Otra vez : el espacio público [arquine]

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

El pasado martes 27, como parte de la Feria de las Culturas Amigas, en el Zócalo, hubo un panel de discusión que David Ortega, de SEDUVI, me invitó a moderar. Participaron Rene Caro, de la Autoridad del Espacio Público, Claudio Sarmiento, de EmbarqMexico, Jesús López, de Somosmexas y Christian del Castillo, de Casa Vecina.

Sobre el espacio público se ha dicho bastante recientemente tras su supuesta desaparición a manos del espacio privado de los centros comerciales —o, quizás, más que muerte su migración a ese tipo de reserva artificial donde pudo sobrevivir, limitado y deformado, entre tiendas y puestos de comida rápida, disfrazado de lo que no era para seguir existiendo: viejo pueblo, paisaje exótico o promesa utópica— y más tras su regreso también como a hurtadillas a llenar, gracias a propuestas de rescate o intervención, sitios abandonados, infraestructuras en desuso o rincones residuales entre una vía de alta velocidad y otra. El espacio público es lo de hoy. Hace sentido ese interés cuando lo público, más allá del espacio que ocupa está en crisis o, tal vez, hace más sentido si pensamos que lo público no puede entenderse más allá del espacio que ocupa y que no se reduce a la plaza y al jardín, pues incluye las calles y las banquetas y también los lugares de lo público. El transporte, la educación, la salud, la información y la opinión públicas, ¿en qué espacios se dan y de qué manera transforman eso otro que entendemos, de manera genérica, como el espacio público?

El espacio público es de quien lo trabaja, dijo, provocador, Jesús López. Si suena a provocación es porque el espacio público lo trabajan, desde arriba, legisladores y autoridades, urbanistas, arquitectos y diseñadores o, desde abajo, aquellos quienes lo ocupan y lo usan: quienes caminan o se sientan en un parque o una plaza, pero también quienes venden en un puesto, más o menos fijo, o quienes trabajan organizando la manera como otros ocupan ese espacio —como los que apartan lugares y cuidan coches. Algunos dicen —o decimos, a veces— que no sólo usan del espacio público sino que abusan del mismo: no sólo se instalan ahí sino que impiden que otros usen de ese espacio que, dice el lugar común, es de todos o no es de nadie. Si no lo impiden lo regulan: no se puede uno sentar en los bancos de un puesto de quesadillas a descansar si no consume ni estacionar el coche en un lugar que ha sido resguardado por alguien sin pagarle el servicio. Pero también entonces abusa del espacio público la terraza del restaurante de moda o la empresa que controla los parquímetros. En este caso se trata de un [ab]uso regulado y controlado, también desde arriba, por la autoridad; en el primer caso, no es que no haya control ni regulación —sabemos que nadie se pone a vender o trabajar en la calle sin haber pagado su respectiva cuota a alguien o a muchos— sino que esa regulación es paralela a la oficial —lo que no quiere decir que le sea ajena.

Por tanto, las formas de [ab]usar el espacio público tiene que ver, por supuesto, con otras maneras como construimos lo público y con los mecanismos de inclusión o de exclusión que funcionan en cada caso. Tienen que ver, sobre todo, con la manera como imaginamos eso, lo público, y sus condiciones. Ya lo decía Manuel Delgado en su participación en un congreso organizado por Arquine: el espacio público es ideológico; no hay un espacio público sino distintas maneras como se imagina y se ejerce lo público y que no se dan en un vacío —la plaza o el parque— sino que determinan la consistencia de esos mismos espacios. Entre esas distintas maneras de imaginar lo público y sus espacios, entre esas diversas ideologías, hay alguna que termina dominando —provisionalmente, acaso. La de la comunidad que organiza una fiesta en su calle un día o la del gobierno que planea un desfile otro; a veces el partido de fútbol callejero y las garnachas de la esquina, otras la calle con terrazas para tomar un café leyendo el periódico. El trabajo de la gestión y el diseño del espacio público acaso no sea privilegiar uno de esos usos —lo que, según Delgado, generalmente sucede: se trata de un espacio administrado y definido por un grupo específico con una idea específica de cómo debe usarse— sino permitir su alternancia. Por cierto que el Zócalo mismo de la ciudad de México —donde se presentó la Feria de las Culturas Amigas y este debate— resulta perfecto ejemplo de ese conflicto o, más bien, ahora, de su negación: desde hace meses el gobierno de la ciudad ha preferido transformar esa plaza en escenario de ferias y conciertos populares en vez de arriesgarse a otras maneras del ejercicio de lo público.

