Kahn, el maestro secreto [El país]

Fuente: http://elpais.com/elpais/2013/04/29/eps/1367241419_613082.html

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A Louis Kahn (Pernu, Estonia, 1901-Nueva York, 1974) lo encontraron muerto en los aseos de Penn Station. En tres días, nadie reclamó su cadáver. Llegó a tener tres familias, pero regresaba solo de Dhaka, donde había comenzado el edificio para la Asamblea Nacional de Bangladesh cuando el país pertenecía a Pakistán. Mientras lo ideaba estalló la guerra civil, pero eso no lo detuvo. Tampoco lo había detenido el páramo que vio cuando llegó al solar polvoriento y pensó que aquello no era un lugar para personas. “Aquí no hay donde agarrarse”, le escribió a Harriet Pattison, la paisajista que por entonces era su amante. Kahn no vio ese edificio terminado, pero hoy la gente se retrata allí el día de su boda. En un contexto tan hostil supo levantar un edificio que es a la vez una infraestructura política, un símbolo cultural y religioso y una obra de arte. Todo un ejemplo de arquitectura monumental sin espectáculo que, al borde del 40º aniversario de la desaparición del arquitecto, quiere reivindicar una muestra organizada por el Vitra Design Museum, la Universidad de Pensilvania y el Nederlands Architectuurinstituut de Rotterdam.

No será difícil. Si hoy preguntas a 15 arquitectos, de Frank Gehry a Renzo Piano, cada uno tendrá sus gustos, pero ninguno le pondrá un pero a su obra. El consenso existe: Louis Kahn fue uno de los mejores arquitectos de la segunda mitad del siglo XX. Lo fue porque supo relacionar arquitectura y vida levantando edificios para la gente y al margen de la convulsión de las modas. Se sabe que Kahn se hizo el arquitecto que fue tras cumplir 50 años, cuando se tomó un tiempo para vivir en Roma y cambió modernidad por eternidad. Un vistazo a su biografía desvela que siempre vivió en precario, nunca tuvo casa propia y atravesó la Primera Guerra Mundial de niño, el crash del 29 convertido en arquitecto, la Segunda Guerra Mundial de adulto y finalmente la guerra civil de Pakistán cuando diseñaba allí el que sería su mayor proyecto. Tal vez por eso buscó en la arquitectura la capacidad para redimir a las personas por el inevitable dolor que conlleva vivir.

Si la arquitectura fue lo más cercano que estuvo de tener una casa, tuvo en cambio tres familias, aunque en su obituario solo figurara su mujer, Esther, y su primera hija, la hoy consagrada flautista Sue Ann Kahn. Siempre viajaba solo. Con 26 años, ahorró para embarcarse en el Île de France. Pasó un año en Europa visitando edificios, dibujando y vendiendo sus dibujos para alargar el viaje. Como reveló su hijo Nathaniel Kahn (hijo de Harriet Pattison) en el documental nominado al Oscar My architect. A son journey, su padre fue un hombre con varias familias, pero con una sola obsesión. Careció de aficiones o caprichos más allá de la arquitectura, a la que se dedicó en cuerpo y alma: durmiendo apenas unas horas sobre su mesa de trabajo o sobre su gabardina doblada, viajando con poco más que una bolsa, teniendo un vestuario exiguo y de un único color; reduciendo, en suma, la intendencia de la existencia para no distraerse de lo único que consideraba relevante. Seis semanas después de encontrar su cuerpo en los baños de Penn Station, su despacho cerró. Atravesaba su mejor momento como arquitecto, pero tenía una deuda con sus empleados de casi medio millón de dólares. Murió endeudado y sin ser dueño de nada. La excelencia arquitectónica es una afición que solo renta en los libros de historia. Los proyectos de Kahn también explican eso.

Igual que cuentan que el éxito profesional puede estar rodeado de caos personal. O que el amor y la familia son, al contrario que la arquitectura, asuntos con fecha de caducidad. Así, más allá de un trabajo que no ha perdido vigencia, la vida de Kahn ilustra cómo la época heroica de la arquitectura comienza a desdibujarse. Frente a una mayoría monolítica de estudiantes burgueses, él fue un chico pobre que llegó a construir sin haber conocido lo que era tener casa propia. Es imposible que esa entrada no defina una mirada distinta.

Cuando un Louis Kahn de cinco años, entonces llamado Leiser-itze Schmuilowsky, desembarcó en Filadelfia, su padre ya se había cambiado el nombre por el de Leopold Kahn, y el niño ya había sufrido unas quemaduras en la cara cuyas cicatrices harían de él un hombre tímido. Se instaló con sus padres y hermanos en un piso pequeño al norte de Filadelfia. Tras 12 mudanzas, los padres conseguirían comprarse una casa de ladrillo donde Kahn vivió hasta que con 30 años se casó con Esther Virginia Israeli y se fue a vivir con sus suegros (37 años más) en la zona rica de la ciudad. Sus padres no pudieron pagar la hipoteca y emigraron de nuevo a Los Ángeles. Ese trasiego tuvo que dejar huella en el arquitecto: comenzó trabajando desde la casa de sus suegros y se obsesionó con la urgencia de levantar viviendas dignas para los más necesitados. En eso consistieron sus primeros trabajos.

En 1941 ideó con Oskar Stonorow cinco comunidades para trabajadores: 2.000 nuevas casas y dos años después vendió 110.000 copias del libro Why city planning is your responsability (Por qué el urbanismo es su responsabilidad). Esos inicios definen su trayectoria tanto como su trabajo de pianista en un cine cuando tenía 10 años.

“Fue un artista sincero con su talento”, explica Frank Gehry, a quien la obra de Kahn le enseñó “que cada uno debe buscar su camino”. Otro insigne, Renzo Piano, elige describirlo con la palabra obstinación: “La persistencia es la única manera de llegar al centro de las cosas”. Pero fue un tercer proyectista, Balkrishna Doshi, quien llevó a Kahn a India para proyectar el Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tras asegurar a las autoridades que ya tenían muchos Le Corbusier: “Si lo contratan, cambiará la historia de India con una gran lección para los arquitectos y un monumento para todo el mundo”, argumentó Doshi. Hoy piensa que no se equivocó. “Le Corbusier era un acróbata, pero Kahn fue un yogui. Tenía una antena para detectar el pulso del lugar, su cultura y su vida”.

