Crecer para arriba: ¿pero cómo?/ II

11Por: Juan Palomar

La gente de Guadalajara detesta, casi universalmente, la vivienda popular vertical. ¿Por qué? Muy fácil: porque es detestable. Por muchas razones. Porque, fundamentalmente, la que se realizó a partir de los años setenta del pasado siglo, y sobre todo en la periferia urbana, es una “vivienda” incompleta de raíz. Los menos metros cuadrados posibles –y eso que entonces eran muchos más que ahora- resueltos solamente pensando en la codicia de los desarrolladores y en el “aprovechamiento” máximo del suelo. Áreas “comunes” deficientes y reducidas a su mínima expresión y nulos esquemas de mantenimiento.

El resultado, como se sabe, fue un desastre. Por diversos ámbitos de la geografía tapatía están sembradas presuntas “unidades habitacionales” que son muy poco habitables. Son el “peor es nada” de tantas personas. Ofrecen panoramas desolados e ingratos, espacios comunes devastados por la incuria y el vandalismo, viviendas hacinadas, graves problemas de convivencia.

De allí que el péndulo oscilara hacia el otro lado. La opción vertical de vivienda popular, rechazada generalizadamente, casi se canceló durante las siguientes décadas. La condición de que cada quien debería tener su pedacito de suelo firme para su casa se convirtió en una noción extendida entre los usuarios y, por supuesto, entre desarrolladores e instancias concernidas en la vivienda. Y otro desastre: interminables tapetes de casitas paupérrimas y monótonas, gravísimo dispendio de suelo, lejanías cada vez más acentuadas. Y, de nuevo, unidades de vivienda de ínfima calidad y espacios comunes altamente insatisfactorios.

Añádase a lo anterior la introducción desde hace más o menos dos décadas del “concepto ‘coto’”. Un “concepto” extralógicamente copiado a los desarrollos para clases medias-altas (también muy insatisfactorios) y curiosamente muy atractivo para los promotores que con esa idea acrecientan sus nunca moderadas ansias de provecho económico. Allí están, hoy, tantos desarrollos cuyos graves efectos negativos ahora se padecen injustamente por sus habitantes y por el resto de la ciudad. La codicia de los “desarrolladores” llevó su propia condena: ahí están las quiebras escandalosas de tantas compañías “vivienderas”.

Desde el gobierno federal, y tras de que múltiples voces dieran la alarma por mucho tiempo, vino al final, en el sexenio pasado, una reacción. La situación era ya insostenible. De allí el viraje en las políticas de vivienda: ahora, se dijo, hay que limitar la extensión de las manchas urbanas y procurar la vivienda vertical. Lo malo es que, quien se quema con leche… Los primeros esfuerzos en este sentido del Ayuntamiento de Guadalajara han contado con un sólido repudio de los vecindarios consolidados en donde pretenden ser construidos. Por buenas o malas razones.

Claro que hay que hacer vivienda vertical en zonas consolidadas. Pero hacer vivienda integral. Que, para empezar, tenga generosas áreas comunes y verdes y apropiados usos mixtos. Que se integre adecuadamente con los entornos preexistentes: no solamente que no perjudique, sino que enriquezca el contexto. Que tenga una adecuada y muy eficaz inducción de los usuarios a la vida en comunidad vertical: que se eduque a la gente para que viva contenta y en paz, gozando de las áreas compartidas y manteniéndolas en óptimas condiciones. Que cada vivienda tenga los metros cuadrados suficientes para una vida digna, con decoro y amplitud. Que se cuide la mayor independencia y privacidad de cada unidad. Que los proyectos urbano-arquitectónicos sean de la más alta calidad, realizados con materiales duraderos y nobles. Que, absolutamente, sean conjuntos cuya sola belleza haga de ellos lugares de habitación deseables en vecindarios urbanos amigables. En barrios.

Por supuesto, lo anterior es impensable sin cambiar radicalmente la ecuación costo-beneficio de nuestros tan frecuentemente lamentables “desarrolladores” (privados y oficiales). Y también sin cambiar los estándares normativos convencionales. Allí es donde debe cumplir su función regulatoria y compensatoria el estado, y el gremio arquitectónico su irrenunciable función social. Entonces sí podremos aspirar a una vivienda vertical nueva, digna, que logre no solamente ser tolerada, sino acogida calurosamente por usuarios y comunidades.

Verdura contra la mala arquitectura

Por Juan Palomar

La frase que encabeza esta columna era una especie de mantra que se repetía en el taller de composición (era uno solo) de la Escuela de Arquitectura del Iteso desde los años setenta. Algunos se la atribuyen al Gavilán Vázquez Baeza o a Felipe Covarrubias, pero es incierto su origen. Su enseñanza y práctica es cosa muy útil.

