Las indispensables maquetas

Por Juan Palomar

Guadalajara maqueta

¿Cómo medir el impacto de cualquier nueva construcción en altura en la ciudad? ¿Cómo prevenir así daños y perjuicios irreversibles? ¿Cómo proteger eficazmente a los vecindarios? Hay una herramienta sencilla: con maquetas apropiadas. Parece demasiado simple, pero así es.

Numerosas ciudades del mundo conservan y adecúan permanentemente grandes maquetas que muestran con precisión la conformación volumétrica de sus tejidos urbanos, predio por predio. De esta manera pueden evaluar empírica y científicamente su estado actual y las nuevas intervenciones que se planteen en los diversos contextos. La ciudad de México, hace pocos meses, terminó y puso en funcionamiento su propio modelo a escala, accesible a todo público.

Alguien podría decir que en esta época de tantos adelantos cibernéticos es posible hacer simulaciones eficaces del estado de la ciudad y sus posibles cambios. La verdad es que nada suple a la experiencia directa y objetiva de objetos reales cuyas características y efectos se pueden percibir de bulto, sin más intermediaciones que su consideración cuidadosa. En la inmensa mayoría de los talleres de arquitectura del mundo las maquetas continúan siendo una herramienta esencial para desarrollar prácticamente cada proyecto.

Desde hace tiempo se ha propuesto la elaboración de una buena maqueta para Guadalajara. Claro que es laborioso y tiene costos. Pero sus beneficios los compensan con creces. Hacer accesible y comprensible el estado y las alternativas del medio urbano al común de los ciudadanos, a las autoridades, a los mismos profesionales, a los niños, comporta un contenido de conocimiento y conciencia acerca de la ciudad que ningún otro medio puede aportar. Ya existe un buen avance: la maqueta que se realizó, a propósito de las instalaciones panamericanas, con fondos públicos. ¿Dónde quedó? Es cuestión de completarla y detallarla. Y ubicarla en un sitio accesible y permanente. Pero es un buen avance.

En espera de la gran maqueta de Guadalajara completa, habría que tomar medidas paulatinas, pero muy útiles. Cada intervención de cierto calado, para lograr su autorización por las autoridades, debería elaborar una maqueta adecuada incorporando un polígono de impacto apropiado. Así, sería un medio eficaz para evaluar sus consecuencias. Estableciendo una escala compatible con la que ya existe, un formato y un lenguaje uniformes, estas maquetas pueden ir desde ya conformando nuevas secciones detalladas de la maqueta integral de la zona metropolitana que se necesita.

Tomemos uno de los casos más urgentes: los edificios en altura (de más de seis pisos) que actualmente proliferan en la mancha urbana, en entornos consolidados. Su impacto y sus consecuencias en el contexto inmediato pueden ser muy graves, frecuentemente negativos para el vecindario. En términos de impactos al asoleamiento, a la ventilación, a la privacidad, a la imagen urbana, etcétera. Es imperativo pedirle a los desarrolladores unos cuantos simples requisitos para determinar la viabilidad concreta de sus planteamientos constructivos: una buena maqueta, que incorpore la intervención y la volumetría concreta de la manzana afectada y (por lo menos) las ocho manzanas circunvecinas. Ante la objeción del tiempo y el costo que esto representa es preciso recordar que al final éstos resultan mínimos respecto al bienestar y la habitabilidad de los medios permanentemente afectados.

De esta manera los propios promotores, la autoridad, los vecinos concernidos podrían conocer objetivamente los impactos hipotéticos. Y la mayoría de ellos pueden ser prevenidos y corregidos, por medio de su determinación y la instrucción directa por parte de la autoridad a los arquitectos para adecuar el proyecto. Reduciendo alturas, cuidando las fachadas, permitiendo el paso de luz y aire… cosas que cualquier arquitecto con oficio y conciencia puede y debe hacer, conservando la viabilidad de la operación inmobiliaria. Infinidad de daños y afectaciones se pudieran prevenir.

El espacio público no es simplemente el espacio que queda libre después de las actuaciones privadas. Está íntima e indisolublemente ligado a lo que suceda en los predios particulares. Para cuidar apropiadamente los ámbitos de la ciudad necesitamos herramientas efectivas, comprensibles, compartibles para todos: las maquetas.

¿Quién destruyó la casa Aguilar Figueroa, la casa insignia de Chapalita?