Corría el año 1945 cuando contrató a la arquitecta de 25 años Ann Griswold Tyng. Un lustro después, Kahn se fue a vivir a Roma. Desde allí le escribió: “Me he dado cuenta de que la arquitectura de Italia permanecerá como la fuente de inspiración de los trabajos del futuro”. Kahn había encontrado su voz: decidió excavar en el pasado para encontrar formas modernas. Y las halló. Solo cuatro años después, Tyng dio a luz, también en Roma, pero sola, a Alexandra Tyng, la única hija del arquitecto que no lleva su apellido. Él le dedicó la inauguración de la galería de la Universidad de Yale, en la que habían trabajado juntos: “El espacio puede con todo, es realmente fuerte”, le escribió. Lo hacía semanalmente. Pero la relación se enfrió. Kahn tenía ya una hija de 14 años, continuaba viviendo en casa de sus suegros y no parecía tener prisa por conocer a su nueva hija.

La gota que colmó el vaso de esa relación tiene como escenario el MOMA. Había sido Tyng quien abrió a Kahn el mundo de las estructuras tensadas, pero en la City Tower, un proyecto que las exponía en la muestra sobre arquitectura visionaria, él no reconoció esa coautoría. Tyng lucharía toda su vida para conseguir ese reconocimiento. En 1997, con 77 años, decidió publicar las cartas de Roma y al fin obtuvo el crédito que se le debía. “Lou tenía una personalidad muy poderosa. Se dedicó a la arquitectura renunciando a todo lo demás”, escribió.

En 1958, Kahn había conocido ya a su tercera pareja, la paisajista Harriet Pattison –27 años más joven que él y todavía viva–. Dos años después del incidente del MOMA nació su hijo Nathaniel, candidato al Oscar al mejor documental con su primera película. “No conocí muy bien a mi padre. Nunca se casó con mi madre y nunca vivió con nosotros”, comienza el filme, que en 2003 sirvió para que un hijo conociera a su padre y para que mucha gente conociera al arquitecto Louis Kahn.

En 1963, Kahn se aproxima a su última década y en ese tiempo se asegura un puesto en la historia. A los sesenta pertenecen encargos como la Asamblea de Dhaka y el Salk Institute (1959-1965), en California. Con fama de críptico, tenía claro que el cla­­sicismo –la permanencia– requiere humildad, “un abandono del exceso de personalidad”, le enseñó su primer maestro, Paul Philippe Cret. “Al contrario de tantos arquitectos modernos, entre los edificios del pasado Kahn vio siempre amigos, no enemigos”, según el historiador Vincent Scully.

En 1962, el presidente paquistaní Ayub Khan decidió levantar en Dhaka una asamblea para suavizar la voluntad separatista de los bengalíes que habitaban esa zona. Le Corbusier rechazó la oferta y Alvar Aalto estaba enfermo. Kahn aceptó el encargo. Una plataforma de ladrillo arraiga hoy la asamblea, levantada con piezas de hormigón; un volumen fortificado, que es más eterno que moderno, representa a una sociedad que quiere ser libre. Kahn nunca la vio construida.

El Indian Institute of Management, en Ahmedabad, tenía detrás a Vikram Sarabhai, un físico que llevaba 10 años viviendo en una casa diseñada por Le Corbusier y entendió que India necesitaba una clase propia de dirigentes. Kahn atendió al arquitecto indio Balkrishna Doshi y cuando éste le advirtió de la importancia de las brisas del suroeste, giró el proyecto 45 grados para que pudiera pasar el aire. También en India abrió la puerta a la reconsideración del pasado construyendo lo universal a partir de lo local. “Llegó justo a tiempo”, sostiene el historiador William Curtis: “Cuando las sociedades salían del colonialismo y necesitaban encontrar su propia identidad cultural para aspirar desde ella a un futuro mejor, apareció Kahn”.

Louis Kahn declaró que la mejor arquitectura está en los espacios sin nombre y que cada uno hace suyos. Algo de eso, de falta de nombre y de interpretación personal, hubo en su manera de vivir. Es difícil saber si logró comprenderse a sí mismo, pero cuando uno visita el Salk Institute en California o el Parlamento Sher-e-Bangla Nagar, en Dhaka, se siente abrumado y a la vez liberado. No tarda en ver allí algo más que arquitectura. Y tiene la sensación de que ese maestro secreto sí logró comprender el mundo.

“En la arquitectura hace falta menos ego y más miedo”

Entrevista a Denise Scott Brown por

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Denise Scott Brown. / TOMÁS CASADEMUNT

Con 81 años, la arquitecta y urbanista Denise Scott Brown (Nkana, Zambia, 1931), crecida en Johanesburgo, formada en Roma y Londres y afincada en Filadelfia, ha viajado recientemente a México, donde la entrevistamos, para presentar la primera edición en español de su libro Armada de palabras (Arquine). En 1991, cuando su socio y marido, el arquitecto Robert Venturi, viajó al DF a recoger el prestigioso Premio Pritzker, ella no lo acompañó. Entendió que ese galardón debía haber sido también para ella, porque hacía 26 años que firmaban conjuntamente sus edificios y eran las ideas de Scott Brown sobre la importancia de lo ordinario –hoy recuperadas en el currícu­lo académico de universidades como Columbia– las que armaron algunos de sus libros míticos como Aprendiendo de Las Vegas. En las últimas semanas, una petición promovida por estudiantes graduadas de Harvard en change.org para que Scott Brown comparta el Pritzker de su marido lleva acumuladas más de 5.000 firmas. Entre ellas, la de la también Pritzker Zaha Hadid y la del propio Venturi. Por eso, irónica, comenta que cuando su esposo llegó al DF entró en el palacio presidencial a recoger ese premio y ella, en cambio, ha llegado hasta el pedregal de Santo Domingo para ver cómo tres generaciones de una familia viven, y trabajan, en los veinte metros cuadrados de una vivienda de autoconstrucción: “La cultura predominante frente a la cultura dominante”.

