractos”, sino que también resentía “la pretenciosa imposición de la lógica y de la razón”, “el funcionalismo”, “el cálculo decorativo” y hasta “el griterío de un arte de la deformación, de las manchas, de los trapos viejos y pedazos de basura”. En pocas palabras, detestaba casi todo el arte de su época, y el remedio, le parecía, estaba justamente en encontrar la manera de darle la vuelta a cada cosa: sí hacer arquitectura moderna pero no funcional; sí seguir pintando, pero sin caer en el expresionismo gratuito, en la copia, el virtuosismo vacío; sí hacer arte, pues, pero con un sentido muy puntual: provocar algún cambio en el mundo, aunque fuera mínimo. Para Goeritz, la preocupación primordial del artista era ética antes que estética. El trabajo del artista era servir a los demás. “Si no lo creyera”, le dijo a Monteforte, “no seguiría trabajando a pesar de los problemas que me da convencer a quienes pagan de hacer obras grandes integradas al espacio y a la vida de la gente en la calle”.

La vida de Mathias Goeritz estuvo siempre marcada por los desplazamientos. El primero, un recorrido geográfico, que lo llevó de Alemania (o, en realidad, lo que hoy es Polonia, pues nació en 1915 en la efímera ciudad de Dánzig) hasta México, pasando por Marruecos y España, donde descubrió la llamada Capilla Sixtina de la Prehistoria; hallazgo que lo llevó a fundar, casi a unos pasos de la famosa cueva, la Escuela de Altamira, proyecto que imaginó junto a otros artistas como “la antítesis de San Fernando, la augusta y conservadora institución”. Más aún, fue allí donde Goeritz decidió que esas pinturas, “increíblemente modernas”, eran exactamente lo que quería hacer en adelante. Unos años antes había comenzado a pintar, pero siempre apegado a lo que hacían otros: Miró y Chagall, por ejemplo. Altamira le reveló la manera de alcanzar una síntesis donde “naturaleza y abstracción, materia y espíritu, razón y sentimiento” podían unirse. Una posibilidad —esta de la “abstracción natural”, como le decía él— que se vería, además, confirmada por las muestras de arte prehispánico con las que Goeritz entró en contacto al poco tiempo de llegar a México, lugar al que viajó, en 1949, invitado a impartir el seminario de educación visual en la Escuela de Arquitectura de Guadalajara. México le provocó una “adicción” de la que nunca se repuso: fue allí donde llevó a cabo el grueso de su obra artística y donde finalmente murió, en 1990.

Pero además de ese periplo por el mundo, Goeritz experimentó otro tipo de desplazamiento que lo fue llevando lentamente de la pintura a la escultura, desde la cual terminaría dando más adelante el salto, asombrosamente lógico, hacia la arquitectura —sin jamás haberla estudiado—. Un trayecto que no podría explicarse sin entender la transformación que en simultáneo sufrió su relación con el arte, y ciertamente con el universo, al incorporar en su trabajo ideas cada vez más marcadamente espirituales, y pasar así de un artista enfocado en asuntos más bien formales a un creador volcado en una especie de trascendentalismo que al final lo llevaría a hablar, ya no de obras, sino de oraciones plásticas. “Reconozco el gobierno de una mística sobre todo lo que hago”, confesó en una entrevista tardía. Sólo así puede entenderse que pasara de sus primeras pinturas de trazo libre, llenas de colorido y de humor, a las esculturas donde abstracta pero abiertamente aparece representada, por ejemplo, la crucifixión —homenaje perpetuo a su idolatrado Mathias Grünewald—. Lo interesante es que un hombre que veía en la creación un acto religioso (“¡menos inteligencia y más fe!”, era su lema) pudiera ser al mismo tiempo endiabladamente moderno; al punto de lograr revitalizar en muchos sentidos la práctica de la escultura y la arquitectura en México. Desde luego, no es que pretendiera “una feligresía de iglesia, sino recuperar una fuerza espiritual perdida”. Esa era la gran contradicción de la que hablaba Monteforte, que se expresaba, por ejemplo, en los libros que mantuvo siempre en su cabecera: La Biblia y La huida del tiempo, de Hugo Ball. “Mitad dadá y mitad rotario”, le decía su amigo.

Él nunca se vio a sí mismo como un arquitecto; y es que no lo era, en sentido estricto. Era más bien un creador al que dejó de interesarle “pintar cuadros o esculpir figuras, por bonitos que sean”, pues lo que urgía era “crear un ambiente nuevo de la moral artística”. Esto es, un arte, ya decíamos, al servicio de la sociedad, que fuera totalmente público y monumental. De ahí que a sus famosas Torres de Satélite muchos las tacharan de “esculturotas”. Y, sí, decía él, pero “¿qué importa?”. Eran todo a la vez: pinturas, esculturas y, sobre todo, arquitectura emocional. “Y me hubiera gustado colocar pequeñas flautas en sus esquinas para que el viajero que pasa por la carretera oiga un extraño canto causado por múltiples sonidos en el viento. Para que ellas también sean música”, escribió en 1960. Esa fue, al final, su gran invención: la noción de arquitectura emocional; un antídoto contra la vulgaridad y el utilitarismo de buena parte de la arquitectura de su época. Espacios insólitos, casi inservibles, pero donde el visitante podía encontrar algo más que paredes y techo: emociones en las cuales moverse. Si uno ve la maqueta de madera —una escultura en toda regla— que Goeritz realizó para la capilla abierta del fraccionamiento Jardines del Bosque, comprende no sólo lo avanzadas que eran sus propuestas (ahí vemos un Richard Serra avant la lettre), sino lo generosa, delicada y casi heroica que era su concepción de lo que debía ser el futuro del arte.

El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional. Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 13 de abril.

Falleció Ricardo Porro, gran arquitecto cubano

Ricardo Porro

Es una pérdida irreparable para la cultura cubana que pierde así, a uno de los protagonistas más auténticos de la renovación arquitectónica ocurrida en el país en la década del 50 del siglo pasado.

Profesional prolífico y maestro de generaciones, murió a los 89 años en París, ciudad en la que se había exiliado en 1966.

School of Ballet by Vittorio Garatti . Image © Adrián Guerra Rey via places.designobserver.com

Autor de las escuelas de Artes Plásticas y Danza del conjunto de las Escuelas Nacionales de Arte, sin lugar a dudas la pieza emblemática y más conocida de la arquitectura realizada después del triunfo de la Revolución en 1959. La obra de Porro realizada en Francia en las últimas décadas, guardó la misma frescura y fue tan provocadora como su arquitectura de los años de juventud; depositaria del misterio de lo cubano que como genuino artista él imprimió a su obra.

Nacido en la ciudad de Camagüey en 1925, se gradúa de arquitecto en la Escuela de Arquitectura de La Habana en los años 40. Su primer viaje a Europa lo realiza en 1948, cuando estudia en la Sorbona y en el Instituto de Urbanismo de París. Entonces viaja a Escandinavia y a Italia, donde participa en los cursos de la Escuela del CIAM con los más importantes arquitectos y teóricos del movimiento moderno como Rogers, Gardella, Franco Albini y Bruno Zevi.

De regreso a Cuba, a partir de 1950, concibe y realiza en La Habana sus primeras obras de arquitectura como Villa Armenteros (1950), Villa Ennis (1953), Villa San Miguel (1953), Villa Villegas (1953), la casa García (1954), la casa Abad-Villegas (1954) Timothy Ennis (1957). Estas residencias forman parte de las más importantes obras del movimiento de arquitectura moderna cubana, junto a otros jóvenes arquitectos de su generación como Frank Martínez, Nicolás Quintana, Manuel Gutiérrez, Emilio del Junco y otros.

En la segunda mitad de la década de los 50 se traslada a Venezuela, donde es aceptado como profesor de urbanismo y arquitectura en la recién inaugurada (1954) Escuela Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Caracas. Allí comparte, entre otros, con el importante arquitecto y teórico venezolano Carlos Raúl Villanueva, así como con Wifredo Lam, quien realizo en 1957 uno de los murales de la Ciudad Universitaria.

De regreso a Cuba, en 1959, es solicitado por la arquitecta Selma Díaz para que actúe como coordinador general del proyecto de la Escuelas Nacionales de Arte, a realizarse en terrenos del barrio de Cubanacán en las afueras de La Habana. Porro invita a participar a los arquitectos italianos Vittorio Garatti y Roberto Gottardi, a quienes había conocido en Caracas.

Desde 1961 hasta 1965, Ricardo Porro, concibe los proyectos y dirige las obras de la Escuela de Artes Plásticas y de Danza Moderna, ayudado por un grupo de jóvenes estudiantes de arquitectura de la época. Las Escuelas de Arte representarán una de las más importantes obras de arquitectura realizadas en América Latina y, sin duda, la más conocida y publicada obra de arquitectura cubana en el mundo.

