Sentimientos vivos para edificios inertes: Enric Miralles

Fuente: edgargonzalez.com   http://www.edgargonzalez.com/2013/07/17/sentimientos-vivos-para-edificios-inhertes-enric-miralles/

“Dibujar no es sólo dibujar, es cortar, buscar, pegar, mezclar, amontonar, gritar, mirar…”. Hace unos días se cumplían 13 años de la muerte de Enric Miralles y Anatxu Zabalbeascoa recogía en su décimo aniversario este  y otros fragmentos, pequeñas huellas que el arquitecto fue dejando en compañeros, alumnos y amigos.

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_enric_edgargonzalezEnric Miralles empezó su carrera con el equipo de Albert Viaplana y Helio Piñón. Junto a Carmen Pinós creó su propio estudio y posteriormente abrió EMBT junto a Benedetta Tabliabue, llevando a cabo en ambos proyectos de gran reconocimiento internacional.

Todos los que tuvieron la oportunidad de conocerle o convivir con él destacan la humanidad de su trabajo, como su mirada y sus investigaciones iban más allá de los edificios, del espacio a intervenir para buscar y crear armonía con el paisaje y así reforzar su significado.

Sus propuestas eran ambiciosas, con mucha ilusión detrás y calidad, una calidad que lograba construyendo con el entorno, estudiando todos los fragmentos, reinterpretando y transformando mediante la superposición de capas. Estas capas se construyen con el tiempo y lo absorben beneficiándose y transformándose al unísono. Su forma de absorber cada momento es envidiable, como si de un viaje se tratase, los edificios aprendían durante su creación hasta detenerse hábilmente en la estación oportuna. Mientras sus inquilinos crecen en ellos, aprenden, en una dicotomía entre lo público y lo privado en los que ambos forman parte del otro: relacionándose, aportando y recibiendo.

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Su obra no ha terminado de ser estudiada y no dudo que seguirá llenando muchas publicaciones y en todas los materiales ocuparán un capítulo importante. Una técnica de adición de materiales que al igual que las escenas cotidianas que busca que tengan lugar en su entorno han de ser encuentros naturales, improvisados… Y es que su modo de construir buscaba una arquitectura humanizada, impulsando a quien la miraba o disfrutaba a interactuar con ella y con la escena urbana que acaparaba y definía. Nunca buscó negar su naturaleza, todo lo contrario, jugar con ella, con sus funciones ya sean estructurales, de cerramiento u ornamentales. Los materiales aportan profundidad, cualidades originales cuya finalidad en el juego de su proceso constructivo le ayudaban a poner el edificio en contexto, en dependencia del entorno.

Su trabajo delata la vitalidad de este genio, su ansia por relacionar al lugar, el edificio y el habitante y su pasión por buscar fuerza, armonía y pasión en sus obras

¿Se acerca el final de la gran arquitectura?

Fuente: http://sociedad.elpais.com/sociedad/2014/04/27/actualidad/1398626299_206791.html

Museo Ningbo, en el Este de China, diseñado por el arquitecto Wang Shu, que recibió el Premio Pritzker en 2012. / STR (AFP)

“Afortunadamente, en la agenda de los políticos ya no está hacer edificios monumentales. Pequeñas acciones para activar las ciudades y sus espacios públicos son la solución que reclama la sociedad civil”. El que habla es el mexicano Mauricio Rocha, un arquitecto excepcional porque, con proyectos como la Escuela de Artes Plásticas de Oaxaca, ha sido capaz de abrir una vía de futuro aunando la arquitectura humilde del adobe con la monumental de las grandes proporciones. Aunque puede pecar de optimista y a pesar de que el equilibrio que representa su obra es frágil, el proyectista no está solo en su defensa de un cambio en la manera de construir. Y es que, entrado el siglo XXI, la arquitectura está llegando a ámbitos pobres y alejados del poder donde nunca estuvo presente. Ese nuevo campo de actuación agita el debate mezclando motivaciones sociales y culturales.

