La arquitecta escondida

Lu Wenyu, mujer y socia del premiado Wang Shu, renunció en 2012 al premio Pritzker para evitar la fama

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“Soy como una planta. Nací y crecí en el mismo sitio. Salí de China por primera vez con 37 años. Hasta entonces no sabía cómo era el mundo. Pero cuando lo vi, lo que me sorprendió fue que en todas partes descubría similitudes con mi ciudad, Hangzhou. Estaba en las calles italianas. Hoy la he vuelto a ver en las de Segovia”. La arquitecta Lu Wenyu (1966) dio una charla el fin de semana pasado en el Hay Festival. Por primera vez, fue ella quien habló en público. Y lo hizo con tanta consistencia y pasión que parecía que llevara toda la vida haciéndolo. En realidad lleva 12 años dando clase. Con su marido, el premio Pritzker Wang Shu, fundó en 1998 el estudio Amateur Architecture. Y tres años después la escuela de arquitectura de su ciudad, al este de China. “Con un edificio puedes hacer poco. Dar clases era la única manera de multiplicar el impacto de lo que nos parece fundamental: no destrozar China. La globalización comenzó hace siglos, pero debería ser suma y no destrucción. En mi país las antiguas aldeas son destrozadas, por eso abogamos por trabajar con los restos, por construir a partir de esa destrucción”.

Autores del Museo de Ningbo, construido en parte a partir de los restos de otros edificios, llevan 25 años juntos: “nos hemos convertido en uno”. Y aunque juntos trabajan en su pequeño estudio y juntos fundaron la escuela de arquitectura de esa ciudad solo él recibió el Pritzker el año pasado. “Wang Shu no lo encontraba justo. E insistió en compartirlo, pero no quise”. Y da dos razones. La primera: “quiero una vida y prefiero pasarla con mi hijo. En China pierdes la vida si te haces famoso. Allí no aceptaría ninguna entrevista. Y en un país de lengua inglesa tampoco”, explica después de asegurar que esta es su primera entrevista.

La segunda es que su arquitectura “es la que siempre ha querido hacer él. Yo realmente quería ser bióloga, no soy una arquitecta vocacional, soy una convencida”. ¿Construir a partir de la destrucción es entonces idea de su marido? “Sí, pero la he hecho mía. Y espero que mucha más gente la haga suya. Tiene sentido. No le sigo a ciegas”.

Pero lo que es mejor para su vida podría no ser tan bueno para muchas arquitectas del mundo. “Puede que eso no las haga felices. Soy consciente de que ahora en China hay más mujeres arquitectas que arquitectos, mientras que cuando yo comencé solo el 10% era mujer. Pero yo debo ser justa con lo que creo”.

Con todo, sí aceptó en 2011, el premio Schelling que comparte con su marido. “Sabía que no cambiaría mi vida”, dice con una sonrisa. “Soy feliz de poder hacer la arquitectura que creo que ayuda a que nuestros pueblos y ciudades sean mejores. Estoy convencida de que hablar de ello despierta interés en otras personas, pero no quiero ser famosa. Y si estoy equivocada, sé que el error es el efecto secundario de tomar decisiones. Si no admitimos el error nos convertimos en personas monotemáticas”.

Fuente:  http://cultura.elpais.com/cultura/2013/09/30/actualidad/1380569553_963993.html

FILL THE BLANK SPACE: Ilustraciones en el espacio entre los edificios

Fuente: http://ciudadpixel.mx/fill-the-blank-space-ilustraciones-en-el-espacio-entre-los-edificios/

Thomas LamadieuEl arte callejero usa las banquetas, calles y muros como lienzos para su arte, sin embargo uno de los espacios que no se usan es el espacio entre edificios.

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El artista francés Thomas Lamadieu al mirar hacia arriba observó que los espacios negativos entre los edificios pueden ser personajes al jugar con el espacio negativo entre las construcción, por lo cual se dio a la tarea de ilustrar dichos personajes que nos sorprenden por su creatividad.

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Su “Sky Art” juega con las formas que los espacios vacíos ofrecen con una ilustración con líneas simples y plastas de color, ilustraciones que nos ayudan a reflexionar sobre el espacio positivo y el espacio negativo que muchas veces pasa desapercibido para la mayoría de las personas.

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Fuente: www.weburbanist.com

Shigeru Ban: “Los arquitectos podemos ser útiles a mucha gente, no solo a los ricos”

Shigeru Ban, retratado junto al pabellón que ha levantado en la sede madrileña del Instituto de Empresa. / JAMES RAJOTTE

Fuente:http://elpais.com/elpais/2013/06/24/eps/1372089024_687561.html

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¿Qué arquitecto querría diseñar la casa de quien no puede pagarle? Shigeru Ban (Tokio, 1957) empezó por las emergencias. Con 37 años, en Ruanda, utilizó por primera vez las estructuras de tubos de cartón que le han hecho mundialmente famoso. Ese mismo año 1995 volvió a emplearlas en su propio país, tras el terremoto de Kobe. No solo construyó viviendas en una semana, también enseñó a los ciudadanos a hacerlas. Lo mismo sucedió luego en Turquía, en India y en Haití. En el pabellón japonés de la Expo de Hannover del año 2000, Ban llevó ese humilde sistema constructivo a un edificio monumental. Hoy, más allá de idear viviendas con estancias móviles, es el ­autor del flamante Centro Pompidou de Metz, pero no ha perdido la independencia ni la obsesión de ser útil. En Madrid ha levantado un pabellón en el jardín del Instituto Empresa y ha hablado a los empresarios de la urgencia de compartir conocimiento. Sabe de qué habla: la mitad de su tiempo la dedica a gente que no puede pagarle.