Aunque ella y Venturi lideraron durante los años ochenta una de las vanguardias más extrañas de la historia de la arquitectura –la posmoderna, el cíclico regreso al simbolismo de la historia como reacción frente al maquinismo de la modernidad–, por encima de los más de 200 edificios que ha levantado, el legado de Scott Brown está en la actitud de su arquitectura, que se ha esforzado en buscar inspiración en lo cotidiano. Así, la ampliación de la National Gallery de Londres, concluida en 1991, fue uno de sus trabajos más criticados por quienes consideran que la arquitectura debe hablar de su tiempo y no mimetizar los edificios existentes. Sin embargo, 22 años después, uno no repara en esa ampliación. El cuerpo añadido forma parte de ese rincón londinense porque atiende tanto al peatón como a la monumentalidad de Trafalgar Square. Las ideas de esta arquitecta y urbanista hablan desde ese edificio. “Observar lo ordinario puede resultar feo. Pero es importante”.

PREGUNTA: ¿La falta de prejuicios será la mayor conquista arquitectónica del siglo XXI?

RESPUESTA: Es necesaria una mente muy abierta para analizar cualquier tema. Pero luego tiene que llegar un filtro. No todo vale. Ese filtro es el prejuicio. La mente es un columpio entre recabar información y filtrarla. Es necesario adorar lo que haces para no agotarte con el balanceo.

P: ¿Cómo hace para seguir viendo cosas que a los demás nos cuesta ver?

R: Siempre he tenido la cabeza como un radar. Creo que mi madre la tenía así. Luego, cuando uno se hace mayor, la mitad de la vista es memoria.

P: Creció en Johanesburgo. ¿Cómo aprendió a mirar más allá de lo que tenía delante?

R: Allí el racismo era algo asumido. Eso o te hace ver o te ciega. Pero debo hablar de mi padre. Era promotor y cuando regresó de un viaje a Nueva York dijo: “Lo que he visto lo podría haber hecho yo”. Pensaba a lo ancho. Buscaba los principios de las cosas, era un estratega. Era capaz de predecir cosas. Al regresar de Nueva York dijo que la Sexta Avenida desaparecería. Y así fue.

P: Sin embargo, fue su profesora de dibujo quien le abrió los ojos.

R: Yo iba a un colegio inglés. Pintábamos muñecos de nieve en las felicitaciones de Navidad. Esa profesora nos pidió que miráramos por la ventana. En Sudáfrica no había nieve. ¿Cómo podíamos ser creativos si no pintábamos lo que teníamos delante y repetíamos lo que hacían otros?

P: ¿Qué se necesita para saber ver?

R: Le Corbusier aconseja mirar detrás de los edificios. Creo que se necesita algún tipo de cambio social para que uno abra los ojos a cosas nuevas. Los grandes problemas ensanchan la mirada.

P: ¿Su libro ‘Aprendiendo de Las Vegas’ comenzó en África?

R: Todo lo que vi en mi infancia lo recordé más tarde. Yo iba a una escuela inglesa. Había racismo no solo entre negros y blancos. La ascendencia inglesa era la clase más alta. Ser judía, como yo, procedente de Letonia significaba convertirse en un refugiado. Pero también había refugiados nazis. Crecí entre ellos y no entre los afrikáneres. A los negros apenas los veíamos. Mi abuelo era racista. La contradicción de los judíos en Sudáfrica es que huyendo de la persecución colaboraron con el apartheid.

P: ¿Por eso se fue?

R: Pensé que no tenía la fuerza suficiente para enviar a mis amigos a prisión. Me sentía lejos de la ideología del sector social en el que vivía. Pude haberme quedado a ayudar, pero se necesitan seis personas para iniciar un movimiento de protesta y allí solo había tres.

P: ¿Es usted judía practicante?

R: Pertenezco a una sinagoga. Y Bob [Venturi] y yo vamos una vez al año.

Denise Scott Brown, durante su juventud, en una fotografía sin fecha tomada en Sudáfrica.

P: ¿Por qué tienen los judíos tanto poder en la arquitectura?

R: ¿Eso cree? Louis Kahn decía que los judíos no podían dirigir empresas en Norteamérica. Se necesitaba ser de clase alta, haber estudiado en Princeton y conocerse de toda la vida para triunfar en los negocios. Todavía es así.

P: ‘Aprendiendo de las Vegas’ fue un título sugerente, pero esa ciudad no es real. ¿De qué debe aprender la arquitectura?

R: Uno aprende de donde puede. Es cierto que el apartheid rompió Sudáfrica, pero también lo es que allí se construía más vivienda social que en toda América. Esas viviendas están todavía allí. El régimen racista ha desaparecido y las casas siguen allí.

P: La vida está llena de contradicciones.

R: La vida no es blanco o negro. Las dicotomías no son nada creativas. Beethoven usó música folk como inspiración.

P: Escribió ‘Aprendiendo de Las Vegas’ con su marido, Robert Venturi. Han trabajado juntos durante medio siglo. Sin embargo, a usted le ha costado décadas que reconozcan su trabajo.

R: Sí. Y solo lo han hecho las mujeres. Algunos arquitectos me llamaban cuando les fallaba Venturi. Me pedían que fuera a explicar los trabajos de Venturi.

P: ¿Quién le pidió eso?

R: Rafael Moneo.

P: Philip Johnson también le pedía que abandonase la sala después de las cenas, cuando los hombres iban a hablar de arquitectura.

R: No. Philip Johnson no invitaba a mujeres. Eso me lo pedían en otras casas.

P: ¿Por qué no le exige ese reconocimiento a su marido? Robert Venturi no reclamó compartir el Premio Pritzker que recibió en 1991 con usted.

R: Para Bob, admitir que yo era la mitad del estudio supuso enfrentarse a sus colegas. Y aun así dijo que yo era más del 50% en el discurso de aceptación del premio.

P: Pero no reclamó compartirlo con usted.

R: Ha sido tan bueno conmigo que no puedo pedirle más.

P: Sin embargo, lo reclama el resto del mundo. Uno esperaría que alguien que además de su socio es su marido y su amigo la apoyara antes que nadie.

R: Las cosas han cambiado y ahora podría ser más sencillo. Robert Venturi lo pasó muy mal hasta llegar donde está. Tiene problemas de autoestima, entre otras cosas, porque fue un niño disléxico. Le costó aprender a leer y su vida escolar fue dura hasta que llegó a Princeton y floreció. Con todo, sigue siendo un hombre inseguro.

P: No quiero insistir más, pero, precisamente siendo inseguro, usted debió reforzar su seguridad.

R: Sin duda. Le ayudé mucho. Fue injusto que solo le premiaran a él. Pero habría sido más injusto que ninguno de los dos recibiera el premio.