Muchos de los últimos reconocimientos, como el reciente Premio Pritzker al japonés Shigeru Ban —autor de arquitecturas de emergencia— o el de hace dos años al chino Wang Shu —que levanta edificios reutilizando los escombros de otros—, reconocen el valor y la oportunidad de una arquitectura que antepone la utilidad a cualquier otro factor. También lo han hecho instituciones como el MoMA de Nueva York, que montó la exposición Small Scale Big Change despreocupándose, por primera vez en su historia, de la carga formal que representaban los edificios expuestos.

Así, el reconocimiento a otra manera de construir y pensar la arquitectura se extiende. Sin embargo, esa misma puesta en valor siembra de dudas la crítica especializada y los programas de las escuelas donde se forman los futuros proyectistas. ¿La atención a las pequeñas arquitecturas terminará con los grandes proyectos? ¿El aplauso a los trabajos realizados con escasez de medios desactivará el despliegue técnico y presupuestario necesario para levantar edificios emblemáticos?

Tradicionalmente asociada al poder por su enorme dependencia económica (es evidente que sin dinero no se puede construir), la arquitectura del siglo XX ya rompió un molde. Por primera vez en la historia, sus creadores se interesaron por algo que hasta entonces había permanecido paradójicamente ajeno a su disciplina: la construcción de las viviendas de buena parte de la humanidad. Con más arquitectos y más ciudadanos, ya no había palacios (ni catedrales, estaciones o museos) para todos los que podían proyectarlos. Al mismo tiempo, con una población mayor asentándose en las ciudades, la autoconstrucción (la vía tradicional para hacerse una casa) quedó descartada. Fue así como los proyectistas comenzaron a diseñar viviendas unifamiliares (para unos pocos) y bloques de pisos (para casi todos). En términos generales, los arquitectos del siglo XX solucionaron parcialmente ese problema. Sin embargo, en su mayoría desaprovecharon el componente cultural de su aportación. Es decir, parchearon el problema sin asentar una cultura del hábitat. La suya fue una ocasión perdida porque solo un número limitado de bloques de pisos logró, además de dar cobijo a sus habitantes, mejorar su vida, facilitar su convivencia y mejorar la ciudad donde fue construido.

El profesor de la Escuela de Arquitectura de A Coruña Carlos Quintáns opina que “aunque las catedrales y los palacios no siempre tuvieron un coste aceptable económica y humanamente, en los últimos años la voracidad económica ha llenado territorios inútilmente para conseguir más dinero en menos tiempo con el mínimo esfuerzo”. Así, a veces por el riesgo que implican los experimentos, otras por impericia y casi siempre por anteponer los intereses económicos a cualquier otro factor, arquitectos y sociedad perdieron la oportunidad de aportar cultura con la construcción de viviendas. Eso ocurrió en el siglo XX. En el XXI la oportunidad es otra.

Según una reciente encuesta elaborada por el Sindicato de Arquitectos, en España el número de profesionales se ha multiplicado por tres en 30 años (de 10.600 a 60.000). En ese tiempo, el país casi ha doblado su número de pisos. Con semejante parque de viviendas construido —3,4 millones vacías—, parece llegado el momento de plantear cuál puede ser el futuro de la arquitectura. Y de los arquitectos. La respuesta más optimista es que ahora que ha dejado de ser un negocio muy lucrativo para unos pocos, esta disciplina podría acercarse adonde puede conseguir un poder transformador, a las necesidades urgentes. El peaje es caro, exige un cambio de prioridades y una transformación de la propia disciplina. A su vez, abre el debate de si se separarán definitivamente dos tipos de arquitectura: la humilde y la grandiosa.