Llegó a haber un caso, célebre en la escuela, del esforzado desarrollo de un (o una) estudiante, que elaboró un detallado alzado de un fresno tras del que se podía ver, por los agujeros del follaje, pedacitos de ventanas, puertas, celosías, pretiles… Sin duda fue una de las propuestas de fachadas domésticas más bonitas de aquellos años.

El apotegma nunca ha perdido su actualidad. Tomemos por ejemplo el aeropuerto de Guadalajara. ¿Qué ve el viajero al llegar a su largamente extrañada tierra? De entrada lo recibe un corredor lleno de vidrios que bajo el solazo tapatío es mucho más que ingrato, sin hablar de lo tonto. Y ¿qué ve enfrente? Más solazo bajo el que se rostizan un montón de coches estacionados y al fondo un edificio ampliamente dudoso. Ni un solo árbol, en esta tierra bendita por la naturaleza. Y, para rematar, nada menos que un Oxxo. Peor, imposible.

Lo anterior es un digno preámbulo para el “paisaje agavero” en que se quiso convertir la entrada y salida del puerto aéreo. Al efecto, se destruyeron numerosos árboles para que la bendita planta (bendita en su lugar) prosperara. Total, más solazo, más calor, más fealdad. Para continuar el paseo de los horrores con toda propiedad, está el nodo con la carretera a Chapala. Las autoridades de Zambia se escandalizarían. (Dicen que Zambia es bonito.) Ya del corredor a Guadalajara mejor ni hablar. La sucesión de “espectaculares” corresponde a una barbarie cívica y estética que hasta Amín Dadá corregiría, y que revela cruelmente el grado de dejadez, sumisión y corrupción del medio local –civil y oficial.

Pero dicen que es bueno que a la crítica se añada la propuesta (a veces). Entonces, Verdura contra la mala arquitectura. Vamos por pasos: al corredor de los vidriotes se le puede superponer una bonita pérgola con jazmines. A la vista hacia el estacionamiento una fila de frenos o jacarandas cada cinco metros; en el estacionamiento mismo, todos los tabachines que quepan. Al “paseo” rumbo al nodo se le podría hacer lo siguiente: devolver con todo cuidado los agaves a sus territorios, en donde después podrían ser jimados y convertidos en la “Reserva del Aeropuerto Miguel Hidalgo”. En su lugar, sembrar muchísimas primaveras que, junto con los jazmines, los tabachines y las jacarandas podrían ser toda una fiesta visual y olfativa renovada cada año. Hasta habría visitas especiales para ver el espectáculo.

Ya en el rodete de anuncios del nodo habría que ser más radicales. Provistos de unos eficaces licenciados, proceder al retiro fulminante de todas las estramancias y poner muchos árboles más. En el trayecto a Guadalajara, el tema es todavía más extremo: guerrilla urbana y sanitaria (en sentido figurado, claro), hasta acabar con todo el cochinero y hacer una majestuosa calzada, por ejemplo de ceibas. Ya en la ciudad, tanto Lázaro Cárdenas como González Gallo contaron, en su tiempo, con autoridades más sensatas y capaces que arbolaron bastante bien: pero hay que reforzar aun fuertemente la presencia vegetal.

Verdura contra la mala arquitectura. Ya: cada día que pasa es uno menos para quienes no se resignan a vivir entre la vulgaridad, el sobajamiento y la fealdad degradante. Por cierto, el mismo análisis (con sus propuestas) se aplica a casi toda la ciudad. En los “cotos”, por ejemplo, por dentro y por fuera, podría ser muy útil…

Arriba el mercado, abajo la arquitectura

Fuente: El Mundo. http://www.elmundo.es/cultura/2015/02/27/54f028bd22601d057b8b456d.html  Exposición curada y dirigida por Edgar González  en Espanna.  Egresado de la Escuela de Arquitectura del ITESO.

Se acaba de inaugurar la exposición Export. Arquitectura española en el extranjero, en el Museo ICO de Madrid, donde se lanza una mirada sobre el fenómeno de la amplia presencia de obras de arquitectos españoles en otros países.

La muestra comprende el periodo temporal que se inicia en 2002, con la finalización de la terminal marítima de Yokohama de Alejandro Zaera-Polo, y se cierra con la reforma del Rijksmuseum de Ámsterdam, del equipo sevillano de Cruz y Ortíz, inaugurada en 2014. Entre ambas fechas, trescientos arquitectos españoles han desplegado su talento en obras repartidas por todo el mundo y reunidas en el Museo ICO, donde permanecerá la exhibición hasta el 15 de mayo.