¿Qué ven los arquitectos?

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Fuente: http://www.arquine.com/blog/que-ven-los-arquitectos/

a

Ojos que no ven es el título de tres textos de Le Corbusier, uno dedicado a los trasatlánticos, otro a los aviones y el último a los automóviles. Saber ver la arquitectura es el título de un libro de Bruno Zevi. Los arquitectos, al menos eso dicen, ven otras cosas. No sé si más, pero otras cosas. Pero Walter Benjamin —que no era arquitecto pero se fijaba mucho en los edificios y leyó a Sigfried Giedion, que tampoco era arquitecto pero construyó buena parte de la mitología del modernismo a principios del siglo pasado— decía que el cine se percibía como la arquitectura: de manera distraída y en masa. Nadie entra a un edificio, pensaba Benjamin, solo y sólo a ver, atentamente, el edificio. O sí: los turistas. Pero ellos son un caso aparte, aunque numeroso.

¿Y qué ven los arquitectos? Hace unas semanas me encontré una foto, supongo del día en que se inauguró el museo de la Fundación Jumex en ese barrio sin diseño urbano que presumen como nuevo Polanco —no recuerdo dónde vi la foto así que si le pido al autor, primero, disculpe el uso y, después, me envíe su nombre para darle crédito. En la foto están, en primer plano, David Chipperfield, arquitecto del museo, Mauricio Rocha y Michel Rojkind. Los tres miran hacia arriba, cosa que la gente sólo hace, creo, al aire libre, para ver el cielo, las nubes o algún avión o, si bajo techo, para comprobar si tiembla mirando las lámparas. A menos, claro, que se entre en la Capilla Sixtina o algún edificio similar, no hay razón para ver al techo. Pero los tres arquitectos ven hacia arriba. Cada uno a un lado distinto, eso sí. Probablemente Chipperfield describe un detalle general o explica las razones de cierta decisión —que la luz sea uniforme, por ejemplo— y no algo específico —“miren esa mosca allá arriba”. Esa atención concentrada en un punto o en un objeto, en un edificio y sus detalles, no es, si le creemos a Benjamin, la manera habitual de ver los edificios. Ni tampoco de describirlos.

bb

Eso lo sabe el vendedor: ése es su oficio. También hace poco, paseando al perro periódico en mano, leí un anuncio inmobiliario. La imagen que lo ilustraba me recordó otras. No era la mejor foto de un edificio que poco antes había mostrado Lucio Muniain en su página de Facebook. Lucio describe su proyecto a partir de ciertas decisiones que tuvieron, de nuevo, consecuencias formales: no diseñar dejándose guiar por la forma más simple de librar restricciones, abrirse a las vistas o responder a la topografía. Le comentan en Facebook que la planta tiene obvias referencias a las de Alvar Aalto; claro, responde Lucio. El proyecto sigue, pues, razones que responden al reglamento, al sitio y las vistas, a la historia de la arquitectura. ¿Cómo lo describe el vendedor? “Superficie de 173 metros cuadrados, dos y tres recámaras, 2 estacionamientos, salón de eventos, gimnasio equipado, jardín.”