Negando esa separación, cada vez son más los proyectistas dispuestos a trabajar con pocos medios y, llegado el caso, a proponer soluciones de emergencia. Son estos arquitectos, en su mayoría jóvenes, los que acaparan la atención internacional y los que dejan entrever un cambio de prioridades en la arquitectura del futuro. Sin embargo, la reivindicación de una arquitectura humilde, que aproveche materiales y recursos locales y la defensa de la reparación por encima de la inauguración no son nuevas. Los británicos Alison y Peter Smithson ya defendieron, hace cuatro décadas, una arquitectura “heroica y cotidiana a la vez”. Instaron a revitalizar lo existente y a aplicar nueva energía a lo cotidiano, por encima de seguir proponiendo renovaciones formales o revisiones conceptuales.

“Estamos acostumbrados a encumbrar obras impolutas donde cada detalle está finamente calculado, calibrado, pero ese es un lujo al que muy pocos pueden acceder. El mundo diario de muchos arquitectos es el de las remodelaciones, el reciclaje y las transformaciones. Por eso en la arquitectura, tan o más importante que la idea brillante es la economía de la misma, la velocidad de su ejecución y el máximo aprovechamiento de lo existente”. Esta es la visión del joven arquitecto peruano Aldo Facho Dede, pero incluso un veterano como el chileno Enrique Browne es capaz de ver el cambio: “Hay proyectistas jóvenes capaces de captar el espíritu del mundo de hoy: los problemas de la sociedad mas allá de la arquitectura. Son gente que para diseñar utiliza más información de periódicos que de revistas de arquitectura. Producen una arquitectura posible. Son un germen pero, de difundirse, cambiarán la arquitectura”.

Desde Medellín, Martha Thorne, directora ejecutiva del Premio Pritzker, admite que en la arquitectura actual coexisten muchos enfoques y actitudes. “Pero espero que los grandes retos de la sociedad cobren más importancia, ya que la arquitectura y el diseño pueden hacer grandes aportaciones”. En México, Marcelo Rocha lo corrobora. El proyectista está convencido de que “los grandes retos del futuro serán arquitecturas que funcionen como acupunturas transformando la relación entre los espacios urbanos. El gran ganador debe ser lo público”.

Esa idea de lo público ha calado en el discurso de numerosos profesionales. Sin embargo, el significado no es siempre el mismo. Zaha Hadid, por ejemplo, considera que el colosal centro cultural Heydar Aliyev que inauguró en Bakú hace unos meses es un gran espacio público, pero salta a la vista que es igualmente grande como anuncio del régimen, más hereditario que democrático, que ostenta el poder en Azerbaiyán.

Al otro lado del teléfono, Hadid defiende que “la arquitectura no sigue modas ni ciclos políticos o económicos, sigue la lógica inherente a la innovación tecnológica y el desarrollo social. La actual sociedad se tambalea y, por lo tanto, sus edificios deberán evolucionar”. Hay acuerdo pues en que la disciplina debe cambiar. El desacuerdo está en cómo y hacia dónde. “Lo que de verdad es nuevo hoy son los niveles de complejidad social. Con el 50 % de la población del planeta viviendo en ciudades, el urbanismo debe proponer algo más que repetición y compartimentación para lidiar con la densidad y la complejidad de los nuevos barrios”, continúa Hadid.

Carlos Quintáns, fundador de la revista Tectónica, que lleva años abogando por la calidad de la construcción por encima de la plasticidad de las formas, opina, sin embargo, que la gran arquitectura del futuro “no estará en edificios con una capacidad expresiva ilimitada. Nuestro papel vendrá de la mano de construir lo necesario, de corregir lo que se ha hecho mal, y de dotar de sensatez a tanta locura. Haremos arquitecturas que no se peleen sino que se entretejen con lo heredado”. El arquitecto Miquel Adriá, director de la editorial mexicana Arquine, está de acuerdo. “Una de las tareas pasará por reciclar lo construido”, dice. Y recuerda que “hay más ruinas recientes, de los últimos 25 años, que del resto de la historia”. De ahí la idea de Rocha de una arquitectura como acupuntura en favor de lo público. Sin embargo, y con respuestas diametralmente opuestas, Hadid también defiende la importancia de lo público. “Parte del trabajo de la arquitectura es que la gente se sienta bien donde vive o trabaja. No se trata de hacer escenarios en los que la gente sobreviva sino de diseñar lugares en los que nos guste vivir. Si lo que hacemos es considerado icónico es por su calidad, no porque represente algo más. Que nuestros proyectos sean reconocibles no es un objetivo, es una consecuencia de nuestra manera de trabajar”, explica. En ese punto, Quintáns recurre al crítico John Ruskin, que aseguraba que la calidad nunca era una casualidad, y reta a los edificios recientes a hacer la prueba de convertirse en ruina. “Una buena estructura permanece, puede ser reutilizada. ¿Soportaría Dubai la desnudez de convertirse en ruinas?”.