 P: ¿Es la arquitectura de hoy más justa con las mujeres?

R: Bueno… la mayoría de los arquitectos lo quieren hacer todo, aunque no estén preparados. No es tanto egocentrismo como miedo a que no les vuelvan a hacer grandes encargos si delegan una parte. Pero lo mismo sucedería con las mujeres. La ambición ciega. El AIA (American Institute of Architects) no da su medalla de oro ni a parejas ni a estudios.

P: Ha dedicado esfuerzo y tiempo a que reconocieran la contribución de las mujeres. ¿Por qué era tan importante para usted?

R: Hay muchas mujeres que me gustan. Mi madre fue un chicazo. Creció en zonas salvajes de África. Vestía como un niño por una razón: para una mujer era más seguro vestir así. Eso lo heredé yo. Solo que, además, a mí también me gustaban las muñecas. Pero mi padre me había advertido: “Los judíos no podemos decir que no somos como los otros. Eso nunca funciona”. Cuando defiendes que eres diferente, llamas la atención y las cosas se vuelven contra ti.

P: ¿No se debe reclamar una voz propia si se tiene?

R: Sí. Pero sentirse diferente del resto de las mujeres es una trampa. De modo que varias arquitectas nos reuníamos y teníamos sesiones de curación mutua. Ya sabe: “Algo parecido me pasó a mí…”. Daban consuelo. Luego las mujeres arquitectas empezaron a entrar en las escuelas antes de tener sus propios estudios. En lugar de atacar los bastiones masculinos, los estudios donde se diseñaba edificios, fueron a las escuelas a formar futuros arquitectos. Hoy hay arquitectas trabajando en países árabes que no se sienten oprimidas por tener que llevar burka. Al contrario. Como le sucedía a mi madre, que era más libre vestida de chico, esas mujeres son más libres bajo un velo protector. Estamos habituadas a los disfraces. Una vez me salió un proyecto en Bagdad y pedí información: “¿Como judía y como mujer es inteligente ir a Irak a trabajar?”, pregunté. Todos me contestaron lo mismo: “Como mujer, no hay problema. Como judía, mejor no ir”.

P: ¿Cree que las mujeres desarrollarán la parte social de la arquitectura?

R: Sí. Nos hemos fijado en lo que rodea la arquitectura porque también nosotras la hemos rodeado. No es que solo nos interese lo social. Somos más intuitivas y muchas de las cosas las vemos antes. Por ejemplo, entendemos bien cuándo debemos quitarnos de en medio frente a alguien tan hambriento de poder que la única posibilidad de hacer algo es alejarse de él.

P: Su nombre de soltera fue Denise Lakofski. ¿Por qué no fue nunca Denise Venturi?

R: Una vez busqué artículos de una socióloga norteamericana, Ruth Durant, y me di cuenta de que había desaparecido. Luego comencé a leer a otra mujer que escribía cosas similares, pero su nombre era Ruth Glass. Sumé dos y dos e intuí que se había casado. Cuando Bob y yo nos casamos, yo era profesora en Berkeley y ya había publicado artículos. Me acordé de esta socióloga y pensé que no tenía sentido perder lo hecho. Renunciar a mi apellido habría supuesto renunciar a mi obra.

P: Scott Brown es el apellido de su primer marido.

R: Sí, Robert era el último de su línea. Habíamos estudiado arquitectura juntos y cuando murió con 28 años quise quedarme con su nombre. No estoy segura de que a sus padres les hiciera gracia. Pero quise hacerlo. Con todo, la razón principal fue la de los escritos. Llamándome Venturi no habría podido hacer nada.

P: ¿No pensó eso cuando se puso el apellido de su primer marido?

R: Éramos muy jóvenes.

P: ¿La independencia es algo que se aprende o se desarrolla?

R: Sospecho que se aprende, pero también he tenido grandes dependencias. He tenido que convertirme en una anciana para ser mucho más independiente en mis ideas de lo que fui. Puede que las hormonas tengan algo que decir.

P: ¿Las hormonas generan independencia mental?

R: Los hombres continúan con la testosterona hasta los noventa. Las mujeres se liberan de esas urgencias y el patrón mental cambia. Si has trabajado y llegas a anciana, tienes experiencia y seguridad. Los cambios hormonales liberan a las mujeres.

P: Cuando el coche de Robert Scott Brown se estrelló en Pensilvania, ¿qué le hizo quedarse en América?

R: Me había ido de Sudáfrica porque allí una mujer era un menor. Además nos iba muy bien en la Universidad de Penn. Nos entendíamos. Y ya hablábamos de la cultura popular, aunque éramos hijos de la edad de las máquinas: diseñamos una ciudad lineal con trenes que circulaban a 300 kilómetros por hora.

P: Pasó de diseñar ciudades lineales con su primer marido a protestar por la destrucción de los centros históricos con Venturi, el segundo.

R: Sí. Lo aprendí de los Smithson. Que uno crea en el progreso no implica que defienda la destrucción.

P: ¿Cómo conoció a Venturi?

R: Me pidió que fuéramos a un baile en Princeton. Su idea de un baile era encerrarse en la biblioteca mientras sonaba la música. Allí había un libro de Edwin Lutyens. Se lo mostré y se convirtió en su arquitecto favorito. Hizo la casa de su madre a partir de esas ideas.

P: ¿Qué vio en Venturi?

R: En Europa, un urbanista es un gran arquitecto, un heredero de Le Corbusier. Pero en América, si eras urbanista, los arquitectos pensaban que habías elegido esa opción porque no eras lo suficientemente bueno como para diseñar. Bob era distinto.

P: ¿Por eso le guardaba un sitio en las reuniones de profesores de la Universidad de Penn?

R: Un asiento y una galleta. Él daba el segundo curso de teoría. Y yo el primero. Decidí contarles a los estudiantes lo que realmente me interesaba: lo que los Smithson estaban haciendo en Inglaterra: estaban mirando a la historia. Eso a Bob le interesó. Y empezó a aparecer por mis clases.

P: ¿Y por eso le pidió que fuera a Las Vegas con usted?

R: Sí. Pero más tarde. Cuando me fui a dar clases a Berkeley.

P: ¿Es cierto que le pidió que se casara con usted?

R: Bueno… llegado un punto, sabíamos que iba a ocurrir y lo puse fácil. Sí. Fui yo. Le ayudé.