Insisto: supongo que el vendedor sabe lo que hace. Explica el proyecto según lo que conoce interesa al posible comprador y tal vez al posible habitante quien casi seguramente no sabe lo que el reglamento exige y prefiere ver una pantalla de 60 pulgadas que lo que su ventana descubra. Muy probablemente ni el vendedor ni el comprador hayan jamás oído hablar de Alvar Aalto —y tal vez no tendrían por qué. Lo curioso, por decirlo así, es que alguno de esos compradores podría ser un lector asiduo —de libros buenos o mediocres, no importa— y reconocer lo que le gusta por sus características: por el tema y estilo del autor, por las influencias que en sus textos reconoce. O podría ser un melómano consumado, amante de Bach o fanático de Radiohead, y tener todos los álbumes, incluso los más difíciles de conseguir. Pero con la arquitectura resulta excepcional ese interés de parte de quien no sea arquitecto —a decir verdad, a veces incluso hay arquitectos que ignoran mucho de eso y piensan en sus proyectos en los mismos términos que el vendedor: metros cuadrados, número de recámaras y lugares para estacionarse, amenities.

¿Es capaz la arquitectura de despertar la pasión del gran público —es decir, de manera masiva y no excepcional o está condenada, como sugería Benjamin, a ser vista sólo de reojo, a ser usada, ocupada, habitada —sí, a veces amorosamente pero nunca con la atención que se observa un cuadro? A veces pienso que ni siquiera esos edificios que muchos legos aplauden mientras los arquitectos detestan son capaces de lograrlo. Ni tampoco los íconos, antiguos o nuevos, que resultan indispensables en el itinerario del turista profesional. Y acaso no sea una falta sino sólo una condición: así es y ya. Pero entonces, cuando prestan atención a una obra ajena o cuando describen una propia, ¿qué ven los arquitectos?

b bbb bbbb

 

Arquitecto por un día [Arquine]

por Alejandro Hernández Gálvez | @otrootroblog

Hay días para todo. Nacionales —el 4 o el 14 de julio, el 16 de septiembre— y otros que celebran ciertas religiones. También hay días como el primero de mayo, que es casi mundial, o el de la mujer, aunque el de la madre no es el mismo día en todos lados. Desde 1996 el primer lunes de octubre es el Día Mundial de la Arquitectura, por soberana decisión de la Unión Internacional de Arquitectos (UIA). Ese mismo es el Día Mundial del Hábitat —instituido por la ONU— y alguien —probablemente un arquitecto de tendencias entre heideggerianas y ecológicas— supuso que van pegados: que si el hábitat es el lugar donde habitamos algo debe de tener de arquitectura —al menos en el grado cero de una arquitectura primordial y originaria. En México, además de ser el día del hábitat y el día de la arquitectura, también es el día del arquitecto. Supongo que alguien más —probablemente otro arquitecto, convencido de que el orden de los factores no altera el producto— supuso que si los arquitectos hacen arquitectura, entonces la arquitectura es asunto de arquitectos, y que habría que celebrar al mismo tiempo que al hábitat y a la arquitectura a los indispensables arquitectos.

Supongamos que lo primero es relativamente cierto, que arquitecto es quien hace arquitectura, aunque de ningún modo, pienso, hacer arquitectura implique necesariamente ni construir ni hacerla bien: hay arquitectos que construyen mala arquitectura —muchos— y otros que hacen buena arquitectura aunque nunca o rara vez construyan algo —o, más bien, la arquitectura se construye de varias maneras, pero eso es otro asunto. En cambio, asumir que la afirmación inversa, es decir, que la arquitectura la hacen los arquitectos, es cierta tiene consecuencias que incluso cambian el sentido de la primera —que arquitecto es quien hace arquitectura. Porque si suponemos —como de algún modo lo hizo la UIA al hacer del día del hábitat también el de la arquitectura— que ocupar un lugar habitándolo es una acción arquitectónica, entonces podemos también decir que se hace arquitectura estando en el mundohabitar es la estancia entre las cosas, dijo Heidegger. O, dicho de otro modo, que habitar y hacer arquitectura son, en el fondo, lo mismo —y si ser es habitar, de nuevo según Heidegger, no podemos ser sin hacer arquitectura o, más bien, por el mero hecho de ser haremos arquitectura —eso dijo en cierto sentido Eugenio Trías, para quien la arquitectura es, en su forma más básica, lo que hace que el espacio tenga un sentido humano; o también Peter Sloterdijk, quien dice que todos somos arquitectos de interiores al acondicionar el mundo para habitarlo.