Por su parte, Martha Thorne opina que los monumentos “solo tienen sentido si recuerdan algo importante” y argumenta que “una arquitectura concebida no solo al servicio de las élites, sino como agente de cambio —de la calidad de vida en las ciudades, la igualdad social, o la sostenibilidad medioambiental— significará un gran paso hacia delante”. ¿Cómo dar ese paso desde lejos del poder?

El reciente premio Pritzker, Shigeru Ban, atiende a EL PAÍS por teléfono desde París para insistir en que, a pesar de que se le tilda de arquitecto humanitario —es famoso por sus estructuras de tubos de cartón reciclado—, a él le interesan todas las escalas de su disciplina. Señala que no se considera un modelo para nuevas generaciones de arquitectos y se muestra molesto cuando se le pide que concrete las prioridades arquitectónicas para este siglo: “Yo sé lo que yo quiero hacer, pero no lo que está disciplina será o dejará de ser”. El japonés, que no cobra por dedicar la mitad de su tiempo a enseñar a construir las viviendas de emergencia que lleva décadas diseñando, está convencido de que “al final, todo se reduce a una elección personal: lo que uno quiere ofrecer u obtener de la vida”.

En cuanto al futuro, Adriá ve una vía de esperanza en uno de los frentes que, paradójicamente, más se está cuestionando hoy: la tradicionalmente esmerada, y costosa, formación de los arquitectos. En su opinión es esa amplia educación lo que está permitiendo que quien no puede construir sea capaz de hallar alternativas laborales en otros ámbitos. Por eso insiste en reforzar los estudios. También Quintáns insta a sus alumnos a acostumbrarse a trabajar con condiciones, “no solo las absurdas de las normas, también las de la lógica de la tradición, las del clima o el paisaje”.

En la formación y en el conocimiento del pasado están muchas de las claves para adaptarse al futuro. Sin embargo, Adriá cuenta que, recientemente, los lideres de Archdaily —el mayor blog de arquitectura global— decían que los estudiantes preguntan y Google responde. ¿Cómo se hace una vivienda? ¿Cómo se repara una puerta? “Ellos defienden que así se aprende arquitectura, pero yo discrepo”, insiste. “Creo que la buena educación sigue pasando por la construcción del espíritu crítico y la capacidad para formular preguntas inteligentes. Google no resuelve esto. Archdaily tampoco”.

Resistirse a la subasta del mundo [el pais]

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2013/12/29/actualidad/1388332868_722634.html

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Este ha sido un año cargado de buenas intenciones y duras constataciones. La arquitectura ha ahondado en su bicefalia —entre el espectáculo desarraigado y las urgencias básicas— aunque cada vez incline más la balanza hacia lo necesario. No le queda otra. Lo necesario es lo único que puede construir su puente hacia la sociedad y, de paso, dar trabajo a los miles de profesionales con título y sin empleo. Más allá de carecer de grandes presupuestos, lo necesario es imprevisible: a veces pasa por reparar, otras por hablar claro, otras por diagnosticar y otras más por ganar confianza para una profesión que, como los médicos, puede y debe ayudar.