P: ¿Los arquitectos tienen vida personal?

R: La mía ha sido la arquitectura. La gente me preguntaba: “¿No te paras nunca a oler las rosas?”. Y yo contestaba que no me hacía falta. Gracias a mi profesión he viajado y he conocido a personas que me han cambiado el punto de vista.

P: Su hijo Jimmy lleva cinco años filmando la película ‘Aprendiendo de Bob y Denise’. ¿Qué ha aprendido?

R: Lo que ha aprendido aparece en su conversación. Es un tipo de persona que se aburre y necesita empezar de cero cada tantos años. Mi padre era así.

P: ¿Hay diferencia entre arquitectura y construcción?

R: Quien distingue entre arquitectura y construcción habla peyorativamente del trabajo de otros. Yo creo que la arquitectura es la manera consciente de hacer espacios.

P: ¿Qué porcentaje de las decisiones urbanísticas es fundamentalmente económico?

R: La política lo condiciona todo. Es cierto que quien controla la economía termina controlando también la política, pero si miramos el mundo así, todo en la vida, incluida la elección democrática de Obama, es una cuestión económica. Me parece relevante ver cómo los políticos estadounidenses están reconquistando el poder. Tras la Segunda Guerra Mundial se tomaron grandes decisiones urbanísticas. Y los arquitectos creímos que por fin llegaba nuestra hora. La realidad era otra. El interés era reciclar las industrias de la guerra y desviar su producción hacia la construcción.

P: ¿Opina que a muchos arquitectos les preocupan más los edificios que las calles?

R: Muchos intentan hacer ciudades y las hacen mal. Cuando diseñas parte de una ciudad, no puedes tomar todas las decisiones. Simplemente eres un guía. Debes escuchar a los demás y pensar cómo responderá lo que estás haciendo dentro de 100 años. Ningún político piensa con esos plazos. Pero el miedo es bueno, aporta prudencia. Menos ego y más miedo, podría ser un buen lema para la arquitectura.

Ley de proyectos públicos

Arturo Ortiz Struck

Por Arturo Ortiz Struck / @arturortiz

En México no existen reglas claras para la contratación de proyectos arquitectónicos públicos. El lamentable y poco ético ejemplo de Consuelo Saizar, y su manera de contratar arquitectos a partir de su diverso y flexible gusto es sólo un botón de muestra. La forma en que el estado y las instituciones gubernamentales contratan a los arquitectos, es mediante la ley de obra pública, todos los que hemos trabajado para el gobierno, hemos tenido que llenar infinitos y kafkianos formatos en donde debemos de justificar que el uso de la memoria RAM, es equivalente al desgaste de un trascavo.

El gremio y los colegios de arquitectos, no han tenido la capacidad de gestionar los modos de contratación y en todo caso han generado esquemas en donde los responsables gubernamentales y los arquitectos, no se responsabilizan de nada, debido a que existen los Directores Responsables de Obra, que mediante la venta de su firma, validan la ocurrencia que sea, siempre y cuando tenga un buen cálculo estructural.

En el caso de los medios especializados de arquitectura, a diferencia de los medios dedicados al análisis político, sobre derechos humanos y sobre narcotráfico, los cuales han logrado generar transformaciones en las políticas públicas y son un dispositivo de presión a las instituciones; los medios de arquitectura se han dedicado a exaltar las destrezas creativas de arquitectos, con el aparente objetivo de legitimar y formar un grupo élite, definiendo principalmente “quien es quien” en el mundo de la arquitectura. La función de las principales revistas en los últimos 15 años, se asemeja mas a las revistas del corazón y alcurnia (arquitectónica), que a medios capaces de colocar temas de discusión, como los derechos del gremio en las agendas públicas. Los medios de arquitectura no han participado hasta el momento en la crítica, elaboración y transformación de las políticas públicas relacionadas a la arquitectura.

En el sexenio anterior, el Distrito Federal tuvo una gran apertura en cuanto a los derechos civiles, se normaron y legalizaron los derechos de las familias, de la diversidad de género, el derecho al aborto, entre otros, sin embargo no fueron ocurrencias de Marcelo Ebrard o de alguno de sus funcionarios; en todo caso, estas leyes fueron una respuesta a exigencias que se plantearon desde la sociedad civil y que lograron generar un marco ideológico en donde esos temas se tenían que tomar en cuenta, discutir y legalizar.

Me parece que es momento para intentar una discusión publica al rededor de la relación jurídica entre las instituciones públicas y los arquitectos. Los nuevos medios de arquitectura, aparecen ante la necesidad de abrir los escenarios de discusión a un público mas amplio, de participar políticamente, de colocar temas en las agendas institucionales y de entender que los atributos culturales de la arquitectura no están en el formalismo vacío, sino en definir la función de la arquitectura ante una sociedad. Para lograrlo, es importante definir las reglas del juego de los proyectos arquitectónicos públicos, por ejemplo, definir a los funcionarios públicos ¿cuáles son las herramientas para saber que deben contratar?, ¿cómo definir un programa arquitectónico?, ¿cómo validar ese programa?, ¿cómo poder contratar a despachos capacitados para la elaboración del proyecto?, ¿qué capacidades técnicas debe tener un arquitecto o su despacho?, y que puedan definir alcances y parámetros económicos claros para la ejecución de un proyecto público y su posterior construcción. También es fundamental que se determine la responsabilidad de los arquitectos y el alcance de su trabajo, para que la construcción de un proyecto no se detenga por indefiniciones o falta de información, que exista una certeza para el funcionario público que está a cargo de la inversión.

Pero también que los arquitectos tengan una claridad de cómo pueden ser contratados, ¿a partir de qué procesos?, ¿qué experiencia requieren y cómo se pueden distribuir proyectos públicos a partir concursos que reconozcan la experiencia y solidez de los despachos, la edad de los participantes y el tipo de proyecto en el que puede participar un arquitecto recién egresado o alguien con una practica consolidada?. Que los arquitectos tengan la certeza de que su proyecto se va a respetar y que nadie va a llegar a poner elementos que no están especificados por el despacho.

Por otro lado es importante establecer que el dinero público no se puede gastar en proyectos definidos por experimentaciones formales, sino que los proyectos públicos deben atender criterios de funcionalidad práctica, bajos costos de mantenimiento en el largo plazo, bajo consumo energético, que muestren una eficiencia en el proceso constructivo y que se atengan a un presupuesto pre-establecido por las autoridades. Pero también es importante definir mecanismos administrativos que le permitan al arquitecto cobrar de manera clara y en los tiempos correctos para entregar a tiempo y no tres meses después de haber entregado el proyecto.

Se requiere establecer una Ley de Proyectos Arquitectónicos Públicos, que establezca las normas de operación, que de transparencia a la selección de arquitectos y diseñadores industriales, que permita reconocer la necesidad de un proyecto, que determine correctamente programas arquitectónicos, que la ley tenga la capacidad de brindar certeza a los funcionarios, a las instituciones, a los arquitectos y diseñadores, pero sobre todo a la sociedad, que al final del día es la usuaria de los equipamientos públicos.

Fuente: http://www.portavoz.tv/2013/04/03/ley-de-proyectos-publicos/

La ciudad como una carrera de obstáculos

Por Anatxu Zabalbeascoa  Fuente:

“Atención. USTED ESTÁ RECIBIENDO UN E-MAIL DE UNA PERSONA CIEGA. Esto es inclusión digital. Si envía un archivo gráfico, por favor descríbalo en el cuerpo del mensaje. Una sociedad inclusiva es aquella que reconoce, valora y respeta la diversidad humana. ¡Gracias!”. El correo electrónico que se cierra con este mensaje lo ha enviado el arquitecto Ignacio Lucini, de 48 años. Hace tres no hubiera añadido este aviso, pero dos isquemias del nervio óptico hicieron que, en menos de un mes, pasara a ver solo sombras.

Más del 90 % de las personas adscritas a la ONCE pueden ver sombras, pero sus 71.295 afiliados son pocos comparados con el millón de personas con discapacidad visual que la última Encuesta EDAD, del Instituto Nacional de Estadística, calcula que hay en España. También hay un millón de personas con sordera y solo 400.000 utilizan lenguaje de signos. “Cuesta mucho reconocer una discapacidad. Nadie lo hace hasta que le resulta imposible valerse por sí mismo”, cuenta el psicólogo Juanjo Cantalejo, responsable de accesibilidad del Cermi (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad).

Entre los ciegos censados por la ONCE, el grupo mayor está entre quienes tienen más de 65 años. Ese dato demuestra que, a lo largo de la vida, las capacidades de las personas cambian. Lucini es un ejemplo de ese cambio. Por eso, un puñado de asociaciones y un grupo de profesores del Campus de La Salle y de la Universidad Politécnica de Madrid llevan años empeñados en explicar que todos podemos ser discapacitados y que, más por egoísmo que por altruismo, la ciudad no debería ser una carrera de obstáculos para quien no puede moverse, ver, u oír. Las cosas pueden hacerse mejor, pero para facilitar la vida de quien tiene problemas esos asuntos deben primero conocerse.

En el IV Foro sobre Accesibilidad de la Cátedra Arpada se debate quién y por qué decide las normas de la accesibilidad. Pero el propio edificio que alberga la reunión, el Colegio de Arquitectos de Madrid, no tuvo en cuenta las necesidades de quien se mueve en silla de ruedas o de quien encuentra el camino tanteando con un bastón a la hora de idear su nueva sede, en la calle Hortaleza, hace tres años. Si los arquitectos no dan ejemplo, ¿cómo no tropezar con la ciudad?

Como la mayoría de la población, este colectivo entiende la necesidad de las rampas, los espacios libres de obstáculos, los pavimentos conductores y la eliminación de las barreras arquitectónicas, pero a muchos les parece que preparar un edificio para que todos podamos usarlo impide la excelencia arquitectónica. Y en parte tienen razón: se necesita una gran dedicación para resolver tantos ajustes y no simplemente añadir asideros una vez ideado, y fotografiado, el inmueble. Aunque el arquitecto Lucini insista en que la accesibilidad no está reñida con el buen diseño y recuerde que si un edificio es capaz de absorber las instalaciones de agua, bajantes y electricidad debería también dar acomodo a las rampas y a las barandillas sin desvirtuarse, a pocos proyectistas no les horroriza tener que pensar en una doble barandilla rodeando su escalera o en un ascensor sin la limpieza visual de un espacio vacío.

Tal vez porque queda oculto, el lavabo lo tienen más asumido. “Pero hay sitios en los que solo pueden orinar los diestros”, explica Manuel Rancés, secretario de accesibilidad de la Federación de Personas con Discapacidad Física y Orgánica de la Comunidad de Madrid. Rancés se pone a sí mismo de ejemplo. Intenta pasar de su silla de ruedas a otra butaca y no lo logra porque esta tiene brazos. Existe toda una jerga (demasiado complicada) para las personas con discapacidad. Al intento de trasladarse a la butaca realizado por Rancés para ilustrar la dificultad de sentarse sobre el inodoro y la necesidad de que este sea accesible por ambos lados lo denominan transferencia. Y puede que esa jerga enrevesada (los mismos cargos de los testimonios de este reportaje o el nombre cambiante y eufemístico de ciegos a invidentes primero y luego a personas con discapacidad visual) complique algo más el conocimiento de lo que es la accesibilidad: que todos podamos usar la ciudad y los edificios.

“Soy desmontable”. La arquitecta Elena Nieves Móuriz no se anda con eufemismos. Perdió parte de las piernas en un accidente hace 20 años. Desde entonces ve el mundo apoyada en muletas. O sobre una silla de ruedas. Y también trabaja para que los edificios y las ciudades sean más accesibles desde la Consejería de Transportes, Infraestructuras y Vivienda de la Comunidad de Madrid. Móuriz cuenta que el 1 de enero de 2016 termina el plazo para que todos los edificios y calles españolas dejen de tener obstáculos para las personas con discapacidad. Pero se muestra pesimista: “Todo lo que no entra en los parámetros establecidos se presta a la ambigüedad y, al final, lanzarse por muchas de las nuevas rampas, sin barandillas y con grandes pendientes, equivaldría a tener que atropellar a alguien o estrellarse”. Mientras habla, muestra imágenes de aplicaciones de la normativa, en oficinas bancarias o en bordillos de aceras, que en lugar de solucionar el problema lo enmascaran: “una rampa con gran pendiente exige la fuerza del increíble Hulk para poder ascender por ella y, sin apoyabrazos, se convierte en una peligrosa lanzadera si alguien se atreve a entrar en ella con una silla de ruedas. Yo, desde luego no lo haría”. La ambigüedad de la abundante y contradictoria normativa existente contribuye a estos despropósitos.