Entonces, si arquitecto es quien hace arquitectura, arquitectos somos todos. Al contrario podríamos suponer que la arquitectura, sí, se hace al habitar pero que eso no implica que quienes la hagan de ese modo sean necesariamente arquitectos: puede haber una arquitectura sin arquitectos y el arquitecto sería un especialista en eso que todos hacemos: habitar. Algo así como el poeta es un especialista en eso que todos hacemos: hablar. Aunque la comparación es peligrosa: abre la puerta a un romanticismo superficial de quienes no piensan la poesía más que como rimas y olvidan que también el novelista y el filósofo son, en un sentido amplio, poetas —y así, también, se habita: pleno de méritos pero como poeta el hombre habita en la tierra, dijo Hölderlin y lo citó, una vez más, Heidegger.

Pero eso —que el hábitat es arquitectura y por tanto todos somos arquitectos y habitamos poéticamente— no creo que sea realmente el tema central de la celebración del próximo lunes. En un país con 120 o más escuelas de arquitectura, la mayoría malas, con asociaciones gremiales que no son ni de lejos representativas de todos quienes ostentan el título o ejercen la profesión, mucho menos de los cientos de miles de jóvenes recién egresados o aun estudiando, donde la obra pública —derivada de ocurrencias poco planeadas— es asignada de manera directa y casi siempre según criterios nada claros, donde, en fin, el trabajo de los arquitectos parece inalcanzable para buena parte de la población —y no sólo en sus casas o trabajos sino en los edificios y espacios públicos que usan—, parece más necesaria la reflexión y la reinvención que la autocelebración acrítica. Aunque es cierto, para eso último, un día no basta.

¿por qué proyecto público?

Por Alejandro Hernández Gálvez

Hace poco leía en el blog de Arquine sobre un par de nuevos edificios en la UNAM, ambos donaciones. Uno, el Posgrado de Economía, terminando en el 2010, fue donado por Carlos Abedrop a condición de que el proyecto fuera de Legorreta+Legorreta. El edificio es, tristemente, otro más de esos que repiten gestos de una marca ya conocida. El segundo es peor. Otra Unidad de Posgrado encargado por asignación directa a María José Ordorika, hija de Imanol Ordorika que con un pésimo edificio demostró, si hacía falta, que el saber hacer buena arquitectura no pasa por la sangre.

El 3 de mayo, día de la Santa Cruz y de los albañiles, se publicó en el Reforma que Genaro García Luna, secretario de Seguridad Pública en el gobierno de Calderón, además de su infausta actuación fingiendo pruebas para fabricar culpables, dejó más de 137 mil metros cuadrados, entre edificios construidos ex profeso y otros arrendados, que pese a haber costado cientos de millones de pesos, hoy se juzgan innecesarios.

También en el Reforma leo que la Federación Internacional de Natación descalaficó a la Alberca olímpica de la ciudad de México, en el cruce de Churubusco y División del Norte, para la serie final de clavados, pues el edificio, diseñado por Manuel Rosen para los Juegos Olímpicos de 1968, está en pésimo estado. Hace años alguien decidió enrejar la explanada de la alberca y después se cambió la cancelería de la fachada, alterando el diseño original y agregando unos gráficos sin ningún diseño. El actual delegado de la Benito Juárez, Jorge Romero Herrera, quien ha demostrado tener una “política” urbana absolutamente sin sentido, declaró que eso, la descalificación de la alberca, le parecía “un poquito descortés” y que ya la están rehabilitando, pero que no sabía que había que terminar tan pronto.