Foto By: Ed Fladung
Foto By: Ed Fladung

Por Juan Palomar

La codicia. Un promotor miope y voraz. El Tribunal de lo Administrativo. Las autoridades estatales y municipales impotentes para hacer cumplir leyes y ordenamientos y de encontrar alternativas sin ser anulados grotescamente por ese tribunal. Los legisladores que siguen permitiendo que esto pase. La incapacidad del gremio de los arquitectos para encontrar y proponer soluciones que concilien patrimonio y nuevos usos. Los arquitectos que accedieron, por un puño de pesos, a proyectar algo sobre la destrucción del patrimonio de todos. Los colonos y los interesados en general, por no ser más aguerridos (existen los amparos…). Es, para abreviar, una culpa social, o por lo menos sistémica.

¿Pero por qué una casa particular propiedad de un promotor es patrimonio de todos? Por muchas razones. ¿Qué era la casa de don José Aguilar Figueroa? Era, ni más ni menos, que la construcción insignia de un fraccionamiento como Chapalita. Era la morada misma del creador de uno de los desarrollos urbanos más significativos del siglo XX tapatío. Era una gran casa, de mediados de siglo pasado, edificada por uno de los hijos de ese señor, con toda la carga simbólica que esto conlleva: la continuación de una optimista modernidad emanada de la escuela de la Universidad de Guadalajara fundada por Díaz Morales, el incipiente inicio de una tradición tantas veces rota, como ahora. Era una de las pocas obras que dejó el arquitecto Ignacio Aguilar Valencia, muerto prematuramente. Brillante, limpia, magistral en su uso del lenguaje contemporáneo conciliado con la somática y la climatología locales. Era muy bonita y a propios y extraños producía placer considerarla en su estratégica ubicación, en una manzana completa, llena de árboles, adyacente a la glorieta de Chapalita. Por estas y otras razones la comunidad se había justamente apropiado de su patrimonio: porque al asumirlo y entenderlo, ese patrimonio, que legalmente pertenece al promotor, adquiere una hipoteca social que es indispensable respetar. Y esto se hace en todos los lugares civilizados. Y, contrariamente al pensamiento primitivo y oligofrénico, el pago de esa hipoteca puede ser altamente ventajosa, en diferentes aspectos, para el promotor.

¿Y cómo se respeta esa hipoteca social, ese patrimonio común? Conciliando intereses. Encontrando soluciones de compromiso entre el patrimonio y el negocio. Cientos, miles de ejemplos en todo el mundo muestran que sí se puede lograr algo así. Pero la codicia debe tener límites; y la autoridad debe tener energía y eficacia para establecerlos, y debe propiciar estímulos. Ambas cosas, por supuesto, no pasaron en este caso. Era indispensable realizar un ejercicio de proyecto integral, un taller impulsado por autoridades y promotores, dentro del que la preservación de la arquitectura y la ganancia encontraran una solución razonable para las dos partes. Nunca se trata del todo o nada. También los fundamentalistas de la conservación, que quisieran arquitecturas disecadas, han provocado con su postura y sus vociferantes pataleos graves daños al patrimonio. La ingenua –y perversa- idea de que todo se puede hacer “centro cultural” (y que lo pague y mantenga otro), va de la mano con esa postura. Estas nociones solamente exacerban la idea de los promotores de demoler el “problema” antes que se complique más. Recordemos: el patrimonio debe ganarse la vida.

Supongamos que la casa de don José Aguilar datara de 1960. Dentro de solamente cinco años deberíamos haber tenido una perspectiva sobre su arquitectura y su valía similar a la que en 1960 se guardaba –o se debería haber guardado– con respecto a las grandes casas porfirianas de los 1890s (esas “protegidas” por el Inah y esas que por cientos se perdieron). Del mismo tamaño es la pérdida: la historia avanza. Era una casa que tenía la influencia de las grandes edificaciones domésticas de su época: Gropius, Neutra, Artigas, Coufal, Sordo Madaleno, Barragán… Era una irrepetible manera de entender y procesar arquitectónicamente una realidad que ahora ha desaparecido para siempre.

Independientemente de las quejas de diario, seguramente hay muchas lecciones que extraer de la destrucción de la Casa Aguilar: habría que aprenderlas, y aplicarlas. En primer lugar: ¿cómo fue posible, concretamente, este atentado al patrimonio de todos? ¿Cómo evitar el siguiente? Y luego continuar con lo demás.