Cuando Lucini perdió la vista sintió que su formación de arquitecto se convertía en un lastre. Trató de reciclarse profesionalmente y en la ONCE comprendió que, ante su llegada, algunos dirigentes —antiguos vendedores de cupón— veían peligrar su puesto. Por eso, tras muchas vueltas, decidió abrir la consultoría Accedes, que da pautas a arquitectos y constructores para que las personas con problemas puedan moverse por la ciudad.

El psicólogo Juanjo Cantalejo asegura que los problemas de la accesibilidad son dos: su desconocimiento por parte de los ciudadanos sin problemas de movilidad y su amplio abanico de necesidades, no todos precisan lo mismo. “Imagínese un matemático que no puede mover las piernas: ¿Podría subir al Everest? ¿Podría sin embargo discutir teoremas matemáticos? ¿Qué ocurriría si, en lugar de no tener piernas, fuera sordo? ¿Podría discutir?”. Sí, podría, como el arquitecto Lucini puede leer correos electrónicos, pero para eso los edificios deberían estar preparados para que funcionaran los audífonos y la sordera es la hermana pobre de la accesibilidad: no se ve y difícilmente se repara. “El problema de la accesibilidad es que las urgencias no nos dejan ver lo importante”, sostiene Lucini. La rampa de acceso no es importante hasta que uno se rompe una pierna.

Muchas veces la maternidad enciende la luz sobre esos asuntos. Empujar un cochecito por la ciudad acarrea tantas dificultades como moverse sobre una silla de ruedas. Alguna menos: a la mano de quien empuja el coche no van a parar los excrementos de los perros que algunos transeúntes no se molestan en recoger.

La falta de civismo podría repararse, en parte, si los ciudadanos medios tuviéramos presente los problemas de otras personas. Los que nosotros mismos podemos tener si nuestra vida da un giro inesperado. Por eso, muchas de los profesionales preocupados por facilitar la circulación por las ciudades y los edificios a quienes sufren alguna discapacidad reconocen que están hartos de ver siempre las mismas caras. “Siempre somos los mismos, el mismo grupo de expertos debatiendo, cuando lo que se debe hacer es dar a conocer a la sociedad los problemas de un porcentaje amplísimo de la población”, se queja el arquitecto Lucini.

“¿Pero vosotros cuántos sois?” cuenta el psicólogo Cantalejo que le preguntó una política tras escucharlo. “Usted misma puede ser uno de nosotros. La mayoría de las veces no se nace discapacitado. La vida cambia y la gente tiene accidentes, va perdiendo vista, memoria u oído. Nos puede pasar a todos”. Uno puede ser, incluso, un discapacitado temporal. Lo sabe quien se ha roto una pierna y, viviendo en una casa de dos plantas, debe instalarse una cama en el salón. Esa persona agradecerá que las estaciones de metro tengan ascensor.

Parece claro que o se experimenta lo que es moverse por la ciudad sin ver o sin poder levantarse de una silla de ruedas o queda demasiado lejano entender cuán necesario es que la arquitectura no cree más problemas a las personas con problemas. “Lo que nosotros pedimos es lo que busca un niño: poder movernos sin molestar a nadie, poder ser independientes”, insiste Lucini. Y lo de insistir es un decir: este hombre es la paciencia personificada, aunque temió perder la calma junto a la vista. Le salvó ir a ver a otra persona ciega. “Sufrí la ansiedad de saber si podría volver a leer, a escribir y a hacer las cosas que hacía rutinariamente de forma independiente. Pero, en este mundo de la oscuridad me he encontrado con gente con ganas de vivir, aprender y transmitir emociones”. Cuenta que por Skype o por correo electrónico, un grupo de ciegos al que pertenece soluciona problemas informáticos, se envían chistes, recetas, música, “e incluso los lunes charlamos una hora en inglés conectados desde Mallorca, Barcelona, Córdoba, Marbella, Valencia y Canadá”.

La tecnología ha mejorado mucho la independencia de los ciegos, aunque Technosite, una filial de la ONCE, explica que no todas las páginas web y no todos los periódicos digitales son igualmente accesibles. En el terreno de la información, la radio no tiene competencia, pero casi todos los periódicos pueden leerse con programas de ayuda de voz. “Y el cine Roxy y el Centro Dramático Nacional tienen audio-descripciones”, explica Lucini. Él defiende que los arquitectos no tienen la culpa de todas las barreras que impiden que las sillas de ruedas se muevan por las ciudades. “También las construye el transporte y las comunicaciones”, apunta. Rancés, sin embargo, pone de ejemplo el metro y los autobuses como paradigma de adaptación para todo tipo de usuarios en los últimos años. Con todo, ambos están de acuerdo en que la principal barrera es mental, y no la sufren solo los discapacitados.

Hace unas semanas, Lucini habló en unas jornadas piloto en las que arquitectos, invidentes, personas con movilidad reducida y representantes del CEAPAT (Centro de Referencia Estatal de Autonomía Personal y Ayudas Técnicas) hicieron que 60 niños experimentaran, por unas horas, cómo es el mundo sin vista o con movilidad reducida. Se trataba de que ellos mismos cayeran en la cuenta de lo que necesitan los edificios y las ciudades para que todos podamos usarlas sin tropezar.

En esas charlas explicaron quién fue Louis Braille, que ideó su sistema de lectura a través del tacto cuando solo tenía 15 años y no podía ver. Los niños tuvieron que caminar con una venda en los ojos, tanteando el camino con un bastón. También trataron de ir al baño sentados en una silla de ruedas. Ese es el principio: información y educación.

Como Braille, el arquitecto Guillermo Cabezas Conde también fue un pionero. Está considerado el Ángel Nieto de la accesibilidad. Tras perder una pierna en la Guerra Civil fue el primero en llevar la accesibilidad al deporte adaptado. En 1978 publicó el libro Cómo proyectar sin barreras arquitectónicas, donde explicó que una ciudad más accesible es, por lógica, una ciudad más igualitaria.

Por eso Cristina Rodríguez-Porrero, la directora del CEAPAT, está empeñada en empezar desde abajo, por los niños. Quiere asegurarse de que el descuido no sea excusa para no diseñar las ciudades pensando en todos. Incluso en los que no vemos. Los ciegos, que juegan al futbol con un balón con cascabel, sí sienten, en la ciudad que palpan, el tipo de sociedad que somos los que hacemos las ciudades.

“Cuesta explicar a una persona que va perdiendo o ha perdido la visión o la movilidad que la discapacidad no es el final sino el principio de otra vida”, explica Lucini. Por eso cree que dar a conocer los problemas de las personas con discapacidades es el primer paso para solucionarlos. Puro método científico: hacer visible el problema para tratar de hallar la solución. Y en eso anda. Entre cursos, foros en Internet, programas de formación para arquitectos y jornadas de información, ha aprendido a mirar la vida de manera más inclusiva: “Cuando sí tenía capacidad para ver a todas las personas, no las veía. Y ahora sí”.

Una arquitectura que cura y no daña

Centro de salud de L’Aldea, en Tarragona, de Olga Felip y Josep Camps. / PEDRO PEGENAUTE

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El lugar, sí, define el contexto y arraiga el edificio. Pero también lo invisible en ese espacio: las costumbres, la memoria, los usos y hábitos de los ciudadanos. Incluso los anhelos. Y las propuestas: la enseñanza, la educación y el camino que quieran abrir los arquitectos . Todos esos factores forman parte del contexto. Y una generación de proyectistas está demostrando con sus trabajos que los edificios pensados atendiendo a ese suelo crecen al tiempo que los usuarios. No hablamos solo de emplear los materiales locales, tampoco de momificar la tipología del lugar, se trata de entender ese sitio como algo vivo, de que la arquitectura ayude en lugar de imponerse, de que un edificio pueda madurar: cambiar además de permanecer.

El tratamiento recuerda al que precisamos al enfermar. No nos basta con un vistazo para averiguar una aflicción. Es necesario encontrar la raíz del mal o prever el posible mal pero también lo es buscar el bien, la mejora, lo que el ciudadano valora. Adoptando el punto de vista del usuario, los contextos se multiplican. Habla la historia, deciden las ubicaciones y las tramas urbanas, pero también encuentra voz lo que no se ve y contribuye a construir . Una arquitectura que tiene en cuenta todos esos factores difíciles de ver se reserva un papel de aliada que los edificios de impacto difícilmente pueden conseguir. Los inmuebles que nacen de estudiar, no solo de visitar, el lugar ofrecen, a veces desde su extrañeza, cercanía por encima de admiración. El nuevo triunfo de la arquitectura parece más modesto, pero es, en realidad, mucho más ambicioso.

L’Aldea, un pueblo que da entrada al delta del Ebro en el extremo sur de Cataluña, es poco más que edificios a dos lados de una carretera nacional que lo atraviesa -como una infinita calle mayor- y arrozales planos que cambian de color con el paso de las estaciones. Así, dos órdenes geométricos contribuyen al desorden del lugar. El asentado de la agricultura contrasta con el abstracto –y deslavazado- de la trama urbana. Desde esa topografía plana, el edificio de un nuevo centro de salud, ideado por Olga Felip y Josep Camps (Arquitecturias) trata de dar respuesta a esas dos organizaciones. Y a todo lo que no es arquitectura y paisaje y, sin embargo, define la vida en el pueblo. De un lado, la fachada principal se levanta como una de las torres de vigilancia de la desembocadura del río Ebro. De otro, el edificio se encierra, más para no molestar que para explotar su introversión, afirmándose en medio de muy poco.

El inmueble trata de borrarse para poder adaptarse a lo que pueda llegar en el futuro. Y en esa presencia desdoblada –significándose y, sin embargo, conteniéndose- trata de reparar un fallo habitual en muchos edificios en el límite de las poblaciones. En el extrarradio de una ciudad, o junto a un barrio por definir, ante la duda del urbanismo futuro muchos inmuebles se repliegan, se recogen, se hermetizan. No sucede lo mismo con este centro de salud. Aquí la fachada alta trata de compensar esa introversión. Es la cara pública, la que habla a los enfermos. Tras ella, el edificio rebaja una planta. Las consultas ocupan un espacio de una única altura que, de nuevo, busca fundir el edificio con lo que hoy es su contexto: la horizontalidad de los arrozales.

La fachada de doble altura es una decisión radical, tanto que parece plana, casi un decorado: el anuncio del dispensario. La otra idea que da fuerza al edificio es el empleo de un único material, el aluminio, para cerrar el inmueble y acotar el solar. Ese material refleja la luz y la matiza en el interior. La homogeneidad rota por un gesto, solo uno, que no lleva la firma de los arquitectos, busca afirmar al edificio ante los vecinos. La salud cobra importancia; los arrozales, también.

Fallece el arquitecto y urbanista Manuel de Solà-Morales

Manuel de Solà-Morales, reputado arquitecto y urbanista, ha fallecido a los 72 años de edad. Nacido en Vitoria en 1939, se había especializado en temas de diseño urbano y era catedrático de Urbanismo de la Escuela de Arquitectura de Barcelona. Era hijo, nieto y hermano de arquitectos, como Ignasi Solà-Morales, que falleció en 2001, víctima de un ataque al corazón.

Su obra y su pensamiento influyeron en el urbanismo de Barcelona, en trabajos relacionados con los Juegos Olímpicos de 1992, especialmente en la transformación del frente marítimo y la realización del Moll de la Fusta, una de las zonas en las que la ciudad recuperó la fachada marítima. También es el autor del centro comercial de Illa Diagonal, junto con Rafael Moneo, que cada día visitan miles de barceloneses.

Estaba considerado uno de los mayores teóricos del urbanismo español y no se cortaba a la hora de cuestionar la arquitectura de las grandes estrellas, tal como hizo en una entrevista en este diario en octubre de 2008.

Trabajó en un gran número de ciudades europeas como Berlín, Salzburgo, Nápoles, Rotterdam, Amberes, Salónica, Génova y Trieste. Entre sus últimos trabajos se cuenta la transformación del área portuaria de Saint-Nazair, en Francia; la plaza y la estación de Lovaina, en Bélgica; el espacio público Winschoterkade de Gröningen, en Holanda, y el paseo Atlántico de Oporto, en Portugal.

En el campo de la la investigación es autor de estudios, libros, artículos y exposiciones y fundador de las revistas Ciencia urbanística, Arquitecturas Bis y UR: Urbanismo-Revista.

Fuente: El País