Ayer estuve en una comida de la CANADEVI, donde el presidente del Infonavit, Alejandro Murat, entregó premios a proyectos indefendibles. En la sobremesa ya se comentaban las invitaciones que hará el Infonavit a distintos arquitectos para próximos proyectos. Fuentes cercanas me dijeron “sabemos que debería haber concursos, queremos hacer concursos, pero no hay tiempo, nos piden empezar ya a hacer cosas.” Como siempre, imperan los tiempos políticos —que no sólo impiden los concursos sino también ignoran o apresuran el análisis y la planeación.

Ayer también pasé por primera vez en Periférico bajo la Fuente de Petróleos. Parece que aquello se construyó con demasiada prisa —aunque tardaran mucho— y que quien trazó las curvas y carriles no tenía nociones de geometría. La obra está hecha con pésima calidad y es una vergüenza que Miguel Ángel Mancera haya inaugurado algo que, evidentemente, no se ha terminado —la costumbre es inaugurar cosas tan mal hechas al final del sexenio, no al principio.

Hoy leo, de nuevo en el Reforma, que Graco Ramírez, gobernador de Morelos, gastó 6.6 millones de pesos en la remodelación de sus oficinas, vidrios blindados incluídos. También me han dicho que pronto se anunciará la construcción de algunos proyectos arquitectónicos en ese estado. Por invitación, claro. No hay tiempo de concursos. Pero confiemos, me dicen, serán encargados a buenos arquitectos —¿calidad mata dedazo?

La historia sigue y se repite una y otra vez y a todos niveles, federal, estatal, municipal o en las delegaciones. El funcionario en turno elige hacer alguna obra, porque se necesita o porque él la necesita para presumirla entre sus logros. No importa dónde ni cómo, menos quién lo haga. El proyecto se hará con prisas y se terminará a medias o mal —véase el legado arquitectónico de Consuelo Saizar. Y no habrá responsables. El país se va llenando de arquitectura mediocre y mal hecha que no sirve para lo que se planeó —si es que se planeó— e incluso la buena arquitectura construida hace años —como la Alberca Olímpica— padecerá igual fortuna: descuido, maltrato, malas remodelaciones.

Es, claro, un tema que atañe al gremio de los arquitectos. Sería mejor si hubiera transparencia en los procesos de planeación, decisión, construcción y mantenimiento de la obra pública. Concursos, sí. Pero también si nosotros, los arquitectos, dejáramos de ser complacientes con esos funcionarios y muchas veces, peor, cómplices —aun si no hay porcentajes de por medio. Tal vez no sea ilegal aceptar esas invitaciones pero no es bueno —aunque aceptar un encargo y fingir una licitación solicitándole presupuestos menores a un par de amigos no es muy ético que digamos.

Pero pienso que no es sólo un tema de arquitectos. Que construyamos mal y gastemos mucho en la obra pública, en edificios de gobierno, escuelas, hospitales, plazas o parques, que el país se parezca cada vez más a una escenografía de telenovela y que lo de la gran arquitectura mexicana sea más un mito que una realidad —como en el futbol, hay  Chicharitos pero lo que impera es la mediocridad— es un asunto público. Es parte de un proyecto público que, por sus consecuencias, tan sólo en lo que a metros cuadrados y gasto se refiere —ya no pensemos en la calidad del espacio público— nos atañe a todos. Y los arquitectos debemos sumarnos si pensamos que esta profesión tiene aún un sentido ético.

la respuesta no puede ser: porque son buenos.

Alejandro Hernández habla sobre la visita reciende de H&deM a la ciudad de México:

ayer me preguntaron por la reacción que algunos hemos manifestado en redes sociales al anuncio de que los suizos jacques herzog y pierre de meuron diseñarán barrios temáticos en la ciudad de méxico. ¿qué de malo puede tener que un despacho de arquitectos mundialmente reconocidos y respetados por sus pares, alabados por críticos y premiados en muchas ocasiones, estén a cargo de diseñar parte de la ciudad de méxico? planteado así la mejor respuesta sería nada, de malo no tiene nada, aunque, insisto, la pregunta realmente sería por qué, por qué h&dm —y la respuesta no puede ser: porque son buenos, pues otros buenos hay que no fueron invitados.