Las fuertes luchas ideológicas y políticas dentro de la revolución cubana y, específicamente, en el medio de arquitectos y constructores cubanos, fuerzan a Porro a emigrar definitivamente a Europa, instalándose a partir de 1966 en París.

Desde su llegada a Francia hasta 1992, Porro trabaja como profesor titular universitario en diferentes Escuelas de Arquitectura francesas, como Estrasburgo, La Villette, Lille y posteriormente como profesor invitado en Berlín, Rabat, Gratz, Nueva York, La Habana y Tel Aviv.

Porro comienza a participar desde 1966 en importantes concursos de arquitectura como el Paláis de l’Air et de l’Espace (París), y el plan urbano de la Universidad de Villetaneuse, en colaboración con el arquitecto polaco André Mrowiec. Su primera obra de arquitectura construida en Europa fue en 1969, cuando, a solicitud de Roberto Altman, importante mecenas y coleccionista de arte, diseña el centro L’Or du Rhin en Vaduz, capital del Principado de Liechtenstein.

Sin descanso, y en paralelo a su obra de escultor y pintor, Porro realiza a partir de este momento germinales proyectos de arquitectura y urbanismo; como la Maison des Jeunes, también a Vaduz, un Village de vacaciones en la Isla de Vela Luka, en Yugoslavia, y la villa Ispahán Jardín du Paradis, Irán, 1975.

Entre 1975 y 1985, Porro, en asociación con los arquitectos Philippe Louguet, Jean Robien y Jean-François Dechoux, realiza varios proyectos de concurso como la Escuela Gonzalo en Marne-la-Vallée, 1976; casas La Forêt, en Cergy-Pontoise, 1978; Biblioteca La Source, en Villeneuve d’Ascq, 1979-1980; la Escuela de Danza de la Ópera de París, 1983; la ampliación de la alcaldía Hôtel de Ville, de Saint-Denis, 1985.

Revalida su título de arquitectura en Francia en la Escuela Nacional Superior de Arquitectura de Versalles y a partir de 1986 se asocia con el joven francés Renaud de La Noue, para fundar una agencia de arquitectura en París. Desde este momento, su labor como arquitecto y urbanista se multiplica y desarrolla sin descanso, construyendo en Francia unos 20 importantes proyectos entre ellos escuelas, hospitales, parques, edificios administrativos, hoteles y viviendas.

Sus obras en maquetas, realizadas entre 1961 y 1980, se pueden visitar en el Museo Les Turbulences FRAC Centre (Fonds Régionaux d’Art Contemporain) de la ciudad de Orleans, Francia.

Ricardo Porro fue miembro de la Orden de Arquitectos Franceses y la República de Francia le otorgó por el conjunto de su obra los títulos de Chevalier des Arts et des Lettres, Chevalier de la Légion d’honneur y Commandeur des Arts et des Lettres.

En 1991, el Instituto Francés de Arquitectura realizó en París la importante exposición Gros Plan 1: Ricardo Porro. De sus obras y proyectos de arquitectura. En 2008, la Fundación Cintas, radicada en la ciudad de Miami, le otorgó el Premio Cintas de Arquitectura como reconocimiento a su larga trayectoria como intelectual y arquitecto.

En 2009, el importante director norteamericano Robert Wilson realizó una ópera basada en la historia de Ricardo Porro durante la construcción de las Escuelas de Arte en La Habana. En el año 2012, el presidente de la República Italiana le otorgó personalmente el Premio Vittorio De Sica for Architecture, por el proyecto de las Escuelas de Arte de La Habana, junto a Garatti y Gottardi.

Para Cuba, Ricardo formaba ya parte del panteón de los grandes intelectuales cubanos. Su obra y pensamiento, tan prolíficos como polémicos, forman parte indiscutible del patrimonio arquitectónico contemporáneo universal.

Sin duda Ricardo Porro quedará en nuestras memorias como el gran maestro formador de numerosas generaciones de estudiantes de arquitectura y arte en el mundo entero, así como uno de los más grandes intelectuales y arquitectos que vivieron en Europa y América Latina entre el siglo XX y XXI.

Kahn, el maestro secreto [El país]

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/04/29/eps/1367241419_613082.html

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A Louis Kahn (Pernu, Estonia, 1901-Nueva York, 1974) lo encontraron muerto en los aseos de Penn Station. En tres días, nadie reclamó su cadáver. Llegó a tener tres familias, pero regresaba solo de Dhaka, donde había comenzado el edificio para la Asamblea Nacional de Bangladesh cuando el país pertenecía a Pakistán. Mientras lo ideaba estalló la guerra civil, pero eso no lo detuvo. Tampoco lo había detenido el páramo que vio cuando llegó al solar polvoriento y pensó que aquello no era un lugar para personas. “Aquí no hay donde agarrarse”, le escribió a Harriet Pattison, la paisajista que por entonces era su amante. Kahn no vio ese edificio terminado, pero hoy la gente se retrata allí el día de su boda. En un contexto tan hostil supo levantar un edificio que es a la vez una infraestructura política, un símbolo cultural y religioso y una obra de arte. Todo un ejemplo de arquitectura monumental sin espectáculo que, al borde del 40º aniversario de la desaparición del arquitecto, quiere reivindicar una muestra organizada por el Vitra Design Museum, la Universidad de Pensilvania y el Nederlands Architectuurinstituut de Rotterdam.

No será difícil. Si hoy preguntas a 15 arquitectos, de Frank Gehry a Renzo Piano, cada uno tendrá sus gustos, pero ninguno le pondrá un pero a su obra. El consenso existe: Louis Kahn fue uno de los mejores arquitectos de la segunda mitad del siglo XX. Lo fue porque supo relacionar arquitectura y vida levantando edificios para la gente y al margen de la convulsión de las modas. Se sabe que Kahn se hizo el arquitecto que fue tras cumplir 50 años, cuando se tomó un tiempo para vivir en Roma y cambió modernidad por eternidad. Un vistazo a su biografía desvela que siempre vivió en precario, nunca tuvo casa propia y atravesó la Primera Guerra Mundial de niño, el crash del 29 convertido en arquitecto, la Segunda Guerra Mundial de adulto y finalmente la guerra civil de Pakistán cuando diseñaba allí el que sería su mayor proyecto. Tal vez por eso buscó en la arquitectura la capacidad para redimir a las personas por el inevitable dolor que conlleva vivir.

Si la arquitectura fue lo más cercano que estuvo de tener una casa, tuvo en cambio tres familias, aunque en su obituario solo figurara su mujer, Esther, y su primera hija, la hoy consagrada flautista Sue Ann Kahn. Siempre viajaba solo. Con 26 años, ahorró para embarcarse en el Île de France. Pasó un año en Europa visitando edificios, dibujando y vendiendo sus dibujos para alargar el viaje. Como reveló su hijo Nathaniel Kahn (hijo de Harriet Pattison) en el documental nominado al Oscar My architect. A son journey, su padre fue un hombre con varias familias, pero con una sola obsesión. Careció de aficiones o caprichos más allá de la arquitectura, a la que se dedicó en cuerpo y alma: durmiendo apenas unas horas sobre su mesa de trabajo o sobre su gabardina doblada, viajando con poco más que una bolsa, teniendo un vestuario exiguo y de un único color; reduciendo, en suma, la intendencia de la existencia para no distraerse de lo único que consideraba relevante. Seis semanas después de encontrar su cuerpo en los baños de Penn Station, su despacho cerró. Atravesaba su mejor momento como arquitecto, pero tenía una deuda con sus empleados de casi medio millón de dólares. Murió endeudado y sin ser dueño de nada. La excelencia arquitectónica es una afición que solo renta en los libros de historia. Los proyectos de Kahn también explican eso.

Igual que cuentan que el éxito profesional puede estar rodeado de caos personal. O que el amor y la familia son, al contrario que la arquitectura, asuntos con fecha de caducidad. Así, más allá de un trabajo que no ha perdido vigencia, la vida de Kahn ilustra cómo la época heroica de la arquitectura comienza a desdibujarse. Frente a una mayoría monolítica de estudiantes burgueses, él fue un chico pobre que llegó a construir sin haber conocido lo que era tener casa propia. Es imposible que esa entrada no defina una mirada distinta.

Cuando un Louis Kahn de cinco años, entonces llamado Leiser-itze Schmuilowsky, desembarcó en Filadelfia, su padre ya se había cambiado el nombre por el de Leopold Kahn, y el niño ya había sufrido unas quemaduras en la cara cuyas cicatrices harían de él un hombre tímido. Se instaló con sus padres y hermanos en un piso pequeño al norte de Filadelfia. Tras 12 mudanzas, los padres conseguirían comprarse una casa de ladrillo donde Kahn vivió hasta que con 30 años se casó con Esther Virginia Israeli y se fue a vivir con sus suegros (37 años más) en la zona rica de la ciudad. Sus padres no pudieron pagar la hipoteca y emigraron de nuevo a Los Ángeles. Ese trasiego tuvo que dejar huella en el arquitecto: comenzó trabajando desde la casa de sus suegros y se obsesionó con la urgencia de levantar viviendas dignas para los más necesitados. En eso consistieron sus primeros trabajos.

En 1941 ideó con Oskar Stonorow cinco comunidades para trabajadores: 2.000 nuevas casas y dos años después vendió 110.000 copias del libro Why city planning is your responsability (Por qué el urbanismo es su responsabilidad). Esos inicios definen su trayectoria tanto como su trabajo de pianista en un cine cuando tenía 10 años.

“Fue un artista sincero con su talento”, explica Frank Gehry, a quien la obra de Kahn le enseñó “que cada uno debe buscar su camino”. Otro insigne, Renzo Piano, elige describirlo con la palabra obstinación: “La persistencia es la única manera de llegar al centro de las cosas”. Pero fue un tercer proyectista, Balkrishna Doshi, quien llevó a Kahn a India para proyectar el Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tras asegurar a las autoridades que ya tenían muchos Le Corbusier: “Si lo contratan, cambiará la historia de India con una gran lección para los arquitectos y un monumento para todo el mundo”, argumentó Doshi. Hoy piensa que no se equivocó. “Le Corbusier era un acróbata, pero Kahn fue un yogui. Tenía una antena para detectar el pulso del lugar, su cultura y su vida”.

Corría el año 1945 cuando contrató a la arquitecta de 25 años Ann Griswold Tyng. Un lustro después, Kahn se fue a vivir a Roma. Desde allí le escribió: “Me he dado cuenta de que la arquitectura de Italia permanecerá como la fuente de inspiración de los trabajos del futuro”. Kahn había encontrado su voz: decidió excavar en el pasado para encontrar formas modernas. Y las halló. Solo cuatro años después, Tyng dio a luz, también en Roma, pero sola, a Alexandra Tyng, la única hija del arquitecto que no lleva su apellido. Él le dedicó la inauguración de la galería de la Universidad de Yale, en la que habían trabajado juntos: “El espacio puede con todo, es realmente fuerte”, le escribió. Lo hacía semanalmente. Pero la relación se enfrió. Kahn tenía ya una hija de 14 años, continuaba viviendo en casa de sus suegros y no parecía tener prisa por conocer a su nueva hija.

La gota que colmó el vaso de esa relación tiene como escenario el MOMA. Había sido Tyng quien abrió a Kahn el mundo de las estructuras tensadas, pero en la City Tower, un proyecto que las exponía en la muestra sobre arquitectura visionaria, él no reconoció esa coautoría. Tyng lucharía toda su vida para conseguir ese reconocimiento. En 1997, con 77 años, decidió publicar las cartas de Roma y al fin obtuvo el crédito que se le debía. “Lou tenía una personalidad muy poderosa. Se dedicó a la arquitectura renunciando a todo lo demás”, escribió.

En 1958, Kahn había conocido ya a su tercera pareja, la paisajista Harriet Pattison –27 años más joven que él y todavía viva–. Dos años después del incidente del MOMA nació su hijo Nathaniel, candidato al Oscar al mejor documental con su primera película. “No conocí muy bien a mi padre. Nunca se casó con mi madre y nunca vivió con nosotros”, comienza el filme, que en 2003 sirvió para que un hijo conociera a su padre y para que mucha gente conociera al arquitecto Louis Kahn.

En 1963, Kahn se aproxima a su última década y en ese tiempo se asegura un puesto en la historia. A los sesenta pertenecen encargos como la Asamblea de Dhaka y el Salk Institute (1959-1965), en California. Con fama de críptico, tenía claro que el cla­­sicismo –la permanencia– requiere humildad, “un abandono del exceso de personalidad”, le enseñó su primer maestro, Paul Philippe Cret. “Al contrario de tantos arquitectos modernos, entre los edificios del pasado Kahn vio siempre amigos, no enemigos”, según el historiador Vincent Scully.

En 1962, el presidente paquistaní Ayub Khan decidió levantar en Dhaka una asamblea para suavizar la voluntad separatista de los bengalíes que habitaban esa zona. Le Corbusier rechazó la oferta y Alvar Aalto estaba enfermo. Kahn aceptó el encargo. Una plataforma de ladrillo arraiga hoy la asamblea, levantada con piezas de hormigón; un volumen fortificado, que es más eterno que moderno, representa a una sociedad que quiere ser libre. Kahn nunca la vio construida.

El Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tenía detrás a Vikram Sarabhai, un físico que llevaba 10 años viviendo en una casa diseñada por Le Corbusier y entendió que India necesitaba una clase propia de dirigentes. Kahn atendió al arquitecto indio Balkrishna Doshi y cuando éste le advirtió de la importancia de las brisas del suroeste, giró el proyecto 45 grados para que pudiera pasar el aire. También en India abrió la puerta a la reconsideración del pasado construyendo lo universal a partir de lo local. “Llegó justo a tiempo”, sostiene el historiador William Curtis: “Cuando las sociedades salían del colonialismo y necesitaban encontrar su propia identidad cultural para aspirar desde ella a un futuro mejor, apareció Kahn”.

Louis Kahn declaró que la mejor arquitectura está en los espacios sin nombre y que cada uno hace suyos. Algo de eso, de falta de nombre y de interpretación personal, hubo en su manera de vivir. Es difícil saber si logró comprenderse a sí mismo, pero cuando uno visita el Salk Institute en California o el Parlamento Sher-e-Bangla Nagar, en Dhaka, se siente abrumado y a la vez liberado. No tarda en ver allí algo más que arquitectura. Y tiene la sensación de que ese maestro secreto sí logró comprender el mundo.

Arquitectura mexicana y española: un viaje de ida y vuelta en la crisis

Escuela de Bellas Artes en Oaxaca de Mauricio Rocha. / Sandra Pereznieto

Por     Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/28/actualidad/1367168309_689445.html

Nuestro hormigón es para ellos concreto; nuestros ladrillos, tabique; los estudios de arquitectura son despachos, los promotores, desarrolladores y lo sostenible allí es sustentable. Salvada esa anecdótica barrera lingüística, quedan las diferencias del clima, la cultura, la geografía y la economía que llevan a convivir con patios, pérgolas y celosías, huyen del aire acondicionado y tratan de reinventar los materiales más sencillos (como el petate o bloque de tierra compacta). Sin embargo, por lo que hablaron históricos de la arquitectura mexicana como Pancho Serrano y emergentes como Mauricio Rocha con españoles con experiencia en México, como Carlos Lamela, en un debate organizado por Roca Gallery en Madrid, la arquitectura mexicana podría indicar el camino a la futura arquitectura española. Y al revés, la mexicana que parece estar ahora donde la española estuvo hace dos décadas: iniciando su globalización haría bien en aprovechar la experiencia española. Así, ese diálogo de ida y vuelta podría servir a los edificios de ambos lados del Atlántico.

Aunque la arquitectura mexicana tiene una historia que opone fuerza plástica a la tentación del espectáculo, la experiencia española podría servir a la hora de evitar que con la bonanza económica que atraviesa México la nueva riqueza les haga perder fuerza expresiva. Sería útil también para evitar el mareo ante los grandes nombres que lleva a contratar arquitecturas-franquicia. Ahora que sabemos que muchos proyectistas de renombre lo son por sus mejores proyectos (y no por todos ellos) merecería la pena venir a comprobar todos los Foster, Chipperfield, Nouvel, Rogers o Herzog y de Meuron que se han levantado en España y juzgar, por uno mismo, si se puede estar siempre a la altura. Ese viaje aclararía la diferencia entre monumento y burbuja. Lo explicó con otras palabras Javier Sordo a unos estudiantes mexicanos: “no hay que temer la globalización, sin ella no estarían ustedes aquí”, se debe ser más competente. Mauricio Rocha también lo puso en claro: “Qué bueno que Hugo Sánchez jugó en el Madrid y que Chicharito sea una estrella en el Manchester United”. Es absurdo negarse a la globalización. La clave está en que esta sea una suma que aprenda de todos lados y no imponga una única manera de pensar y ver.

Los arquitectos españoles, por su parte, harían bien en atender a la experiencia mexicana a la hora de trabajar con poco. “Muchas de las cosas que hacemos tienen mucha relación con no tener dinero”, apunta Pancho Serrano, autor de la Universidad Iberoamericana en D.F. Javier Sordo lo secunda: “cuando no hay dinero hay que hacerlo todo con ingenio”, dice. Y sabe de qué habla. Hijo de Juan Sordo Madaleno -el arquitecto del Hotel Villa Magna o del Meliá Castilla de Madrid- Sordo hijo (hay otro arquitecto Sordo nieto), lo hace todo: desde el diseño de proyectos hasta la construcción de edificios, desde el control de obra hasta el interiorismo, desde la promoción de las obras hasta la búsqueda de inversores.

De ese mismo ingenio habla Mauricio Rocha en otros términos. “Capacidad de soportar el lugar”, dice para describir el caos que su arquitectura supo acoger en del Mercado de San Pablo de Ozotopec. O “arquitectura que se entiende en lugar de imponerse”, explica para describir el cuidado con la orientación, con la exploración de los materiales más modestos o con el descubrimiento de todos los sentidos más allá de la vista que halló trabajando en su primer proyecto: una escuela para invidentes en D.F.

Autores de los edificios corporativos para Danone o Coca-Cola en la capital mexicana, Arturo yJorge Arditti hablaron de “maestros de obra que llegan a corregir los planos de los arquitectos”. Esa mano de obra es la clave. ¿Cómo conservarla para no industrializar completamente la construcción? ¿Cómo serán las ruinas industriales? Las de piedra y ladrillo se visitan. Y en ellas se siente la mano de quien las trabajó. Las de los materiales industriales, ¿serán ruinas o serán basura?

CELEBRA MUSEO NACIONAL DE LAS CULTURAS 47° ANIVERSARIO (Instituto Nacional de Antropología e Historia INAH)

Inaugurado el 5 de diciembre de 1965, con el objetivo de mostrar al público las distintas culturas del mundo, el Museo Nacional de las Culturas (MNC) celebrará este miércoles su 47° aniversario, con una serie de actividades gratuitas, entre ellas un ciclo de conferencias en las que se recordarán episodios del devenir de este espacio cultural, como el traslado de la diosa Coatlicue o la Piedra del Sol, desde este recinto al entonces recién creado Museo Nacional de Antropología, en Chapultepec, en la década de los años 60.

El museo fue inaugurado el 5 de diciembre de 1965 : Fotos (c) Hector Montano, Meliton Tapia y Mauricio Marat / INAH
El museo fue inaugurado el 5 de diciembre de 1965 : Fotos © Héctor Montaño, Melitón Tapia y Mauricio Marat / INAHEl MNC se fundó por instrucción del entonces director del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH-Conaculta), Dr. Eusebio Dávalos Hurtado, quien en 1964 solicitó al antropólogo Julio César Olivé la creación de un museo internacional de perfil antropológico en el antiguo local del Museo Nacional.

El edificio histórico del MNC, que en la Colonia fue sede de la Real Casa de Moneda de México, y en la primera mitad del siglo XX albergó al Museo Nacional y a la Escuela Internacional de Arqueología y Antropología, abrió sus puertas con un nuevo perfil y con 12 salas permanentes, una tarde de hace casi medio siglo.

El primer director del Museo Nacional de las Culturas fue el antropólogo Julio César Olivé, y la subdirección estuvo a cargo de la doctora Beatriz Barba de Piña Chan, quien a propósito dictará este miércoles 5 a las 12.00 horas, una conferencia magistral sobre sus experiencias, anécdotas, vivencias en la fundación y primeros años del recinto.

La Dra. Beatriz Barba de Pina Chan, primera subdirectora del MNC, dictara una conferencia en la que recordara episodios clave de este espacio cultural : Fotos (c) Hector Montano, Meliton Tapia y Mauricio Marat / INAH
La Dra. Beatriz Barba de Piña Chan, dictará una conferencia : Fotos © Héctor Montaño, Melitón Tapia y Mauricio Marat / INAHBeatriz Barba, cuya amplia experiencia antropológica la sitúa entre los investigadores más connotados de México y Latinoamérica, es etnóloga por la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH), y maestra y doctora en ciencias antropológicas por la UNAM; intervino en las excavaciones arqueológicas en Tlapacoya y Tlatilco, en el Estado de México, y en el Valle de Guadalupe, Jalisco; y participó en la planeación del Museo Nacional de Antropología, cuya Sala de Introducción es diseño suyo.

Tras cuatro décadas, la museografía original del MNC se mantuvo hasta 2007, cuando se dio paso a un proyecto de restauración integral que abarca aspectos arquitectónicos y museológicos, y continúa al día de hoy.

Además de la conferencia magistral, el MNC ha preparado un amplio programa de conmemoración con actividades totalmente gratuitas, que incluye la participación del arqueólogo John Joseph Temple Sánchez Gavito, del Centro INAH Baja California, quien dictará la conferencia Evocando la grandeza mexicana, a las 17:00 hrs.

El museo fue inaugurado el 5 de diciembre de 1965 : Fotos (c) Hector Montano, Meliton Tapia y Mauricio Marat / INAH
El museo fue inaugurado el 5 de diciembre de 1965 : Fotos © Héctor Montaño, Melitón Tapia y Mauricio Marat / INAHJohn Joseph Temple, arqueólogo egresado de la ENAH, ha desarrollado su trabajo profesional en museos, como el Histórico Regional de Ensenada, Fuego Nuevo, Templo Mayor, Nacional de Antropología, Regional de Guanajuato, San Miguel de Allende, Casa de Morelos y de Guadalupe, en Zacatecas.

El cine también está contemplado en la celebración. Este miércoles 5 se estrenará a las 18:30 horas,  la producción del INAH-Conaculta, Miguel Covarrubias. La pasión de conocer (2010), documental que permite seguir la biografía del etnógrafo (1904-1957), cuya vida fue polifacética, entregada al trabajo y a la investigación.

Una hora más tarde, los visitantes podrán ser jueces del episodio ocurrido la noche del 17 de junio de 1739 en la Casa de Moneda, conocido como “El gran robo a la Real Casa de Moneda de México”; en esta escenificación, los asistentes encarnarán el papel de jueces del famoso hurto, equivalente a 3 mil pesos de aquella época, que sufrió el centro de acuñación novohispano.

Los jueves 6 y 13, como es tradición, en el Museo Nacional de las Culturas, se proyectarán gratuitamente distintos filmes en la Sala Inter Media. Para las funciones de ambos días, se han preparado documentales producidos por el INAH-Conaculta, de permanencia voluntaria, a partir de las 12:00 hrs.

Sala de Oriente Medio Antiguo : Fotos (c) Hector Montano, Meliton Tapia y Mauricio Marat / INAH
Sala de Oriente Medio Antiguo : Fotos © Héctor Montaño, Melitón Tapia y Mauricio Marat / INAHEn tanto, en la Sala de Exposiciones Internacionales continúa la exposición Oro. Arte prehispánico de Colombia, que a través de 250 objetos de oro, piedra y arcilla— provenientes del Museo del Oro del Banco de la República de Colombia— se muestra el florecimiento de distintas técnicas para trabajar este material precioso, a lo largo de dos mil años (500 a. C. al 1500 d. C).

El Museo Nacional de las Culturas se ubica en Moneda 13, Centro Histórico de la Ciudad de México. Horario: martes a domingo, de 10:00 a 17:00 hrs. Está a un costado de Palacio Nacional y a una cuadra del Metro Zócalo.www.museodelasculturas.com. Acceso, servicios y actividades totalmente gratuitas.

Continua la exposicion Oro. Arte prehispanico de Colombia : Fotos (c) Hector Montano, Meliton Tapia y Mauricio Marat / INAH
Continúa la exposición ‘Oro. Arte prehispánico de Colombia’ : Fotos © Héctor Montaño, Melitón Tapia y Mauricio Marat / INAHPara mayores informes sobre el INAH, por favor consultar: www.inah.gob.mx
Para mayores informes sobre el Museo Nacional de las Culturas, por favor consultar: www.museodelasculturas.comPaseo Virtual Museo Nacional de las Culturas

Información: © Instituto Nacional de Antropología e Historia INAH
Video: © INAHTV
Fotografías: © Héctor Montaño, © Melitón Tapia y © Mauricio Marat / INAH – www.inah.gob.mx

Acerca del Museo Nacional de las Culturas

El Museo Nacional de las Culturas es un sitio con jerarquía propia. Cuenta con una tradición museística e historia única; fue el primer museo de México y de América Latina. Su acervo contribuyó a la creación de los museos nacionales de Antropología y de Historia, entre otros. En la actualidad alberga más de 14 mil objetos que han sido donados a México por diversas naciones del mundo www.museodelasculturas.com.

Acerca del Instituto Nacional de Antropología e Historia INAH

El Instituto Nacional de Antropología e Historia investiga, conserva y difunde el patrimonio arqueológico, antropológico, histórico y paleontológico de la nación para el fortalecimiento de la identidad y memoria de la sociedad que lo detenta www.inah.gob.mx.

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