Ciudades y arquitectos

Fuente: http://ccaa.elpais.com/ccaa/2015/07/16/catalunya/1437062498_169680.html

¿Podrán sobrevivir las ciudades… a los arquitectos? Este encabezamiento se debe a un gran y olvidado libro de Josep Lluis Sert, escrito durante la II Guerra Mundial. Sert sintetizó las ideas del Movimiento Moderno a partir de las CIAM (Conferencias internacionales de Arquitectura Moderna) y sus ideas propias y de otros jóvenes profesionales, como Josep Torres Clavé, muerto en el frente republicano durante la guerra civil. Los arquitectos pueden ser también urbanistas, pero no todos los arquitectos, ni mucho menos, lo son. Y hay grandes urbanistas que no han sido arquitectos. Como Ildefonso Cerdà, ingeniero civil y uno de los fundadores del urbanismo moderno. El urbanismo es una práctica que con la acumulación de experiencias y análisis crítico ha constituido un corpus doctrinal respetable. Incluye las disciplinas técnicas y las humanísticas que en este caso se pueden beneficiar de la verificación en la vida social.

¿Pero son los profesionales quienes han de tomar las decisiones sobre la ciudad? Hace unos días el colega, y sin embargo amigo, Josep Maria Montaner, en una entrevista publicada en EL PAÍS, afirmaba rotundamente: “Somos los arquitectos los que volveremos a decidir el urbanismo”. Reconozco su habilidad periodística pues proporcionó al periodista un titular que llama la atención. La frase se presta a la confusión. Los profesionales, arquitectos u otros, no pueden “decidir” cuales son las prioridades, los destinatarios y los contenidos concretos de los planes o las intervenciones en el territorio.

El urbanismo condiciona la vida del conjunto de los ciudadanos, de los actuales y de los que vivirán más tarde. El urbanismo puede servir para la acumulación de capital o para la reproducción social, puede contribuir a la convivencia entre los ciudadanos de todas las clases o generar la segregación social, favorecer o acentuar las desigualdades, establecer prioridades a favor de unos grupos sociales o económicos u otros, promover el espacio público o la privatización del habitat, ponerse al servicio del coche privado o priorizar el transporte público, integrar la dimensión ambiental o adaptarse a los usos consumistas.

El urbanismo es una dimensión de la política, de lo colectivo, y se posiciona en un espacio conflictual de intereses, valores y necesidades. Se manifiestan los privilegios y la exclusiones, el conflicto entre clases y grupos, entre los beneficios privados y los derechos de ciudadanía. Son las fuerzas sociales y sus expresiones políticas las que orientan el urbanismo y manifiestan valores, demandas y aspiraciones. Las instituciones políticas lo traducen en programas políticos según los intereses a los que responden.

El urbanismo es un conjunto de actuaciones públicas de carácter político. Se deben traducir en sus dimensiones físicas, sociales, jurídicas, financieras, etcétera y en un marco democrático que merita debate ciudadano. El urbanismo no lo deciden los profesionales a partir de su saber técnico. La técnica es imprescindible pero puede servir para lo mejor o para lo peor.

Los gobernantes y los poderes económicos y mediáticos han valorizado principalmente a los arquitectos poco urbanistas, más bien fabricantes de objetos singulares y que tienden a prescindir del entorno urbano y de un proyecto de ciudad. La sustitución del urbanismo por la arquitectura es una regresión en todos los sentidos: cultural, social, política. La arquitectura ostentosa, tape-à-l’oeil, con pretensiones de marcar simbólicamente el territorio, afirma el poder del dinero y de las autoridades y sobre todo hace el juego a la economía especulativa y al urbanismo excluyente.

La multiplicación de objetos presuntuosos les hace perder su sentido. “Lo excesivo deviene insignificante”, como dijo Telleyrand. Exaltar a los arquitectos productores de objetos urbanos, que menosprecian o ignoran a la cultura urbanística acumulada, instalados en “un sublime atardecer” como los describió Graciela Silvestri en un excelente artículo en Punto de Vista, contribuyen a disolver la ciudad. En nombre del arte generan la alienación urbana, ciudades-objeto del deseo de minorías y urbanizaciones sin ciudad, sin sentido y sin ciudadanía. Y que me excuse el amigo Montaner. Sé que compartimos el “urbanismo ciudadano”. Me permito apoyarme en una frase que me pareció poco afortunada para hacer una crítica a la arquitectura sin cultura ciudadana.

Jordi Borja es urbanista.