por supuesto, al intentar responder por qué ellos y cómo lo harán, habría que evitar esa mezcla tan nuestra de xenofobia y chovinismo: no ha faltado quien se pregunte por qué unos suizos si hay mexicanos capaces de hacer lo mismo, tan bien o incluso mejor. por supuesto, insisto, hay que preguntar por qué ellos, pero no por qué unos suizos y no unos chinos o unos mexicanos. hay que evitar ese prejuicio de que nosotros podemos todo solos, ¿será? más allá del localismo que presume a la ciudad de méxico como una de las más bellas del mundo, es innegable que es una ciudad complicada en la que, por siglos, se ha ignorado la planeación, en la que se ha arremetido casi con furia contra el paisaje y en la que no se han logrado —seguramente reflejo de condiciones sociales y políticas que rebasan al urbanismo y a la arquitectura— condiciones más o menos equitativas para todos los habitantes, y no sólo en cuanto a lo privado sino también, y más ofensivamente, en cuanto a lo público: desde el espacio abierto hasta la infraestructura y los servicios. el desastre urbano de la ciudad de méxico se puede deber a que quienes la han gobernado en las últimas décadas han ignorado a los arquitectos y urbanistas locales o, también, a que éstos, en general, realmente no se interesan por esos temas —o a una perversa mezcla de ambas: como el gobierno no entiende los arquitectos y urbanistas se desentienden de la ciudad, salvo honrosas excepciones.

pero la reacción también se explica por una tara ya añeja en nuestros gobiernos: la incapacidad de comunicar lo que hacen —que muchas veces parece revelar que lo que hacen son ocurrencias y no estrategias, planes o proyectos. ¿a quién se le ocurrió, primero, lo de los barrios temáticos? —que parecen ocurrencia incluso desde el nombre, ya cuestionado por gil gamés. ¿por qué con esos temas? ¿por qué en esas zonas? ¿con qué otros proyectos de la ciudad se relacionan: la vivienda, el viejo bando dos, la infraestructura vial, otras formas de movilidad, la necesidad —y posibilidad ya insinuada por el gobierno federal— de contar con un nuevo aeropuerto y un larguísimo etcétera? ¿quiénes hicieron esos estudios y a qué conclusiones llegaron antes de pensar que los ideales para tal proyecto eran h&dm? ¿hubo una lista de consultores, de arquitectos y urbanistas que se estudió antes de dar a conocer a los designados? si, como dijo simón levy, encargado de la paraestatal que llevará el proyecto, eso de las zodes (zonas de desarrollo económico y social) “es un concepto único en el mundo”, ¿qué otros casos se estudiaron, con qué se comparó, cómo se llegó a esa conclusión?

todavía más: ¿hay realmente un proyecto? cuando en menos de un mes el delegado de iztapalapa, jesús valencia, anuncia un gran plan para mejorar la zona con la participación de arquitectos como enrique norten, alberto kalach, miquel adriá, josep llinás y jordi borja (ver aquí y acá), luego el mismo delegado anuncia y apoya los estudios que, coordinados por jose castillo, realiza la universidad de harvard y convenios en puerta con la unam y la uam, y al final h&dm develan su plan para los barrios temáticos de la ciudad de méxico, empezando también por iztapalapa, sólo podemos pensar dos cosas: o hay un megaproyecto —del que nadie sabía nada hasta hace un mes— para transformar esa delegación en la ciudad del futuro, en el que intervendrán arquitectos y urbanistas reconocidos, además de diversas universidades, de mexico y de fuera, o hay un gran desorden, fruto de la improvisación y la falta de coordinación —llámenme pesimista pero tiendo a pensar que lo segundo es más probable.

algo más: qué bien que vengan herzog y de meuron a hacer proyectos en la ciudad de méxico. pero si en vez de ellos se les hubiera ocurrido invitar a calatrava para un barrio temático de la tecnología o a pelli para otro financiero —invitación que, hasta ahora y como de costumbre en este país, parece una designación directa o, dicho en mexicano: puro dedazo— no dudo que muchos de los que ahora aplauden protestarían. las preguntas, pues, siguen sin respuesta: ¿por qué las zodes, por qué esas zodes, por qué en esos lugares y, también, por qué esos arquitectos y no otros?