Así, es significativo que el protagonista arquitectónico de la capitalidad cultural de Marsella haya sido invisible. La reconquista del puerto como espacio ciudadano ha alterado más la vida en esa ciudad francesa que cualquiera de sus nuevos museos. Frente a esa dosis de trabajos tan esenciales, los que durante décadas han sido los representantes del poder arquitectónico están cada vez más alejados de la realidad. Por mucho que hayan sabido sumar a su discurso una parte de retórica social, su propia obra los contradice. Es el caso de proyectistas de vanguardia como Norman Foster en Kazajistán o, ahora, Zaha Hadid en Azerbaiyán, levantando los nuevos símbolos de países que pretenden ser modernos sin ser antes democráticos. Es cierto que la arquitectura se ha erigido siempre de la mano del poder, pero también que el poder de papas, monarcas absolutos o dictadores no era una responsabilidad compartida. En el siglo XXI a la arquitectura no le queda otra que representar más a la sociedad y menos al poder.

No va a ser fácil. La iniciativa privada confía en esta disciplina como inversión económica o como reclamo publicitario. Y, salvo escasas excepciones, la pública compró ese razonamiento. Así, nunca como hoy los discursos han apelado tanto a la ética, sobre todo a la hora de presentar proyectos sospechosamente irregulares. Pero está claro que cuando uno trata de justificarse perfila torpemente su propia acusación.

Este marco lo han retratado bien los premios de la Bienal de Arquitectura Española de este año que han viajado de la inauguración a la recuperación en todas sus vertientes: del paso atrás de Jerónimo Junquera frente al hipódromo de la Zarzuela, al injerto vital de Langarita Navarro transformando la Serrería Belga en el Media Lab Prado (un buen proyecto arquitectónico que permanece cerrado excepto cuando se alquila para fiestas). En Barcelona, Fermín Vázquez ha puesto al día la naturaleza callejera del mercado de El Encants con el difícil ejercicio de alterar sin transformar. El resultado tiene cierta justicia histórica. Los tenderos llegaron allí hace 85 años para no molestar en el centro. Fue su presencia lo que convirtió esa periferia en barrio. Así, ha sido ejemplar que a nadie se le pasara por la cabeza expulsar el mercado de un vecindario en el que hasta la parada de metro lleva su nombre. También lo ha sido no transformar un mercado de las pulgas en un centro comercial con la excusa del progreso. Otra palabra devaluada.

Vázquez no está solo en la reinvención tipológica con su cubierta-mercado a pisos. En Alemania, el estudio Sanaa (Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa) convirtió los 20.000 metros cuadrados de un almacén fabril en un inmueble ligero que ahorra un 60% de energía. Lo mejor del resto del planeta comparte ese mismo idioma: la resistencia a perpetuar los mismos errores y la negativa a participar en la subasta del mundo. Es el caso del Museo Jumex de David Chipperfield, una isla de calidad espacial y constructiva en el marco del voraz nuevo México DF. Es por las grietas de ese mar de hormigón por donde se cuela la nueva arquitectura anónima y cívica. La participación es la palabra clave que todavía no se han apropiado los discursos del poder, pero ojo, participar exige compartir. Eso es lo que hace una serie de colectivos que, tras lustros de trabajo, este año han recibido el reconocimiento de un premio (El Campo de la Cebada en la Bienal Española) y con él, la amenaza que supone su admisión entre los premiados. Nada desactiva más que el reconocimiento público. La labor cívica de los colectivos de arquitectura no puede institucionalizarse, pero sí debería fortalecerse si no busca convertirse en ocupación de juventud. Son muchos los países que ofrecen ejemplos de qué hacer con el talento de los arquitectos que empiezan: juntarlo a las necesidades de la gente. Los arquitectos son demasiados para continuar siendo una élite profesional. Los trabajos mas artísticos, y quienes los firmen, seguirán siendo una rara avis. Pero hay medio mundo, plagado de ciudades informales, que espera el conocimiento arquitectónico para sanearse y poder vivir mejor.