PREGUNTA: Con el Pritzker a Toyo Ito, ¿se siente el siguiente japonés en la cola?

RESPUESTA: No, el Pritz­ker es un premio para cuando alcanzas el máximo nivel en la profesión.

P: Pero el nivel no es una cuestión de edad. Y un gran premio puede dar aliento. Herzog y De Meuron arriesgaron más tras recibirlo en 2001.

R: Eso es poco habitual.

P: Puede ser. Peter Eisenman cuenta que él nunca lo conseguirá porque mejora continuamente.

R: [Risas]. Fue profesor mío y discutíamos todo el rato. Me llamaba Osito de Azúcar (Sugar Bear).

P: ¿Por qué?

R: Decía que mi nombre era muy complicado.

P: Pero es sencillo.

R: Simplemente no nos llevábamos bien. No permitió que me graduara en Cooper Union. Tuve que rehacer mi tesis por él. Él quería que siguiéramos sus enseñanzas a ciegas y yo no estaba de acuerdo. Concluyó que como yo era japonés, no podía pensar como él.

P: ¿No admitía que alguien pensara diferente?

R: Trataba de lavar el cerebro de los estudiantes. Yo debía de ser algo más maduro e hice las cosas a mi manera.

P: ¿Es una práctica habitual entre arquitectos estrella no admitir otro discurso que el propio aunque sean profesores?

R: Sobre todo en Estados Unidos. Y sobre todo entre los arquitectos conocidos: tratan de producir epígonos. No aceptan la diversidad de pensamiento.

P: Usted trabajó para otra estrella, Arata Isozaki, que, sin embargo, se ha transformado con los diversos movimientos arquitectónicos.

R: Isozaki es tan inteligente que todos los que defendieron el posmodernismo quedaron atrapados en esa elección menos él. Tuvo la cabeza y la fuerza suficientes para no encasillarse. Por eso busca empleados que piensen lo contrario que él. No le interesa que le sigan ciegamente.

P: ¿Qué tipo de arquitectos contrata usted?

R: [Risas]. Me interesa que entiendan mi manera de entender la arquitectura y mis valores.

 P: ¿Cuáles son esos valores?

R: La modestia. La comple­­jidad que se necesita para hacer las cosas sencillas. Odio el desperdicio. Siempre empleo lo que está disponible en cada lugar.

P: Odiar el desperdicio caracteriza su arquitectura desde que empezó levantando campos de refugiados para la ONU.

R: Antes de que comenzara a hablarse de sostenibilidad, en 1986, ya me parecía de sentido común. No es solo una cuestión ecológica, simple lógica: en las emergencias sobra lo que no es necesario.

 P: ¿Por qué le interesó la arquitectura de emergencia?

R: Me desilusionaba que la profesión de arquitecto solo fuera conocida por la gente privilegiada y rica.

P: ¿Eso sigue igual?

R: Sí. La arquitectura se acerca al poder y al dinero porque ambos son invisibles y necesitan que la arquitectura los haga visibles. Pensé que los arquitectos tenemos un conocimiento que puede ser útil a mucha más gente.

P: ¿Cree que el siglo XXI podría trasladar la arquitectura de los poderosos a los necesitados?

R: No. Aunque ahora hay muchos estudiantes interesados en lo que hago. Hace poco, los estudiantes soñaban con ser arquitectos estrella.

P: Tal vez hayan tomado nota de lo que les ha pasado a muchas estrellas, por no hablar de los que se han estrellado antes. ¿Qué hizo que usted considerara trabajar con cartón y papel?

R: Como estudiante analicé la obra de los arquitectos famosos. La mayoría están influidos por el estilo del momento, pero hay algunos que no. Esos pocos han sido inventores, creaban su propio sistema constructivo o ideaban un material. Hablo de Buckminster Fuller, de Jean Prouvé o de Frei Otto. Desde joven quise desarrollar mi propio sistema estructural.

P: ¿Le motivó más inventar que conseguir resultados sociales?

R: Al principio sí. Utilicé papel prensado para una exposición sobre Alvar Aalto y comprobé que con ese material se podían construir estructuras. Aprendí que la duración de un edificio no tiene que ver con la fortaleza de los materiales con que está construido: el hormigón puede ser destruido por un terremoto, y el papel, sobrevivir a ese mismo terremoto.

P: Algunos de sus edificios de papel, como la iglesia de Kobe, se han convertido en permanentes.

R: Incluso los edificios construidos con papel pueden permanecer mientras alguien los cuide. En cualquier caso, mientras el principal objetivo de los edificios sea hacer dinero, la arquitectura siempre será temporal. Un promotor puede destrozar un edificio, aunque sea de hormigón, si cree que sustituyéndolo por otro puede conseguir más dinero.

P: ¿Se siente más cerca de un inventor que de un arquitecto al uso?

R: No estoy inventando nada nuevo. Utilizo materiales de otra manera. Les doy otro sentido.

P: ¿Cuándo, cómo y por qué decidió construir para la gente que realmente necesitaba esas construcciones?