La novedad que supone la extensa colección de profesionales españoles trabajando en el extranjero merecería un análisis profundo, ya que supone un cambio de tendencia, una inflexión en la historia de la arquitectura española. Con aspectos muy positivos, como el reconocimiento mundial de la calidad de los arquitectos españoles, a la que ha contribuido la globalización del ámbito cultural y profesional, y otras cuestiones tan negativas como el hundimiento del trabajo de los arquitectos en nuestro país por la destrucción del mercado inmobiliario tras una nefasta gestión especulativa.

La exposición esquiva los aspectos profundos del fenómeno y construye un retrato divertido, contextual y muy plástico del juego de nombres, intereses, complicidades y protagonismos que se tejen en torno a la presencia de los profesionales en el mercado de trabajo y en el logro del éxito empresarial. La idea de presentar la actividad de nuestros arquitectos en el campo internacional como un logro de la marca España parece el color de fondo sobre el que se trazan las líneas maestras de esta muestra, muy útil para observar el tipo de mirada que el mercado otorga a la profesión.

Una muestra con “perspectiva muy abierta”

La extensa y rica recopilación de obras de arquitectos españoles en el extranjero ocupa la sala de la planta baja de la exposición, donde pequeñas fotos, algunas situadas a cinco metros de altura forman una constelación de compleja lectura. En la planta alta se propone una “reflexión” desde una “perspectiva muy abierta” donde se identifican diferentes perfiles profesionales, siguiendo la tendencia hick de abusar de anglicismos clasificando a los profesionales como Insiders, Young Achievers, Producers, Scholars, Healers y Outsiders.

Se destaca también la importancia de la presencia de la arquitectura española en el mundo a través de otros agentes, de grandes constructoras, Giants of Construction, marcas deportivas, Hala Madrid, grandes empresas textiles y hoteleras, Retail Empire, aunque resulte paradójico que se califique al Instituto Cervantes, defensor de la lengua común, entre los Soft power y que en la exposición y en el catálogo se mencione en más ocasiones a los Producers dedicados a las redes sociales que a los arquitectos españoles de mayor relevancia en el panorama internacional.

Puede resultar chocante que algunos profesionales que exploran territorios tangentes a la arquitectura tengan foto y cartel propios en el panel de Outsiders, con mayor visualidad que Rafael Moneo, nuestro único premio Pritzker, con una extensa nómina de obras y premios internacionales. Parece más que correcto que se reconozca el valor incuestionable de la revista de arquitectura El Croquis, pero apenas se mencionan los 30 años de Arquitectura Viva, otro de los pilares editoriales en los que se basa la difusión culta en el exterior de la alta calidad de la arquitectura española.

En la exposición no se muestran planos ni maquetas, y en el catálogo sólo encontramos reducciones de algunos paneles expositivos. Extraña la escasa presencia de la arquitectura frente a la generosidad con que se mencionan los estudios en función de números y porcentajes de trabajo, aunque no se haya llegado al extremo de clasificarlos por sus visitas de internet. Y no deja de llamar la atención que se preste más atención a los mediadores del marketing en las redes sociales que a las obras o los autores.

Como recogió Luis Fernández Galiano en el catálogo de otra exposición, trascendente e imprescindible, On-Site: New Architecture in Spain, celebrada en el MoMA de Nueva York en 2006, la base del éxito internacional de nuestra arquitectura fue la calidad de la enseñanza en las universidades españolas y la confianza de los clientes en la capacidad de los profesionales. Cuando los profesores universitarios transmiten pensamiento arquitectónico y herramientas para afrontar los desafíos del proyecto y del oficio, sus alumnos realizan una arquitectura que se muestra útil para la sociedad, para la cultura y para el mercado.

Si el éxito de la arquitectura española en el extranjero ha sido una consecuencia de las buenas semillas docentes, del abono continuo de los estudiantes y del cuidado del producto, hasta lograr arquitectos con sólida formación, es nuestra obligación consolidarlo. En la medida en que se abandone ese proceso y el medio se convierta en el mensaje, se invertirá en fracaso futuro, pasaremos de la fotografía al selfi, de la arquitectura al blog de tendencias y de la crítica al tweet. De momento, la mercadotecnia aprovecha la calidad de las obras levantadas por arquitectos bien formados, pero no conviene que sean los agentes comerciales quienes decidan qué arquitectura se apoya desde las universidades o desde las instituciones.