¿qué hace público al espacio urbano?

 


Ciudad satélite de Vällingby, (Estocolmo), 1954 de Sven Backström y Leif Reinius. FOTO: Sune Sundahl, The Swedish Museum of Architecture’s collection

Anatxu Zabalbeascoa, “Perder lo que es de todos (y 3)”

El País, 06 de diciembre de 2013

¿Dónde se sientan ustedes cuando quieren tomar un poco el fresco -o el sol por estas fechas-? ¿Dónde, cuando tienen un rato para ver pasar a la gente? ¿O los coches…? Cada vez resulta más difícil quedarse en la calle. Se complica algo tan simple como sentarse a disfrutar de casi nada en el centro de las grandes ciudades. Las calles se han convertido en un lugar de paso. Es incómodo y difícil quedarse un rato en una plaza, junto a una acera, o al lado de una fuente, a menos que uno esté dispuesto a pagar por ello y decida sentarse en una terraza. Con pocos bancos, los bordes de las fuentes públicas y los alféizares de los escaparates decorados con las alambradas que impiden que nadie se queda allí y decoran la ciudad con una desesperanzadora falta de civismo, cada vez es más difícil permanecer en la calle por el gusto de disfrutar de un rato de sol.

Merece la pena tener cuidado con las pequeñas decisiones. Cuando el castigo es desproporcionado el educador se vuelve opresor y la intolerancia se confunde con autoridad. ¿Qué pensarían ustedes de un padre que pasea a su hijo pequeño –e ineducado- con un bozal y agarrado a una correa? ¿Quién tendría peor educación? Algo así sienten muchos ciudadanos, y muchos turistas, cuando no puden sentarse alrededor de las fuentes de la plaza del Sol, el los escalones de una iglesia o junto al escaparate de una tienda de lujo porque hierros retorcidos le indican que allí no es bienvenido.

Esta imagen de 1954 de la ciudad dormitorio de Vällingby al noreste de Estocolmo deja ver lo contrario. Un chapuzón en un día de sol. Una fuente junto al metro en la que poder sentarse y convivir. Ni los niños bañistas mojan a las señoras que descansan ni estas tienen que defenderse del agua que salpican los chavales. La fuente, ideada por los arquitectos Sven Backström y Leif Reinius, explica con sencillez cómo pude ser la mejor convivencia: tranquila. La imagen, incluida en el Atlas de la arquitectura del siglo XX que acaba de publicar la editorial Phaidon explica que el mantenimiento de los edificios empieza cuando estos son necesarios, comprendidos, utilizados y agradecidos por los vecinos.

La inclusión de imágenes como esta en un compendio que repasa la arquitectura del siglo pasado advierte también de ese peligro actual: la pérdida de lo que dábamos por hecho: el espacio público es cada vez menos público. Los peatones, y no los coches, hacen la calle. Los mejores urbanistas no olvidan ese principio básico. Y el sueco Sven Markelius empujó a los autores de esta ciudad dormitorio a jugar con densidades, vegetación y arquitectura para conseguir ofrecer un marco cómodo y digno en el que combinar un A,B,C (Arbete-Bostad-Centrum) -trabajo, vivienda y centro-, esencial de toda ciudad que desee vivir con tranquilidad.

De elefante blanco a icono de la ciudad

Bandeira Ramalho (4)

Por : Anatxu Zabalbeascoa

Fuente: http://blogs.elpais.com/del-tirador-a-la-ciudad/2013/11/de-elefantes-blanco-a-icono-de-la-ciudad.html

¿Qué hacer con los elefantes blancos? ¿Qué hacer con los edificios que caen en desuso, son abandonados y se convierten en un inmenso recordatorio de una mala gestión en las ciudades? En general, esos paquidermos suelen ser la resaca del exceso de optimismo ante unos juegos olímpicos o una exposición universal. La Torre del Agua zaragozana o el Forum de las Culturas barcelonés son dos ejemplos. Pero los hay por doquier.