R: Mientras estudiaba arquitectura me daba cuenta de que no trabajábamos para la sociedad. Solo lo hacíamos para la gente privilegiada. Pensé que era una pena.

P: ¿Qué le hizo pensar eso? Alguien de su edad que completó estudios en EE UU proviene de una clase acomodada. No creo que viera necesidad en su infancia.

R: No sé de dónde salió mi interés. Me parece sentido común.

P: ¿A qué se dedican sus padres?

R: Mi madre es modista. Hizo esta chaqueta para mí [comenta estirándosela]. Mi padre es un hombre de negocios. Ellos siempre me han dejado elegir. No sé qué me hizo mirar hacia los necesitados.

P: ¿Ideales políticos, religión, educación?

R: No tengo ni idea, salvo que me parecía mal que la arquitectura estuviera encerrada en un gueto social. Los clientes potentados resultan cansinos. Creen que el dinero lo puede todo y… no es así.

P: ¿Dónde aprendió eso?

R: Cuando trabajé para Isozaki. La profesión de arquitecto me parecía mucho mejor que la de los médicos o los abogados porque ellos tienen que dar con frecuencia malas noticias. Los arquitectos solo damos noticias positivas. La gente se hace una casa en el mejor momento de su vida. Luego concluí que no éramos realmente necesarios para la sociedad.

P: Los arquitectos que admira fueron outsiders. ¿Es consciente de haber elegido un camino secundario?

R: No lo elegí, pero soy consciente de lo que hago.

P: ¿No se considera miembro del club de los arquitectos célebres?

R: En absoluto.

P: Pero lo es. Más allá de solucionar emergencias en diversos países, ha reinventado la tipología doméstica y ha firmado el Pompidou de Metz, un museo: el edificio clave para convertirse en una estrella.

R: No soy uno de ellos. Especialmente en Japón, donde me dejan de lado.

P: ¿Qué quiere decir?

R: Tengo experiencia en situaciones de emergencia en Turquía, Japón, India o Haití. Pero tras el terremoto de hace dos años, en Tohoku, la costa oriental japonesa, fueron muchos los arquitectos famosos que decidieron trabajar allí y no me llamaron para integrarme.

P: ¿Pero usted ha trabajado en Fukushima?

R: Sí, pero fuera de su grupo. No pertenezco al club. Con todo, que muchos arquitectos estén involucrados en una situación de emergencia es una buena noticia. Y bonita.

P: ¿En qué consistió su traba­­jo en Fukushima?

R: Comen­­cé haciendo tabiques. La gente fue evacuada a gimnasios y pensé que un tabique de papel les daría intimidad. Lo había visto en Kobe. Pasados unos días, las familias empiezan a necesitar recogerse. Pero las autoridades no aceptaban mi propuesta: es más fácil controlar a la gente sin tabiques. Al final conseguí que me hicieran caso. Construimos 1.800 unidades.

P: No solo tiene que pensar qué se necesita y cómo hacerlo. Tiene que demostrar que será aceptado. ¿Cómo lo logra?

R: En una emergencia lo tienes que hacer todo: lograr el dinero, idear el sistema, conseguir el material, enseñar a construirlo… La recompensa no es económica. Pero es enorme. Para mí, esos tabiques son arquitectura porque transforman la vida de la gente.

P: Con el tipo de decisiones y acciones que usted realiza, la arquitectura se convierte en política.

R: Sí. Lo que hago en las emergencias lo hago desde una ONG que he creado por una cuestión burocrática. Si trabajara para el Gobierno, debería seguir las normas. Y en las situaciones de emergencia, uno no tiene tiempo de pedir permisos.

P: No les debe de hacer mucha gracia a los políticos.

R: En una emergencia, ellos ven números. Me sentía incapaz de convencerles de que la calidad es necesaria pasado un tiempo, por eso decidí hacer yo mismo las cosas. Sin esperar ayuda o apoyos. Lo que yo hago cuesta lo mismo que lo suyo, pero permite que la gente viva mejor. Tras el terremoto de 2011 propuse viviendas de tres plantas porque no hay espacio para que todos tengan una casa aislada, por pequeña que sea. Costaban lo mismo que las de una planta que hizo el Gobierno.

P: ¿Cómo se viven las catástrofes cuando uno las ve en directo?

R: El número de muertos no revela el desastre. Ahora trabajo en Christchurch (Nueva Zelanda). Allí murieron 150 personas; en Japón, más de 20.000. El daño parece menor. Pero el coste económico, comparado con el nivel de vida en el país, supera al de Japón. Además está el día después. En Christchurch cayeron muy pocos edificios. Pero luego resultó que el 80% de los inmuebles tenían daño estructural. Hay que rehacerlo todo. Y eso cuesta. Una cosa es recoger el desastre; otra, tener que destrozar tú.

P: ¿Cuánto dedica a la emergencia?

R: La mitad de mi tiempo. Cuando sucede un desastre, más, claro. Los desastres son una escuela de vida, pero mi satisfacción es la misma cuando la gente entra a vivir en una de mis casas de emergencia que en otra que me han encargado. La diferencia es que el desastre no paga.

P:¿No cobra nada?

R: No.

P: ¿La mitad de su tiempo no cobra nada?

R: No.

P: ¿Es consciente de que podría ganar el doble?

R: Si tuviera proyectos [se ríe].

P: ¿Se gana bien la vida?