La exposición se organiza en dos plantas del museo ICO. Arriba el mercado, abajo la arquitectura. La planta superior propone una lectura de la disciplina arquitectónica entendida en el sentido de “la creación de productos que construyen el mundo”, a partir de paneles para aficionados a descifrar jeroglíficos diagramáticos. En la planta baja, un moteado de innumerables fotografías minúsculas alterna construcciones de Rafael Moneo, Campo Baeza, Carme Pinós, Josep Lluis Mateo, Linazasoro, Carlos Rubio Carvajal, Lamela, Herreros, Nieto Sobejano, EMBT, Bofill, Calatrava, con la obra levantada por otros equipos jóvenes como Murado-Elvira-Krahe. El martes, durante la inauguración, muchos autores buscaban con curiosidad sus trabajos en el laberinto de imágenes donde se encuentran condensados los ingredientes para un análisis de mayor calado.

Conferencia obra reciente 2010-2014 Juan Carral [CCAU]

Este jueves 26 de febrero se preseneta la conferencia Obra reciente 2010-2014 Juan Carral en el Centro para la Cultura Arquitectónica y Urbana a las 8:30pm Entrada libre.

Juan Carral O´Gorman (1976, Distrito Federal)
Inicia sus estudios profesionales en la Universidad Iberoamericana en 1995. Dos años más tarde descubre la UNAM y decide realizar su petición para revalidar sus estudios e incorporarse al taller Max Cetto.
Estudia un master en la Universidad Politécnica de Cataluña.

En 2007 fundó su despacho, JC Arquitectura, donde trabaja en proyectos de vivienda y renovación de edificios. Entre las obras que han construido se encuentran el edificio Francisco Ramírez 43, las oficinas Capital 1, la Casa Chit 14, las oficinas OA y la Casa Yunis.

Tan contemporáneo como un rascacielos

Mathias Goeritz en Teotihuacan, 1957. / Z. Sharkey

Fuente: http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/28/babelia/1422445197_484288.html“Contemporáneo como un rascacielos y antiguo como tu pebetero esenio; dadaísta y una especie de mocho medieval”. Así describía el escritor y sociólogo guatemalteco Mario Monteforte Toledo a su buen amigo Mathias Goeritz. Más allá del tono chusco, la descripción de este artista raro e incansable parece exacta. En efecto, Goeritz era un “personaje contradictorio”; lo cual no hacía sino enriquecer su trabajo, pues ahí podían confluir tranquilamente asuntos e ideas que parecerían en extremo discordantes, como por ejemplo la mística y el constructivismo ruso. En el fondo, algo unía esos intereses en apariencia dispares; algo que Goeritz buscó toda su vida, y que encontró, ya fuera en los dibujos de Paul Klee, las torres de San Gimignano o las pinturas de la cueva de Altamira: una suerte de esencialidad, de mezcla de “aurora y vestigio”, como describió la obra del propio Goeritz el crítico Eduardo Westerdahl, que pudiera llevar al arte por un nuevo camino, libre de superfluidades. Una vuelta a un punto cero, desde el cual sería posible “rectificar a fondo todos los valores establecidos”, según anotó Goeritz en el panfleto de 1960 Estoy harto. Y es que no sólo estaba harto, como él decía, “de la gloria del día, de la moda del momento del bluff y de la broma artística de los conceptos inflados, de la aburridísima propaganda de los ismos y de los istas, figurativos o abstractos”, sino que también resentía “la pretenciosa imposición de la lógica y de la razón”, “el funcionalismo”, “el cálculo decorativo” y hasta “el griterío de un arte de la deformación, de las manchas, de los trapos viejos y pedazos de basura”. En pocas palabras, detestaba casi todo el arte de su época, y el remedio, le parecía, estaba justamente en encontrar la manera de darle la vuelta a cada cosa: sí hacer arquitectura moderna pero no funcional; sí seguir pintando, pero sin caer en el expresionismo gratuito, en la copia, el virtuosismo vacío; sí hacer arte, pues, pero con un sentido muy puntual: provocar algún cambio en el mundo, aunque fuera mínimo. Para Goeritz, la preocupación primordial del artista era ética antes que estética. El trabajo del artista era servir a los demás. “Si no lo creyera”, le dijo a Monteforte, “no seguiría trabajando a pesar de los problemas que me da convencer a quienes pagan de hacer obras grandes integradas al espacio y a la vida de la gente en la calle”.

La vida de Mathias Goeritz estuvo siempre marcada por los desplazamientos. El primero, un recorrido geográfico, que lo llevó de Alemania (o, en realidad, lo que hoy es Polonia, pues nació en 1915 en la efímera ciudad de Dánzig) hasta México, pasando por Marruecos y España, donde descubrió la llamada Capilla Sixtina de la Prehistoria; hallazgo que lo llevó a fundar, casi a unos pasos de la famosa cueva, la Escuela de Altamira, proyecto que imaginó junto a otros artistas como “la antítesis de San Fernando, la augusta y conservadora institución”. Más aún, fue allí donde Goeritz decidió que esas pinturas, “increíblemente modernas”, eran exactamente lo que quería hacer en adelante. Unos años antes había comenzado a pintar, pero siempre apegado a lo que hacían otros: Miró y Chagall, por ejemplo. Altamira le reveló la manera de alcanzar una síntesis donde “naturaleza y abstracción, materia y espíritu, razón y sentimiento” podían unirse. Una posibilidad —esta de la “abstracción natural”, como le decía él— que se vería, además, confirmada por las muestras de arte prehispánico con las que Goeritz entró en contacto al poco tiempo de llegar a México, lugar al que viajó, en 1949, invitado a impartir el seminario de educación visual en la Escuela de Arquitectura de Guadalajara. México le provocó una “adicción” de la que nunca se repuso: fue allí donde llevó a cabo el grueso de su obra artística y donde finalmente murió, en 1990.

Pero además de ese periplo por el mundo, Goeritz experimentó otro tipo de desplazamiento que lo fue llevando lentamente de la pintura a la escultura, desde la cual terminaría dando más adelante el salto, asombrosamente lógico, hacia la arquitectura —sin jamás haberla estudiado—. Un trayecto que no podría explicarse sin entender la transformación que en simultáneo sufrió su relación con el arte, y ciertamente con el universo, al incorporar en su trabajo ideas cada vez más marcadamente espirituales, y pasar así de un artista enfocado en asuntos más bien formales a un creador volcado en una especie de trascendentalismo que al final lo llevaría a hablar, ya no de obras, sino de oraciones plásticas. “Reconozco el gobierno de una mística sobre todo lo que hago”, confesó en una entrevista tardía. Sólo así puede entenderse que pasara de sus primeras pinturas de trazo libre, llenas de colorido y de humor, a las esculturas donde abstracta pero abiertamente aparece representada, por ejemplo, la crucifixión —homenaje perpetuo a su idolatrado Mathias Grünewald—. Lo interesante es que un hombre que veía en la creación un acto religioso (“¡menos inteligencia y más fe!”, era su lema) pudiera ser al mismo tiempo endiabladamente moderno; al punto de lograr revitalizar en muchos sentidos la práctica de la escultura y la arquitectura en México. Desde luego, no es que pretendiera “una feligresía de iglesia, sino recuperar una fuerza espiritual perdida”. Esa era la gran contradicción de la que hablaba Monteforte, que se expresaba, por ejemplo, en los libros que mantuvo siempre en su cabecera: La Biblia y La huida del tiempo, de Hugo Ball. “Mitad dadá y mitad rotario”, le decía su amigo.

Él nunca se vio a sí mismo como un arquitecto; y es que no lo era, en sentido estricto. Era más bien un creador al que dejó de interesarle “pintar cuadros o esculpir figuras, por bonitos que sean”, pues lo que urgía era “crear un ambiente nuevo de la moral artística”. Esto es, un arte, ya decíamos, al servicio de la sociedad, que fuera totalmente público y monumental. De ahí que a sus famosas Torres de Satélite muchos las tacharan de “esculturotas”. Y, sí, decía él, pero “¿qué importa?”. Eran todo a la vez: pinturas, esculturas y, sobre todo, arquitectura emocional. “Y me hubiera gustado colocar pequeñas flautas en sus esquinas para que el viajero que pasa por la carretera oiga un extraño canto causado por múltiples sonidos en el viento. Para que ellas también sean música”, escribió en 1960. Esa fue, al final, su gran invención: la noción de arquitectura emocional; un antídoto contra la vulgaridad y el utilitarismo de buena parte de la arquitectura de su época. Espacios insólitos, casi inservibles, pero donde el visitante podía encontrar algo más que paredes y techo: emociones en las cuales moverse. Si uno ve la maqueta de madera —una escultura en toda regla— que Goeritz realizó para la capilla abierta del fraccionamiento Jardines del Bosque, comprende no sólo lo avanzadas que eran sus propuestas (ahí vemos un Richard Serra avant la lettre), sino lo generosa, delicada y casi heroica que era su concepción de lo que debía ser el futuro del arte.

El retorno de la serpiente. Mathias Goeritz y la invención de la arquitectura emocional. Museo Reina Sofía. Santa Isabel, 52. Madrid. Hasta el 13 de abril.