En Oporto, los arquitectos Pedro Bandeira y Pedro Nuno Ramalho decidieron resucitar su insigne elefante, el puente que levantara la compañía de Gustav Eiffel antes de coronar su famosa torre parisina. Sin uso desde hace más de dos décadas, los proyectistas presentaron su propuesta de reubicación del puente como parte de un concurso para la regeneración del barrio fabril de la ciudad Companhia Auríficia, justamente el lugar donde la compañía Eiffel Constructions Meétaliques armó los componentes del puente en 1877.

Bandeira y Nuno Ramalho argumentan que son partidarios de tocar poco la ciudad antigua. Sin embargo, mantener la escala del barrio pero trasladar un icono en desuso daría, a su entender, nueva vida a ambos, el barrio Aurífícia y el querido puente de María Pía, el famoso icono porteño.“Somos realistas, exigimos lo imposible”, explica Bandeira. Cuenta que, aunque la propuesta pueda parecer poco plausible está cargada de historia, de razón y de posibilidades de mejora: “El paisaje urbano que atrae a los turistas es el de la decadencia y las ruinas”, dice. “El barrio de Aurifícia concentrará ambas cosas. Pero también tendrá un icono, el puente volverá a ser útil veinte años después”. Tras dos décadas sin ser utilizado, pues las vecinas pasarelas de Infante y S. Joao lo han sustituido para cruzar el Duero, consideran que el famoso y vanguardista trabajo de Eiffel podría arañar algunos de los 7 millones de visitantes que la torre parisina recibe anualmente. Al fin y al cabo es anterior, piensan los arquitectos. “Y, reubicado, sería un monumento a la desindustrialización y a la imaginación necesaria para salir de la crisis”, explican.El coste del traslado del puente y de su posterior reubicación sería de 10 millones de euros, calculan los arquitectos autores de la propuesta.

Bandeira Ramalho (3)

El peligro de construir la casa soñada

Por : Anatxu Zabalbeascoa | 27 de agosto de 2013

Fuente: http://blogs.elpais.com/del-tirador-a-la-ciudad/2013/08/el-peligro-de-construir-la-casa-so%C3%B1ada.html

No es que todas las casas soñadas terminen convertidas en pesadilla, pero con frecuencia sucede como con el camino y la felicidad: a la ilusión de hacer una vivienda no siempre le sucede la dicha de habitarla. Eso ocurrió en Brno, en la República Checa. Y no es que los Tugendhat fueran clientes insatisfechos. Todo lo contrario. Simplemente sucedió que la vida se metió por en medio y el sueño se evaporó con la realidad de la vigilia. O no. Como una realidad cultural, o como un testigo de ese sueño, tras una profunda restauración, la casa Tugendhat puede hoy verse tal y como la ideó Mies van der Rohe en 1928.

Fue el padre de Greta, el industrial Alfred Löw-Beer –que tenía fábricas textiles, de cemento y una refinería de azúcar- quien le regaló a su hija el terreno para hacerse una casa. Quería a su hija cerca y él vivía a los pies de la colina, en el barrio de Cerná Pole, que hoy corona la obra más importante de Van der Rohe en Europa. El padre también le dio a Greta el dinero para levantar la vivienda: básicamente un cheque en blanco (que terminaría escribiéndose con cinco millones de las coronas anteriores a la segunda Guerra Mundial, para entendernos, la cantidad fue la equivalente a la empleada para levantar 10 bloques de apartamentos en los años treinta en esa misma ciudad). Fritz Tugendhat, por su parte, puso el arquitecto. Y lo hizo por casualidad, osea, porque en Berlín había vivido en un casa diseñada por Mies.