La ciudad para los peatones

Por Alejandro Hernández Gálvez  Blog : OTRO

La semana pasada un coche estorbaba el paso peatonal. al rodearlo para cruzar, la conductora —una señora de unos 70 años—, furiosa me tocó el claxon e hizo muecas que supongo denotaban insultos. yo le estorbaba a su paso. al día siguiente, un coche me tocó el claxon y me pasó demasiado cerca cuando yo iba en mi bici, en el carril que me correspondía. en el semáforo, le reclamé a la conductora su actitud. también respondió con insultos.

en la ciudad de méxico los automovilistas, aunque muchos, son una minoría y sin embargo ejercen constantemente formas de abuso sobre peatones, ciclistas e incluso sobre otros conductores, manteniendo el control sobre la mayoría. la ciudad ha privilegiado al automóvil sobre cualquier otra forma de movilidad pero además lo ha hecho mal. no tenemos las autopistas de los ángeles, por ejemplo, sino unas muchas veces mal diseñadas, mal trazadas y mal pavimentadas. pero eso no no disminuye la convicción de muchos automovilistas de tener un derecho superior al del resto de los ciudadanos al desplazarse.

el miércoles 6 de febrero ilse mariel alonso murió al ser atropellada por un microbús. varias organizaciones de ciclistas protestaron por la falta de medidas adecuadas para que no sólo lo ciclistas sino también los peatones usen las calles con seguridad. pero no faltaron quienes insistieron en un lugar común: que los ciclistas y los peatones también deben respetar los reglamentos de tránsito, pues hay una responsabilidad compartida. es una verdad a medias, buena parte de las reglas de tránsito no son más que resultado de ignorar las diferencias entre distintas formas de transporte. asumir, por ejemplo, que esperar bajo el sol o la lluvia a cruzar una calle es igual para un automovilista que para un peatón o un ciclista. y cualquiera que haya intentado cruzar una avenida transitada, por el paso peatonal y con la luz verde de su lado, sabe que los automovilistas, al dar vuelta, actúan como si el peatón fuera un estorbo —o peor: un blanco.

en la ciudad de méxico, a todas las escalas de gobierno, parece que se repiten esos prejuicios. la inversión destinada a las, por otra parte mal diseñadas, obras viales del sexenio pasado —segundos pisos o supervía— son un ejemplo. pero también lo es el privilegio que le concede muchas veces el agente de tránsito al automóvil sobre peatones o ciclistas. en medio, los delegados no tienen planes claros para favorecer otras formas de movilidad. en la delegación benito juárez, por ejemplo, jorge romero herrera presume sus acciones contra ambulantes mientras al mismo tiempo permite que los comerciantes establecidos en división del norte ocupen ilegalmente banquetas y calles, al tiempo que el proyecto para una ciclopista en esa avenida sigue guardado en un cajón.

hacen falta, pues, acciones claras y directas en todos esos niveles para equilibrar la balanza y lograr que los automovilistas respeten reglas existentes y, sobre todo, entiendan que, parafraseando la película, el poder que les da el automóvil les da también mayor responsabilidad. la prepotencia de muchos automovilistas —como de quien veía desde el caballo al que anda a pié— sólo podrá contenerse con reglas traducidas en hechos físicos y urbanos —mejores banquetas libres de obstáculos, pasos peatonales bien pintados, ciclopistas— y con acciones concretas de las autoridades —multas, remoción de coches que estorben, prohibición de estacionarse en algunos sitios—, pero, sobre todo, con la presión constante de peatones y ciclistas para recuperar esta ciudad.