R: Defina buena vida. Trabajo mucho. Tengo poco tiempo. Pero hago lo que quiero. Y tengo suficiente para pagar el alquiler de mi apartamento.

P: ¿No tiene casa propia?

R: No.

P: ¿Tiene hijos que mantener?

R: No. Eso me dejaría menos tiempo.

P: ¿Qué opinan sus padres de las casas de tubos de cartón?

R: Están orgullosos. Tengo buenos padres y recibí una buena educación: hacer dinero no les interesa especialmente.

P:Pero uno relaciona a los hombres de negocios con el dinero.

R: Mi padre trabajaba para Toyota. Y mi madre tiene una tienda de ropa de mujer, Atelier Ban. Solo diseña para mujeres y para mí. Odio ir de compras. Visto de negro porque es fácil y cómodo. Antes le compraba a mi amigo Issey Miyake, pero como ya no diseña, la ropa suya que tenía empezó a gastarse. A mi madre le preocupó y me hizo ella ropa nueva.

P: ¿Qué le diría a quien le acusa de haber desarrollado sus arquitecturas de emergencia para entrar en el club de los arquitectos?

R: No me importa lo que digan. Hago lo que me interesa. Continuaré haciendo trabajos de emergencia y continuaré haciendo viviendas. Todos los arquitectos que respeto –Alvar Aalto, Louis Kahn o Mies van der Rohe– diseñaron casas hasta el final. Creo que no hay mejor entrenamiento. Me gustan los arquitectos que buscan retos y no los que solo se preocupan de mantener su statu quo, su posición.

Kahn, el maestro secreto [El país]

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/04/29/eps/1367241419_613082.html

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A Louis Kahn (Pernu, Estonia, 1901-Nueva York, 1974) lo encontraron muerto en los aseos de Penn Station. En tres días, nadie reclamó su cadáver. Llegó a tener tres familias, pero regresaba solo de Dhaka, donde había comenzado el edificio para la Asamblea Nacional de Bangladesh cuando el país pertenecía a Pakistán. Mientras lo ideaba estalló la guerra civil, pero eso no lo detuvo. Tampoco lo había detenido el páramo que vio cuando llegó al solar polvoriento y pensó que aquello no era un lugar para personas. “Aquí no hay donde agarrarse”, le escribió a Harriet Pattison, la paisajista que por entonces era su amante. Kahn no vio ese edificio terminado, pero hoy la gente se retrata allí el día de su boda. En un contexto tan hostil supo levantar un edificio que es a la vez una infraestructura política, un símbolo cultural y religioso y una obra de arte. Todo un ejemplo de arquitectura monumental sin espectáculo que, al borde del 40º aniversario de la desaparición del arquitecto, quiere reivindicar una muestra organizada por el Vitra Design Museum, la Universidad de Pensilvania y el Nederlands Architectuurinstituut de Rotterdam.

No será difícil. Si hoy preguntas a 15 arquitectos, de Frank Gehry a Renzo Piano, cada uno tendrá sus gustos, pero ninguno le pondrá un pero a su obra. El consenso existe: Louis Kahn fue uno de los mejores arquitectos de la segunda mitad del siglo XX. Lo fue porque supo relacionar arquitectura y vida levantando edificios para la gente y al margen de la convulsión de las modas. Se sabe que Kahn se hizo el arquitecto que fue tras cumplir 50 años, cuando se tomó un tiempo para vivir en Roma y cambió modernidad por eternidad. Un vistazo a su biografía desvela que siempre vivió en precario, nunca tuvo casa propia y atravesó la Primera Guerra Mundial de niño, el crash del 29 convertido en arquitecto, la Segunda Guerra Mundial de adulto y finalmente la guerra civil de Pakistán cuando diseñaba allí el que sería su mayor proyecto. Tal vez por eso buscó en la arquitectura la capacidad para redimir a las personas por el inevitable dolor que conlleva vivir.

Si la arquitectura fue lo más cercano que estuvo de tener una casa, tuvo en cambio tres familias, aunque en su obituario solo figurara su mujer, Esther, y su primera hija, la hoy consagrada flautista Sue Ann Kahn. Siempre viajaba solo. Con 26 años, ahorró para embarcarse en el Île de France. Pasó un año en Europa visitando edificios, dibujando y vendiendo sus dibujos para alargar el viaje. Como reveló su hijo Nathaniel Kahn (hijo de Harriet Pattison) en el documental nominado al Oscar My architect. A son journey, su padre fue un hombre con varias familias, pero con una sola obsesión. Careció de aficiones o caprichos más allá de la arquitectura, a la que se dedicó en cuerpo y alma: durmiendo apenas unas horas sobre su mesa de trabajo o sobre su gabardina doblada, viajando con poco más que una bolsa, teniendo un vestuario exiguo y de un único color; reduciendo, en suma, la intendencia de la existencia para no distraerse de lo único que consideraba relevante. Seis semanas después de encontrar su cuerpo en los baños de Penn Station, su despacho cerró. Atravesaba su mejor momento como arquitecto, pero tenía una deuda con sus empleados de casi medio millón de dólares. Murió endeudado y sin ser dueño de nada. La excelencia arquitectónica es una afición que solo renta en los libros de historia. Los proyectos de Kahn también explican eso.

Igual que cuentan que el éxito profesional puede estar rodeado de caos personal. O que el amor y la familia son, al contrario que la arquitectura, asuntos con fecha de caducidad. Así, más allá de un trabajo que no ha perdido vigencia, la vida de Kahn ilustra cómo la época heroica de la arquitectura comienza a desdibujarse. Frente a una mayoría monolítica de estudiantes burgueses, él fue un chico pobre que llegó a construir sin haber conocido lo que era tener casa propia. Es imposible que esa entrada no defina una mirada distinta.

Cuando un Louis Kahn de cinco años, entonces llamado Leiser-itze Schmuilowsky, desembarcó en Filadelfia, su padre ya se había cambiado el nombre por el de Leopold Kahn, y el niño ya había sufrido unas quemaduras en la cara cuyas cicatrices harían de él un hombre tímido. Se instaló con sus padres y hermanos en un piso pequeño al norte de Filadelfia. Tras 12 mudanzas, los padres conseguirían comprarse una casa de ladrillo donde Kahn vivió hasta que con 30 años se casó con Esther Virginia Israeli y se fue a vivir con sus suegros (37 años más) en la zona rica de la ciudad. Sus padres no pudieron pagar la hipoteca y emigraron de nuevo a Los Ángeles. Ese trasiego tuvo que dejar huella en el arquitecto: comenzó trabajando desde la casa de sus suegros y se obsesionó con la urgencia de levantar viviendas dignas para los más necesitados. En eso consistieron sus primeros trabajos.

En 1941 ideó con Oskar Stonorow cinco comunidades para trabajadores: 2.000 nuevas casas y dos años después vendió 110.000 copias del libro Why city planning is your responsability (Por qué el urbanismo es su responsabilidad). Esos inicios definen su trayectoria tanto como su trabajo de pianista en un cine cuando tenía 10 años.

“Fue un artista sincero con su talento”, explica Frank Gehry, a quien la obra de Kahn le enseñó “que cada uno debe buscar su camino”. Otro insigne, Renzo Piano, elige describirlo con la palabra obstinación: “La persistencia es la única manera de llegar al centro de las cosas”. Pero fue un tercer proyectista, Balkrishna Doshi, quien llevó a Kahn a India para proyectar el Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tras asegurar a las autoridades que ya tenían muchos Le Corbusier: “Si lo contratan, cambiará la historia de India con una gran lección para los arquitectos y un monumento para todo el mundo”, argumentó Doshi. Hoy piensa que no se equivocó. “Le Corbusier era un acróbata, pero Kahn fue un yogui. Tenía una antena para detectar el pulso del lugar, su cultura y su vida”.

Corría el año 1945 cuando contrató a la arquitecta de 25 años Ann Griswold Tyng. Un lustro después, Kahn se fue a vivir a Roma. Desde allí le escribió: “Me he dado cuenta de que la arquitectura de Italia permanecerá como la fuente de inspiración de los trabajos del futuro”. Kahn había encontrado su voz: decidió excavar en el pasado para encontrar formas modernas. Y las halló. Solo cuatro años después, Tyng dio a luz, también en Roma, pero sola, a Alexandra Tyng, la única hija del arquitecto que no lleva su apellido. Él le dedicó la inauguración de la galería de la Universidad de Yale, en la que habían trabajado juntos: “El espacio puede con todo, es realmente fuerte”, le escribió. Lo hacía semanalmente. Pero la relación se enfrió. Kahn tenía ya una hija de 14 años, continuaba viviendo en casa de sus suegros y no parecía tener prisa por conocer a su nueva hija.

La gota que colmó el vaso de esa relación tiene como escenario el MOMA. Había sido Tyng quien abrió a Kahn el mundo de las estructuras tensadas, pero en la City Tower, un proyecto que las exponía en la muestra sobre arquitectura visionaria, él no reconoció esa coautoría. Tyng lucharía toda su vida para conseguir ese reconocimiento. En 1997, con 77 años, decidió publicar las cartas de Roma y al fin obtuvo el crédito que se le debía. “Lou tenía una personalidad muy poderosa. Se dedicó a la arquitectura renunciando a todo lo demás”, escribió.

En 1958, Kahn había conocido ya a su tercera pareja, la paisajista Harriet Pattison –27 años más joven que él y todavía viva–. Dos años después del incidente del MOMA nació su hijo Nathaniel, candidato al Oscar al mejor documental con su primera película. “No conocí muy bien a mi padre. Nunca se casó con mi madre y nunca vivió con nosotros”, comienza el filme, que en 2003 sirvió para que un hijo conociera a su padre y para que mucha gente conociera al arquitecto Louis Kahn.

En 1963, Kahn se aproxima a su última década y en ese tiempo se asegura un puesto en la historia. A los sesenta pertenecen encargos como la Asamblea de Dhaka y el Salk Institute (1959-1965), en California. Con fama de críptico, tenía claro que el cla­­sicismo –la permanencia– requiere humildad, “un abandono del exceso de personalidad”, le enseñó su primer maestro, Paul Philippe Cret. “Al contrario de tantos arquitectos modernos, entre los edificios del pasado Kahn vio siempre amigos, no enemigos”, según el historiador Vincent Scully.

En 1962, el presidente paquistaní Ayub Khan decidió levantar en Dhaka una asamblea para suavizar la voluntad separatista de los bengalíes que habitaban esa zona. Le Corbusier rechazó la oferta y Alvar Aalto estaba enfermo. Kahn aceptó el encargo. Una plataforma de ladrillo arraiga hoy la asamblea, levantada con piezas de hormigón; un volumen fortificado, que es más eterno que moderno, representa a una sociedad que quiere ser libre. Kahn nunca la vio construida.

El Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tenía detrás a Vikram Sarabhai, un físico que llevaba 10 años viviendo en una casa diseñada por Le Corbusier y entendió que India necesitaba una clase propia de dirigentes. Kahn atendió al arquitecto indio Balkrishna Doshi y cuando éste le advirtió de la importancia de las brisas del suroeste, giró el proyecto 45 grados para que pudiera pasar el aire. También en India abrió la puerta a la reconsideración del pasado construyendo lo universal a partir de lo local. “Llegó justo a tiempo”, sostiene el historiador William Curtis: “Cuando las sociedades salían del colonialismo y necesitaban encontrar su propia identidad cultural para aspirar desde ella a un futuro mejor, apareció Kahn”.

Louis Kahn declaró que la mejor arquitectura está en los espacios sin nombre y que cada uno hace suyos. Algo de eso, de falta de nombre y de interpretación personal, hubo en su manera de vivir. Es difícil saber si logró comprenderse a sí mismo, pero cuando uno visita el Salk Institute en California o el Parlamento Sher-e-Bangla Nagar, en Dhaka, se siente abrumado y a la vez liberado. No tarda en ver allí algo más que arquitectura. Y tiene la sensación de que ese maestro secreto sí logró comprender el mundo.

Tadao Ando sentado en un sofá verde entrevista

Tadao Ando, durante la entrevista en Monterrey. / J. C. AGUADO SNYDER

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/05/01/actualidad/1367361003_499670.html

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El maestro Tadao Ando, 71 años, premio Pritzker de arquitectura en 1995, se acaba de sentar en un sofá verde. En la sala hay un fotógrafo y una chica que está grabando el momento con una cámara de vídeo. Tadao Ando se saca un peine del bolsillo y se peina el flequillo. Su peinado es como si un huracán minúsculo le hubiese pasado al lado de la oreja derecha y le hubiese planchado el flequillo en diagonal sobre la frente.

1. EL ORDEN DE UN ARQUITECTO

–La primera pregunta es…

Tadao Ando corta al reportero mascullándole algo en japonés a su traductora, también japonesa, y ella traduce lo que masculla el maestro.

–Dice que solo tenemos 15 minutos. ¿Por qué en vez de hacer primera pregunta, segunda pregunta… no hace todo en una sola pregunta?

El periodista responde que preferiría ir pregunta por pregunta. Ella traduce sobre la marcha y Ando vuelve a refunfuñar. La traductora, de nombre Shinobu Saki, reitera sus órdenes.

–Quiere que haga las preguntas uno, dos, tres, cuatro todo seguido.

–Es que hay preguntas que no tienen nada que ver entre sí –dice el periodista.

Ella traduce. Él escucha. Él masculla. Ella lo traduce de nuevo.

–No, no, no, sí te voy a contestar. ¿Me das las preguntas?

Y el periodista baja los brazos: “Ok”.

2. MONTERREY Y NOTRE DAME

El miércoles pasado en Monterrey el día estuvo gris, frío y con una lluvia fina a la que en México llaman mojapendejos. Tadao Ando estaba en esta ciudad para inaugurar su primera obra pública en América Latina, el Centro Roberto Garza Sada de Arte, Arquitectura y Diseño, un monumental edificio de hormigón visto que ha diseñado para la Universidad de Monterrey.

El periodista hace sus cuatro preguntas seguidas. Shinobu Saki termina la traducción y el maestro Ando, vestido con un sencillo traje negro y con una bufanda azul, comienza su monólogo.

-Primero, la arquitectura es un ser. Y es importante dónde va a vivir esa arquitectura. No puedes separar la obra de su entorno. Cuando llegué por primera vez a Monterrey lo primero que me llamó la atención fue un paisaje donde se encontraban las colonias pobres, y junto a ellas montañas impresionantes. ¿Qué es lo que voy a hacer en este medio ambiente? Un edificio es algo que debe quedar como una imagen impresionante para los que construimos y para las personas que viven en ese medio. Tiene que dar una esperanza a todos esos actores participantes. En Francia tenemos la catedral de Notre Dame y ese edificio fue construido en una época en la que alrededor de esa catedral todo era pobreza. Lo que yo pensé era construir un edificio en el que los estudiantes y todos los visitantes a este campus de la universidad, al entrar, sintiesen una esperanza dentro de sí mismos. Doña Márgara pidió que construyera algo que pudiera transmitir la esperanza a todos. Y ese mensaje fue algo que me impulsó para construir esta obra.

3. DOÑA MÁRGARA

Margarita Garza Sada de Fernández es hija de Roberto Garza Sada, un industrial fallecido en 1979 al que han dedicado el centro. Ella ha sido la mecenas del edificio. Doña Márgara es una mujer mayor. Un día antes de la inauguración nos recibe en el patio de entrada de su mansión colonial. Hay una fuente con un chorrito de agua continuo que le da un sonido zen a la conversación sobre Tadao Ando y su nuevo edificio. “Él no es muy platicador”, dice cuando se le pregunta cómo es el arquitecto japonés. Ella tampoco es muy habladora. No suele hablar con los medios. Dice que prefiere estar como ha estado siempre: “En paz”. Al lado de la fuente hay unas preciosas gallinas artesanales hechas de mimbre.

Tadao Ando aceptó el encargo de diseñar el centro en esta misma casa una tarde del año 2007. “Vino a merendar”, recuerda doña Márgara. “Tomamos un cafecito y unas galletas”. Cuando terminó la merienda, el arquitecto japonés se fue al aeropuerto, se subió a un avión en dirección a Los Ángeles y durante el vuelo dibujó el boceto del centro en una servilleta.

La señora Garza Sada no tiene nada más que contar de cómo consiguió que Tadao Ando le hiciese el edificio. Durante la entrevista también habla de cómo era Monterrey cuando era joven, y se alegra de recordar cómo en los años cincuenta, ella y otras cinco o seis señoritas de la capital industrial de México montaron una manifestación de “200.000 personas” que logró frenar un proyecto educativo del Gobierno nacional que se conoció como el texto único y que según ella tenía tendencias “comunistas”.

–¿Para usted que significaba el comunismo?

–Algo espantoso –dice Margarita Garza Sada de Fernández.

4. MONTAÑAS Y HORMIGÓN

El edificio es un voluminoso rectángulo gris en medio de un valle rodeado de montañas. En la base hace una forma de tijera que deja un amplio hueco de paso geométrico por debajo del edificio. Enfrente de la fachada principal del edificio se ve el paisaje industrial de Monterrey. El cauce seco de un río, fábricas, cables de alta tensión y al fondo una alfombra gris de barrios populares al pie del cerro de las Mitras, una montaña de unos 2000 metros de altura con picos que recuerdan a las tocas puntiagudas de los obispos.

Los montes son el mayor símbolo de identidad estética de Monterrey y de su zona metropolitana, una conurbación de cuatro millones de habitantes con un urbanismo en general mediocre. El Centro Roberto Garza Sada rompe de manera aparatosa la banalidad industrial del lugar. “Es un gran edificio de referencia”, opina Miquel Adrià, director de Arquine, la principal revista de arquitectura en México. Entre los expertos, la carrera de Tadao Ando se divide en una primera etapa de obras pequeñas y muy elogiadas (la Casa Azuma, 1975, o la Capilla de la Luz, 1989) y una segunda, después de ganar el Pritzker, de costosas obras monumentales (como el museo Fort Worth, 2002) a las que la crítica le achaca una pérdida de control de la escala en beneficio de la espectacularidad: un tema de debate del que ahora pasará a formar parte el contundente edificio de Monterrey. Adrià considera que es un edificio de calidad pero “desproporcionado”, un lujo en el sentido negativo, por exceso, y también en el sentido positivo, por envergadura estética: “Es una obra virtuosa, con un grado de contorsionismo espectacular [dice a propósito del complejo hueco geométrico de paso] y con unos espacios interiores muy ricos”. Agustín Landa, un reconocido arquitecto con base en Monterrey, opina que Ando no ha conseguido hacer un edificio adaptado al entorno. “Es un proyecto que podríamos poner en cualquier otro lado. No ha entendido el lugar”.

5. ARQUITECTURA Y BOXEO

El periodista levanta el dedo índice como un alumno en el aula.

–Tengo una duda –dice, y espera a ver si el esquema de entrevista marcado por Tadao Ando concede la posibilidad de la duda.

Shinobu Saki se lo transmite bajando la voz, con cierta aflicción, como si hubiese sido ella la que ha interrumpido el discurso del maestro.

Él acepta con un gesto de cabeza afirmativo.

–Gracias –le dice el periodista. Harigato, le dice la traductora-. No me queda claro cuál es para usted el vínculo del edificio con el entorno.

Él responde.

–Más que vínculo, están integrados. Los ciudadanos de Monterrey admiran al monte de las Mitras. Lo que deseo es que las personas que están en este lugar vean por un lado un edificio artificial y por otro lado un paisaje natural representado por las montañas, y que en ese momento se fusionen estas dos imágenes que ven y que se cree una nueva esperanza dentro de sí mismos. En todo el mundo actualmente la arquitectura es un negocio, construir y vender, pero la arquitectura es mucho más que eso, es algo sagrado, no es negocio. Es lo que yo pensaba para diseñar este edificio.

La última de las cuatro preguntas seguidas del periodista trataba de saber qué relación hay entre un boxeador y un arquitecto minimalista. En su juventud, Ando llegó a participar en campeonatos internacionales de boxeo.

–El boxeo es un deporte sagrado, porque es una lucha de los seres humanos uno contra uno. En ese sentido, el arquitecto se enfrenta a la arquitectura como un individuo con un ente. Y todos, por ejemplo los que hicieron esta viga, los que hicieron el techo, o los que hicieron el piso, cada uno y todos individualmente están enfrentándose con la obra y luchan contra ella. No fui yo solo quien construyó este edificio. Es el resultado de muchas personas. Nadie se rindió. Todos lucharon hasta el final para construirlo.

6. ALBAÑILES

El combate de los albañiles mexicanos con el vanguardista edificio del arquitecto japonés tuvo momentos delicados y otros de risa. Hubo obreros que abandonaron la obra porque los superó la presión de construir con una exactitud milimétrica. “La manera mexicana de hacer las cosas es la rapidez, el ahí se va”, explicaba a pocas horas de la inauguración Antonio Balderas, jefe de albañiles, cargo que en México recibe el fantástico nombre de mayordomo.

Una cosa que le costó comprender a los obreros fue que hubiese que dejar pequeños huecos circulares en la superficie del hormigón. Los agujeros en el hormigón visto son un sello de estilo de Tadao Ando, pero los albañiles no lo sabían y hubo algunos que se lanzaron a rellenar los huecos para que el edificio del premio Pritzker no quedase feo.

Hubo también soluciones ingeniosas en medio de la excelencia constructiva. Normalmente los huecos en el hormigón los hacían con unos tapones de plástico adecuados para tal fin, pero a veces no había tapones para todos, o no estaban a mano, y los albañiles descubrieron que el resultado era el mismo si se hacían los agujeros con tapones de refrescos.

La gente que ha trabajado con el arquitecto japonés en sus contadas y breves visitas de obra a Monterrey dice que normalmente estaba serio, pero que cada vez que iba había un momento especial en que pedía que se reuniese a los obreros locales para hacerse una foto con ellos. Entonces, con un casco de obra sobre su esmerado peinado transversal, rodeado de albañiles, Tadao Ando, un genio de la arquitectura que no pasó por la universidad, sonreía.

Arquitectura mexicana y española: un viaje de ida y vuelta en la crisis

Escuela de Bellas Artes en Oaxaca de Mauricio Rocha. / Sandra Pereznieto

Por     Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/04/28/actualidad/1367168309_689445.html

Nuestro hormigón es para ellos concreto; nuestros ladrillos, tabique; los estudios de arquitectura son despachos, los promotores, desarrolladores y lo sostenible allí es sustentable. Salvada esa anecdótica barrera lingüística, quedan las diferencias del clima, la cultura, la geografía y la economía que llevan a convivir con patios, pérgolas y celosías, huyen del aire acondicionado y tratan de reinventar los materiales más sencillos (como el petate o bloque de tierra compacta). Sin embargo, por lo que hablaron históricos de la arquitectura mexicana como Pancho Serrano y emergentes como Mauricio Rocha con españoles con experiencia en México, como Carlos Lamela, en un debate organizado por Roca Gallery en Madrid, la arquitectura mexicana podría indicar el camino a la futura arquitectura española. Y al revés, la mexicana que parece estar ahora donde la española estuvo hace dos décadas: iniciando su globalización haría bien en aprovechar la experiencia española. Así, ese diálogo de ida y vuelta podría servir a los edificios de ambos lados del Atlántico.

Aunque la arquitectura mexicana tiene una historia que opone fuerza plástica a la tentación del espectáculo, la experiencia española podría servir a la hora de evitar que con la bonanza económica que atraviesa México la nueva riqueza les haga perder fuerza expresiva. Sería útil también para evitar el mareo ante los grandes nombres que lleva a contratar arquitecturas-franquicia. Ahora que sabemos que muchos proyectistas de renombre lo son por sus mejores proyectos (y no por todos ellos) merecería la pena venir a comprobar todos los Foster, Chipperfield, Nouvel, Rogers o Herzog y de Meuron que se han levantado en España y juzgar, por uno mismo, si se puede estar siempre a la altura. Ese viaje aclararía la diferencia entre monumento y burbuja. Lo explicó con otras palabras Javier Sordo a unos estudiantes mexicanos: “no hay que temer la globalización, sin ella no estarían ustedes aquí”, se debe ser más competente. Mauricio Rocha también lo puso en claro: “Qué bueno que Hugo Sánchez jugó en el Madrid y que Chicharito sea una estrella en el Manchester United”. Es absurdo negarse a la globalización. La clave está en que esta sea una suma que aprenda de todos lados y no imponga una única manera de pensar y ver.

Los arquitectos españoles, por su parte, harían bien en atender a la experiencia mexicana a la hora de trabajar con poco. “Muchas de las cosas que hacemos tienen mucha relación con no tener dinero”, apunta Pancho Serrano, autor de la Universidad Iberoamericana en D.F. Javier Sordo lo secunda: “cuando no hay dinero hay que hacerlo todo con ingenio”, dice. Y sabe de qué habla. Hijo de Juan Sordo Madaleno -el arquitecto del Hotel Villa Magna o del Meliá Castilla de Madrid- Sordo hijo (hay otro arquitecto Sordo nieto), lo hace todo: desde el diseño de proyectos hasta la construcción de edificios, desde el control de obra hasta el interiorismo, desde la promoción de las obras hasta la búsqueda de inversores.

De ese mismo ingenio habla Mauricio Rocha en otros términos. “Capacidad de soportar el lugar”, dice para describir el caos que su arquitectura supo acoger en del Mercado de San Pablo de Ozotopec. O “arquitectura que se entiende en lugar de imponerse”, explica para describir el cuidado con la orientación, con la exploración de los materiales más modestos o con el descubrimiento de todos los sentidos más allá de la vista que halló trabajando en su primer proyecto: una escuela para invidentes en D.F.

Autores de los edificios corporativos para Danone o Coca-Cola en la capital mexicana, Arturo yJorge Arditti hablaron de “maestros de obra que llegan a corregir los planos de los arquitectos”. Esa mano de obra es la clave. ¿Cómo conservarla para no industrializar completamente la construcción? ¿Cómo serán las ruinas industriales? Las de piedra y ladrillo se visitan. Y en ellas se siente la mano de quien las trabajó. Las de los materiales industriales, ¿serán ruinas o serán basura?