Es fácil entender que el arquitecto quedase impresionado con las vistas sobre la ciudad cuando llegó hasta la calle Cernopolní en 1928. Todavía impresiona el panorama. Así, la primera vivienda unifamiliar levantada con estructura metálica estuvo lista en apenas 14 meses, pero los Tugendhat solo vivieron en ella, con sus tres hijos, hasta 1938, cuando tuvieron que huir de los nazis y se instalaron primero en Suiza y, posteriormente, en Caracas, donde tendrían dos hijas más. Tugendhat nunca regresaría a Europa y cuando Greta lo hizo sería para encontrar la casa destrozada tras el paso de la Gestapo y la transformación que sufrió para convertirse en una casa de reposo para niños con parálisis. Es fácil entender ese uso terapéutico. La ubicación de la vivienda, en lo alto de una colina sigue ofreciendo unas vistas inolvidables, “la mejor decoración, cambiante y viva” dijo Mies cuando decidió rodear toda la planta noble de la casa: la biblioteca, el salón y el comedor, de una fachada de vidrio.

Así, puede que lo más famoso de la casa sea, precisamente, ese vidrio del salón, una pieza de cinco metros de largo por tres de alto que desciende hasta desaparecer al apretar un botón para convertir el salón en una gran terraza con vistas al espléndido jardín. La vivienda está en pendiente y, al margen de diseñar cada centímetro de su interior y su exterior, Mies van der Rohe también pensó en los niños y dejó parte del jardín despejado de árboles y vegetación para que los chavales pudieran llegar en trineo hasta la casa del generoso abuelo.

Además de ese jardín, la casa tiene, tras las estanterías de la biblioteca, una habitación secreta y un inolvidable jardín de invierno, junto a ella. Un jardín de invierno no es un invernadero. Es un lugar en el que huele a hierba todo el año, un sitio en el que, incluso con frío y nieve en el exterior, parece brillar el sol.

Lilly Reich trabajó mano a mano con Mies van der Rohe en el interior de esta casa en la que todo, desde los tiradores hasta el mueble de palisandro que esconde el baño en la habitación de servicio, está ideado al milímetro y en el que todo respira, todavía hoy, una rabiosa modernidad. La racionalidad de la casa hace mucho por mantenerla fuera del tiempo. También su relación con el jardín o la representación del lujo encarnada en una gigante pieza de ónix que llegó de Marruecos para separar la biblioteca de la sala de estar. Más allá de valorar las vistas y los materiales por encima de las decoraciones, también es revelador que Tugendhat y su mujer entendieran la tecnología como lujo. Esa es, así mismo, otra de las claves de la vivienda. No solo por el fácil desplazamiento del famoso vidrio, la casa precisó de inventores además de diseñadores: un sistema fotoeléctrico velaba por la seguridad de los residentes, el sistema de aire acondicionado y calefacción también fue pionero. La casa contaba con una lavadora y una secadora automática –de nuevo modelos únicos- y con una habitación subterránea que es una pieza de conservación museística en la que, todavía hoy, se guardan los abrigos de piel del matrimonio. Lo dicho: en la casa no hay más arte que el de Van der Rohe y, como en los sueños, la decoración cambia todo el rato, entra por las ventanas y se deja tocar. Racional pero con raíces, la casa Tugendhat representa lo contrario de la casa Farnsworth, la famosa vivienda de vidrio que Mies levantó en Plano (Ilinois) y que Edith Farnsworth no logró disfrutar. Las terrazas, las vistas, la amplitud, la conexión entre estancias, la fácil convivencia con la vegetación y la ligereza que parecen adquirir las piezas de mármol o el propio mobiliario tubular ideado por Mies y Reich convierten esta vivienda en un elemento funcional, una arquitectura que ofrece una sorprendente lección de disfrute de todo cuanto rodea y ocupa la propia vivienda.

 

Tugendhat puerta

Tugendhat estar

TUGENDHAT ONIX

Tugendhat estar columnas

TUGENDHAT JARDIN INVIERNO

Tugendhat jardin invierno detalle

Tugendhat calle

Para entrar en la casa, pinchar aquí: